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La libertad presidencial

La rebelión a Milei vino de las provincias, de los gobernadores, y de los más nuevos especialmente, los que vinieron también a oxigenar el sistema político. La rebelión de gobernadores empezó con el de Chubut, un Pro, “Nacho”, que reclama la retención de fondos y que arrastró a otros gobernadores, abroqueló a los amarillos, y volvieron a mostrar los dientes los de la zona núcleo, Llaryora y Pullaro. Casi todos nuevos, también hijos, como Milei, de la ruptura de este tiempo. Alcanza con mirar los nombres.

Nacho Torres invocó la preexistencia de las provincias a la Nación, aunque justo desde una provincia que creó la Nación. La sensación es de moneda en el aire, de quién podrá negociar qué, y el presidente rompiendo a mazazos tuiteros todos los puentes. La naturaleza tan primaria de lo que se discute impone el modo en que Marcelo Falak llamó el gobierno libertario: Proceso de Desorganización Nacional. Y todo con un aliciente: el primer problema de gobernabilidad sigue siendo si el presidente se gobierna a sí mismo, cuál es el límite de su libertad.

Pero Milei nos impuso volver al origen de todo. El voto obligatorio, los pactos constitutivos, los consensos, van saliendo las bolillas semana a semana. Entre tantas “invitaciones” nos lleva revisar también el último estallido, el big bang del orden y el día después. Diciembre de 2001. No por la ansiedad de una nueva implosión (no hay metáfora peor que la del club del helicóptero), sino para ver las columnas del orden que nació justamente de ahí, de la furia de esos días. Y Milei lo hace con cierta “autoridad intelectual” porque se presentó para romper los tabúes que dejó el 2001. Por ejemplo, un tabú que es un detalle: el mandato presidencial de no dar malas noticias. 

La salida de la convertibilidad fue una administración tan dolorosa, que el boom de los commodities y las tasas chinas que vino después complementaron una oportunidad que el kirchnerismo agarró con las dos manos: no dar malas noticias. El estrés postraumático obligaba a actuar así. La ambición era imposible, pero la conducta quedó. Se puede reconstruir en una secuencia sintomática: el intríngulis del INDEC kirchnerista, cuando empezó el desacople entre el índice oficial y la góndola real; o en la interpretación cultural del dólar (¡funcionarios, pesifiquen ahorros!) en el 2012 de cepo y restricción externa (¿Adónde va la gente cuando llueven pesos? Al dólar); o también en el capítulo del gradualismo macrista del año 16 que amasaba el ajuste en cámara lenta, despacito, no se va a sentir, ssshhh. (¿Adónde va la gente cuando no llueven inversiones? Al dólar.) En definitiva, las malas noticias ocurren, pero no se dicen.

Entre la colección de sofistas que hacen precalentamiento en todo gobierno, alguien pudo escribir un aforismo de uso comunitario. Por ejemplo: sólo con la Macroeconomía no alcanza, sin la Macroeconomía no se puede

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Y así nació el estatus “jurídico” de la batalla cultural: no hay hechos, hay interpretaciones. Y en este afán largo de poner la basura bajo la alfombra semiótica, apareció Milei. Y no sólo trajo esos otros dos tabúes del 2001 (no dolarizar y no estallar) para hacerlos puré, sino también este tercero: el de no dar malas noticias. Dolaricemos, estallemos y digamos malas noticias es su paz, pan y trabajo. (Habrá otros tabúes, los negocios del país dividido, ciertos regímenes, de los que hay menos noticias, por ahora parece sólo ensañado con los hijos de otros votos, con los gobernadores.)

Y si para Macri el robo era la corrupción de la obra pública, si para Cristina el robo eran las grandes corporaciones que fijaban precios, para Milei el robo es lisa y llanamente el Estado. Su espectáculo no es judicial (de excavadoras), ni teatral (de pecheras vigilando ofertas), sino el desguace en vivo del “lujo” que no podemos sostener. Capítulo semanal: INADI.    

“Qué lindo es dar buenas noticias”

El buen lector sabrá que también sobre ese tabú tensaban su conversación el entonces presidente Kirchner y el periodista Mario Wainfeld. (Escena del primer gobierno: “-Yo te prometo que nunca voy a dar una mala noticia. –Yo te prometo que no vas a poder cumplir la promesa.”) Subsidios, tarifas, dólar planchado, inflación, los temas de fondo de ese gobierno que quería espantar con su viento de cola la sombra delarruista. Si Kirchner supo cómo liderar por unos años a la sociedad argentina post 2001 fue también por esto: porque le tenía miedo.

Pero, ¿liderar no es educar? Los pueblos no son tus pueblos, son los pueblos de la vida. Y se hace necesaria cierta educación para el sacrificio, preparar para las vacas flacas, enseñar a flotar y a cruzar el río. Una palabra presidencial que se para delante de todos para guiar los caminos difíciles. Entre la colección de sofistas que hacen precalentamiento en todo gobierno, alguien pudo escribir un aforismo de uso comunitario. Por ejemplo: sólo con la Macroeconomía no alcanza, sin la Macroeconomía no se puede. Una cosa básica. Chiquita. Para esta era de la democracia en que te podés casar con una nutria, pero no te podés comprar ni un monoambiente.

Pero tras el trauma lo que vivimos desde 2003 muchas veces fue una semántica de padres sobreprotectores para llenarnos de argumentos contra el “Mercado malo” que, él sí, transformaba la realidad allá afuera mientras de este lado se construía el parque temático del Estado. Explicar el capitalismo y que nada cambie. La política te hace entender la crisis. Instrucción cívica y economía política. Y ahora, justo cuando prendieron la luz, apareció a los ojos de la política de estos años, y en el voto a Milei, la “sociedad desconocida”. Eso que creció afuera.

Hemos dicho que Milei bucea en la posibilidad de consolidar una base social propia en la base evangélica. (Y ya tendrá tiempo para romper eso también si lo construye, o sea, digamos, si es que es capaz de construir algo antes de destruir todo.) Pero mencionamos el reciente convenio que firmó una confederación con el Ministerio de Capital Humano para la distribución de alimentos. Sin buscar el espíritu mileísta en la ética de los pentecostales (a Max Weber hay que cuidarlo hasta de la boludez propia) hay una didáctica explicación de un pastor evangélico para entender el modo en que rima la meritocracia con los valores de millones de personas. Dice: “el evangélico cree que Dios es su proveedor, pero también que él tiene que hacer su parte”. Haz tu parte, se dicen a sí mismos millones de personas que se levantan a la hora del gallo y hormiguean ciudades, pueblos y campos. Haz tu parte se dicen los que tiran redes al mar. Haz tu parte se dicen los que cartonean, venden ropa, pedalean con la caja de Rappi o venden contenidos en only fans. Millones hacen su parte. Ningún pibe nace estatizado. Y como dijo un pescador del puerto de Guaite: “soy del partido de mis brazos”.

Si el capitalismo puede soñar y nosotros no, según Alejandro Galliano, ¿el Estado terminó siendo en esa larga noche de vigilia un Centro Cultural? ¿La noche de los museos hasta parir una utopía? El Estado (decimos una parte, su versión militante) como refugio del anticapitalismo de cátedra para explicar la crisis (y nunca solucionarla). Así, la emisión monetaria funciona también como metáfora, es la bomba de agua de ese parque temático, la fuente artificial de otro “recurso natural”. Como el agua, la tierra, el fuego y el aire… los pesos.  

la disciplina fue la anodina tortura china de una década perdida bajo el lento goteo de una economía estancada y administrada por una política que no transformaba casi nada

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El liberalismo hábilmente redujo esa nueva idiosincrasia a un leitmotiv mega eficaz: “6 millones de privados sostienen a 21 millones de estatales”. Al pan, pan y al vino, vino; aunque el argumento meta todo en una misma bolsa, tenga números flojos de papeles o millones de trabajadores del Estado (policías, maestros, militares, bomberos) hayan votado a LLA. El No hay plata presidencial pegó porque el liberalismo tiene labia popular y advirtió una división que engendró la Pandemia y la crisis: entre estar estatizado y tener que ganarte el mango (no deberle nada a nadie). El cuerpo social que describió Lorena Álvarez en 2020. Es la pregunta inocente: “¿che, y esto con qué se paga?” con que en esta época se enfrenta cada argumento. Del otro lado, una política que perdió imaginación y donde, en ausencia, cada vez más lo que no se podía transformar se podía narrar o hacer identidad. El clásico de clásicos: si no podemos erradicar las villas, declaramos “el día del orgullo villero”.  

El sacrificio es el otro

Paradójicamente los dos pilares de la antigua grieta (Macri y Cristina) por caminos distintos se encuentran en sintonía de una cierta admiración hacia Milei. “Sorprendidos”. Los off de Cristina –paralelos a la advertencia del riesgo dolarizador de su documento- hablan del reconocimiento a la valentía de Milei. ¿Hace lo que no podríamos hacer, lo que no se nos perdonaría que hiciéramos, la tercerización de costos? ¿Cuál es la valentía? Estar dispuesto a pagar costos por izquierda. Cristina no educó a sus fieles a los sapos de la gestión gris, trabada, donde no siempre se eligen escenarios, de unidad real y sin beneficio de inventario. Más bien funcionan a la carta, incapaces de ser realistas. Lo vimos. El argumento, por ejemplo, de que “Macri trajo al Fondo”, pretendía poner el carro delante del caballo: la Argentina, para ese Fondo, es un solo expediente. En el gobierno peronista anterior, los “socios mayoritarios” vivían aterrados -como se vio en la renuncia de Máximo a la jefatura del bloque en 2022- a pagar costos por izquierda. Esa inhibición para proteger la llama sagrada del capital simbólico fue, lisa y llanamente, una renuncia a la política. A dejar de transformar. Al pragmatismo. “El sacrificio es el otro”. Milei se sacrifica y se lleva todos los costos poniendo a prueba la paciencia de la gente, el riesgo de la deshumanización creciente. Porque ni una híper ni una ola de saqueos ni un corralito funcionaron de anzuelo disciplinador para aceptar la motosierra. En tal caso, la disciplina fue la anodina tortura china de una década perdida bajo el lento goteo de una economía estancada y administrada por una política que no transformaba casi nada. En el país del temor al estallido la sociedad pidió un estallido. Ese parece este desenlace fatal, presidente sin freno de mano.

Pero llegó una hora. La hora de que el peronismo entero abraza la disciplina fiscal, le tiene alergia al déficit y se imagina un programa de gobierno en el que se propondrá que cada gasto venga con fuente de financiamiento. ¡Quemen ese archivo! Jamás le declaramos el amor a la maquinita. Los cuestionamientos a la hipótesis monetarista de la inflación se encajonan. Ahora, se presenta la discusión interna del peronismo a ver quién es más racional. Si hace menos de tres meses no hubieran concluido un gobierno podríamos celebrar este repentino consenso. ¿Los que puteaban a Guzmán ahora le dan la razón? Lo citan sin citar. Los racionales fueron llamados agentes internacionales, timoratos, ¡tibios!, y ahora… tibios somos todos. Y Cristina reabsorbe la demanda contra el déficit fiscal como si el cuestionamiento a un “cierto ajuste”, a una segmentación de tarifas, no hubiera sido el quid del cuestionamiento a Guzmán y Kulfas. Como si el deber de aquel gobierno no hubiera sido el de estabilizar. El Perón del 52. Leandro Mora Alfonsín publicó en esta revista que “no existe ninguna posibilidad de desarrollo sin orden macroeconómico”. Pero el “siga, siga” de la gestión Massa -que estuvo a diez segundos de distribuir una impresora a cada argentino para que se imprima los pesos que necesitara- tuvo el aval fundamental cristinista. Ahora, claro, es momento de reescribir la historia.

Pero, volvamos al principio. La pregunta, ¿de dónde viene el temor a las malas noticias? No hubo mayor discusión sobre/contra la clase media que en los años de batallas culturales. El kirchnerismo -su semblante- provenía de ahí, de militantes e ilustrados. El macrismo, no Macri, a su modo, también. Por eso, la pelea sobre el “rol de los medios” sonaba por abajo a las peleas de consorcio, el costumbrismo de vecinos militantes que le cuestionaban al dueño del bar del que eran parroquianos el “automatismo” con el que tenía puesto TN o C5, peloteras navideñas, ah, las familias que se rompían como si la política no fuera también guerra familiar por otros medios. Y, además, la guerra prolongada entre las ciencias sociales y Clarín. Todo aquello, lucha de clases medias. Pero si el kirchnerismo amasó su masa crítica contra la clase media, en simultáneo, transformó en tabú tocarle el bolsillo. William Carlos Kirchner: Sólo para decirte que me comí las ciruelas que estaban en la heladera y que te subsidio las tarifas.

El periodista Juan Manuel Strassburger suele excavar con talento en los orígenes duhaldistas del orden que vivimos. Ubica en ese origen las mayores virtudes, y sobre todo una: el último mohicano de un ajuste virtuoso. Es decir, productivo. Duhalde también era un político de asumir costos. E hizo futuro quizás porque la sociedad lo aceptaba justamente porque carecía de él. Duhalde representaba a los intendentes, al puntero o a la policía brava según los prejuicios de época. Necesitábamos alguien sin futuro para cruzar el puente hacia el futuro. Duhalde fue el último jefe de la casta con auto consciencia de clase y dispuesto a pagar, todos juntos, los costos de una década.

Punto final, porque finalmente la tirria a dar malas noticias hizo de cualquier discusión (sobre inflación, restricción externa, inseguridad o pobreza) puro giro lingüístico. O un No habrá malas noticias, habrá sociología para explicarlas. Y sin embargo en todos estos años sí ocurrieron cosas buenas, pero lo bueno y lo malo, ya ves, quedó atrapado en el “círculo relativista” donde todo puede ser llamado como cada uno quiera. Pero eso, al menos, se está terminando. ¿Y qué hizo Milei para ganar entre tantas cosas? Nombrar la soga en la casa del ahorcado. Milei rompió los tabúes para asegurarse, hasta ahora, la única libertad que vemos consagrada: la suya, la libertad presidencial. La de nadie más.

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