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28 de noviembre 2023

Alejandro Galliano

CAPITALISTAS SIN CAPITAL

Tiempo de lectura: 8 minutos

Dos gotas

Tratemos de ver el vaso medio lleno del triunfo electoral de La Libertad Avanza: no hay, es todo malo. Solo dos gotas al fondo de un vaso seco y sucio. Una gota sería que el ajuste y las reformas pueden contribuir a ordenar por fin la macroeconomía argentina. Pero este ajuste tardío es como haber pospuesto por años el arreglo del auto hasta que se queda en medio de la ruta y el único taller cercano lo gestiona la familia Sawyer, de la Masacre de Texas. Otra gota, que es la que quiero desarrollar, es pensar qué capitalismo buscaron los votantes más pobres de Milei (excluyo de la lista a la clase obrera formal, como los automotrices y los trabajadores de Vaca Muerta que también lo votaron).

Hace unos meses se puso de moda el término «barrani» para ponderar a ese abanico de prácticas económicas informales que van desde pagar en efectivo para evadir impuestos hasta el contrabando y la venta callejera de productos falsificados. El concepto conectó tanto con la nueva derecha libertaria como con el viejo progresismo populista: a ambos les ofrecía un nuevo sujeto político con los sabores preferidos del plebeyismo argentino (marrón, creativo, irreverente) y una floreciente rama de la microeconomía, tan vital que no requería de antipáticas decisiones macroeconómicas (ajuste fiscal, devaluación, etc.), solo había que dejarla ser. El fugaz hechizo barrani debería habilitar una pregunta que nos acompañará durante largo tiempo a donde sea que vayamos: ¿qué capitalismo hace la gente que sobra?, ¿para qué sirven los pobres? 

Hasta ahora la respuesta fue acaparada por la llamada «economía popular», de Singer, Coraggio y la CTEP, que supo hacer de la informalidad, un actor social y un sector de la economía. Pero la economía popular solo reproduce marginalidad, no produce valor; se ubica al costado del capitalismo para resistirlo y adentro del Estado para mantenerse. Una propuesta muy difícil de sostener en el tiempo y aún más difícil de vender al resto de la sociedad. Por informalizados que estén, el programador o el rappitendero son conscientes de que generan valor y de que el cartonero o el comedor comunitario no lo hacen. Otra vez, ¿qué capitalismo hacen los pobres? 

Si el flujo tecnocapitalista escapa del control humano, serán nuestro refugio, quizás lo último que quede de aquello que alguna vez llamamos «sociedad civil», como el ágora ateniense, que también era un mercado

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La pobreza como fuente de riqueza 

El barrani fue la divulgación eficaz, y algo bufa, de las ideas de Hernando de Soto, un economista peruano ungido por el mismísimo Friedrich Hayek y que trabajó con Fujimori. La tesis de De Soto es que las actividades económicas informales de los sectores marginales generan una cantidad de riqueza que está por debajo de los radares del PBI y que es reprimida por la carga de las regulaciones estatales. Para De Soto, los pobres no son proletarios sin empleo, son empresarios sin capital. Su solución consiste en facilitarles ese capital de dos maneras: α) titularizando la propiedad de sus viviendas informales y β) desregulando el marco de sus actividades económicas. La versión más sólida y depurada de «no regalar pescado sino enseñar a pescar». Dos políticas minimalistas que permitirían transformar a los bolsones de pobreza en fuentes de riqueza, formalizando a la informalidad tal como está.

La vía α de su propuesta -inscribir legalmente la urbanización informal, un proyecto que ya había desarrollado el británico John Turner en el propio Perú durante los años 70- fue tomada por organismos internacionales e inspiró a los gobiernos comunista de Calcuta y petista de San Pablo. Respecto a la vía β, liberar la potencia económica de las actividades informales, quizás el mérito de De Soto consista en haber descubierto la pólvora y patentarla a su nombre. Las estrategias de supervivencia de los pobres son tan viejas como la pobreza. Y el mercado es su ecosistema. Cualquier política realista -incluso la libertaria si no quieren limitarse a importar la agenda del Tea Party o seguir con los rencores setentistas- debe plantearse cómo viabilizar a una masa marginal y unas prácticas económicas que van a formar parte de cualquier salida a la crisis argentina. Para evitar la tentación de sublimar a la economía informal como un cáncer social a extirpar, un tesoro económico a desenterrar o una reserva moral a la que acudir, nos puede ayudar una perspectiva un poco más amplia.

Planeta de mercados informales

El mes pasado vinieron a la Argentina, invitados por m7red, Peter Mörtenböck y Helge Mooshammer, dos urbanistas que coordinaron una red global de colaboradores para reportar y mapear 72 mercados informales en todo el mundo. El registro oficial sigue siendo la lista de «notorious markets» (mercados de mala fama) que confecciona cada año la Oficina del Representante Comercial de los Estados Unidos, que vigila y advierte sobre casos de piratería, falsificación y otras violaciones a la propiedad intelectual. Allí figuran el Mercado de Tepito mexicano, La Salada argentina, el Petrivka ucraniano y una plétora de mercados asiáticos, con India y China a la cabeza, cuya creciente centralidad global los transforma en un problema geopolítico. Hay mercados intersticiales que aprovechan franjas de tiempo y/o espacio dentro de la saturación urbana, como las «ferias de madrugada» de Hong Kong y San Pablo, o el viralizado Maeklong de Bangkok, al borde del ferrocarril. También están los mercados de frontera como Ciudad del Este y El Paso, donde circulan bienes y personas entre sistemas legales, monetarios y sociales distintos. Una frontera separa tanto como une y la informalidad es territorial y global a la vez.

El fugaz hechizo barrani debería habilitar una pregunta que nos acompañará durante largo tiempo a donde sea que vayamos: ¿qué capitalismo hace la gente que sobra?, ¿para qué sirven los pobres?

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Mörtenböck y Mooshammer aprovecharon su visita para recorrer La Salada. Al escuchar el ruido de la cinta de embalar rodeando uno de tantos bultos de mercancías, Helge dijo: «Ese es el sonido de fondo de todos los mercados informales, desde Rusia hasta acá». Los mercados informales son un fenómeno territorial, incrustado en condiciones geográficas, culturales y políticas totalmente locales y particulares. Pero también son una plataforma global, presente en todo el mundo, integrada plenamente a la circulación de los bienes y personas (y virus, ideas, etc.) que los flujos tecnofinancieros arrastran y empujan por el planeta, que saben aprovechar las posibilidades tecnológicas del capitalismo 4.0 y disputan palmo a palmo una superficie terrestre cada vez más escasa y peliaguda con los Estados nacionales (que van calibrando su tolerancia), las grandes corporaciones (cuyas marcas difunden y/o falsifican) y los organismos internacionales (que los observan de cerca sin poder actuar sobre ellos). 

La informalidad está completamente integrada al capitalismo global. No solo le permite ser realmente global, llevando sus marcas y pautas de consumo a rincones que pocos CEOs o publicitarios querrían pisar, sino que funcionan como backup permanente en tiempos de desglobalización y conflictos. La resiliencia y ubicuidad de los mercados informales resulta evidente en zonas de guerra como Darfur, Líbano o Kabul, en donde nodos como el Bush Bazar, la calle Mingy o el campo de refugiados de Zamzam funcionan tanto como oportunidades de lucro, formas de autogestión y supervivencia, y vías de regeneración económica, incluso de convivencia, como el caso del shopping Arizona de Brčko, en Bosnia Herzegovina. Allí donde algún colapso corte el flujo tecnofinanciero global, se montará un mercado y el logo de Nike resurgirá de las cenizas sostenido por la mano más sucia y curtida del planeta. 

Mercado Libre está a 10 minutos de La Salada

Pensemos en un triángulo. En un vértice está el mercado; en otro, el Capital; y en otro el Estado. Por más concentrado que esté, vivimos al mercado como un marco, con un grado mínimo de horizontalidad que nos permite «estar» en él, en su red. El Estado, por más democratizado y/o pretorizado que sea, funciona verticalmente, «hace» o «no hace», «permite» o «prohíbe». Actúa sobre nosotros, no lo habitamos. Respecto a la distinción entre capitalismo y mercado, dice Fernand Braudel:

«Hay dos tipos de intercambio: uno, elemental y competitivo, ya que es transparente; el otro, superior, sofisticado y dominante. No son ni los mismos mecanismos ni los mismos agentes los que rigen a estos dos tipos de actividad, y no es en el primero, sino en el segundo, donde se sitúa la esfera del capitalismo… Si usualmente no se hace una distinción entre capitalismo y economía de mercado es porque ambos han progresado a la vez, desde la Edad Media hasta nuestros días».

Allí donde algún colapso corte el flujo tecnofinanciero global, se montará un mercado y el logo de Nike resurgirá de las cenizas sostenido por la mano más sucia y curtida del planeta

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La modernidad decantó esas tres esferas para que pudieran interactuar mejor. El Estado ordena los mercados para que el Capital pueda acumularse. El Capital hace circular una gran parte (pero solo una parte) de los bienes e información por el mercado para realizar su valor. Y los mercados congregan a todas las personas que necesitamos esos bienes y esa información para vivir. La formalidad o informalidad de esos mercados y esas personas es una frontera que se va moviendo según las necesidades y posibilidades del Capital y el Estado en cada época. Cuando el gobierno de los Estados Unidos prohibió el alcohol, generó un mercado sobre el cual operaron ciertos capitales; cuando levantó la prohibición, generó otro tipo de mercado para otros capitales. Las sucesivas decisiones sobre el mercado de cocaína remapearon a América Latina: Colombia y Bolivia reemplazaron a Perú como productores y México reemplazó a Merck como distribuidora; los campos de amapolas de Sinaloa ardieron, y Félix Gallardo y Jorge Luis Ochoa cartelizaron a sus países.

La época que nos toca vivir está signada por la creciente informalidad del Capital: el flujo tecnofinanciero cada vez se ajusta menos a normativas de ningún tipo. Keith Hart, que acuñó el concepto «economía informal» en 1971, dice que hoy la informalidad conquistó al mundo:

«La economía informal comenzó hace cuarenta años como una forma de hablar de los pobres urbanos del Tercer Mundo que vivían en las grietas de un sistema de reglas que no llegaba hasta ellos. Ahora el propio sistema de reglas está en duda. Todo el mundo ignora las reglas, especialmente las personas que están en la cima―los políticos y burócratas, las corporaciones, los bancos―y evitan ser considerados responsables de sus acciones ilegales. La economía informal parece haberse apoderado del mundo, disfrazada con la retórica del libre mercado».

La emancipación del Capital mercantiliza objetos y prácticas hasta casi no dejar nada afuera, amplía la cantidad y oportunidad de operaciones económicas no-legales y reduce la capacidad del capital de absorber a la población activa de manera estable (el «empleo legítimo» que todavía ofrecen los políticos). Más mercancías, menos ley, más gente sobrante. Más mercados informales. Los Estados y el Capital no dejarán de presionarlos para condicionar o redireccionar su funcionamiento pero no pueden suprimirlos ni pretenden hacerlo. Forman parte de su presente y de todos los futuros que podamos imaginar. Si el orden global colapsa, serán el backup que mantendrá la distribución de bienes en los pedazos que sobrevivan; si el orden global escala, serán la plataforma territorial que le dé asiento y condición de posibilidad en cada punto del planeta; si el flujo tecnocapitalista escapa del control humano, serán nuestro refugio, quizás lo último que quede de aquello que alguna vez llamamos «sociedad civil», como el ágora ateniense, que también era un mercado.

Mörtenböck y Mooshammer aprovecharon su visita para recorrer La Salada. Al escuchar el ruido de la cinta de embalar rodeando uno de tantos bultos de mercancías, Helge dijo: «Ese es el sonido de fondo de todos los mercados informales, desde Rusia hasta acá»

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En los últimos cien años Argentina tuvo una relación inestable con el flujo tecnofinanciero global: plenamente integrada hasta 1930, considerablemente aislada hasta 1950, intentando reconectarse con poco éxito hasta 1990, y con más éxito hasta julio de 2001. Desde entonces volvimos a cerrarnos, confiando primero en nuestras exportaciones de soja y luego en nuesta inimitable manera de hacer las cosas: campeones del mundo, peronismo universal. A partir de 2013 volvieron los intentos fallidos por reconectarnos. Mientras tanto, el sector informal fue fermentando bajo las lajas de una economía entumecida: en el empleo negro, en los supermercados chinos, en la bolsa blanca sojera, en las autopartes manchadas con sangre, en las torres y barrios privados construidos con ahorros inconfesables. Y en los mercados informales. Esa capa mullida de fermento amortiguó los golpes de la macroeconomía hasta que empezó a aflorar entre los bordes del país legal. El Centro de distribución de Mercado Libre está a 10 minutos en auto de La Salada. Esa capa mullida de fermento está más conectada al funcionamiento del mundo que gran parte de nuestra economía formal. Y que nuestros representantes. 

Me preocupa la democracia, me preocupa la paz social, el pluralismo y los derechos adquiridos. Soy un progre. Pero el futuro del país se juega en la reconexión con el flujo tecnofinanciero y en la gestión de ese fermento que ya es el suelo que nos sostiene. Y el futuro empezó el 19 de noviembre. 

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