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18 de noviembre 2023

Leandro Mora Alfonsín

ALBA Y OCASO: UN LLAMADO GENERACIONAL

Tiempo de lectura: 12 minutos

Estamos en la previa de una nueva etapa. Más allá del resultado del balotaje mañana, llegó la fecha de vencimiento de una época, de varias formas de hacer las cosas y de discusiones que ralentizaron el tiempo y cercaron el espacio de posibilidades, como una autopista del sur cortazariana donde el devenir se convirtió en un juego de suma cero. Gane quien gane, habrá reseteo político. En la recepción de este punto inflexión, de este vortex del que nacen multiversos posibles, encontramos la construcción de nuestro futuro atrapada en lo que pareciera un eterno presente. Hay una Argentina que no termina de nacer y otra que no termina de morir. Alba y ocaso.

La primera, una Argentina que hace uso pleno de sus capacidades productivas, lista para un salto exportador, con mejor calidad de empleo e ingresos, con economías regionales dinámicas y el contrato de movilidad social ascendente renovado. Parada sobre su potencial agro-bioindustrial; sus más de 50 años de industria biotecnológica capaz de desarrollar tecnologías como el trigo HB4 resistente a la sequía que, en escala, podría contribuir a paliar el hambre global. Protagonista de la transición energética con el desarrollo de la cadena del litio, el cobre; exportando gas natural licuado (GNL) a todo el mundo y llevando a otro nivel su industria petroquímica, insumo difundido clave. Desarrollando energías renovables y combustibles con alta proyección de demanda (por ejemplo, hidrógeno limpio) parada en la bendición de contar con los mejores vientos del mundo para energía eólica en la norpatagonia y la mejor radiación fotovoltáica en San Juan y la Puna para energía solar. Una Argentina con anclaje en una tradición industrial de más de un siglo, donde se fabrican satélites y reactores nucleares modulares; y en donde podríamos producir el cartón para el envoltorio de cada pedido online de cualquier plataforma de e-commerce alrededor del planeta; los autos, buses y camiones que deberán dejar de andar con combustibles tradicionales; los bienes de capital para el aprovechamiento integral de nuestros recursos y en donde nuestras proteínas se convierten en alimentos diferenciados en cada góndola del mundo.

Más allá del resultado del balotaje mañana, llegó la fecha de vencimiento de una época, de varias formas de hacer las cosas y de discusiones que ralentizaron el tiempo y cercaron el espacio de posibilidades

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Para que esta Argentina se adelante, tiene que quedar atrás el país que no crece desde 2011; el de la falsa dicotomía entre crecimiento y distribución donde con una torta más chica e inflación no sólo tenemos menos para distribuir, sino que damos lugar a que ideas erradas presenten soluciones imposibles. Una Argentina de proponer sin escuchar y de escuchar solo a los cercanos. De enamorarse de herramientas en lugar de objetivos y peor, de insistir con herramientas fracasadas que no solucionan y dan lugar a propuestas aún más destinadas al fracaso.

Buscando transitar la ansiedad de este fin de semana, disparamos algunos apuntes de futuro para destrabar este embotellamiento. Pero como la economía es política, a los apuntes sobre lo que hay que hacer hay que llenarlos de protagonistas. Los que viven pensando en la cosa pública y tienen que desarrollar nuevas ideas, racionales y reales, para construir. Por eso estos apuntes pretenden ser un llamado que busca proponer un rol para las generaciones que tienen que protagonizar ese futuro que ya llegó. Esa masa de personas nacidas en estos 40 años de democracia, nosotros, los que tenemos la misión de que la democracia no solo sea incuestionable por los acuerdos que la concibieron, sino también por su calidad y capacidad de respuesta para el rompecabezas del desarrollo argentino.

Sin lugar para parches

La Argentina que no termina de nacer requiere de una condición necesaria impostergable para su alba: bajar la inflación. No existe ninguna posibilidad de desarrollo sin orden macroeconómico. Y si bien la pared de ese orden necesita de varios ladrillos, tanto la base como el cemento son la baja de la inflación.

La crisis actual es más de ingresos que de actividad. Un hogar (pareja y dos niños) necesita $345.295 para cubrir su canasta básica. Cada mes se vuelve más pareja la proporción de  quién llega a cubrirla y quien no. Cada mes esos $345.295 quedan más lejos. Tomemos de referencia la gran crisis de nuestra generación, el 2001. El vortex anterior que parió a esta era. La desocupación en la salida de la convertibilidad superó el 25%. No había trabajo para un cuarto de los trabajadores y sobrevolaba el fantasma de “vos sos el próximo” en la nuca del resto. Sin trabajo no hay ingreso. Hoy la desocupación es del 6,3% (bajísimo nivel en términos históricos). La gente trabaja. Y cómo trabaja. Trabaja mucho y trabaja en malas condiciones. Trabaja, si, pero no llega.

La Argentina que no termina de nacer requiere de una condición necesaria impostergable para su alba: bajar la inflación. No existe ninguna posibilidad de desarrollo sin orden macroeconómico

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Este “no llegar” tiene dos autos corriendo una picada. En uno va la inflación, en el otro los protagonistas del trabajo argentino: ahí están los aproximadamente 6 millones de trabajadores asalariados formales que son los mismos 6 millones desde 2011 y los itinerantes de la ruta del “tiene ropa para regalar” que describe desde hace años Martín Rodríguez. Están los free-lancers de altos ingresos y los vendedores de chocolate en el tren. Están los obreros que porque los números no cierran pasaron a ser colaboradores ocasionales (inserte un meme de “evil Don Carlos”). Están los trabajadores de plataforma, los empleados públicos que completan horas en otro empleo; las changas que se multiplican con la misma velocidad que fluyen los pesos en los QRs. No son individuos compartimentados. Están los empleados que después de cumplir horario, salen con su auto a levantar viajes. Un mango más. Está el docente que reparte horas en tres escuelas y clases particulares. Un mango más. El changuista con oficio y el changuista con maestría y monotributo contorsionista.

Resolver la inflación requiere de un plan de estabilización. Y para quienes sienten frío en la nuca cuando escuchan la palabra, regálenme unos minutos en los próximos párrafos. De manera didáctica y con alguna licencia, debemos explicar qué es una estabilización y por qué no hay más lugar para parches. Medidas aisladas que se constituyen en herramientas sin un plan atrás nos llevaron a esta velocidad crucero que se acerca al 150% de inflación anual: devaluaciones sin ordenar las cuentas; controlar precios y hacerlos justos, cuidados o transparentes sin cambiar un solo incentivo macroeconómico; cubrir con deuda en dólares las necesidades en pesos sin que nada alrededor cambie; poner el foco en “formadores de precio” a los que los costos los corren de atrás o la brecha cambiaria le come una rentabilidad que termina no yendo a ningún lado (ni a salarios, ni a recaudación, ni a nuevas máquinas e implementos); subsidiar precios y no consumidores, acelerando la divergencia de precios relativos e impactando, en el caso de las tarifas energéticas, en las cuentas públicas.

Estabilizar es, en primera medida, hacer converger los macroprecios que tiene la economía. ¿Qué significa esto? Imaginemos 5 categorías de “macroprecios”: el IPC, el tipo de cambio, las tarifas, la tasa de interés y los salarios. En los últimos 15 años, el comportamiento de estos fue divergente. El tipo de cambio, con más y menos cepo, con y sin deuda, mostró una película tendiente al retraso cambiario, con la inflación siempre horadando el tipo de cambio real. La tasa de interés, o muy baja como para hacer atractivo al peso y así alimentar tipos de cambio paralelos, o muy alta para estrangular el financiamiento de capital de trabajo; los salarios perdiendo la batalla desde 2018 y las tarifas siendo rebasadas por el precio de un almuerzo en microcentro. El IPC en constante suba. Por supuesto, la dinámica de estos precios se relaciona entre sí. No buscamos en este punto concentrarnos en causas (que ameritan su propia columna) sino en describir los puntos centrales de la dinámica que implica estabilizar.

En una estabilización (Israel 1985, el plan real brasileño, la estabilización de Perón en 1952 o casos menos exitosos pero que dejan valiosos aprendizajes como el Plan Austral), se busca que estos precios converjan. Es decir, que vayan en una misma orientación, manteniendo su dinámica relativa, reflejando el suceso económico detrás del precio. Cuando hablamos de estabilizar, entonces, hablamos de corregir precios. Lo que, en nuestro caso, implica ajustar el tipo de cambio, acomodar la tasa de interés y corregir tarifas. Estas correcciones son duras en el kilómetro cero y, en efecto, los primeros meses de una estabilización son un desafío. En todos los casos de estabilización que podemos citar, la dinámica requiere una primera fase de corrección de precios y salarios, cortar la velocidad de indexación, elegir un ancla (y no enamorarse de ella) y acompañar el reacomodamiento de precios con el ordenamiento del frente fiscal, el financiero (deuda y riesgo) y calibrar las reformas que se aprecien necesarias (motivo de otra columna entera). Cuando la dinámica se vuelve estable y “mañana se parece más a hoy”, la variación de precios (o sea, la inflación), se desacelera y empieza a bajar.

Medidas aisladas que se constituyen en herramientas sin un plan atrás nos llevaron a esta velocidad crucero que se acerca al 150% de inflación anual: devaluaciones sin ordenar las cuentas; controlar precios y hacerlos justos, cuidados o transparentes sin cambiar un solo incentivo macroeconómico

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De esto se desprende que para estabilizar se requieren dos cosas: pericia y conducción política. No hay estabilización posible sin liderazgo y capacidad de comunicación y contención. Los parches evitan dar malas noticias en el corto plazo. Y eso los vuelve tentadores. Pero la cuenta llega al final. Una estabilización requiere una enorme capacidad de contener las presiones que la misma conlleva en su primer momento. Y esta capacidad no solo se mide en cómo se comunica o persuade, sino en el orden de prioridades. No es lo mismo estabilizar la Argentina de 1952 que la de 2023 con 40% de pobreza. Estabilizar requiere de un enorme esfuerzo de contención de la ecuación social en la primera etapa. Caso contrario, la única actividad que tendría prosperidad sería la de los guardaespaldas. Esto debe conducirse, al tiempo de lidiar con las presiones sectoriales, del Fondo Monetario y de los gobiernos subnacionales. De vuelta; esto requiere liderazgo, estabilidad mental y emocional y mucha pericia y oficio político. Sin conducción política no hay orden económico.

En este punto es importante señalar que estabilizar es, también, morigerar lo que alimenta la expectativa inflacionaria. Y ubicar las discusiones en su sitio. Cuando hablamos de contener los efectos de la estabilización, implica gasto público. El déficit fiscal no es una categoría moral; no es ni bueno ni malo, tiene que ser sostenible, repagable. Los países que pueden sostener crecimiento y buen nivel de distribución con déficits (que en algunos países parecieran crónicos) es porque cuentan con capacidad de pago. La clave en este punto no es “bajar el gasto” como un mantra dogmático, sino gastar bien. No gastar en subsidiar la tarifa de luz del ciudadano que está en el decil 9 o 10 de la distribución del ingreso y si en cubrir eficientemente a quien no puede pagar la tarifa e invertir en más infraestructura; no gastar el equivalente al 40% de la AUH en que dos empresas ensamblen celulares en una isla y si en la planificación productiva posible de la Patagonia, parados en su enorme potencial. De ejemplos podríamos llenar el texto. Pero es la menor permeabilidad a las micro agendas, subordinadas a una estrategia nacional lo que ordena el gasto. Orientado a mejorar la competitividad, la productividad y los servicios públicos de calidad.

Así como no hay lugar para más parches, no existen soluciones mágicas. Ideas extravagantes como dolarizar solo aceleraría una hiperinflación que arrasaría la tierra, sin certezas de la capacidad que tengamos de sembrar una recuperación después, ni con quienes.

La unidad nacional requiere abrazar CUILes

Estabilizar, como dijimos, es la condición necesaria. Para que sea sostenible, los otros ladrillos de la pared del orden económico están en la capacidad de desplegar una política industrial inteligente; una planificación productiva que de incentivos y no obstáculos y en donde estén contenidas las casi 50 millones de personas que habitan la Argentina. Esa es la base de la verdadera unidad nacional, con el desarrollo productivo como norte y la producción nacional y el trabajo argentino en el centro, insertando valor argentino en el mundo. Esto no es solamente definir sectores estratégicos y trabajar en su desarrollo, poniendo a disposición herramientas; es convencer a los actores del camino a seguir.

Si lo productivo es trascendental, los protagonistas se presentan solos: empresarios y trabajadores. Una nueva etapa de la Argentina en materia económica no solo requiere de la gobernanza política de la economía, sino cultivar bajo el concepto de unidad nacional el rol indelegable que tienen los empresarios y los trabajadores. Estabilizar es buscar que haya más de ambos. Es generar, además de más exportaciones, más exportadores. Es entender que si crece el empleo de calidad, los salarios tienden a subir sin ninguna medida ad hoc.

Un empresario es un abrazador de CUILes. Y ese es su rol principal. El trabajo ordena la sociedad. Me permito insertar una anécdota de mi tiempo como funcionario[1]. Visitando a fines de 2021 una reconocida empresa de electrodomésticos santafesina que, más allá de su presencia en el mercado local, exporta, tuve la oportunidad de tener una experiencia que resultó muy gratificante. El dueño de la empresa nos comentó al recibirnos que durante la crisis 2018/2019 tuvo que echar a casi 500 trabajadores. Desde 2020 y hasta el momento de la visita había contratado 650 empleados. Pero con una particularidad; este empresario hizo llamar uno por uno a quienes habían sido despedidos en su momento para ofrecerles volver. De ese proceso resultó que casi el 70% de quienes habían cesado sus tareas en esta fábrica, volvieron a su puesto (más del 30% ya estaban en otros trabajos, proyectos u otras ciudades). Le pedimos que por favor nos armara una reunión con trabajadores que hayan tenido esta experiencia de irse y volver. Nos juntamos con tres laburantes; uno había trabajado en el taller mecánico de un cuñado, otro de remisero y el tercero, de changas. Ninguno tenía más de 27 años y todos tenían hijos. Para los tres, volver a la fábrica era un sueldo estable y un lugar propio, ganado. El tercer trabajador en el café que compartimos hablaba en detalle de una sola cosa: desde que volvió a la fábrica podía organizarse para llevar a su hija al jardín y que su pareja la pase a buscar; eso era una preocupación antes y ahora estaba resuelta.

El déficit fiscal no es una categoría moral; no es ni bueno ni malo, tiene que ser sostenible, repagable. Los países que pueden sostener crecimiento y buen nivel de distribución con déficits (que en algunos países parecieran crónicos) es porque cuentan con capacidad de pago

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¿Por qué me detengo en esta digresión? Porque en esa anécdota está la clave del contrato a reconstruir. La sociedad puede avanzar, tener nuevas inquietudes e intereses, diversificar sus gustos y afinidades culturales, pero hay algo que no cambia: la gente quiere estar tranquila. Quiere trabajar, llevar a sus hijos a la escuela y que “el arrullo de una economía ordenada acompañe en silencio”. Quiere lo mismo que mi abuelo (sepan disculpar la autorreferencialidad, una vez más), Manuel Alfonsín, obrero industrial con educación incompleta pero la voluntad de laburo propia de los gallegos de hace 70 años. El contrato de ese obrero que con su trabajo sembró a los primeros universitarios de su familia es el que hay que recuperar en esta Argentina distinta, llena de laburantes que no llegan.

¿Por qué no se luce ese contrato que renació en Rosario? Porque, entre otras cosas, la inflación se lo va llevando puesto. Argentinos, a las cosas.

Cuidar la racionalidad

La nueva etapa política y económica de la Argentina tiene que contener este contrato. Fracasó el diálogo social de las micro-agendas, donde la paritaria de cada actor no confluía en ese primer metro cuadrado de derechos de primera generación. Y esto no es bajar el precio de las agendas conquistadas y las aún por reivindicar, es contextualizar que solo con eso no podemos. Ampliar derechos es sobre la base de garantizar sustento.

Y ese fracaso es hijo de no escuchar a la sociedad que se pretende gobernar. No es una cuestión de dirigentes de los distintos espacios políticos solamente. Es la sociedad escuchandose entre sí. Unidad nacional es conocer al otro. Si la patria es el otro, entonces tengo que conocerlo. Para ello, debo salir de mi micro agenda. Apunte para nuestra generación: no podemos transformar la sociedad que no conocemos. La vocación pública implica conocer qué piensa y que sienten los empresarios, los laburantes, los adultos mayores, marginados, los pibes y las pibas de todo el país. La discusión no es sobre lo que a nosotros nos parece que es o debería ser el país, sino lo que el país puede ser en función de conocerlo en profundidad, escuchando y repensando nuestras razones todo el tiempo.

Así como no hay más lugar para parches, no hay más lugar para el divorcio de la clase política y la calle. No hay más lugar a que la discusión pública sea sobre personas, dirigentes y sus circunstancias y no sobre la Argentina en sí. Estos últimos meses de “volver a las cosas” no podemos permitir que sean un espejismo de campaña.

Costó muchísimo lograr 40 años de democracia para que hoy alguien se sienta validado a cuestionar los acuerdos más básicos. Aquí cabe la autocrítica que todos tenemos que hacer para identificar qué dejamos de escuchar y proponer para que eso ocurra. Como generación tenemos que diferenciar el ego de la soberbia. El ego es “querer ser”. Todos queremos ser, protagonizar, haber ayudado a que algo mejore. Es sano. Soberbia, en cambio, es pensar que solo nosotros podemos hacerlo. Haber dejado de escuchar fue, al fin y al cabo, una muestra de soberbia.

El reseteo político de los meses que viene requiere de una generación humilde, orientada a resolver quilombos y sin los vicios de figurines. Se necesitan líderes y conductores racionales, no figurines. Sin figurines, sin gente quiere llegar a la política para ser influencer (es al revés, se gana influencia para poder llegar y transformar), sin el que entiende el rol de funcionario como el armado de reuniones con café y fotos que “articulan la articulación del diálogo articulado”, sin lugar al que le gusta más la guita que el país, sin lugar para el que maltrata ni para el violento. La nueva etapa implica que los nacidos en democracia nos volvamos adultos de verdad; rompiendo el mood de adolescencia eterna contenida en el contrato social que muere en el celular en cuotas.

No hay más lugar a que la discusión pública sea sobre personas, dirigentes y sus circunstancias y no sobre la Argentina en sí

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Hay una Argentina que no termina de nacer y otra que no termina de morir. Y hay una olla de oro al final de nuestro arcoiris. Argentina puede tener un período económico fenomenal entre 2025 y 2030; eso requiere liderazgo, laburo y poner foco en las prioridades. La tarea es doble: solucionar lo urgente, lo material, lo concreto y entender que no hay más lugar para la conversación que se cierra sobre grupos pequeños. Esta Argentina donde debemos cuidar la racionalidad, la democracia, la producción y el trabajo no solo se defiende con el voto mañana, sino con lo que construimos a partir de lo que venga después.


[1] El autor fue Director Nacional de Desarrollo Sectorial en el área de Industria, dentro del Ministerio de Desarrollo Productivo entre diciembre de 2019 y septiembre de 2022