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28 de mayo 2021

Martín Prieto

Escritor, profesor de Literatura argentina en la Universidad Nacional de Rosario.

LOS ESCRITORES QUE QUERÍAN VIVIR

Tiempo de lectura: 9 minutos

Leí o escuché una entrevista a un madrileño de cierta edad, que al parecer había vivido intensamente en su ciudad la movida de los años 1980.  Cuenta que un turista lo paró por la calle, tiempo después, y le preguntó dónde quedaba el barrio Chueca. Y el madrileño le contestó: “en el pasado”. El bar La buena medida, el que publicitaba los precios de su estricta y discretísima oferta gastronómica en las históricas cajas de pizza de cartulina rústica gris clavadas en la pared y donde, cuando venía a Rosario, paraba el baterista Oscar Moro, también queda en el pasado. Pero así como en Madrid sigue habiendo un barrio llamado Chueca, en Rioja y Buenos Aires sigue habiendo un bar llamado La buena medida. Sin embargo, una placa impuesta sobre su fachada que dice “Esquina Oscar Moro. 1948-2006” avisa a los parroquianos que antes de entrar abandonen toda esperanza. Templado el ánimo con esa advertencia, pasé hace unas semanas a tomar un café y como la esperanza se revela donde no se la busca, en una mesa del fondo entreví al poeta Jorge Isaías, entreverado en una conversación con su hermano, cosa que supe después, cuando me acerqué  a saludar. Chocamos puños, hablamos un rato, y quedamos en vernos en otra oportunidad. El alegre encuentro propició un sueño. Me cruzaba con Isaías en la calle. Jorge me contaba de un viaje en auto que había hecho con Juanele Ortiz, Hugo Gola y May Swenson. A mitad de camino -en el mismo sueño imaginé que el viaje sería de Rosario hacia el Norte, hacia Santa Fe tal vez, o hacia Paraná-  pararon a un costado de la ruta, detrás de una estación de servicio, frente a una plaza. Jorge sacó del baúl del auto una parrillita e hicieron un asado sobre el piso de tierra. Comieron, me contaba Jorge, en cuclillas, alrededor de las brasas. Habían puesto unos pimientos al fuego, para picar mientras se asaba la carne. Y en tanto comían los pimientos y tomaban vino, Swenson había dado a entender que los poemas de Saer no le gustaban. El sueño, en los días siguientes, fue acomodando algunos recuerdos de mi vieja amistad con Jorge, que habrá empezado cuarenta años atrás. El primero, cuando, visto que vivíamos en el mismo barrio, íbamos juntos a trabajar, en auto. En su auto. Él, a una oficina, que quedaba frente al edificio de Tribunales, a corregir pruebas de imprenta. Yo, a sacar fotocopias en un modesto negocio familiar, en los mismos Tribunales. ¿De qué trabajan los escritores? 

qué hacia May Swenson en medio de la avanzada de poetas del Litoral, en el auto de Isaías, comiendo pimientos asados y manifestando sus reservas en cuanto a los poemas de Saer

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Elías Castelnuovo, en sus Memorias de 1974, recordando los años de las vanguardias, y en una encendida proclama clasista, pasaba lista a los oficios obreros, y en cada uno ponía un escritor: Nicolás Olivari, peón de almacén; César Tiempo, repartidor de soda; Roberto Mariani, oficinista -en una entrevista de esos mismos años subrayará “empleaducho”-; Abel Rodríguez, albañil; José Portogalo, pintor de paredes; Leónidas Barletta, portuario. Él mismo, linotipista. “Nosotros, los proletarios”, dice Castelnuovo, para distinguirse de “ellos”, los martinfierristas. Los cajetillas, los pitucos. Oliverio Girondo, como modelo contrastante: “era multimillonario”.

El 23 de diciembre de 1965 la revista Confirmado publicó una nota titulada “Trabajos. Los escritores que querían vivir”. La investigación, que no lleva firma, apunta que el 37 % de los escritores trabajaba en redacciones de diarios y revistas; el 12%, eran profesores; el  8% trabajaba en agencias de publicidad  (un saludo, al pasar, a la memoria de Gianni Siccardi, autor del célebre slogan de la caña Legui –“¿Para qué le habrán puesto caballos?”-); el 7% vivía de rentas; el 5% eran empleados de comercio; un 3% eran libreros o empleados de librerías;  otro 3% empleados en editoriales; un 2 % eran médicos y otro 2%, abogados. Sólo el 5% de la autores encuestados vivía de derechos de autor: Ernesto Sabato, Beatriz Guido, Cayetano Córdoba Iturburu, Ulises Petit de Murat, David Viñas y Rodolfo Walsh, dice el cronista, “viven o intentan vivir de sus obras”. El concepto “obra” incluye, en el caso de Walsh -de quien se subraya su pasado como “bracero en la vendimia mendocina”- sus traducciones del inglés, y en el Petit de Murat “los libretos de films nacionales que firmó junto con Homero Manzi”, porque “ni sus poemas ni sus novelas le permitían sobrevivir normalmente”. El cronista, de paso, anota que antes de poder vivir de sus libretos, en los años 1930, Petit de Murat trabajaba como subdirector de un corralón municipal en la Chacarita, donde recibía regulares visitas del joven Borges. Y que habrían sido esas visitas, y los personajes que trabajaban en el corralón y no, como escribió el mismo Borges en 1935, sus “relecturas de Stevenson, Chesterton, y aun de los primeros films de von Sternberg  y tal vez de cierta biografía de Evaristo Carriego”, los que habrían asaltado su imaginación y propiciado los relatos de Historia universal de la infamia. La nota, desprovista de todo rigor sociológico (de hecho, la suma de las partes no alcanza al todo) da, sin embargo, lindas noticias que vale revelar. Juan José “Chacho” Manauta, el autor de Las tierras blancas, trabajaba en un aserradero en el Delta. Nira Echenique, poeta y biógrafa de Alfonsina Storni, escribía fotonovelas. El dramaturgo Sergio De Cecco, radioteatros, firmadas con el seudónimo Amadeo Salazar. Fermín Estrella Gutiérrez, anota el autor, se abocó tanto a su tarea de profesor, que se olvidó de escribir  “y las generaciones jóvenes ignoran ignominiosamente sus antiguos poemas”. Alberto Girri, parece no haber respondido la encuesta, pero “quienes lo conocen” hicieron saber al cronista que no vivía de rentas -como se ve que este sospechaba-  y que solo realizaba “algunos programas que se transmiten por Radio Nacional y Radio Municipal de Buenos Aires”. “En consecuencia -precisa la nota- el balance entre sus escasos ingresos y las magníficas camisas blancas con sutiles rayas rojas que suele usar indica que un riguroso ascetismo preside sus demás hábitos”. Diecisiete años más tarde, en 1982, Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo firmaron la Encuesta a la literatura argentina contemporánea. La última pregunta a los encuestados era: “¿Vive usted de la literatura? ¿Qué otras actividades realiza o ha realizado?”. Girri da a conocer el origen de los fondos con el que había comprado -y seguía comprando- sus bonitas camisas: “Fui profesor de enseñanza secundaria, empleado público, traductor, asesor de publicaciones en una editorial, asesor literario en una radio porteña. A partir de 1967, gracias al Premio Nacional de Poesía, mi principal fuente de recursos es la pensión graciable a la que esa distinción da derecho”.

Girri fue el único escritor argentino “con pinta de actor de cine”. Creo que lo sabía y que “las magníficas camisas blancas con sutiles rayas rojas” que solía usar y que llamaban la atención del cronista de Confirmado tenían que ver con el modo en que reafirmaba esa figura

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Cuatro años más tarde, en 1986, con D.G.Helder presentamos en Buenos Aires el libro de Arturo Carrera Animaciones suspendidas. Hicimos una suerte de “intervención”, de corte y montaje,  sobre los poemas de Arturo, de modo de convertir el libro entero en un solo poema, que leímos a viva voz y del que esto es una parte: “Debo llorar, es obvio./ Ya había comenzado en otro libro./ ¿Te acordás?/ ¿Te acordás?/ de los niños: ¿te acordás?/ ¿Te acordás que en el cementerio/ las tías nos dijeron:/ ‘Tiren ese pan,/ aquí no se come?’/ No hay drama en la infancia,/ más que esa pequeña imprudencia/ de lo agolpado./ ¿Te acordás?/ ¿Te acordás?”. Esa noche conocí a Alberto Girri. Si dejáramos de lado el cine documental y la persistente moda de las películas actuadas por no actores, o por actores que tratan de no parecer actores, y nos remitiéramos a lo que esta imagen significaba por lo menos hasta los años 1970 o 1980, Girri fue el único escritor argentino “con pinta de actor de cine”. Creo que lo sabía y que “las magníficas camisas blancas con sutiles rayas rojas” que solía usar y que llamaban la atención del cronista de Confirmado tenían que ver con el modo en que reafirmaba esa figura, esa pinta, a través de la ropa. Alguien, seguramente Arturo, nos presentó. Girri, para recontraconfirmar la imagen, llevó su mano derecha al bolsillo interior del saco, extrajo una cigarrera de metal -que yo imaginé de plata- la abrió, me ofreció un cigarrillo y tomó otro para él. Esa misma noche -cómo no- soñé con Girri. En el sueño, se lo presentaba a Sergio Cueto. Y Sergio me decía, lacónicamente: “Ya nos conocemos”. Unos años más tarde, publicó Seis estudios girrianos, que empieza así: “Desde algunos lugares de la obra de Alberto Girri, la poesía hace señas”.

De izquierda a derecha: Lelio Zeno, Jorge Nicolai y Elías Castelnuovo. Alemania, 1931

Y es claro que, hablando de sueños, cabe preguntarse qué hacia May Swenson en medio de la avanzada de poetas del Litoral, en el auto de Isaías, comiendo pimientos asados y manifestando sus reservas en cuanto a los poemas de Saer. Acá no hubo que activar recuerdos. En esos días estaba leyendo un libro de Harold Bloom, La escuela de Wallace Stevens. Un perfil de la poesía estadounidense contemporánea, en versión de Jeannette L. Clariond. “Aquí es donde vive la serpiente”, el verso de Stevens con el que empieza su extenso poema “Las auroras del otoño” (que Bloom decía saberse de memoria y recitar a la noche, para dormirse) me recordó unos de Saer: “Hemos descubierto, una mañana, inesperadamente,/ en el patio de nuestra casa, el rastro de la víbora.” Y pensé que si bien la serpiente metafísica de Stevens y la víbora política de Saer reptaban hacia lugares distintos, esa suerte de confluencia de símbolos, aun cuando sus usos fueran diferentes, establecía un vínculo amoroso, para mí, como entusiasta lector de uno y de otro, entre ambos autores y reestablecía una idea vigente, cada tanto y olvidada cada tanto también, en cuanto a esas relaciones entre poetas o aun entre poemas, que no están justificadas ni por la lengua, ni por las influencias, ni por la historia literaria, sino por nuestra a veces intransferible experiencia de lectores. Que viven solo en nuestra cabeza y que se desvanecen después. Pero Bloom, además de esta revelación, me había ofrecido una noticia: los poemas de May Swenson, que no conocía. Una poeta, dice Bloom, tan eminente como su amiga Elizabeth Bishop, pero, en efecto, todavía desconocida, aun entre los recoletos ámbitos de los “mejores estudiantes” de Bloom y de “lectores avezados”. Swenson, raramente -para nosotros- era mormona. Mormona disidente. Porque era lesbiana y no pudo entonces, como casi todos los mormones estadounidenses, residir en Utah. Pues lo mormones no aceptan (o no aceptaban en los tiempos no tan lejanos de Swenson, que murió en 1989) el lesbianismo. Esa disidencia propició, para Bloom, una “gran originalidad religiosa”, una visión del mundo, de inspiración mormona, “genuina y luminosa”. Leí un montón de veces uno de sus poemas, titulado “La verdad se impone”. Sobre todo la primera parte de su primera mitad. Porque los poemas también, a veces, se leen o se recuerdan partidos o recortados. Del poema de Swenson me acuerdo sobre todo de esta parte:

“Como no soy honesta en persona/ busco ser honesta en la poesía./ Si hablo contigo, mirándote a los ojos,/ miento porque no tolero/ evidenciar la verdad. Decir toda la verdad/ sería como quedar desnuda./ Perdería mis más preciados bienes:/ distancia, silencio, intimidad./ Quedaría expuesta. Y me poseerías”.

Alejandro Pidello, Jorge Isaías y Guullermo Colussi. Los poetas de La Cachima. Años 1970. Foto de A. Pidello. 

La distancia, el silencio y la intimidad como “bienes” que se perderían, o quedarían expuestos al decir “la verdad”, sin embargo, no se pierden al ser expuestos en un poema. No declararle el amor a alguien, por temor a quedar expuesto y entonces ser poseído. Pero declararlo, de todos modos, en un poema, de destinatarios difusos, improbables (¿quién los leerá?) pero potencialmente, en su duración en el tiempo, multitudinarios. ¿Quién es el destinatario de un poema de amor? ¿Aquel en quien el poema está inspirado o, visto que se trata de un artefacto público, todos aquellos que se verían afectados por su lectura? ¿O ambos? De esas cosas también hablábamos con Isaías, en su Renault 4, cuando íbamos a trabajar a la zona de Tribunales y yo le preguntaba a quién estaban dedicados, o quién había inspirado los poemas de Cartas australianas, que yo había leído con devoción en esos años y que me habían afectado tanto como lector. Y él sonreía. Y no me contestaba.

“El barco que cruzó el mar llevándote,/ se fue lleno de niebla y lo sabías./ Será hasta siempre. Ahí va mi último beso:/ usalo como quieras.”

May Swenson, años 30.

Bibliografía:

Elías Castelnuovo, Memorias, Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1974.

Oscar Giardinelli: “Elías Castelnuovo: la espada, la pluma y la palabra”, en Siete Días Ilustrados, Buenos Aires, septiembre de 1975. En línea: https://razonyrevolucion.org/un-viejo-nada-gaga-elias-castelnuovo-sobre-florida-y-boedo/

Sin firma. “Trabajos. Los escritores que querían vivir”, Confirmado, Buenos Aires, 23 de diciembre de 1965.

Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo, Encuesta a la literatura argentina contemporánea, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1982.

Arturo Carrera, Animaciones suspendidas, Buenos Aires, Losada, 1986.

Sergio Cueto, Seis estudios girrianos, Rosario, Beatriz Viterbo, 1993.

Harold Bloom, La escuela de Wallace Stevens. Un perfil de la poesía estadounidense contemporánea, edición, traducción y notas de Jeannette L. Clariond, Barcelona, Vaso Roto, 2011.

Juan José Saer, El arte de narrar, Santa Fe, UNL, 1988.

Jorge Isaías, Cartas australianas, Rosario, La cachimba, 1978.

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