03 / 09 | Política

CONURBANO


 

I.

Tomando el Censo de 2010, entre la CABA y el GBA se juntan 12.801.364 personas, es decir, casi uno de cada tres habitantes de la Argentina (31,93%). La ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires integran un área metropolitana que resulta una de las tres grandes metrópolis de América Latina, junto a DF (México) y San Pablo (Brasil). Hablamos de nuestro AMBA (ciudad + conurbano). Y la provincia de Buenos Aires produce alrededor del 40% del PBI del país.

Según el imaginario político promedio, en el Gran Buenos Aires vive el peronismo en su versión más rústica: desde la primera concepción de obreros y cabecitas negras de los años 40, hasta la última de desocupados, piqueteros, punteros, redes clientelares y la peor versión narrada del Estado: “los Barones del Conurbano”, un mito ya en retirada pero que designa una suerte de feudalismo al que se llega en colectivo. Esta visión omite un detalle masivo: en el Gran Buenos Aires vive una amplísima (¿mayoritaria?) población de capas medias. Los Invisibles. Y otro más: el caudillismo no es exclusivo de peronistas, como bien recuerda Manuel Barge en su blog “Deshonestidad intelectual”: ahí está la familia Posse, en plena reproducción.


En algún sentido, la solución a esa macrocefalia argentina estuvo en la mente del presidente Alfonsín cuando imaginó una huida, una fuga hacia adelante en plenos años 80, fijando en Viedma el sueño de una nueva capital, una Brasilia fría a la que viajarían primero los políticos, luego, obvio, los lobistas, los empresarios, los amantes del círculo polar, las industrias del entretenimiento, y así. Alfonsín se vio “rodeado” e imaginó otra cruzada hacia el sur, pero corta y civilizatoria.

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II.

Llegamos a esta década con una situación simbólicamente empatada: por un lado para cierta mirada el Conurbano sigue concentrando esas peores versiones de todo (del peronismo, de los pobres-delincuentes, del Estado clientelar, etc.); y por el otro, una mirada “idealista” y estetizante que invierte los valores y donde unos ven todo malo, ven todo bueno. Un conurbano idealizado como contracara de la ciudad. Una fetichización de la pobreza que contradice la concepción moderna simplificada en esta oración: donde hay una necesidad hay un derecho.

Se puede rastrear el experimento a cielo abierto que ha sido esta nueva “literatura del conurbano” (una suerte de contragolpe narrativo hecho de experiencia e imaginación, desde la sociología de Javier Auyero hasta la narrativa de Incardona) o también la breve historia reciente del sindicalismo del conurbano (con su nueva Panamericana industrial de 100 mil trabajadores, atravesada por la tensión entre burocracias y clasismos inteligentes), o la proliferación de un “nuevo sujeto”, ya hoy tomado para la chacota, que es el municipalismo de “intendentes” en recambio enaltecidos como gestores de derechos de segunda generación. Sumado todo esto a un proceso que se inició en los años 90: la conformación de universidades públicas en todo el Conurbano.

La “moda del Conurbano”, es decir, su fascinación antropológica, política, estilizada sobre los “sectores populares”, puso en escena también un reflejo de asimilación: la latinoamericanización de la porteñidad. Si el Gran Buenos Aires comenzó a vivir el derrame del Estado, también la ciudad de Buenos Aires asimiló su integración cultural, aunque sea de forma resignada: comparten el subsidio al transporte, el subsidio energético, las tareas de recuperación de la cuenca Riachuelo-Matanza, etc. El concepto de Conurbano desplaza el centro a la periferia. Es una inversión del 17 de octubre y el aluvión zoológico: supone un aluvión estatal, de control, de orden y organización del centro a la periferia. Porque hemos logrado una idea de gobernabilidad según este concepto que la crisis nos dejó: gobernar la Nación es gobernar el Conurbano. Y esto tiene su fiesta semántica: los municipios con agendas más complejas y la constitución de un tipo de ideal social en torno al consumo y a “pertenecer a la clase media”. El conurbano es el territorio de conquista de esa movilidad ascendente y del recambio del sujeto peronista: no es obrero, es nueva clase media.

III.

La politización argentina se hace de casa al trabajo y del trabajo a casa. En la Argentina el desempleo construyó la identidad del trabajador-desocupado. El “trabajador” como sujeto sobrevive a la condición laboral misma: se puede estar desempleado pero se mantiene la condición política. En el pasaje entre trabajador y desocupado hay una constante. Pero a la vez, la territorialización de la política fue un efecto del cambio producido en la Argentina a partir del consenso liberal y democrático. La represión y el impacto gradual de las reformas liberales tuvieron su síntoma en una frase de Alfonsín en 1983: “no me van a votar los obreros, pero sí sus mujeres”. Esa feminización del voto tenía una carga de desplazamiento territorial preciso: la política se decidía en casa. Era un voto resuelto en el ámbito del hogar. La sensibilidad democrática desbancó con su concepto de ciudadanía al de clase, porque la ciudadanía -se supone- está “antes”. Como recuerda Fernando Rosso, un trotskista inteligente y entusiasta, se trató del fin de lo que Juan Carlos Torre llamó “el gigante”: “un movimiento obrero desarrollado y cohesionado bajo los símbolos del peronismo”. Tuvimos que pasar de clase obrera a sectores populares y clases medias. El peronismo, dejó de tener su columna vertebral sindical, para tener su columna vertebral municipal. La “Desorganización Organizada” del peronismo (según Levitsky). ¿Qué es el orden, entonces, hoy? Gobernar la ciudad. ¿Qué es la ciudad? La ciudad es el AMBA. Se terminó la misteriosa Buenos Aires. La Reina del Plata. Con autonomía, sin autonomía, no existe más. Somos una sola cosa maciza mucho más grasa de lo que creemos. ¿O alguien cree que Palermo es “cheto”? Somos un DF. Un Distrito Federal Argentino.

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IV.

La irrupción del Conurbano en la centralidad nacional fue tan profunda que colocó un presidente por la ventana en el momento de mayor crisis: Duhalde. Eduardo Duhalde, “el peor de todos”, significó un pacto entre peronismo bonaerense y clase media decisivo para una concepción del orden a construir: gobernar el AMBA será gobernar la Nación. El Estado recaudador de impuestos, potenció la regionalización política con su rienda presupuestaria corta (ningún gobernador pudo “crecer” fuera de sus fronteras) y tuvo su ciénaga y su desafío constante en el territorio móvil del Gran Buenos Aires y la ciudad. Se hizo tan carne que era “la madre de todas las batallas” que resultó la partera de la historia: el kirchnerismo llegó del sur a gobernar este territorio superpoblado que le deparó su venganza. Scioli, Macri y Massa. De ahí vino la disputa del recambio porque ese fue el territorio a conquistar, ahí estaba el juego del trono, del orden, del progresismo. Gobernar el AMBA, gobernar a los pobres matanceros, a los caceroleros de Caballito, a los chetos de Belgrano, a los vecinos inseguros de Lanús, a los estudiantes de la Universidad Arturo Jauretche, a los NI-NI, a los villeros, a la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans, al Corpus Christi, y a los jóvenes sobreescolarizados y subempleados que luchan por su derecho a un ideal. El resto del país no fue olvidado por el Estado (lo sabe Chaco, Formosa, Salta, San Juan, Neuquén, Santa Cruz) pero fue visto desde una teleconferencia estatal o en un informe del programa de Lanata que mostró en cada provincia una nueva prueba de la supuesta “barbarie feudal”. La política se híper concentró, Kirchner viajaba en helicóptero a Moreno, a 3 de Febrero, se había reducido el Estado nacional también a esa proximidad cuerpo a cuerpo entre Nación y Municipio como si las provincias sobraran, el FPV tuvo todas sus batallas cruciales ahí, sus únicas y reales batallas electorales ahí: en 2005 jugó la dama contra el duhaldismo, en 2009 contra el neoperonismo de De Narváez, y en 2013 contra la renovación peronista liderada por un intendente del corredor Norte. Las batallas peronistas donde ganó, perdió, perdió, y leyó esas derrotas para luego ganar. ¿Pero existe otra geografía argentina? ¿Y nuestra *inmensidad*? ¿Achicar la Nación para agrandar el Estado?

La palabra Conurbano ya dio todo lo que tenía para dar. Un Estado urgente “que no piensa el territorio sino que el territorio lo piensa a él”, como escribió Pablo Touzon. “La decadencia de la Argentina militar se llevó puesta, en su caída, alguna idea de la gestión del territorio”, dice Pablo. Alfonsín se puso los bigotes, juntó promesas de capitales rusos, señaló el sur y viajó en un tren solo. En el fin de la guerra fría Alfonsín completaba un círculo maniático: luego de la guerra, llevar el gobierno civil hacia el sur. Pero Conurbano y Malvinas no pueden ser los únicos vértices de un mapa nacional y popular cada vez más metafísico, aunque se hunda en la invención estatal de la lengua de un malón. Hay que patear el hormiguero. O, como dice el profeta Isaías: “He aquí que voy a realizar cosa nueva. Ciertamente en el desierto trazaré un camino.”


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1 Comentario

  • Lecturas interesantes del 05/09/2015 says: 8 septiembre, 2015 at 07:37

    […] Conurbano Según el imaginario político promedio, en el Gran Buenos Aires vive el peronismo en su versión más rústica: desde la primera concepción de obreros y cabecitas negras de los años 40, hasta la última de desocupados, piqueteros, punteros, redes clientelares y la peor versión narrada del Estado: “los Barones del Conurbano”, un mito ya en retirada pero que designa una suerte de feudalismo al que se llega en colectivo. Esta visión omite un detalle masivo: en el Gran Buenos Aires vive una amplísima (¿mayoritaria?) población de capas medias. Los Invisibles. Y otro más: el caudillismo no es exclusivo de peronistas. […]

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