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09 de septiembre 2023

Diego Labra

COSAS

Tiempo de lectura: 8 minutos

“No paro de hacer cosas para conseguir/dejar de hacer cosas, cosas, cosas”, canta Barbi Recanati en un corte de su último disco, que ya despunta como uno de los mejores del año. Hacer cosas para tener cosas. ¿Sabés cuántas cosas tenés?, ¿cuántas son suficientes?, ¿cuántas demasiado? Una reflexión que suele surgir solo cuando hay que mudarse y toca metarlas en cajas. Todo porque te falta una cosa: una casa, un departamento.

Rápido, hoy en Argentina hay que comprar cosas rápido. En esta crisis inflacionaria con plata en la calle hay que gastarla toda antes que valga menos, antes que te madruguen el importador y el minorista. Compramos cosas que no queremos tanto porque no podemos comprar las cosas que realmente queremos. Los deseos son de nosotros, las cosas que deseamos son ajenas.

En la ciudad más grande del estado más pobre de Alemania, donde vivo desde hace un tiempo, la gente acostumbra a sacar las cosas que ya no quiere a la puerta de su casa. Ropa, vajilla, muebles, electrodomésticos. Hace unos meses levanté de la calle un televisor de cuarenta pulgadas. El modelo tiene como diez años pero funciona perfecto, lo que supongo en un laurel para el fabricante surcoreano. En esa ciudad llueve mucho todo el año y es común ver colchones arruinados por el agua sobre montañas de melamina hinchada. ¿Cuánto costaría mover estas cosas que ya no quieren aquellos que las compraron hasta lugares donde haya gente que las necesita? Alguna vez leí que en tiempos de pago en efectivo se hacía tanta guita en Disney World que era más cost-efficient destruir los billetes e imprimirlos de nuevo allí donde se los iba a atesorar. Acá es más sencillo y barato tirar todo cuando te mudás y comprarlo de nuevo con envío gratuito.

Compramos cosas que no queremos tanto porque no podemos comprar las cosas que realmente queremos. Los deseos son de nosotros, las cosas que deseamos son ajenas

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Una paseo común de fin de semana es ir a deambular por el inmenso Ikea al borde de la ciudad. Un rectángulo inmenso, azul y amarillo, como una Bombonera fuera de lugar. Tienen un buffet con comida barata, como si fuese un casino. También como un casino está diseñado cual laberinto de showrooms que te obliga a ver millones de otras cosas hasta llegar a aquella que fuiste a comprar. Todo tiene nombre escandinavo, con la letra esa del circulito arriba, lo que enloquece a los alemanes. Todos tienen un Primer Mundo al que envidiar. Me mudé y necesitaba un perchero. Me debatí entre esperar a encontrar uno en la calle, comprarlo de segunda mano o ir a Ikea. Opté por la tercera opción porque nuevo era muy barato, tanto que nadie ofrecía uno usado, pues no valía la pena. Terminé comprando tres o cuatro cosas más que me convencí a mí mismo también necesitaba. 

La agenda verde es lo único que parece movilizar políticamente a la juventud alemana. (La mayoría de las chicas de clase media universitaria con las que he interacturado no se reconocen feministas porque sienten que la batalla por la igualdad ya fue ganada por sus abuelas, y las que siguen peleando están pidiendo de más.) Gastan extra en comida de packaging verde que se dice bio. Una buena cantidad de ellos coquetea con el vegetarianismo, un prospecto sencillo gracias a la gran oferta de productos sin ingredientes animales en las góndolas. Los más comprometidos hasta ponen el cuerpo en frecuentes manifestaciones.

Pero hay hábitos más difíciles que romper que otros. Vuelos tan baratos como una campera y la zona Schengen hacen fácil acumular generosas huellas de carbono a título personal. Los departamentos se suelen alquilar con una porción de un sótano subdividido en cubículos que funciona un poco como esos depósitos de persiana metálica que salen en los reality shows yankis. La mayoría están llenos a reventar. Acá cuesta menos comprar cosas y, por eso, estas terminan siendo descartables. Mas que uno quiera menos las cosas no significa que se quieran menos cosas.

Uno de los indicios más certeros que tiene la antropología para dar con los primeros seres humanos son las cosas que novedosamente hicieron. Una laja demasiado deliberada en su corte indica la intencionalidad de un ser inteligente que necesitaba realizar una tarea (despellejar un animal, quizá) y procedió a golpear una piedra hasta darle el filo que requería. Mucho antes de la invención de la escritura y el lenguaje, los primeros productos de la cultura humana fueron las cosas. Cosas que en el silencio de la prehistoria cargan con el peso de dar cuenta de ese pasado. Bueno, y también los fósiles, porque cuando ya no nos queda vida en los huesos resulta que somos un poco cosas también.

No es casualidad que esos primeros vestigios de humanidad sean herramientas, cosas cuyo propósito era ayudar a crear otras cosas. El marxismo pone ahí su definición de ser humano, en su capacidad de tomar el mundo que los rodea y transformarlo en otra cosa. Hoy, no hay nada que no esté tocado por nuestra especie, el tan mentado Holoceno. El planeta Tierra es de alguna manera una cosa más en nuestro poder. Aunque algunos, como se ilustró arriba, tengan una porción más grande de esa torta que otros.

Llegué a leer a Marx y a Engels gracias a una troskista que me gustaba en el primer año de la facultad. Había tenido ya un par de cruces con militantes durante las clases, donde mi liberalismo subconsciente nutrido a base de novelas de la golden age de la ciencia ficción estadounidense y cine de Hollywood chocaba con el conservadurismo revolucionario de jóvenes guevaristas que habían nacido un par de décadas demasiado tarde. Pero lo que encontré en esa cátedra libre a la que asistí solo para pasar un rato más con ella, donde se leían fragmentos de La ideología alemana y otros textos marxistas más filosóficos, era otra cosa: dialéctica del amo y el esclavo, alienación, fetichismo de la mercancía. Deseamos consumir cosas para llenar el vacío que deja dentro nuestro no ser dueños de las cosas que hacemos. Me sentí como Neo cuando al final de la primera Matrix puede ver los numeritos verdes de los que está tejida la realidad. Y, sin embargo, a pesar de entender mejor desde dónde nace mi deseo, no por eso dejo de desear cosas.

Mucho antes de la invención de la escritura y el lenguaje, los primeros productos de la cultura humana fueron las cosas. Cosas que en el silencio de la prehistoria cargan con el peso de dar cuenta de ese pasado

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No podemos dejar de acumular cosas porque nos construimos en torno a ellas, y luego las usamos para expresar lo que entonces quisiéramos ser. Por eso los debates sobre consumos culturales se tornan tan encarnizados en las redes sociales. El problema no es si las películas están dobladas o subtituladas, o si lees los libros en papel o en un .pdf, si los superhéroes o Barbie o Licorice Pizza. La cuestión de fondo es que te estás jugando una identidad que armás en base a esas prácticas culturales y preferencias de consumo. Estas cosas nos importan tanto porque las hacemos hablar de nosotros, por nosotros.

Esto lo sabe muy bien Hugo Latorre, en iguales medidas amado y odiado dueño de la disquería Gallo Cantor, ubicada a la entrada de la galería Apolo, sobre calle Corrientes. “Tengo gente que, en una época que se vendía mucho más, compraba el material que ya tenía y lo rompía para que no lo tuviera otro. No es para escucharla, es para tenerla, para mostrarla, como todo lo demás”, afirma entrevistado en el podcast Cómo conseguir discos. Por eso mismo en tiempos digitales, cuando todo parece estar disponible en línea, se pone en valor el objeto y la colección: el vinilo, la edición cuidada de una historieta, la biblioteca. Todos somos el abogado que compraba lomo de libros por metro. El coleccionista “tiene que ver con la corbata más larga, la pija más grande, el auto más lindo, la colección de discos más grande”, continúa Latorre. Por eso, según él, “el coleccionismo es esencialmente masculino”, mientras que el deseo de cosas de “la mujer va por otro lado, las cremas antiage, los zapatos, las polleras”. Siempre se supo: hay cosas para unos y cosas para otros.

En un mundo capitalista las cosas son mercancía que se compra y se vende. Por eso necesariamente lo que tenés (y lo que no tenés) también hablan de tu clase. La cantidad de cosas es finita, y por eso la economía se presenta como la ciencia que estudia la administración de la escasez, en beneficio de unos pocos y en desmedro de otros más. Es como esos problemas de matemáticas de la primaria donde tenías que ver cuántos caramelos le tocaban a Juanito y Pepito una vez que la piñata ya reventó. En uno de sus mejores videos, Natalie Wynn, más conocida como Contrapoints, desglosa el culto a la opulencia estadounidense y su estética del exceso como una rebelión democratizadora del lujo frente al más refinado gusto de las élites decimonónicas. Los videos de hip-hop, con sus joyeria grotesca, autos tuneados y botellas de champagne Cristal como la expresión cabal del american dream, del ascenso social realmente existente. Y, si no podés tenerlo, fake it.

Hoy, no hay nada que no esté tocado por nuestra especie, el tan mentado Holoceno. El planeta Tierra es de alguna manera una cosa más en nuestro poder

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En la empobrecida sociedad argentina, donde la línea estadística que define los límites de la clase media se mueve como en un sismógrafo, las cosas capaces de remarcar ese inestable estatus tienen un valor simbólico tremendo: el smartphone, el 0KM y el viaje afuera, donde se pueden comprar cosas más barato y diferentes que señalen a simple vista ese privilegio. Atrapados en la puja destributiva, entre el hambre de los niños pobres y la tristeza de los niños ricos, los argentinos y las argentinas se juegan todo ahí. Por eso pagan demasiado por Iphones usados (pero Iphone al fin) y revientan las tarjetas en tantas cuotas para ganarle a la inflación.

En un tuit viralizado al día después del batacazo electoral de Milei en las PASO, un usuario de la red social afirmaba que “lo que quieren la mayoría de los argentinos” es “1) estabilidad de precios 2) que los delincuentes vayan presos, independientemente de su historia y origen 3) que el que trabaje cobre y que el que no trabaje no cobre 4) poder comprar cosas que venden en otros países”. Si bien es dejado para el final, el punto operativo en ese decálogo trunco es el último, pues el tercero sería conducente al primero que facilitaría el cuarto, “poder comprar cosas”. El segundo vendría después, garantizando que las cosas que compraste sigan siendo tuyas y no de otro más rápido, violento o desesperado por ellas. Como suele afirmar Mayra Arena cada vez que puede, quienes menos tienen son quienes más sufren del hurto rápido y violento que los deja con aun menos. ¡Qué sorpresa! El mapa electoral de las PASO nos dice que quienes menos tienen son quienes más quieren tener (y conservar) las cosas que vos ya tenés e, incluso, das por descontadas.

Si nos pudieron hacer creer que podíamos comprarnos celulares e irnos de viaje al exterior es porque queríamos creerlo, lo necesitábamos. Más allá está el abismo de la carencia, de los deseos insatisfechos, de la falta de cosas. Desde ese mismo lugar mana el canto de sirena, para muchos incomprensible, de la década de los noventa. ¡Si no lo tenemos, no existe!, promocionaba Gerardo Bustos a su comiquería Camelot Store alguna vez emplazada en la misma Galería Apolo, en una realización palpable de la promesa de consumo fundada en la paridad cambiaria y la erosión de barreras arancelarias. Incluso quien no podía viajar a Orlando o Tokio podía entrar a McDonalds, comprar una Cajita Feliz con el muñequito e imaginarse ahí un rato.

Como suele afirmar Mayra Arena cada vez que puede, quienes menos tienen son quienes más sufren del hurto rápido y violento que los deja con aun menos

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¿Cuál será el futuro de las cosas, tanto en Argentina como en el mundo? En un gran texto publicado en este mismo portal, Alejandro Galliano ordena las miradas hacia el horizonte a partir de dos ejes: uno económico, que va de la escasez a la abundancia, y otro sociopolítico, que abarca desde la más perfecta distribución igualitaria hasta la más extrema jerarquización de la propiedad. En todo caso, me cuesta ver una instancia donde nuestro deseo sea completamente domado. Después de todo, Marx ubicaba su utopía comunista más allá de nuestra prehistoria, en el comienzo de la Historia, ahora protagonizada por seres poshumanos más humanos que nosotros. Es más facil imaginar el fin del mundo que el fin de nuestro deseo por las cosas. “Me gusta ver el final de las cosas”, canta Recanati en otra canción del mismo disco. No creo que lleguemos a verlo nunca.

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