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29 de septiembre 2022

Lorena Álvarez

1985, STRANGER THINGS

Tiempo de lectura: 6 minutos

Volver a 1985. Volver a un punto de partida. A ese que, de tantas revisiones, quedó en la trampa de una grieta que viene marcando el pulso hace más de una década. Tan así que que ahora ocurre algo afuera del radar progresista: muchos jóvenes nacidos en los 2000, entre memes, han convertido al Ford Falcon verde en un elemento vintage y decorativo, quitándole su peso histórico: un símbolo del terror de Estado. El Golpe en los años 80 estaba a la vuelta de la esquina, la larga sombra en la primavera democrática, y hacia ese lugar nos lleva el film de Santiago Mitre: “Argentina, 1985”.

Hollywood en castellano

El film se centra en la historia de un hombre gris y opaco, un hombre de la burocracia judicial, enfrentado a una misión casi imposible y secundado por un joven inexperto con el que, a la vez, deben coordinar a un grupo de novatos algo torpes y fuera del sistema. Fiscal, fiscal adjunto y el equipo de la fiscalía del juicio más importante de la historia argentina. Hay ya un primer gran guiño: al Elliot Ness de “Los intocables”, la joyita de Brian de Palma que hoy ya es un clásico: la necesidad del encontrar fuera del sistema corroído los acompañantes perfectos para la misión.

Pero además retoma el hilo de aquella filmografía de los 80 que fue parte crucial de la política oficial: contar los años de plomo. “Argentina, 1985” se hermana con “La historia oficial” de Luis Puenzo -casualmente estrenada en 1985 y ganadora de un Oscar el 24 de marzo de 1986- y también con “La noche de los lápices”, de Héctor Olivera, a la que Mitre explícitamente homenajea en primer plano: uno de los jueces que juzgan a la Junta Militar es interpretado por Alejo García Pintos, el actor que en 1986 dio vida a Pablo Díaz, un sobreviviente de esa camada de jóvenes secuestrados.

No es estrictamente y como muchos anticipan en su crítica, “un manifiesto alfonsinista”, porque también revisa en los pliegues de la decisión de aquel gobierno y su obsesión por cuidar los “límites” del juicio

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¿Quieres ser Ricardo Darín?

Pero al color beige de la memoria se le inserta un Julio César Strassera en la piel de Ricardo Darín. Acá aparece el doble juego: Darín, el actor y la persona, que aquellos años ochenta ocupaba el rol de un joven galán, patinador del jet set criollo, y que ahora en su rol de actor serio y popular, interpreta al fiscal que se puso la Argentina al hombro.

Los imposibles de Darín: en una sala de estreno, Susana Giménez y Nora Cortiñas a escasas butacas. Toda popularidad produce mestizajes. Y la pregunta que arriesga, ¿estaba la sociedad más cerca de Ricardo Darín que de la imagen épica de Strassera? ¿Acaso no somos en promedio gente mucho más tibia, gris, sobreviviente y, a la vez, mucho más divertida que solemne? Strassera, Sábato, Tróccoli, ya hombres graves y de Estado que reescriben el pasado inmediato, la tragedia. Y que tenían encima los cuestionamientos “por izquierda” de las víctimas, los militantes y de fondo también las distracciones de una sociedad que escapaba de los horrores subida al humor qué sería catalogado de “burdo y chabacano”.

Por eso la siempre impiadosa escena que Mitre hace regresar: “¿vos qué hiciste durante esos años?” se la espeta Luis Moreno Ocampo -caracterizado por Peter Lanzani- a Strassera, y este responde algo “insoportable”: vivir. Y le devuelve la pregunta a un Moreno Ocampo que es hijo de la clase a la que el Proceso benefició. Volvamos a Darín, que protagonizaba “La playa del amor”, una película pasatista y de calidad, dirigida por Adolfo Aristarain, que al cine le producía una doble vía: es también, por ejemplo, el director de “Tiempo de revancha”, una mojada de oreja a los militares y empresarios de aquellos años.

Muchos jóvenes nacidos en los 2000, entre memes, han convertido al Ford Falcon verde en un elemento vintage y decorativo, quitándole su peso histórico

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Por eso el hallazgo de adentrarnos en la historia riéndonos. Las primeras escenas a pesar de la oscuridad de los objetos nos hace distendernos: vemos a Strassera preocupado en una ensalada de asuntos que van del temor a los servicios a la contrainteligencia “familiar” que le hace al nuevo novio de su hija adolescente. Todo a través de diálogos con su mujer, la logradísima actuación de Alejandra Fletchner y su hijo preadolescente, Javier, un extraordinario Santiago Armas Estevarena, que a la hora de la filmación tenía solo 13 años. Personaje clave en la historia. A él está dedicado el relato.

La película funciona un poco en los límites que se propone: ser el manual para jóvenes que viven entre el relato de una épica imposible de alcanzar y las semillas de negacionismo que también decoran estos años. Volver a contar la historia. Un Nunca más en tiempos tiktokeros. Y que, para los más politizados, probablemente sea un cachetazo narrativo pero al borde de una necesidad imperiosa: reubicar la época, su pedagogía y sus contradicciones también. Una Historia que la hacen los hombres grises. No es estrictamente y como muchos anticipan en su crítica, “un manifiesto alfonsinista”, porque también revisa en los pliegues de la decisión de aquel gobierno y su obsesión por cuidar los “límites” del juicio. ¿Cómo enjuiciar sin que te den el golpe?

La “teoría de los dos demonios”, aparece sobre la mesa como un repertorio de esos mismos años, y tampoco hay un enamoramiento ciego de los años setenta. Sólo es un buen recordatorio del pragmatismo de una década que juzgaba a la Cúpula militar mientras se miraba un recital de “Los Abuelos de la Nada” en el programa “Badía y compañía”.

La primavera otoñal. Y desde ahí se vuelve al punto del consenso: el Estado no puede ser una fuerza clandestina que secuestra, tortura y desaparece cuerpos. El Estado no puede apropiarse de bebés ni robar identidades. El Estado no puede sembrar el terror. Tan simple como olvidado.

El humo de un país que fumaba hasta en los Tribunales y no se hacía demasiado problema cuando una hija adolescente le pedía fuego a su padre. Éramos tan grandes de chicos que a veces nos olvidamos

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“Strange things”

Nada conmueve más que la belleza. Y la belleza suele ser también lo que nos hizo felices en el pasado. Por eso la formidable recreación de una ciudad que está de olvido y siempre gris es conmovedora. Ningún detalle se escapa. Del peinado “permanente estilo rulos de Diego Maradona” de una de las chicas del equipo de Strassera a los trajes marrones que inundan las calles, y sin olvidarnos de los teléfonos públicos naranjas. Entel. Desde la opresiva madera que todo lo decoraba al humo. El humo de un país que fumaba hasta en los Tribunales y no se hacía demasiado problema cuando una hija adolescente le pedía fuego a su padre. Éramos tan grandes de chicos que a veces nos olvidamos.

Por eso, quizás, que a Javier, el hijo de 13 años de Strassera, se lo enfoque mirando con fruición un programa político conducido por Bernardo Neustadt es, para los espectadores mayores de 40 años, una polaroid de la locura ordinaria en las que transitamos la vida.

Los días que vivíamos entre el miedo a los alienígenas de “V Invasión extraterrestre” y la extrañeza que nos generaban los conductores de “Tiempo nuevo”. En el fondo, para los más chicos, todos eran marcianos.

Como en las películas

Como en los grandes films abundan las joyitas secundarias. Desde Laura Paredes, una actriz que tan solo con su voz y su cadencia nos recuerda el infierno que pasaron las víctimas (la reproducción lineal del testimonio de Adriana Calvo), a un Claudio Da Passano, en el rol de Carlos Somigliana, un respetado dramaturgo y empleado judicial que juega un papel fundamental tanto a la hora de seleccionar al equipo que acompañará a los fiscales como en la pluma que encuentra el tono perfecto para tallar el alegato en piedra. Ese que vuelve a escucharse dentro de la película y resuena con la misma potencia.

“Argentina 1985” es una película para los amantes de las películas clásicas, esas que nos dejan sabor a futuro como “Matar un ruiseñor”, con Gregory Peck; o “Doce hombres en pugna”, protagonizada por Henry Fonda. Así que también podríamos repetir el daño de Hollywood: creer mucho en que volver al pasado nos ayudará a reconstruir un mañana mejor. Y en tiempos donde todo parece quebrado. Hasta el más mínimo consenso