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09 de agosto 2023

Diego Labra

PERDIDOS EN LA TRADUCCIÓN

Tiempo de lectura: 9 minutos

Al fin una verdadera unpolular opinion. Tuiteó “en el cine la peli se ve en tu idioma” y se le vinieron todos al humo. Una cadena multinacional quiso capitalizar la indignación con esta opinión y lanzó una campaña garantizando funciones subtituladas dos días a la semana pero, como evidencian las respuestas a su posteo, el tiro le salió por la culata. No pocos consideraron la oferta como un premio consuelo o directamente un insulto. Con el cine no se negocia.

La intensidad de los cinéfilos en redes sociales no es nada nuevo. Tampoco lo es el avance de las funciones dobladas al español en los complejos multisala del país. Ya en abril de 2015 el sitio especializado Cines Argentinos describía al “fuerte avance de las ventas en copias dobladas” como un fenómeno de larga data. “En muchos cines de la Argentina hace tiempo las versiones subtituladas venden nada o muy poco”, afirma la nota, dando como ejemplo “un cine de la provincia de Santa Fe” donde “tenían una [función] subtitulada a medio llenar a las 22:00” de la taquillera Rápidos y Furiosos 7, “pero a las 21 y a las 23 las dobladas estaban agotadas”. El texto cierra con una apreciación de pretensiones etnográficas: “Simplemente es lo que está pasando y es algo que se puede verificar fácilmente escuchando lo que la gente pide en las boleterías de cada cine”.

Los detractores del doblaje en las salas no disputarían la conclusión de Cines Argentinos. Al contrario, a la hora de señalar un culpable de un estado de la cuestión que piensan deplorable siempre ofrecen dos grandes candidatos. Por un lado, las avaras y populistas multinacionales dueñas de los complejos multiplex y, por otro, un público indolente que no tiene la capacidad o la voluntad de leer subtítulos. En una entrevista realizada por el mismo sitio en 2017, el CEO de Cinemark Hoyts en el país, Martín Álvarez Morales, les da la razón en ambos cargos. Si bien reconoce que es una “cuestión de gustos” y que el suyo propio es el subtitulado, afirma que tiene que “poner lo que la gente quiere ver”.

La intensidad de los cinéfilos en redes sociales no es nada nuevo. Tampoco lo es el avance de las funciones dobladas al español en los complejos multisala del país

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“No es cuestión de un capricho”, subraya Álvarez Morales, y respalda su juicio relatando “una prueba” piloto realizada en un shopping. Esta consistió en pasar “una película X”, tanto doblada como subtitulada, y ver “cómo el mercado se vuelca a una y otra”. El saldo fue que el público asistió a ver la primera versión en proporción de “tres a uno”. En una segunda prueba, realizada con un film de otro género, habría sido aún “más marcada todavía la tendencia de la gente que quería ir a ver esa película doblada”. Los espectadores votan con la billetera, y las empresas están más que contentas de acatar a la voluntad popular.

Aunque hay lugar para los matices, como reconoce el mismo CEO, ya que la pauta de la programación en las salas depende de la “ubicación geográfica” y del “tipo de público”. “Si uno pone una película subtitulada en San Justo lamentablemente no vende y si ponés una doblada en Unicenter vende menos que la subtitulada”, completaba el entrevistador. Por si no queda claro, cuando dice geografía se refieren a un lado y a otro de la General Paz, y cuando clasifica al público a mano alzada usa como criterio su poder adquisitivo pero, aún más, su capital cultural. En resumidas cuentas, ver productos audiovisuales en idioma original subtitulado es un marcador de este último. Así lo demuestra, por ejemplo, “El señor que traduce los títulos de las películas”, personaje creado por Liniers para su tira Macanudo, acaso el producto cultural argentino más mesocrático del siglo XXI.

El periodista especializado de Cines Argentinos que realizó la entrevista ofrece una hipótesis todavía más intrepida: “Personalmente no creo que sea el cinéfilo de siempre el que esté llenando estas funciones [dobladas], simplemente películas como Rápidos y furiosos lleva gente ‘nueva’ a los cines que en el resto del año no va, entonces se genera esta demanda extra. Pero también ese público que se acercó a los cines en los últimos años ha ganado el hábito de ir a ver determinadas películas y ya sabe que Vengadores 2 y cualquier otro tanque tendrá su versión doblada para satisfacerlo”.

Las cifras respaldan la hipótesis, mostrando a lo largo del siglo XXI una tendencia al crecimiento en la cantidad de entradas vendidas, solo coartada por años mundialistas y la crisis económica generalizada del último lustro. De hecho, ese mismo 2015 en que Toretto se despidió de Paul Walker probaría ser un año récord con sus más de 52 millones de tickets cortados. El último estertor de la década ganada del consumo cultural. Desde Cines Argentinos son taxativos, afirmado que “el crecimiento de la taquilla” fue “gracias al doblaje” que ayudó a potenciar los complejos por fuera de la CABA. A priori la teoría cierra porque recupera elementos sociológicos que ya están en juego: kirchnerismo, conurbano y nuevas clases medias con mayor poder adquisitivo y una renovada capacidad de expresar su demanda de consumo. El nudo de la industria cultural argentina, al decir de un famoso analista político que gusta de los soliloquios.

En este sentido, resulta llamativo que a lo largo del debate en redes sobre el idioma de las películas no se haya establecido una conexión entre lo que pasa hoy en salas de cine y el Decreto 933/2013. Sancionado por la por entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner en el contexto de la lucha judicial por la Ley de Medios, el decreto reglamentó una vieja ley alfonsinista, la Nº 23.316, que dicta que “la programación que sea emitida a través de los servicios de radiodifusión televisiva contemplados por la Ley Nº 26.522, incluyendo los avisos publicitarios y los avances de programas, debe estar expresada, en el idioma oficial o en los idiomas de los Pueblos Originarios”. ¿Es acaso este nuevo público que llena las salas aquel que se crió mirando televisión doblada por ley?

En la vieja metrópoli, el doblaje obligatorio de toda película proyectada en cines fue promulgada en 1941 por el gobierno dictatorial de Francisco Franco en nombre de la defensa de los intereses nacionales. Esquemas similares rigen en otros países europeos con recelo por su idioma y cultura

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La legislación en cuestión, también conocida como la Ley de Doblaje, ordenó el registro de estudios y laboratorios del rubro e incentivó bajo pena de multa a las empresas a que “cumplan con las obligaciones del doblaje nacional”. Es decir, que se traduzca y se graben las voces en el país. Naturalmente, esto hizo que se cuente a los miembros de la industria local entre aquellos que recuerdan con nostalgia el mandato de CFK. En este sentido, detrás de la queja sobre el doblaje en las salas hay un potencial conflicto sectorial ¿Qué pensaran traductores y profesionales de la voz del desprecio cinéfilo por su trabajo?

La ley también representó un potencial cambio de paradigma en el consumo cultural argentino por otro motivo. Quienes crecimos mirando televisión durante los ochenta y noventa recordamos con cariño las voces mayormente mexicanas, pero también venezolanas, de los personajes de Los Simpsons, las series animadas japonesas y las películas de Disney, al punto que algunos de ellos y ellas continúan visitando el país como invitados agasajados en convenciones de cultura pop. De hecho, el español neutro con el que se realizan estos doblajes fue creado en México durante los años cincuenta justamente con el fin de acaparar el trabajo de intermediación cultural entre Hollywood y el resto de Latinoamérica. Una estrategia a todas luces exitosa.

Partiendo de este estado de cosas, la Ley de Doblaje aparece como un intento por repatriar una parte del trabajo simbólico de adaptación de productos culturales extranjeros que durante décadas fue realizado por terceros, quienes se beneficiaban con esa intermediación. Mas se corre el riesgo de encontrar resistencia de parte de un público que ya no defiende la santidad del lenguaje original, sino que siente cariño por las voces mexicanas. Algo parecido pasa en el mundo editorial de las historietas, donde generaciones de lectores que crecieron leyendo a Batman y Superman en la edición de la desaparecida casa mexicana Novaro sienten rechazo por traducciones al español rioplatense que se han establecido como la norma en el manga de publicación nacional. Cualquiera sea la política en este respecto, si se la sostiene lo suficiente en el tiempo genera hábitos que pueden devenir en pasiones.

En países infames por su postura frente a la traducción del cine como, por ejemplo, España, esta es producto de una política de estado. En la vieja metrópoli, el doblaje obligatorio de toda película proyectada en cines fue promulgada en 1941 por el gobierno dictatorial de Francisco Franco en nombre de la defensa de los intereses nacionales. Esquemas similares rigen en otros países europeos con recelo por su idioma y cultura e industrias culturales con banca como Francia, Alemania e Italia.

En este sentido, detrás de la queja sobre el doblaje en las salas hay un potencial conflicto sectorial ¿Qué pensaran traductores y profesionales de la voz del desprecio cinéfilo por su trabajo?

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Estas políticas han generado una palpable diferencia en la capacidad de hablar inglés de las diferentes poblaciones europeas. Por ejemplo, entre las arriba mencionadas y otras con aproximaciones más laxas frente al doblaje, como Holanda o los países escandinavos. “Mando a mis hijos a estudiar inglés al colegio para” que programes todas las películas dobladas, se quejaba el gerenciador de un shopping amigo del CEO de Cinemark Hoyts. Esta diferencia idiomática ha sido clave a la hora que corporaciones estadounidenses decidieran donde emplazar sus headquarters en el Viejo Mundo, encontrando más mano de obra versada en su lingua franca en Ámsterdam que en Frankfurt. Mas, aunque suene tentador modificar estas políticas de larga data con fundamentos económicos, hacerlo no solo implicaría enfrentar a los guardianes de la cultura nacional, sino también enraizados intereses sectoriales.

En Argentina, sin embargo, no parece ser este el caso. De hecho, una vez que bajó la espuma, los alcances de la Ley de Doblaje probaron ser bastante limitados. La recordada campaña del canal I-Sat, criadero de cinéfilos si los hubo en el cable local, que apelaba con cómicos spots a decirle “no al doblaje, sí al idioma original” y que podría asociarse, en un fallo de la memoria, al decreto de Cristina, fue producida un año antes de este. En realidad, era un intento por acaparar nuevos telespectadores entre aquellos decepcionados por la decisión de su competidor, Cinecanal, de prescindir completamente del subtitulado. Una decisión justificada, coincidentemente, con argumentos similares a los esgrimidos por el citado CEO argentino, afirmando que “para mantener un rating alto había que satisfacer la demanda de nuevos segmentos socioeconómicos emergentes que progresaban en la escala social y al acceder al cable preferían seguir viendo cine hablado en español”.

No menos importante a la hora de calibrar el impacto de la legislación es tener en cuenta que fue sancionada en un contexto de transformación de los medios y modos en que consumimos cultura. A lo largo de la década pasada, el cable lineal tradicional fue paulatinamente reemplazado por opciones digitales superadoras que permitían escoger con el toque de un solo botón en que idioma se quería escuchar la serie o película en pantalla.

Todo lo cual no quiere decir que la Ley de Doblaje no haya contribuido a la situación del consumo audiovisual actual. Más bien, el objetivo de este texto es un poco señalar todo lo contrario. Pero tampoco se puede establecer una relación lineal y directa entre el fomento a la traducción nacional en medios públicos y que la gente elija ver tres horas de Oppenheimer hablando en neutro. En todo caso, la legislación parece haber potenciado una preferencia que existía previamente y que, probablemente, echa raíces que se extienden décadas atrás.

Hoy, el triunfo del streaming tiende a hacer obsoleta a la discusión doblaje o subtitulado en el consumo hogareño. Cada cual elige lo que quiere. Netflix y otras plataformas han estado incluso experimentando con subtitulado más localista, como reflejan algunos memes que han circulado con fuerza en los últimos tiempos. Quizás justamente por eso la batalla por el lenguaje en las salas de cine se torna tan encarnizada, como una ultima frontera del consumo audiovisual colectivo, compartido. Como demuestra la campaña de la cadena de cines citada al comienzo, también parece ser que la preferencia por el doblaje que se interpretaba como un fenómeno suburbano comienza a rebalsar la General Paz y derramarse intramuros ¿Et tu, Cinepolis Recoleta?

Quienes crecimos mirando televisión durante los ochenta y noventa recordamos con cariño las voces mayormente mexicanas, pero también venezolanas, de los personajes de Los Simpsons, las series animadas japonesas y las películas de Disney

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Lo que nunca aparece en los desagravios acerca del avance del doblaje en las salas es una propuesta de solución al “problema”. Si uno quisiera buscar en el mediano plazo una bajada pedagógica al respecto desde el Estado y el sector público podría encontrar elementos para bosquejarla, como la discutida Ley de Doblaje o el intento de sustitución de importaciones culturales con señales como Paka Paka, pero esta apuntó en el sentido contrario al intencionado por los apologistas del subtítulo. La política cultural kirchnerista buscó preservar otro idioma original, el nuestro y, al mismo tiempo, promover el desarrollo de la industria local de traducción, edición, actuación de voz, etc. Un política de estado que, necesariamente, ha informado en mayor o menor medida la manera en que los espectadores jóvenes piensan y consumen esa forma de arte industrial que es el cine. Si bien del otro lado del pasillo la amplificación de la enseñanza del inglés aparece como una consigna recurrente, nunca ningún candidato o funcionario ha hecho aún de garantizar funciones subtituladas una promesa de campaña.

En cuanto al sector privado, ya ha quedado establecido que las multinacionales dueñas de complejos multisala no tienen problema en adaptarse a los cambios en la preferencia del público siempre y cuando se sigan vendiendo las entradas (y el pochoclo y los nachos y los vasos de gaseosa temáticos carísimos). Existen bastiones que bancan la parada del subtitulado, como el Lorca. Pero no parece existir ni siquiera en Buenos Aires suficiente volumen de demanda para que surja una empresa exhibidora más afín a la sensibilidad cinéfila, tipo Alamo Drafthouse, que combine paladar negro en la programación con las comodidades de cines modernos. O quizás sí existe, y solo falta un inversor arrojado dispuesto a arriesgar la suya en defensa de su gusto por las películas en idioma original. Como se dice en la lengua proselitista: armen una cadena de cines y ganen la taquilla.