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27 de abril 2024

María Zentner

CHICAS MATERIALES

Tiempo de lectura: 7 minutos

1. “Se ha perdido la textura de las cosas. Hojear una revista o diario que compraste en el puesto, cambiar la emisora de la radio, imprimir fotos, escribir a mano una receta de tu mamá, la carta de un restaurante o las entradas de recitales en físico. Todo fue reemplazado por un click en un portal. Nos rodeamos de lo que nosotros elegimos consumir, no dejamos que casi nada nos agarre desprevenidos”. Cualquiera podría decir que estas palabras nacieron del pensamiento de alguien de cierta edad, una añoranza de un tiempo que pasó. Aquel “viejo que le grita a una nube” del meme. Y sin embargo no: el texto fue extraído de uno mucho más extenso que publicó la artista Blair Bladdee, de 22 años. Una larga meditación que se puede leer completa acá.

“Se ha perdido la textura de las cosas” es una descripción perfecta y tan sensual del tiempo que nos toca vivir. Me pregunto, ¿cómo será imaginar la textura de esas cosas para alguien que en su cotidiano ya casi no existen ni existieron? ¿Cuántas veces una persona de 22 años pasó el dedo por la ruedita del dial de una radio? ¿Qué tipo de nostalgia de un tiempo que no se vivió configura la evocación de una receta de cocina escrita a mano? ¿Cómo vive en el imaginario de una persona que nació en los dosmil el concepto de hojear una revista? ¿Una revista de qué? ¿De música?

“La textura de las cosas” describe también una situación un poco más amplia que la mera materialidad de todos esos objetos que fueron desapareciendo. Hay una textura de las cosas en relación a un otro que también se fue volviendo una especie de entelequia. Esos que éramos de a muchos: ahí había una textura. En ese montón se podía palpar una trama que hoy parece haberse desintegrado en esa red que desconoce el concepto de sostén y se erige como la mayor proporcionadora de soledades e individualidades de una era volcada totalmente a la subjetividad.

La textura de las cosas: una metáfora del vínculo de una sociedad evanescente.

Cualquiera podría decir que estas palabras nacieron del pensamiento de alguien de cierta edad, una añoranza de un tiempo que pasó. Aquel “viejo que le grita a una nube” del meme. Y sin embargo no: el texto fue extraído de uno mucho más extenso que publicó la artista Blair Bladdee, de 22 años

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2. Hace unos días, se llevó adelante en La Rural la feria de galerías de arte MAPA, una alternativa de Arte BA donde galeristas de todo el país exhiben obras de los artistas con los que trabajan. Es una manera rara de ver arte. Muy diferente a una exposición o un museo. Aquí la cosa es ferial, abigarrada. Pasillos angostos con stands que configuran un paseo de lo más ecléctico, que puede resultar algo agobiante. Aunque, pensándolo bien, esa cosa compartimentalizada y breve, de rotación inmediata y de sobreexposición, es algo con lo que hoy convivimos todo el tiempo. Claro que en general esa avalancha de información nos la auto imponemos en el scroll rabioso de redes sociales. Fotos, videos, texto. Tac tac tac. Acá la cosa es en vivo. Y entonces hay una materialidad de los asuntos que requiere otro compromiso, digamos, corporal: las obras están ahí, las personas (galeristas, artistas, coleccionistas, público general, curiosos, seguridad, el cátering) están ahí. Todo junto. En un enorme galpón, en cubículos separados por placas blancas de durlock.

La obra de la artista Rip Tamara se exhibió en el stand de la galería 22 del Este, cuyos dueños, Sheila Klein y Ries Niemi, son dos artistas norteamericanos con base mitad allá mitad acá, que hace un año establecieron su espacio en un pequeño local en la Galería del Este. Gran parte de la obra de Klein y Niemi está inspirada en productos de la industria argentina, por la que sienten una especial fascinación. Sheila confecciona ropa con tela de trapos rejilla; Ries realiza bordados sobre pañuelos de tela y ropas de trabajo made in Argentina, con motivos de la industria nacional y otros berretines que le llaman mucho la atención del país donde decidió vivir la mitad de su tiempo. Los dos usan como soporte de su obra telas que en el sentido común que impera en este país están cubiertas por el polvo del desprestigio. Materiales que tiene que ver con el acto de limpiar, con ensuciarse las manos. Con fluidos corporales. Sangre, sudor, lágrimas. Algo de eso me contaron hace un tiempo acá.

Rip llevó a MAPA sus Ripcoins: una serie de monedas acuñadas en bronce por ella misma. Cada moneda tiene una “cara” que la distingue de las demás –algunos ejemplos: un cerdo, una bolsita de merca, un ano, un fantasma, una pastilla, unas (¡tres!) tetas, una calavera, una boca ligeramente abierta, una jeringa–, un número de serie y un certificado de autenticidad. La cotización del Ripcoin en MAPA fue de 150 dólares (eran el objeto de arte más económico de la feria). Lo más novedoso del intercambio comercial que propone esta artista es que los compradores pueden, llegado el caso, devolverle las monedas y ella se compromete a devolver el dinero: “Si el comprador pagó en dólares, recibirá dólares; si lo hizo en pesos, pesos”, asegura, con una cita a ese tiempo que en la Argentina se presenta cada vez más como un círculo chato.

En una época en la que el dinero (y el arte) se va volviendo cada vez más intangible, Rip produce su propia moneda e invita compartir su universo y a ser parte de una acción performativa. Porque su propuesta no es la de una simple transacción, sino que todo el acto configura una parte de la obra: el pago, el certificado, la posibilidad de devolución, el intercambio de objetos como la recuperación de un sistema arcaico, su actualización de sentido como cambio de divisas, el objeto en sí mismo: pesado, con una temperatura determinada, una solidez al tacto que se incrusta en esta desmaterialización del cotidiano, una textura que irrumpe en un mundo cada vez menos sensual.

Pero hay en Paraíso Tropipunk un elogio de lo material en su calidad de recipiente de un tiempo y un espacio y un vínculo entre personas

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3. Durante todo abril, las Kumbia Queers exhibieron, en Para Vos Norma Mía, Paraíso Tropipunk, una muestra que recoge imágenes, textos, fotografías, souvenirs, piezas de fan-art, remeras, llaveros, chapitas y botellas de cerveza, afiches, flyers, stickers, stencils, listas de temas, y demás parafernalia de la memoria en una sala pequeña, desbordada de objetos que dan cuenta de sus 17 años de carrera.

Una exposición en general es de objetos (de arte o de lo que sea: autos, lavarropas, estampillas, fósiles). Es decir: sorprenderse por la “materialidad” de una exposición aunque sea en el año 2024-de-la-desmaterialización es un poco… excesivo. Pero hay en Paraíso Tropipunk un elogio de lo material en su calidad de recipiente de un tiempo y un espacio y un vínculo entre personas. Quizás por lo recargado del ambiente, quizás por tratarse de una sucesión barroca de objetos que tienen una gran vitalidad, la materialidad se presenta aquí como la huella de un momento, como el envase que mantiene activo un recuerdo. Estos objetos no son obras. En todo caso, la habitación así dispuesta es una gran instalación donde se ordena una vida y una presencia artística a través de esos objetos. Objetos que de a uno no tienen la potencia que habita en ese cuarto, que cuentan una historia porque esa historia está viva en esa materialidad.

La Kumbia Queers son Pilar Arrese, Patricia Pietrafesa, Juana Chang, Flor Linyera e Inés Laurencena, cinco muchachas punks que hace casi dos décadas condensan la fuerza de lo colectivo en un proyecto que no tiene sentido sin la otra. Como en esa habitación llena de objetos que por separado no tienen el ímpetu del conjunto. Un proyecto que parte de lo musical, pero es mucho más que eso: es una militancia y una forma de vida. Y esa forma de vida late en cada uno de los objetos pegados a esas paredes en una línea histórica que va desde 2004 hasta hoy. Un recorrido por los bares, antros, marchas del orgullo LGBTIQ+, encuentros plurinacionales, escenarios de la Argentina y del mundo donde llevaron su música: una exploración queer de la cumbia desde el punk. Un recorrido de los cuerpos y del arte, de un discurso político que se hace carne en cada canción. Y de una forma de divertirse y hacer comunidad que quedó impresa en cada afiche, cada entrada para un show. Una sensualidad única e irrepetible porque es la sensualidad de la banda (de esta banda), de la tribu, el aquelarre. Que se expande, derrama, chorrea, mancha.

En un tiempo en el que todo parece mediado por una soledad que nos vuelve cada vez menos sociales, la sensualidad de los objetos trae consigo algo que es irreemplazable y que es un nivel de verdad, algo que no se puede imitar. No es mi intención con esto volverme yo la vieja que le grita a una nube. Me encanta la tecnología, la uso, me simplifica muchos aspectos de la vida, me gustaría ser capaz de mantenerme al día con sus avances, muchas veces siento que es imposible. Tampoco pienso que todo tiempo pasado haya sido mejor. Prefiero creer que el mundo evoluciona en un espiral que, a pesar de sus permanentes retrocesos, siempre termina yendo hacia adelante. Que a todos nos toca vivir mejores y peores momentos. Que quizás éste se parezca más a los segundos, pero que todo el tiempo están brotando expresiones que comunican el pasado con el futuro y es ahí, en esa conexión, donde reside el potencial de algo mejor. Que nunca nada va a poder reemplazar el placer de sentir (ni los objetos ni a las personas, ¡mucho menos a las personas!): tocar, oler, saborear. Esa materialidad, que ahora parece escurrirse entre los megas, gigas, teras, en algún lado está. Resiste. Muta. Se transforma. Vive. Cada vez que una chica de 22 años señala, con algo de preocupación, que se está perdiendo la textura de las cosas.

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