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12 de mayo 2022

Leandro Beier

¿POR QUÉ MIRAMOS THE OFFICE?

Tiempo de lectura: 3 minutos

Lejos están las oficinas de Dunder Mifflin en Scranton de rozar la suntuosidad de Mad Men, o los espacios distendidos y cool de Apple o Google. Lejos. La sucursal que dirige Michel Scott es una oficina administrativa, con fluorescentes, fotocopiadoras, un dispenser de agua, sala chica de reuniones, escritorios, etc. En Dunder Miflin, durante 9 temporadas desde 2005, las cosas van transcurriendo a ritmo cansino, como lo pudo ser la recepción de un fax, o la impresora punto matriz sacando copias en papel formulario. En ese andar suave de la trama se abren puntos luminosos. Siempre en el espacio de trabajo cuando justamente no se trabaja. Cómo intentar abarcar todos esos highlights: la presentaciòn de la casa de Michel, los especiales de navidad, la renuncia de Michel y su nueva empresa y su “no tengo nada para perder”, el partido de Basket oficina/depósito, el casamiento y las Niágaras de Pam y Jim. El casamiento de Dwhigt. La historia de Oscar con el senador. Michel y Holly. Por supuesto, el amor, siempre ahí moviendo las cosas. Bueno. Dunder Miflin es amor.

Si la serie se quedase ahí, en esa incomodidad, sería parte de un modo cínico de ver las cosas que hoy es extendido, monótono, fácil y deja al espectador juzgando tranquilo

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La oficina en Scranton, Pennsylvania, tiene su propia lógica, quiero decir, es una sucursal regional de un gigante corporativo, en donde las directrices de la casa central se desdibujan, se reformulan, se reconvierten en recursos provincianos, exagerada y tiernamente pretenciosos. Se festejan los cumpleaños, navidades, uno cierra una venta en una parrilla, otro en su tiempo libre atiende una huerta de remolachas, otra dibuja murales. La escala de Dunder Mifflin Scranton está en tensión permanente con la escala de la casa matriz. Y en ese punto entonces, The office es la épica de lo chiquito. Del día a día suturado con los hilos de siempre lo mismo + lo hermoso de siempre lo mismo + sus pequeñas variaciones. Variaciones que por supuesto incluyen agachadas, errores, competencias, chusmerios. Zona gris que encuentra en la comedia y este formato falso documental su tono justo. Zona gris que es el sic transit de casi todos nosotros, los comunes.

El falso documental habilita a su vez el recurso de la risa incómoda que es un rasgo distintivo de la serie y que a su vez fue retomado por muchas otras (Parks and recreations, Trailer Park Boys, etc). Por estos lados Martín Garabal y su “famoso” parecen ir exactamente por esa línea. El chiste que nadie entiende, los discursos inflados, las palabras a destiempo, la cámara demorada un segundo más sobre los protagonistas de la escena. Casi siempre hay un pequeño desborde que descoloca al espectador. A veces es vergonzoso observar a Michel y sus definiciones insólitas sobre minorías, política, género. Pero eso es solo una parte. Si la serie se quedase ahí, en esa incomodidad, sería parte de un modo cínico de ver las cosas que hoy es extendido, monótono, fácil y deja al espectador juzgando tranquilo. Porque Michel incomoda pero siempre se redime. La serie no lo deja como un imbécil, porque incluso en el error se habilita una salida, a veces torpe, a veces hermosa. Michel siempre quiere ser un poco mejor para los otros. Siempre. ¿El espectador?

En Dunder Miflin, durante 9 temporadas desde 2005, las cosas van transcurriendo a ritmo cansino, como lo pudo ser la recepción de un fax, o la impresora punto matriz sacando copias en papel formulario. En ese andar suave de la trama se abren puntos luminosos

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The office nos abraza porque es la celebración de un mundo que se fue. Probablemente el inexistente rostro amable de un modelo de capitalismo. O la vieja normalidad que parece que pasó hace cien años. Pero no, ver la serie no es solamente un gesto melancólico. Porque hay algo en la calidez de los vínculos, en el afecto, en el contacto con los otros, en el amor, en el ocio creativo cuando la cadena productiva se frena, que también son destellos para encender la utopía de un mundo mejor. En el modo amable de ser con los otros también puede haber, por qué no, alguna herramienta política, incluso cuando todo parece roto.

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