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¿Qué hacemos con Alberdi?

Javier Milei, nuevo presidente argentino, y Mariano Canal, ensayista de lúcidas madrugadas de inspiración sociológica, coinciden en algo: es obligatoria una relectura del siglo XIX nacional para entender su siglo XXI. El siglo XX quedó un poquito más demodé o lejano, tal vez a fuerza de tanto mentar su fifty-fifty en vano. El que dice siglo XX quiere engañar, parece sostener la nueva historiografía libertaria, y en términos estrictamente políticos algo de eso hay. Sin condición ninguna de reproducción “objetiva o subjetiva”, en el corto plazo, de sus notables estándares de vida (al menos a nivel material) su única función actual consiste en hostilizar a unas generaciones nuevas que se sienten fracasadas antes de empezar. Así, ante cada plataforma, ante cada Rappi, ante cada trabajo inventado en la aceleración, el buen setentista se apresta a recordarle al joven argentino que nada es comparable con trabajar en la Ford de 1973. Lo que podría ser un activo histórico se constituye en un angustiante peso muerto. ¿Cuánto pesa la decadencia? El decadentismo es un lujo aristocrático que los más pobres y los más jóvenes no pueden darse. Por eso resulta quizás más interesante recoger el guante libertario, y también porque toda crisis profunda supone siempre un regreso a las fuentes, como los luteranos cuando proponían regresar al texto bíblico. “Las bases”, como el pantagruélico proyecto de ley, porque algo de eso hay.

“Un ojo clavado en el progreso de las naciones y el otro en las entrañas de nuestra sociedad”, escribió Esteban Echeverría en su Dogma Socialista. El romanticismo de la generación del 37 arrastra una pregunta siempre pertinente para un país “en vías de desarrollo”: ¿cómo hacer acá lo que se quiere hacer acá? Sarmiento, Alberdi, Echeverría, los egresados de las escuelas rivadavianas y también el hijo de la tierra huarpe, instalan la pregunta en un punto en el que, además, fueron capaces de sostener una expectativa momentánea sobre Rosas (obviamente después su anti rosismo será constitutivo): un oído en el pueblo, el otro en el evangelio capitalista mundial. Sí, esto: libre mercado, constitución liberal, progreso y mundo. Pero cómo hacerlo acá, en nuestras condiciones. Las soluciones poco civilizatorias de los posteriores civilizadores no las ponemos sobre la mesa ahora (separemos la pregunta del artista).

El joven Alberdi, último en partir al exilio, incluso supuso un Rosas capaz de entrever algo en esa armonía posible. Un orden constitucional para el desierto bárbaro. La pregunta que introduce Alberdi, bien lo apunta Juan Giani acá, quizás no es tanto sobre el “tipo de economía” (de hecho, se lo vislumbra como el más librecambista de su generación, tal vez la única parte que retuvieron los que se reclaman hoy cómo sus herederos), sino sobre la política. La república posible. Un Alberdi político que se pregunta y se responde sobre las condiciones políticas de la Paz, sin la cual no hay progreso posible. La generación del 37 nace sobre esa deriva argentina de guerras civiles tras la Revolución de Mayo, y construye unas preguntas sobre el por qué de un país desgarrado. ¿Por qué unitarios y federales? ¿Por qué dos países enfrentados? ¿Por qué la guerra civil? ¿Cómo se nos revela el misterio?

Ante cada plataforma, ante cada Rappi, ante cada trabajo inventado en la aceleración, el buen setentista se apresta a recordarle al joven argentino que nada es comparable con trabajar en la Ford de 1973. Lo que podría ser un activo histórico se constituye en un angustiante peso muerto. ¿Cuánto pesa la decadencia?

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Escritores, porque con las armas no alcanzó. En sus ojos generacionales, finalmente, y en el Facundo, especialmente, las masas que hicieron posible la emancipación no hacían posible la Nación (sólo eran base para caudillos). El ideario romántico parecía decir que al pueblo había que crearlo, que ni el indio ni el gaucho hacen mundo. Y algo de eso quedó proyectado en el presente, perenne. Partiendo de ese antiguo rechazo a las masas rurales, y años después, el rechazo a las corrientes migratorias para las que era necesario incluso la aduana de INTERPOL o, como detalla en su libro Nicolás Rivas, las visitas domiciliarias del Estado que pudieran establecer normas higiénicas contra las epidemias y el hacinamiento, el pueblo concreto se vivía como un lastre. El diaguita, el gringo que bajó de los barcos, el criollo. ¿En qué se funda la ruptura del radicalismo y el peronismo? En un pueblo concreto de chusmas, grasitas, mocasines, boinas blancas u overol. Incorporan las masas a la democracia: las clases populares, las clases medias, el movimiento obrero, el voto femenino, el puntero. Como gritaba la corista del MST en cada ajuste en el desenlace del siglo pasado: la democracia peronista y radical. El siglo 20 no había tenido problemas con las vanguardias, los tuvo con las mayorías.  

Pero aquel grado de la pregunta argentina (¿cómo se hace eso acá?) también atañe el aluvión de ideas que impulsó a Javier Milei desde que se reveló como fuerza real de una sociedad golpeada. Entre su impulso mejorista, como acertadamente señala Pablo Semán; entre el desencanto y la bronca contra las élites que gobernaron desde el 2003; entre una creatividad política resecada y el repliegue a la torre de marfil de los polarizadores que, sin capacidad de escucha por fuera de su metro cuadrado, no la vieron venir.

Menem o Milei

El relato de Milei no tiene solo un ojo puesto en las entrañas de la Historia (su fijación en Alberdi, su objeción al yrigoyenismo como génesis populista), sino también en la historia reciente: Milei trae dos palabras que el orden de la posconvertibilidad pretendía sepultadas. Esto es: estallido y dolarización. En 2001 hubo estallido, pero fracasó la dolarización. Que estaba en el ambiente. Recordemos la solitaria campaña presidencial de Leopoldo Moreau en 2003, cuya consigna se reducía a un leitmotiv programático pintado en las paredes: “No a la dolarización”. Ahora, dos décadas después, Milei debe gestionar esa destrucción/construcción al mismo tiempo. Estallar y dolarizar. Una revolución que sofoque a la revolución. Y de ahí, de ese “desafío creativo”, dependerá su halo popular y restaurador. Él dirá: “yo pedí un país estallado”. Pero, ¿dolarizar es recoger a la víctima o matarla?

Una pregunta a la que el menemismo respondió con su propia métrica. Menem, decíamos ayer en este libro, podría sostener a su favor: “Yo no maté al Estado argentino, señor Juez, cuando llegué a la escena del crimen ya estaba muerto, acuchillado por la hiperinflación y la performance deficiente de sus funciones metaforizadas por ENTEL, con la vuelta de la violencia armada de los carapintadas y la Tablada. A lo sumo le di una sobrevida, la única posible, después de la caída del Muro de Alfonsín. No solo no lo maté, sino que lo salvé de sí mismo”. Un concepto politicista que lo pone en el flanco opuesto al de la doctrinaria “Guerra al Estado” de Javier Milei que, como buen hijo de su época, al parecer sólo puede ser teólogo, porque la política devino imposible.

En franca contradicción al mileismo político, Menem fue un pacifista. Su advenimiento se produce tras el fracaso de la Pax Alfonsinista y el resurgir zombi de las violencias de los setenta en las miradas alucinadas de Seineldín y Gorriarán Merlo, la destrucción del Estado Nación estragado por la inflación y la reaparición del hambre en la historia argentina. Menem no quería empezar una guerra ideológica sino darle fin a la argentina transformada en campo de batalla, aprovechando el viento de cola del Fin de la Historia (Fukuyama dixit). Por eso Menem era todo menos antipolítico, en parte porque no quería ser un sociólogo en Jefe, una estrella de YouTube o un trotskista de derecha. Menem quería ser Deng Xiaoping, no Steve Bannon.

Una grieta profesional construida para que nada cambie rendida a los pies de quien quiere romper todo

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Algo de esto puede graficarse en su percepción de la política exterior, la más “estatal” de las políticas de Estado. El “realismo periférico” menemista no implementó las relaciones carnales con Estados Unidos por celo ideológico sino por realismo político. Un realismo político de 1990, no de 2024. No lanzó a la Argentina en una cruzada mundial declamativa, otra más, sino que trató de garantizar con su alianza exterior el éxito interior de su propia agenda de reformas. ¿Menem hubiese sido menemista en el 2024?

19/06/2019 Juan Bautista Alberdi SUDAMÉRICA ARGENTINA CULTURA WIKIPEDIA

Por eso Menem reformó y modernizó construyendo una economía política de carne y hueso, con la sociedad y sus actores realmente existentes. Menem hizo mucha política. Para Menem, en definitiva, menos Estado significó más política. Construir una élite. Un partido del orden, del que nacieron Duhalde y Kirchner después. Milei es, por el contrario, menos Estado y menos política. Menem le ganó a la renovación para liderarla. En la política argentina actual, entregada hace años a un pendeviejismo ideológico estéril (el jueguito del imaginario de una casta millonaria, una política del yo con su desempeño performático en las bancas), el último exponente de esta antigua lógica de la Razón de Estado parece ser Miguel Ángel Pichetto, tal vez el último defensor unipersonal del Estado argentino frente a católicos y mapuches, wokes y libertarios. Quizás esta sea una razón antigua en el marco de un mundo regido por redes, burbujas e identidades, pero no sería la primera vez que la lógica de un mundo anterior salva o permite la emergencia de un mundo nuevo. Después de todo, los que primero enfrentaron al hitlerismo fueron Churchill, el colonista inglés, y De Gaulle, el militar católico francés, mientras el Partido Comunista se repartía Polonia y Estados Unidos soñaba su sueño insular. A veces, cuanto está todo tan podrido en el presente lo más sensato es ser inactual. Pichetto, sin afiliarnos al club de fans de cualquier Frank Underwood, reviste las formas sobrias de una reunión de padres permanente frente a la política infantilizada. Es la historia de un político simplemente sentado en el centro de los problemas hace décadas. Un salmón que nada contra el aplauso fácil.

El Pueblo del León

Milei ganó con muchísimo voto “del interior”. Provincias y pueblos que no pisó. Su caravana fue un fantasma, un rumor y TikTok. Más allá de estos primeros días de gobierno con desempeño desarticulado y torpe, estamos obligados analíticamente a diseccionar esa operación: ¿de dónde saca su potencia Milei? El peronismo en la versión dominante de estos años (cristinista) achicó la Argentina. Geográfica y permanentemente desde 2008. Achicó la Argentina con ese leitmotiv duhaldista: gobernar el conurbano es gobernar la nación. Pero Duhalde tuvo una intuición única allá lejos: creó ese orden y llamó a un santacruceño para que lo amplíe. Y el desenlace fue al revés. El conurbano terminó como límite, como resignación romántica. Así, la recurrente pregunta sobre la provincia de Córdoba (el cordobesismo), sobre la versión mediterránea de un peronismo con sector privado, más que una pregunta sobre una identidad local que vive de echar su suerte al rigor de las urnas, resulta una pregunta sobre la Argentina. Una pregunta sobre el espacio, las fronteras, sobre un proyecto nacional. Una excusa para hablar de la Argentina.

Y en política gana el que construye su pueblo. Si Milei es un determinista apegado a las teorías de la escuela austríaca, en paralelo, en el balbuceo de sus leones, construye su pueblo. Milei existe porque construyó el pueblo mileista. Criollismo austríaco, interpretación del trabajador libre y vocabulario del odio en persona. Y en esta Argentina democrática y sin moneda, capitalista y sin crecimiento, con demandantes del Estado que reciben su mímica, con la eterna manta corta del tipo de cambio, con la máquina de hacer nuevos pobres y nuevos ricos, barrani, pero con clase media de antigüedad, entre Movistar Arena llenos y cajeros automáticos como hoteles… en este país existe el que es capaz de crear su pueblo y sostenerlo.

¿Por qué no levantar ese otro guante de época y asumir formas distintas de reapropiación de lo nacional en claves no necesariamente estatistas, en lugar de parapetarse atrás del escritorio de una dirección nacional?

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Milei les descontroló el incendio controlado a los polarizadores: los polarizó a todos. Los dejó del lado de adentro de las llamas que creían eternamente controladas. Porque el control del sistema político, sus avisos de buena salud bicoalicional, parecían repetirse como el chef del Titanic dando avisos del menú del día en un barco que iba derecho al hielo. La politología, intacta; la estructura socioeconómica, en declive permanente. Milei también es el destino de una democracia que construyó tantos anticuerpos para no estallar que terminó perdiendo frente a quien prometía un estallido. Una grieta profesional construida para que nada cambie rendida ante quien quiere romper todo. Es un producto de la decadencia de hace por lo menos diez años. Por eso, Milei no destruyó la institución de la presidencia argentina; en todo caso, usurpó la destrucción que de ella hizo el gobierno del Frente de Todos. Presidencia ya no había. Sus soluciones, presentadas en dos racimos de DNU y Ley Ómnibus, cayeron y perforaron -según vemos- un piso de consensos que “no sabíamos que teníamos”. Es decir: despabiló las inercias sobre las que funcionaba el sistema político, la economía y la sociedad. Después de casta Milei nos trae la palabra tongo, como si desesperadamente pelara la cebolla podrida de un país colectivista hasta su vacío. Su desafío ya trascendió el universo puro de la “clase política” para atacar indiscriminadamente el valioso mundo sindical y el de las organizaciones de la sociedad civil, y también, en parte, el de una economía subsidiada, el largo aliento del “capitalismo de amigos” (su ataque, a decir verdad, tiene una omisión deliberada que deja al desnudo el cable que une la grieta, es decir, que revela el “negocio del país dividido” que se ensambla en Tierra del Fuego).

Esta bomba de racimos, hasta ahora, provocó -lógicamente- más una reacción sectorial que social. En la sociedad de cada vez más micro emprendedores, Milei primero hizo reaccionar a la Argentina corporativa, al progresismo de Estado y a los trabajadores bajo bandera de convenios (el tesoro escondido de una Argentina que aún luce su “aristocracia obrera”, protegida aún por el sólido movimiento obrero organizado). Pero Milei ganó además con el discurso del trabajo y la producción, energía que debió haber regenerado el peronismo para su vigencia: tener una nueva versión de sí mismo.

Milei dice casta, y lo que nombra lo crea también. Así funciona el poder de la palabra cuando se tiene poder. Como Cristina con la justicia. Recordemos que sus ataques a la “corpo judicial” finalmente ayudaron a corporeizarla más. Pero no hay disyuntor del sistema contra esto que hace Milei porque usa la democracia como instrumento y no como límite. Es audaz y populista. En su afán de creer que el orden de cosas actual es injusto convirtió por un rato en conservadores a todos. Aun cuando, como bien señaló Lorena Álvarez acá, consiga la venia momentánea del ajustado, esa sociedad que pone las patas en el mar, está sola y espera. Milei creó su pueblo en la promesa de la moral cuentapropista: incendio y dolarización para reiniciar el contrato social. El problema será si se le quema vivo el propio pueblo en el medio, en su transición sin plan B.

Milei no destruyó la institución de la presidencia argentina; en todo caso, usurpó la destrucción que de ella hizo el gobierno del Frente de Todos

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Los Budas de Bamiyán

En marzo del 2001 los talibanes hicieron en Afganistán la primera de sus performances de avant garde sangriento, cuando volaron en trotyl las gigantescas estatuas de los Budas de Bamiyán, consideradas patrimonio cultural de la Humanidad. Era su forma de decir, como todos los revolucionarios siempre dicen, que antes de ellos estaba la barbarie. Los libertarios avanzan hoy en sus F100 y motonetas virtuales, igual de convencidos, igual de precarios, igual de circenses, igual de inviables, en dinamitar todos los activos, buenos y malos, útiles o inútiles, progresivos o reaccionarios, del Estado argentino al que le juraron la guerra.

Somos todos Oskar Schindler con nuestras listas de lo que debe ser salvado del auto de fe libertario, y está bien, porque como sabe cualquier argentino de bien, lo que se pierde en estas revoluciones difícilmente vuelve. Sin embargo, esa dinámica implica un ejercicio necesario: para salvar al Estado argentino hoy hay que des-kirchnerizarlo, lo cual conceptualmente no es sencillo ya que, en las últimas décadas, el kirchnerismo realizó un esfuerzo sistemático por kirchnerizar y patrimonializar para sí (en un ejercicio al que llamó “democratización”) todos los activos del Estado y la sociedad civil argentinas posteriores a 1983. Así, para un observador incauto podría parecer que el INCAA fue una brillante idea de Máximo Kirchner, el Fondo Nacional de las Artes un invento de Amado Boudou, la Comisión Nacional de Energía Atómica una creación de Diana Conti. El razonamiento de este sector hegemónico culturalmente de la vida nacional podría ser el siguiente: democratizar algo significa siempre estatizarlo, pero, a la vez, parecen decir que un Estado es sólo legítimo cuando lo administro yo. El lema de esta simbiosis trágica podría ser: “Estado = Democracia = Kirchnerismo = Yo”. Una cadena de equivalencias que se rompió y que ahora, como quien tira de la punta de un mantel, amenaza con llevarse todo puesto.

Esa privatización política de valores nacionales llevada hasta lo más absurdo es hoy, en la crisis general del peronismo, una catástrofe cultural colectiva. Algunos, percibiendo quizás este agotamiento, cambiaron la denominación de origen y pasaron del “consenso cristinista” al “consenso alfonsinista”, pero con tantas pocas diferencias entre sí que remiten un poco al ejercicio de las agrupaciones universitarias que ante el descrédito político se cambian el nombre, pero no las mañas. Ahora somos “el consenso alfonsinista”, pero la dirección del local queda en el mismo lugar. Momificar a un Alfonsín cristinizado, Santo Patrono de la Casta, tampoco parece ser la solución.

Un Alberdi político que se pregunta y se responde sobre las condiciones políticas de la Paz, sin la cual no hay progreso posible

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Milei propuso en un momento una idea que, haciendo abstracción de la utilización chicanera que pudo haber tenido vista la situación financiera de la empresa, puede ser utilizada en este punto como metáfora: devolverles Aerolíneas Argentinas a sus trabajadores. Este concepto, casi de fábrica recuperada, supone que Il Patrone e Morto. El Estado murió, abandonó o se dio a la fuga. Entonces, quedan sus trabajadores abandonados para apropiarse de su fuente de trabajo y volver a producir. ¿Por qué no levantar ese otro guante de época y asumir formas distintas de reapropiación de lo nacional en claves no necesariamente estatistas, en lugar de parapetarse atrás del escritorio de una dirección nacional? ¿Por qué no intentar una idea de democratización que sea distinta de la anarquía libertaria (que llama a futuros Leviatanes) y del estatismo disfuncional del Estado presente (del Estado que hace presencias como un influencer, al decir de Alejandro Galliano)? Asumir al Mileisismo no como un brutal accidente histórico, un paréntesis para después volver a hacer la misma, sino como el parteaguas trágico de un mundo que no volverá más. Usar a la Historia, para no ser usado por ella.

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