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ÉPOCA JUMANJI: LA IRA COMO MOTOR DE FEMINISMOS Y LIBERTARIOS

Tiempo de lectura: 7 minutos

Feminismo Jumanji es una de las novedades editoriales de Clave Intelectual. En el libro, Manuela Hoya y Ana Laura Nuñez Rueda proponen una revisión del devenir de los feminismos en Argentina desde el 2015 hasta el presente con la premisa de que la ira que se cristalizó en el Ni una Menos hoy ordena el Viva la libertad carajo. Las diferencias entre la militancia feminista y la libertaria están a la vista de cualquier observador. Sin embargo, ¿es posible encontrar hilos comunes entre estos movimientos? La respuesta, provocativa, es que sí.

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Vivimos en un estado de crisis generalizada y naturalizada: crisis social, económica, fiscal, de endeudamiento, ecológica, migratoria, laboral, del cuidado, política y democrática. Crisis everywhere. Un tiempo de catástrofes como el que protagonizó Robin Williams en Jumanji. Basada en el cuento infantil homónimo de Chris Van Allsburg, este largometraje se estrenó en 1995 y el éxito fue rotundo, tan rotundo como el triunfo de Carlos Menem quien, tras haber domado la hiperinflación, fue reelegido como presidente de la Argentina con el 49,9% de los votos.

La película relata las desventuras de niños y niñas en torno a un juego de mesa muy antiguo y atrapante. La partida se inicia antes de conocer  las reglas así como la inminente peligrosidad que se despliega a cada turno. Ronda a ronda, se presenta una nueva crisis de regreso al estado de naturaleza. Los jugadores enfrentan estos riesgos sin más herramientas que lo doméstico. No tienen más alternativa que colaborar entre sí y permanecer juntos hasta que uno de ellos llegue al final del recorrido. Sólo así se le pondrá fin al desastre para volver a la normalidad.

Hoy, como en el juego, las crisis proliferan, las catástrofes se suceden, las violencias y desigualdades se normalizan y los dolores se multiplican con una raíz común: el neoliberalismo. Estamos en la época Jumanji. Entonces, en  un intento por pensar este presente que nos preocupa, revisamos lo que pasó con los feminismos en Argentina desde el 2015 en adelante porque observamos que la ira que se cristalizó en el Ni una Menos hoy ordena el Viva la Libertad carajo. Creemos que repasar la historia reciente del movimiento feminista puede echar algo de luz para pensar el marasmo en el que estamos y aventajarse al momento de analizar la novedad en pleno despegue. ¿Hay hilos comunes entre estos procesos? Cualquier observador de la realidad puede enumerar las múltiples diferencias que existen entre la militancia libertaria y la feminista. Por eso, la invitación del libro Feminismo Jumanji es a pensar esta pregunta incomoda: ¿es posible trazar algún paralelismo entre esos fenómenos explosivos? Identificamos cinco elementos.

"Cualquier observador de la realidad puede enumerar las múltiples diferencias que existen entre la militancia libertaria y la feminista. Por eso, la invitación del libro Feminismo Jumanji es a pensar esta pregunta incomoda: ¿es posible trazar algún paralelismo entre esos fenómenos explosivos?"

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En primer lugar, se trata de dos reacciones frente a la fractura social y el destrozo individual. El feminismo es la alianza de quienes fuimos dañadas por el patriarcado y decidimos aglutinarnos desde esa condición, mientras que LLA convoca a quienes vienen perdiendo, a quienes padecen una vida cada vez más precaria, más indefensa frente al Estado abandónico e impotente. Por eso “Javier Milei es un exceso que se ofrece a la carencia”  (escribimos en La fuga de los que vienen perdiendo, también en Panamá Revista en octubre de 2021). Sus gritos, lejos de asustar, despabilan marcado que -por fin- alguien los escucha. Él puso en palabras, y en voz alta, aquello que todos veíamos: el Estado resulta, parcialmente, inútil frente a la peligrosidad y la precarización creciente del mundo: “estamos frente a una estatalidad de segunda selección, un outlet de lo que supo ser hace no tanto tiempo atrás”. Frente a ello, el programa libertario es reducir el Estado a su mínima expresión, ponerlo al servicio del mercado,  derivar las tareas de cuidado a las familias, y en ellas a las mujeres, dando lugar a un endeudamiento doméstico para cubrir esos servicios. Por eso, para erigirse, el régimen neoliberal deviene conservador: necesita al mujerío en las casas. Una reversión del “anda a lavar los platos” que Domingo Cavallo le cantó a la investigadora Susana Torrado en 1994. Hoy, la designación de Sandra Pettovello como Ministra de Capital Humano, licenciada en Ciencias de la Familia por la Universidad Austral, promete sellar este sesgo.

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Además feminismos y libertarios encontraron  una justificación para su accionar político en el hartazgo. Los primeros desde el hastío por la violencia patriarcal cotidiana y por la impunidad con la que ésta se reproduce. Eso nos convenció de que estábamos habilitadas a tirar por la borda el principio de inocencia o que estaba permitido escrachar a menores de edad porque “la causa era superior”, porque nuestro dolor era más grande. Quedamos así ubicadas en la escena pública, pero desde la condición de víctima. Como dice Giglioli, la víctima es el héroe de nuestro tiempo y ella está inmunizada contra cualquier crítica. Nadie se anima a cuestionar a alguien que padeció, nadie tiene ese derecho. Entonces la víctima detenta una posición de poder que hasta la habilita a tener un discurso punitivistas y a hacer cualquier cosa, incluso desconocer los procesos judiciales o usar herramientas antidemocráticas. Eso mismo pasa hoy con LLA: su furia se funda en el hartazgo contra la casta o contra un Estado impotente que los exime de toda responsabilidad democrática. El problema es que ¿quién no es víctima en este mundo cruento y maximizador de la desigualdad? Más ahora que todo tiende a lo dark.

"La víctima detenta una posición de poder que hasta la habilita a tener un discurso punitivistas y a hacer cualquier cosa, incluso desconocer los procesos judiciales o usar herramientas antidemocráticas. Eso mismo pasa hoy con LLA: su furia se funda en el hartazgo contra la casta o contra un Estado impotente que los exime de toda responsabilidad democrática. El problema es que ¿quién no es víctima en este mundo cruento y maximizador de la desigualdad?"

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En tercer lugar, tanto los feminismos como la militancia libertaria agruparon a personas desencantadas con la política tradicional pero que lejos de volverse apáticas quisieron organizarse y participar de otra forma: en la plaza de los Congresos con el pañuelo verde y en la marcha de cada 3 de junio al grito de Ni Una Menos -sin la necesidad de formar parte de un partido político- o, por el contrario, en las movilizaciones contra la casta y en la nueva geografía de las redes sociales que posibilita informar, argumentar y entretenerse.  En ambos espacios se configuraron nuevas reglas, muy diferentes a las que rigen las organizaciones políticas tal cual las conocíamos: la pretendida inexistencia de jerarquías;  el combate al elitismo  para  masificarse, para volverse popular como señala Pablo Seman en su último libro Está entre nosotros; la habilitación a que cualquiera, más allá de su trayectoria o antigüedad, pueda tomar la palabra; la reivindicación de lo colaborativo, de lo hecho a pulmón, de lo desburocratizado; la promoción de un sujeto empoderado, hecho así mismo y protagonista; lo autoconvocado como virtuoso, el “vine por mi cuenta” como contraseña de convicción. Estas novedades se presentan como una alternativa  frente  al innegable deterioro de la legitimidad de las instituciones democráticas.

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Otro elemento que permite trazar un paralelismo entre los feminismos y la LLA es que ambos son hijos de esta época Jumanji en la que impera el individualismo, la meritocracia y eso que Verónica Gago denomina “neoliberalismo desde abajo”: prácticas y saberes comunitarios que, más allá del signo del gobierno,  implican entronizar el cálculo como matriz subjetiva primordial -lo que no se puede comprar o vender, no existe-. Frente a la hegemonía de esta forma de ser mercantilizada hasta los huesos, el movimiento de mujeres y diversidades busca distanciarse. Sin embargo, el diablo sabe meter la cola y se ha inmiscuido con la exigencia del empoderamiento individual femenino para salir de la violencia o de la dependencia. Por el contrario, las y los libertarios tienen como ejemplo a la figura del cuentapropista, del freelancer, del self made man: un sujeto todopoderoso, que elige la precariedad. Como el inmigrante de fines del siglo XIX, se hizo solo y desde abajo. Estas ideas son muy atractivas porque ponen en valor el esfuerzo individual, pero sobrecarga al yo con un nuevo mandato (si queres, podes) y borronean las asimetrías estructurales de un sistema que se funda en la desigualdad. Espejitos de colores, propios de la narrativa new age que se hizo bandera en este tiempo a pesar de que ninguna golondrina hace sola el verano.

"La promesa que se agitaba detrás de nuestros pañuelos verdes en 2019 se frustró y, más allá de las valiosas conquistas institucionales, la agenda feminista ingresó a un Estado que no pudo, no supo, no quiso. Hoy, la ilusión libertaria hizo mayoría y en su hoja de ruta busca ponerle fin a la hegemonía cultural democrática tal como la habíamos conocido"

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Finalmente, en estas dos expresiones, en los feminismos y en los libertarios, hay épica propia. Hay canciones, remeras, eslóganes, rituales, relatos, banderas. Hay códigos, hay un lenguaje político novedoso. Hay referentes. Hay bibliografía y teoría. Hay una mitología, una historia y por tanto una esperanza. La promesa que se agitaba detrás de nuestros pañuelos verdes en 2019 se frustró y, más allá de las valiosas conquistas institucionales, la agenda feminista ingresó a un Estado que no pudo, no supo, no quiso. Hoy, la ilusión libertaria hizo mayoría y en su hoja de ruta busca ponerle fin a la hegemonía cultural democrática tal como la habíamos conocido: impugnan a la democracia, al sistema político y al Estado, apuntando con la tríada justicia social, derechos humanos y feminismos.

Entonces, si la mitología democrática que enseñó a hacer comunidad ya no funciona ¿cuál es la razón para permanecer juntos, juntas? Responder esa pregunta exige volver a pensar un proyecto general, volver a enarbolar una esperanza que no tenga a la austeridad como contraprestación. Este desafío debe atender que, como postula Constanza Michelson en Capitalismo del yo, “en la medida en que cada uno se identifica emocionalmente con una verdad sin cuestionamiento, no hay ánimo de diálogo, para pensar un proyecto político común”. Habrá que desconfigurarse para tener razón, desprogramarse para ganar las discusiones, desembarazarse de la indignación. Habrá que empezar a tomar nota y encontrar los modos de establecer una conversación. En Seguir con Internet, una nota reciente para Diario.ar, Tamara Tenenbaum identifica a dos sujetos de este tiempo y de esa geografía: quienes están enojados y quienes están tristes, quienes  sólo se ponen en conexión con otros para mostrar o reaccionar, sin ánimos  de encontrarse en la conversación.

Así, mientras esperamos que la ola termine de pasar y que el paisaje se estabilice otra vez, tenemos la tarea de escuchar para volver a ser audibles y el desafío de construir nuevos modos de conectar al yo todopoderoso con lo imprescindible de lo comunitario. Sobre todo, porque la austeridad sin horizontes que se nos propone será para todos los bandos. Entonces, habrá que seguir con el problema con la certeza de que en el voto a Milei viajaron muchos sentidos diferentes pero todos  comparten el rechazo al orden actual de cosas y en eso también nos parecemos.