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29 de diciembre 2023

Silvana Aiudi

TENGO MIEDO TORERO

Tiempo de lectura: 6 minutos

Angustias sobre la vejez

I

En sus mañanas de ventanas abiertas, la Loca del Frente canta «Tengo miedo torero, tengo miedo que en la tarde tu risa flote». Se escucha el cuchicheo de las viejas del lugar que dicen: «solamente le falta el novio». La Loca del Frente es romántica, sabe de boleros y sabe bordar manteles y sábanas para alguna que otra señora aristócrata. Escucha los comentarios de la situación política, las amenazas del Dictador, protestas de la izquierda, mientras recuerda cuando era chico, «un cacho amariconado» a quien su padre le decía que solo agarrarse a piñas con otros niños y el Servicio Militar lo iba a corregir, iba a hacerlo hombre. La Loca del Frente piensa, lo relata, se lo cuenta a su amado. Todo durante la primavera chilena de 1986.

Esta escena, que ocurre en las primeras páginas de la única novela de Pedro Lemebel, Tengo miedo torero, tiene como protagonista a ese personaje tan entrañable y político: la Loca del Frente y, también, a Carlos. Me atrevo a simplificar la trama a lo siguiente: inspirada en una conocida de Lemebel, la Juan XXIII, la Loca del Frente es una travesti o un homosexual (como dice Lemebel) que se dedica a coser manteles en el barrio. La Loca del Frente le alquila una habitación a Carlos, un joven universitario, miembro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) y se enamora de él. Carlos, viril y apuesto, usa la casa para hacer reuniones secretas con sus amigos en las noches de toque de queda y, además, para guardar el armamento que va a utilizar en el atentado fallido contra Pinochet en septiembre del ’86.

En el libro Loca fuerte. Retrato de Pedro Lemebel (Editorial Universidad Diego Portales), Óscar Contardo dice que, si bien a Lemebel le gustaba jugar con la idea de que la Loca del Frente era él, la historia del armamento fue real y que se encontró involucrado con los frentistas sin saber sobre el plan. Esa relación con los hechos motivó la novela. Contardo cita una entrevista en la que Pedro cuenta, a propósito del proyectil que falló en el atentado: «Yo fumaba pitos y a ellos no les gustaba, decían que por ello nos podían pillar. Un día llegaron con un tubo de acero enorme, me dijeron que eran unos manuscritos o algo así, y yo pensé que era como un condón de dinosaurio y lo puse a la sombra, por si acaso. Parece que ese fue el rocket que no estalló». Esta escena, que narra Lemebel, y que se refleja en la novela, marca (e irrumpe con) la entrada de la Loca a la política y, también, a la izquierda. Con esa historia de amor, circunscripta en el medio social y cultural de Chile del ´86, Lemebel amariconea el militantismo: «Es una manera de hacer circular otros temas de género y hacerlos cruzar con una actitud aguerrida y con esa acción espectacular que quedó inscrita, con su sombra de duda, como otras cosas espectaculares que pasan en este país», dice Pedro en una entrevista que le hace Carolina Ferreira en enero del 2000.

Óscar Contardo dice que, si bien a Lemebel le gustaba jugar con la idea de que la Loca del Frente era él, la historia del armamento fue real y que se encontró involucrado con los frentistas sin saber sobre el plan

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II

Lemebel siempre fue La Loca. A lo largo de su obra, sus entrevistas y performances, la figura de «la loca» le permitió hablar desde la diferencia. Como sostiene en una entrevista que le hace su amigo Victor Hugo Robles en 1994, publicada en Lemebel oral. 20 años de entrevistas (Mansalva): «La loca es como tú deconstruyes el patrón formal, cultural, sociológico, antropológico que te han metido, o sea todo lo que nosotros tenemos es aprendido, heredado, nos metieron ese cuento. La loca hace el quiebre, hace la fisura, recuestiona, replantea, duda, ironiza». Lemebel habló siempre desde el escritor, la izquierda, el proletariado, el homosexual (no todos), las mujeres, los viejos.

En Tengo miedo torero la Loca se presenta como una vieja que se enamora de un revolucionario joven «tan bueno, tan dulce, tan amable» «tan macho, tan canchero con las mujeres» y ella, como una vieja que teme avergonzarlo con sus «mariconerías de farándula».  El primer encuentro entre ellos, un día de campo juntos, será el momento en el que la Loca del Frente, su amor, su cuerpo envejecido, tome protagonismo político.

III

¡Feliz luna de miel, maricones!, les gritan los milicos sin requisar el auto un día que los ven pasar yendo al campo juntos. Otra escena, la de amor una vez solos, construye los cuerpos: el cuerpo viejo de la Loca del Frente y el cuerpo joven de Carlos. Vieja ridícula, vieja loca, maricón enamorado, se dice a ella misma. Carlos, sin embargo, con sus dientes blancos, su risa, su boca jugosa, universitario, joven, militante viril enamorado. La Loca se pregunta cómo Carlos iba a enamorarse de ella por su edad.

Con esa historia de amor, circunscripta en el medio social y cultural de Chile del ´86, Lemebel amariconea el militantismo

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En “Vejez e (in)felicidad”, Eduardo Mattio dice que la vejez suele resultar indeseable y despreciada entre gays y maricas cis. Las formas de envejecimiento y sus representaciones, “el puto viejo”, “la marica añeja”, “la flacidez de la carne”, “los achaques de la edad”, produce un alejamiento entre quien envejece y quienes lo borran del repertorio de lo deseable. Para Mattio, supone una garantía de desdicha. Como contraposición, está la juventud como indicio de felicidad: «¿Para qué acentuaba esa cortesía de viejo antiguo? Como si la viera tan mayor, con tanto respeto y respeto y puro respeto. Cuando ella lo único que quería era que él le faltara el famoso respeto. Que se le tirara encima aplastándola con su tufo de macho en celo. Que le arrancara la ropa a tirones, desnudándola, dejándola en cueros como virgen vejada», dice el narrador de la novela mientras Carlos la ve con ternura paterna.

La Loca del Frente mira su cuerpo, lo compara con los más jóvenes, con los de las universitarias. Minifaldas apretadas, chiquitas estudiantes, provocativas, tan lindas. Mientras ella es «triste máscara de luna añeja, nariz alguna vez recta pero ahora sucumbida a la gravedad carnosa de la vejez, nunca bella». En la vejez lemebeliana, el cuerpo es una forma de soledad mientras que el cuerpo joven es un valor. Y el deseo queda condicionado por el envejecimiento del cuerpo.

IV

Pero la Loca del Frente, sin embargo, se diferencia de los modelos sociales y moralizantes no solo por el amor que se permite sentir por Carlos, sino también porque se «mete en política». Insisto: es revolucionaria por su enamoramiento, por su cuerpo, por el género, por la vejez. Con esta figura, y con una protagonista que se piensa vieja, desde la crueldad, pero también desde el amor, con todos los prejuicios que recaen sobre ella por la mirada de los otros y también de ella misma, se transforma en sujeto de sus decisiones. Es esa «Penélope doméstica» la mayor revolucionaria en la novela. Con esta figura, que se angustia pero también actúa, Lemebel introduce la entrada de la loca (agrego, también, la vieja) a la política: «¿Y cómo lo conociste?, porque tú por la universidad pasaste por el frente. Sí, por eso me llamaban la Loca del Frente, estúpida, le refregó en la cara. ¿Y de qué frente?, agregó la Lupe con su inocencia de reno pascual. No va a ser del Frente Patriótico Manuel Rodríguez pues niña, me llamaría Tania, la Guerrillera, y te pondría una bomba en el culo para que no preguntaras más (…) Pero era torrona la Lupe, por eso se creía de derecha. No tenía ni idea lo que era ser de derecha, pero decirlo le daba distinción. Era elegante ser de derecha y pronuciarlo fuerte con la mandíbula caída en medio de todas esas locas cabeza de papa que iban a la disco». Hablar de los homosexuales, para Lemebel, era hablar de la diferencia política entre ellos.

Con esta figura, que se angustia pero también actúa, Lemebel introduce la entrada de la loca (agrego, también, la vieja) a la política

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La Loca del Frente juega con el estereotipo de la loca y también el de la vieja, sus representaciones. Con el avanzar de los sucesos, es quien se mete en el medio de una represión jugando con su imagen de «señora mayor, dama decente». Carlos tan hermoso y ella tan «despelucada por los años», pero eslabón fundamental para el atentado político contra Pinochet. La Loca vieja es un nuevo sujeto político. Carlos se irá a Cuba. La Loca del Frente no tendrá más lugar: «A mis años no puedo salir huyendo como una vieja loca detrás de un sueño. Lo que nos hizo encontrarnos fueron dos historias que apenas se dieron la mano en medio de los acontecimientos. Y lo que aquí no pasó, no va a ocurrir en ninguna parte del mundo (…) ¿Qué podría ocurrir en Cuba que me ofrezca la esperanza de tu amor…? (…) ¿Te fijas cariño que a mí también me falló el atentado?».

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