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31 de diciembre 2023

Martín Rodríguez

OBLIGACIONES

Tiempo de lectura: 8 minutos

Los años son como Lanusse: se van y no vuelven más. Perdimos mucho en este 2023. Mucha gente. Algunos cruzaremos el umbral del año como los coordinadores de viaje de egresados cuando gritan: “¡nos contamos en voz alta a ver si estamos todos!”. No estamos todos. Faltan algunos imprescindibles y caminamos lleno de preguntas. ¿Cómo será la gobernabilidad de los años que vienen? ¿Con qué se comerá en la era Milei? ¿Hasta cuándo y dónde le dará la cuerda revolucionaria con su menú de malas noticias? El modelo propuesto lo conocemos, una mayoría votó la motosierra, el ajuste. Las cartas sobre la mesa desde el vamos. ¿Pero en qué se va a sostener? ¿Cambiando de régimen? En política están las especulaciones, el juego oficialista y opositor, los negocios del país dividido, un oído en el pueblo y otro en Comodoro Py, el acting tribunero, la ganancia de pescadores. Pero también están los que no pueden sacarle el culo a la jeringa. De eso. De obligaciones. De obediencias. De los que representan en la corta a gente concreta. De la Argentina paritaria. Hablemos de eso.

A Milei no le importa el qué dirán. En su reciente paseo por el teatro de revista vimos ese toque personal en que Milei se parece a Menem: no lucha contra su estigmatización. El menemismo nació interpretado. ¿Qué hacía con lo que el progresismo decía de él, entonces? Nada. Se reía. Menem se reía de sí mismo (aunque llevaba bien puestos los límites democráticos). Milei es prescindente también de lo que puedan decirle “desde ahí”. Da por perdido lo que se pierde “por izquierda”. Macri, en la primera versión curada por Marcos Peña, disputaba más el relato cultural. En su gabinete, en sus intelectuales y en sus referentes mundiales iniciales (Obama, Macron, Trudeau) se notaba su disputa por la versión de sí mismo. Sus años finales lo muestran resentido con ese intento, con su gradualismo. Para Milei, como para Menem, hay que tomar distancia de esa Historia que escriben los que escriben. Hacer la propia. La paralela. A su vez, el kirchnerismo en su simbiosis progresista tuvo un problema distinto: al final se obsesionó tanto con escribir la historia que se fue olvidando de transformar la realidad. Ahora, en la relectura de sus propias acciones, vemos cómo brotan voces autocríticas, tardías, por ejemplo, sobre las órdenes que también empujaron las cosas hasta acá, como el error de torpedear a Martín Guzmán cuando era ministro.

La democracia no es sólo una suma de derechos. También es una suma de obligaciones.

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La CGT no pone las canciones en tu walkman. Todos dicen: “la CGT con todo el poder que tiene por qué no convoca a un paro cuando yo lo digo”. Y yo digo: si la CGT convocara a un paro cada vez que vos lo decís, ¿tendría tanto poder? Los que le piden aceleración a la CGT al hacerlo nombran su poder (muchos se ponían el cartel diez años atrás de “Yo no paro”). Un poder que perdería si funcionara a la velocidad on demand de las ansiedades ajenas. La CGT sabe que en las últimas décadas la modernidad no la liquidó. Es un mundo de bases y cúpulas activas que desde lejos luce más sellado de lo que es. Su poder se mantiene por encima de las expectativas. Milei se cuidó de no llamarlos casta, y ahora comenzará a ultimar negociaciones para ver si de acá al 24 de enero puede hacer posible que no haya paro. “Es un problema de los trabajadores”, dijo cada vez que le repetieron los años que muchos de los dirigentes llevan al frente de sus gremios. ¿Los imaginó aliados? Sabía y sabe que su contradicción está ahí. La CGT no mea agua bendita. La CGT tiene pésima comunicación (las redes sociales son cementerios de cuentas abiertas y abandonadas). La CGT defiende sus intereses corporativos, las cajas de las obras sociales. Pero la CGT… te para el país. En todo lo que defiende la CGT siempre hay mucho más que lo que defiende la CGT. Aún hoy. Aún en el país de mercado pago, de trabajadores golondrina de servicios, de emprendedores y cuentapropistas. La llamada aristocracia obrera y su representación no fueron santos de la devoción de nadie: ni de Cristina, ni de Macri, ni lo serán de Milei.

“¿Por qué la CGT marcha ahora y no antes?”, chicanearon desde el gobierno frente a una plaza llena de trabajadores que los puso más nerviosos que los cacerolazos. El duelo verbal del oficialismo es con aquellos nuevos opositores que ahora sí, de golpe, milagrosamente ven drama y dolor, hambre e informalidad, que hasta hace veinte días eran más “complejos”. Las chicanas siempre tienen algo cierto y también algo boludo en su argumento formalista. Se podría decir al revés, también, por ejemplo, ¿por qué el campo no le hace paro al nuevo gobierno? Porque a corporativos, corporativos y medio los ruralistas si todo se mide con esa vara. Un sindicalista comentaba el primer rumor de malestar del campo. “No estarían siendo agradecidos”, comentó en un grupo de guasap con otros dirigentes sociales. El gobierno anterior soportó movilizaciones y cortes de calle. De ahí esta promesa actual de orden. De hecho, Belliboni hizo su fama en el año 22 cortando la 9 de julio. La calle de Alberto fue cortada por medio mundo. Incluso por Bullrich en cuarentena.   

Ya no hay luna de miel para cada nuevo gobierno. Desde la asunción de Cristina en 2007 que no existen más “los cien días de gracia”. Pero una cosa no quita la otra: la pregunta sobre cuánto tiempo se le da a un nuevo gobierno para hacerle un paro retumba en el arco sindical. Porque, además, la dirigencia sabe que tiene votantes libertarios en sus bases. La sabiduría gremial se cocina en esos dos relojes simultáneos: el tiempo político y el otro tiempo, el de la gente.

“Ya hay cien mil trabajadores de la construcción en la calle”, dice un afiliado de la construcción, apoyado contra una camioneta de Crónica TV. Lo dice gritando, lo rodea el ruido de una plaza Lavalle llena. Cada transición de gobierno tiene su parate en la obra pública. Pero el nuevo gobierno plantea básicamente su fin. Y ahora sólo esperan que reanude los que trabajan en las obras con financiamiento externo y que representan a lo sumo “al 15% del total”.  

Un delegado de SMATA habla de un reajuste en el que van a perder 30 mil afiliados. “En el año hicieron en mi planta algo así como 90 mil autos. El año que viene ya se prevén 50 mil. Una planta que tiene para hacer 500 autos por día en una semana mete 2500. Y en un mes diez mil autos.” El panorama futuro que ven venir incluye despidos, arreglos, suspensiones. Esas eran parte de las conversaciones en Plaza Lavalle. Perón nombraba en “La comunidad organizada” nuestra libertad como “coexistencia de las libertades que procede de una ética para la que el bien general se halla siempre vivo, presente, indeclinable”.

Todos dicen: “la CGT con todo el poder que tiene por qué no convoca a un paro cuando yo lo digo”. Y yo digo: si la CGT convocara a un paro cada vez que vos lo decís, ¿tendría tanto poder?

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A los juegos del hambre no los inventó Milei, pero se van a poner más difíciles. ¿Qué pasa en los comedores? Jorge tiene un comedor hace décadas. No hay democracia sin comedores. Jorge es radical, militó a Larreta, y en la recta final del balotaje se jugó por Massa. Sus estados de guasap no dejan mentir que de kirchnerista no tiene un pelo. Es su única red social. La corrupción, las vacunas vip o el cierre de escuelas estaban ahí. Su militancia partidaria en la UCR es villera, es presidente de un barrio en Villa Soldati. De fe evangélica, su oficina está llena de fotos sepia con las banderas rojas y blancas de las internas de la Lista 3.

“Sí, vienen personas, vienen mamás con sus hijos a buscar la vianda, pero no podemos sumar a nadie más. Porque la comida que nos dan no alcanza. Nos bajan alimentos para 390 personas y nosotros asistimos a casi 500. Y hasta ahí nos podemos estirar, porque los estamos haciendo de goma los alimentos que nos dan. Me gustaría poder cobijar a todos, pero lamentablemente no podemos porque los alimentos no nos alcanzan. Pero sí, de a poquito se va incrementando más.” Ese de a poquito es el ruido del subibaja de los ciclos argentinos. La Pandemia tuvo a los comedores con cientos de más buscando qué comer. Paisaje de filas con tupper y la proeza de estirar la comida (“hacerla de goma”). Pero Milei prometió empeorar todo. El ministerio de Capital Humano viene lento en el arranque, al lado de otras cosas que el gobierno hace tan rápidas. Un funcionario de Avellaneda dijo que este año no llegaron las clásicas cajas navideñas de Nación a los comedores. Un mínimo mimo de cuatro productos (garrapiñada, pan dulce, turrón y maní con chocolata) para las mesas de famila.

Del consenso alfonsinista a otro consenso. En Argentina, lo mucho que se puso en juego este año algunos quisieron llamarlo así: el “consenso alfonsinista”. Pero ahora parece estar en juego el “consenso menemista”. Lo explica así Pablo Touzon: “El consenso alfonsinista terminó siendo la contraseña final de un kirchnerismo en repliegue que en su retirada redescubre el espíritu del 83 al que usa como escudo defensivo. Para el auge estaba Cristina para el retroceso está Alfonsín.” Dicho rápido: atacar como populistas, defenderse con el Nunca Más. Pero agrega Touzon: “Tal vez lo que interpretó Milei es el fin de esa cultura y la pregunta que ésta nunca se hizo, que es sobre la economía de mercado (el capitalismo) y de qué vamos a vivir. Sobre las cosas y la base material. Algo así como un consenso menemista”. Menem creó durante años el alivio (el espejismo) de tener moneda, gobernó la economía por un tiempo en el que las instituciones se hicieron paradójicamente más sólidas, es decir, se pudo transicionar la crisis incubada sin romper la democracia. Milei se tiró de palomita al hervidero de una Argentina que tras el 2001 se habría vuelto intuitivamente desconfiada del capitalismo y que ahora promete romper el prejuicio. La peor crisis que vivimos hace veintidós años guarda las imágenes de jubilados, amas de casa y trabajadores de oficina golpeando las puertas de bancos que se habían tragados sus ahorros en dólares. No sólo los desocupados por afuera, sino también los creyentes por adentro tumbaron el templo de aquella época. Milei no solamente rompe el supuesto tabú de reconocerse de derecha que inauguró 1983 (tras el Proceso y su manto de neblina), sino también el tabú de una Argentina que pueda decirse pro capitalista tras el año 2001.  

Vacantes. Marta es la mujer de Jorge. Reenvía por guasap los pedidos de comida que le llegan, de esa comida que hacen de goma, que estiran lo más que pueden. Lo mismo hizo en la cuarentena, en los tiempos del Quedate en casa en que quedó claro que no todos tenemos la misma casa. La obligación de Marta y Jorge prima por sobre la de derecho. La democracia no es sólo una suma de derechos. También es una suma de obligaciones. “Hay obligación hacia todo ser humano, por el solo hecho de que es un ser humano, sin que intervenga ninguna otra consideración, y aunque él no reconozca ninguna”, escribió Simone Weil en Raíces del existir. Desde Héctor Daer y Hugo Moyano hasta la última cocinera del comedor “La Laucha Gaucha” también están movidos por la inercia de la palanca de una obligación eterna, algo de fuerza ancestral que viene bajando desde las escrituras antiguas y no de la orden que dicte un burócrata o el dueño de cualquier agrupación de consumidores de poder. “Hace miles de años los egipcios pensaban que un alma no puede ser justificada después de la muerte si no puede decir: ‘no he dejado sufrir hambre a nadie’”, escribió Simone. La esperanza democrática se aloja también en quienes cumplirán sus obligaciones con las necesidades vitales de otros. Esto recibe Marta este diciembre:

[1:37, 27/12/2023]

Ah señora le quería preguntar si hay vacantes en el comedor para nosotros, pasa q no alcanza la plata para la comida y todo está caro

[1:37, 27/12/2023]

Lp q gana mi marido es para pagar no más. Y lo que yo gano es para comer día por medio, lo q gastaba en el mes para la comida ahora la gasto en una semana.