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27 de noviembre 2021

Andrés Mainardi

NO LOS MIREN Y SE VAN

Tiempo de lectura: 7 minutos

“Tengo un millón de dólares falsos, para hacerte feliz”

Un millón de dólares – Coki & the Killer Burritos

Tengo en el fondo del mar una mala noticia de mi

En marzo del año 2014, el periodista Horacio Vertbisky escribe una columna en el diario Página12 poniendo la lupa sobre El caso Santa Fe. El conflicto principal: la intromisión de parte de agentes federales en la captura de Hugo Tognoli, jefe de la ex Drogas Peligrosas y supuesto “nido del huevo de la serpiente” de la relación entre narcos y policías de la provincia de Santa Fe.

A la semana siguiente, el diputado provincial Juan Carlos Zabalza, mano derecha de Hermes Binner, quien había propuesto a Tognoli en ese cargo, le respondió al periodista: “Los socialistas podemos ser boludos pero no corruptos”.

Entre la boludez y la corrupción hasta el día de hoy no sé sabe qué es peor: si ser incapaz es la consecuencia de la mayor escalada de violencia criminal en la historia de la provincia de Santa Fe, el calificativo suena tan o más negativo que un hecho de inmoralidad.

A la hora de administrar la caja negra del Estado, ese fue el escudo discursivo que utilizaron los gobiernos de Hermes Binner, Antonio Bonfatti y Miguel Liftchitz. Una negación infantil, la aparición de un fantasma y la respuesta precoz del “no los miren y se van”. La solución estaba en no formar parte del conflicto.

El socialismo no tuvo jamás discursivamente un fin que justificara los medios, y así eligió la vía de no tener medios para justificar los fines. Entre medio, lagunas, y una conclusión: nadie sabe qué pasó en la gestión socialista porque nunca se quiso hablar realmente de lo que pasaba.

"Ese fue el escudo discursivo que utilizaron los gobiernos de Hermes Binner, Antonio Bonfatti y Miguel Liftchitz. Una negación infantil, la aparición de un fantasma y la respuesta precoz del “no los miren y se van”. La solución estaba en no formar parte del conflicto."

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Tengo un camión que manejo al infierno a todo lo que da

En el año 2013, Jorge Lanata, presentó un informe sobre la situación narcocriminal de la ciudad portuaria. En el mismo, el periodista de PPT, nombró y presentó a la ciudad de Rosario como la Medellín argentina.

En ese mismo año, Medellín festejaba la tasa más baja por muertes violentas en el último cuarto de siglo. Fue de 28/100.000, que implicaba un número de 1251 en un año. Para entender este festejo hay que recordar que en 1991, cuando Pablo Escobar le había declarado la guerra al Estado colombiano, murieron en forma violenta 7981 personas.

El 2021 se avizora como el tercer año con más crímenes de la última década en la provincia de Santa Fe. Hasta el 25 de octubre el departamento Rosario contó 190 víctimas, cifra solo superada en 2013 con 206 muertes y 2014 con 201 homicidios.

Rosario no es la Medellín de los años 90’. Las condiciones geográficas, las disposiciones económicas, el contexto global y la estructura del crimen organizado no están dadas para tal comparación. Igualar el caso rosarino con el cártel más importante de la historia vuelve a poner a la ciudad sobre aquel espejo comparativo deformante que se utiliza cada vez que se plantea hablar de sus propios conflictos.

Tengo un carnet de socio de la soledad

El mundo de la posmodernidad celebra la diversidad y la diferencia. Al mismo tiempo que la absorbe y sanea fácilmente; lo que no puede aguantar es a la gente problemática y a las clases peligrosas, contra las que busca construir las más elaboradas defensas.

Tanto los sectores de izquierda, derecha y centro de la provincia de Santa Fe parten de la misma posición. En la pobreza está lo diferente y ahí se genera el conflicto. De un lado ven a la pobreza como una cultura alternativa de lucha, contraataque y supervivencia donde ningún pibe nace chorro, del otro lado ven algo tan ajeno a su mundo que no les dolería si dejará de existir.

Pero ninguna de estas posiciones se caracterizaría como la mismísima encarnación de la cultura dominante. Ni en Rosario, ni en la provincia en su conjunto, ni en nuestro país, ganó ninguna de estas posiciones. Más bien, perdieron ambas. No hay un plan estructural a largo plazo de integración social que disponga terminar con la criminalidad y la delincuencia, ni tampoco hay un plan de ataque directo por parte de las fuerzas de seguridad del Estado para controlar a los criminales.

Por eso, lo que es vital para entender el conflicto no son solo las posiciones de cada una de las formas de ver el problema. En Argentina y mayormente en Santa Fe se habla mucho sobre mafia, soldaditos, búnkeres, tira-tiros y narcotráfico, pero no se habla con la mafia, los tira-tiros, los soldaditos, los búnkeres y el narcotráfico. Mientras tanto, la muerte sigue pisando los talones.

Cuando las bandas criminales quedan al libre albedrío y no hay un jefe o varios jefes que se relacionan bajo un acuerdo, comienza la competencia. Cuando se rompen los acuerdos, o cuando no hay acuerdo alguno, surge un guerra que se pelea en tres frentes: primero, se lucha entre las mismas bandas, en el segundo frente, estas organizaciones se enfrentan al gobierno de turno y en el tercero estos criminales se enfrentan directamente con la sociedad civil.

Desde el socialismo a esta parte, las bandas criminales de la provincia se encuentran bajo ese libre albedrío. Esta semana se volvió a ver un ataque directo a la sociedad civil, donde se demuestra que no hay una administración del problema real, es decir, del presente. Entre las soluciones por derecha que buscan militarizar y jaquear la ciudad a lo Patricia Bullrich, y las soluciones por izquierda que buscan sanear la desigualdad social existente, hay una caja negra que se mueve y explota en las manos de la ciudadanía de a pie que quiere sentarse tranquila a tomar una cerveza en la avenida más concurrida de la ciudad sin esperar que una bala le impacte en la cabeza.

"En Argentina y mayormente en Santa Fe se habla mucho sobre mafia, soldaditos, búnkeres, tira-tiros y narcotráfico, pero no se habla con la mafia, los tira-tiros, los soldaditos, los búnkeres y el narcotráfico. Mientras tanto, la muerte sigue pisando los talones."

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Ayer saqué Yelous Guy en la viola y te lo pienso tocar

En mayo del año 2020, el ex Ministro de Seguridad de la Provincia de Santa Fe, Marcelo Saín, dijo “voy por el bronce”, y buscó implementar un paquete de medidas para la reforma policial. En el último tiempo, fue el gesto más cercano a implementar un diálogo entre distintos sectores sobre el problema real de la provincia: la relación entre las fuerzas de seguridad y la calle, en todos sus aspectos. Lo que buscaba Saín, era, mediante un proyecto de la Ley de seguridad pública, de 114 carillas y 184 artículos, establecer las bases del sistema de seguridad en la estructura gubernamental con el punto más fuerte que conducía como caballo de batalla: la conducción política del sistema policial.

La ambición declaratoria de Saín no pudo con la estructura conservadora de las intendencias y senadurías de la provincia de Santa Fe. Si querés que tus enemigos se sienten a hablar con tus legislaciones no los trates de enemigos. La potencialidad de ser outsider a una estructura sólo puede funcionar si conocés la estructura. Saín se precipitó y le salió caro, pero dejó una enseñanza, o mejor dicho una deuda en la provincia: reformar la policía es necesario para comenzar un diálogo con lo que no se quiso ver durante años. Una reforma no es sólo un par de leyes: es mirar la caja negra del Estado, de frente y contrafrente, ver qué se hace con ella, y buscar, en estos tiempos turbulentos, el cese de un presente abrumador, es decir: realizar un pacto social, con aquello que nadie quiere ver.

Saín quiso tocar una canción al día siguiente de aprenderla, el problema fue que tal vez debería haberla practicado un poco más, y en principio, no hacérsela escuchar a sus enemigos sin haberla aprendido del todo.

"Saín se precipitó y le salió caro, pero dejó una enseñanza, o mejor dicho una deuda en la provincia: reformar la policía es necesario para comenzar un diálogo con lo que no se quiso ver durante años. Una reforma no es sólo un par de leyes: es mirar la caja negra del Estado, de frente y contrafrente"

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Voy a escribirte una canción que también pueda ser mala

Hace mucho tiempo resuena el caso Medellín como uno de los fenómenos más importantes a la hora de destrabar, y al menos, apaciguar, el conflicto criminal. La derecha cree y hace creer que la solución sólo es posible con un plan estratégico liderado por las fuerzas armadas y de esa manera desmantelar una red criminal que también los tiene como participantes. Arrasar. La izquierda cree que sólo es posible con una red de contención de asistencias sociales y proyectos de empleos que garanticen la salida de la miseria de la población más postergada. Sanar. Ambos están en lo correcto pero ninguna de las fuerzas se atreve a una acción directa sobre el fenómeno que impacta en la ciudad de Rosario y la provincia de Santa Fe.

 La diferencia de otros estilo de delitos con el narcotráfico, además de tener este carácter federal, es de la implicancia de la sociedad civil: productores, comerciantes y consumidores están cometiendo al mismo tiempo una infracción. Eso da a entender que el conflicto no corre sólo por una de las partes y que el problema puede resolverse como un problema capitalista. Mal que suene, es la oferta y la demanda, es decir, regular un mercado negro existente desde el arca del Estado: paliativo que salva vivas, salva vidas igualmente.

Policía y narcotraficantes se controlan entre pares. Buscan complicidades, ajustes de cuenta y deslegitimación de fuerzas. Toma y daca y a la sombra. Un camión a mil por horas transita hacia el infierno a todo lo que da: ¿Y la política? No responde, no se hace cargo: la maldad es ajena a sus intereses, mientras tanto, no hay acuerdo posible para apaciguar la embestida.

Ni boludos, ni corruptos, ni bocones. Negadores. Nadie se anima a escribir una mala canción.