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12 de abril 2024

Alejandro Galliano

LA VERDADERA HISTORIA DE LA HUMANIDAD

Tiempo de lectura: 11 minutos

Pornografía e innovación

En momentos de aceleración tecnológica y social como el que estamos viviendo, se impone una pregunta: ¿qué impulsa a todo esto? ¿Cuál es el motor de la innovación tecnológica? ¿El «capital», el «emprendedor», la «gente», el «modo de individuación de los objetos técnicos»? En su libro Zero to One, Peter Thiel dice que son los monopolios. La globalización y la libre competencia—según Thiel—contribuyen a difundir una idea o producto existente, pero sólo un monopolio está en condiciones de crear algo nuevo, pasar de cero a uno. Peter Thiel fue socio de Musk, ángel inversor de Zuckerberg y asesor de Trump. Participa de la fascinación de esta época por explicar al mundo de los negocios y al mundo en general a partir de verdades disruptivas y reveladas que él llama «secretos», aquí llamábamos «postas» y hoy los foristas de reddit y 4chan llaman red pill. En ese plan, y sin ánimo de agotar la explicación, podemos tirar nuestra propia red pill: uno de los principales vectores de innovación y difusión tecnológica es la pornografía.

El impulso erótico de la tecnología

En un artículo publicado en el New York Times en 1994, John Tierney dice que el sexo es la killer app que impulsa las innovaciones más importantes de las tecnologías de información y comunicación, o al menos la que les da el uso más sorprendente. Sostiene su hipótesis con un despliegue de erudición selectiva: las «Venus» paleolíticas—estatuillas femeninas con las tetas, los glúteos y el abdomen bien marcados—aparecieron 15 mil años antes que cualquier otro producto de alfarería utilitario, vg. las vasijas; lo mismo para las primeras tablillas sumerias escritas con el sistema cuneiforme, varias de las cuales contienen poemas eróticos. La imprenta moderna no tuvo que esperar mucho desde su aparición, a mediados del siglo XV, hasta la impresión de I Modi, una suerte de Kama sutra renacentista ilustrado por Giulio Romano, editado en 1525 y reeditado en 1527 junto a los Sonetos lujuriosos de Pietro Aretino. El daguerrotipo fue inventado en 1839, y ya en 1846 había imágenes de sexo explícito. En el cine el impulso sexual fue aún más precoz: Le Coucher de la Marie, el primer stag film, se filmó en 1896, apenas meses después de la primera proyección cinematográfica de los Lumiére, y al que muy pronto le siguieron la alemana Am Abend (1910), la argentina El Satario (c. 1907–1915) y la norteamericana A Free Ride (1915).

Al momento de buscar explicaciones para esa imbricación entre sexo y tecnología, Tierney baraja cuatro:

  1. la humanista: necesitamos humanizar las tecnologías, llenándolas de deseo por lo nuevo y lo extraño;
  2. la antihumanista: experimentamos al sexo como una tecnología—un set de procedimientos en torno a un fin—; la pornografía se limita a catalogarlos buscando agotar las posibilidades;
  3. la francfortiana: la pornografía es el sucedáneo de la relación física, una mediación que siempre nos deja insatisfechos y a la espera de una nueva tecnología medial que, esta vez sí, logre saltar la barrera de lo real y satisfacernos;
  4. la feminista: la tecnología, o al menos su marketing, es cosa de hombres: desde el «automóvil como prolongación del pene» hasta el irreductible machismo del mundo de los videojuegos, el predominio masculino impone un acercamiento libidinal a las máquinas y procedimientos.

El artículo de Tierney (un académico devenido periodista y un liberal devenido libertarian) es un ejemplo de la prestidigitación de las Humanidades: juntás dos cosas que estaban separadas—vg. sexo y tecnología—y aparece algo nuevo. Todo tiene que ver con todo y nada es falsable: hay tantos argumentos para darle la razón a Tierney como para rebatirlo. La verdadera historia de la humanidad se puede explicar con cualquier cosa.

Sin embargo, a medida que nos acercamos a nuestra época la hipótesis de Tierney se va haciendo más consistente. Tomemos por caso la «guerra del video». Entre 1975 y 1976 Betamax, el formato de videotape desarrollado por Sony, se midió con el Video Home System (VHS) de JVC y Panasonic. Betamax tenía mayor calidad de imagen y sonido, VHS ofrecía mayor tiempo de grabación continua. Pero para 1978 menos del 1% de los hogares norteamericanos tenían un reproductor de video y los estudios cinematográficos no se lanzaban a las nuevas tecnologías. Fue el cine porno el que definió la batalla tecnológica.

La web que hoy conocemos ya existía en la cabeza de la pornografía veinte años antes. Queda por ver qué lugar tiene esa web para la pornografía treinta años después

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Cuando Dinamarca legalizó la pornografía en 1969, y el resto de los países occidentales la siguieron, comenzó la llamada «Era Dorada del Porno». Después de décadas de stag films para ser proyectados en prostíbulos, se empezaron a filmar películas Rated-R con presupuesto, guión y producción, como Garganta profunda o Detrás de la puerta verde, que podían aspirar a cierta aura chic y una buena taquilla. En 1975 la recaudación del cine porno rondó los 10 millones de dólares (50 millones de hoy). Pero la industria seguía marginada a un rincón sórdido y vergonzante del mercado, atajando a potenciales consumidores ante la incomodidad de ser vistos en la puerta de un cine con un afiche de Linda Lovelace o de fumarse a un pegajoso compañero de asiento en la sala.

Los formatos de video permitían domesticar al porno, resguardar su consumo en la privacidad del hogar, y de paso reducir costos de material y edición. La industria pornográfica apostó por el VHS: la calidad no era tan importante como la duración. Las películas porno se redujeron a una sucesión de escenas de sexo explícito con argumentos y escenografías mínimos. En 1979 el 75% de los VHS que se comercializaban eran de material pornográfico. Con el formato VHS difundido y consolidado, el cine mainstream siguió el camino trazado por el porno y Betamax quedó fuera de competencia. No fue la única innovación de la pornografía. Interesados en reforzar el consumo doméstico, los productores pornográficos adoptaron muy pronto nuevos mecanismos de marketing (entrega por correo, infomercial) y de producción (registro y edición de video) y contribuyeron a perfeccionarlos antes de su masificación.

Otro tanto pasó con la telefonía. En los años 80 las empresas de servicios sexuales telefónicos, o hotlines, perfeccionaron el sistema pay-per-call, de tarifa diferenciada—en Argentina recordados por el prefijo 0600—que luego usarían otros servicios como consultas astrológicas, donaciones o concursos. Era evidente que cuando conectaran esas líneas de teléfonos a computadoras, con protocolos e interfaces accesibles y un ancho de banda capaz de cargar fotos y videos, la pornografía iba a ser la primera en la fila para usarlas. Y para terminar de darles forma.

De cómo la pornografía diseñó a la web

En 1991, el año en que se lanzó la web, había en Estados Unidos menos de 90 revistas para adultos, de las cuales solo una décima parte llegaba a los kioscos, la mayoría se distribuía por correo o en sex shops, con todas las restricciones del caso. Para 1997 se contaban alrededor de 900 páginas web con sexo explícito. A los vidriosos ojos de la industria pornográfica, la web era VHS on steroids: las mismas ventajas, consumo doméstico y costos bajos, ahora multiplicadas como panes y peces. Pero aquí también la pornografía fue mucho más que la beneficiaria del cambio tecnológico: fue su motor.

En 1995 la stripper y actriz porno Danni Ashe aprendió a programar en HTML y lanzó su sitio Danni’s Hard Drive para subir fotos promocionales. Pronto se le ocurrió cobrar una membresía de 15 dólares mensuales para acceder al sitio, una idea no tan frecuente en ese momento. Danni comparte el podio pionero del paywall con el Wall Street Journal. El tráfico de Danni’s Hard Drive terminó ocupando más ancho de banda que toda Centroamérica. Los sitios porno por suscripción proliferaron y contribuyeron al desarrollo y seguridad de los sistemas de pago online que luego usaría todo el e-commerce. El streaming también se desarrolló gracias al porno, puntualmente gracias a Internet Entertainment Group, la empresa de Seth Washavsky que trasladó a la web el negocio de los peepshow, cobrando un precio por minuto a los usuarios que quisieran chatear con una modelo desnuda en el sitio Club Love.

Otro innovador de los 90 fue Ron Levi, creador de Cybererotica. Levi fue pionero en monetizar los clicks: en lugar de cobrar una tarifa por anuncio según su extensión—una práctica que la web arrastraba de la gráfica—, cobraba una comisión por cada vez que un usuario de su página interactuaba con un anuncio. Al monetizar el tráfico y comerciar un servicio tan específico como el sexo, los sitios para adultos comenzaron a usar palabras o frases que los buscadores web captaran mejor, por ejemplo «sexo». Así contribuyeron a desarrollar y afinar la search engine optimization (SEO), piedra basal del marketing digital posterior. La intersección entre pornografía e internet fue tan disruptiva que fastidiaba por igual al viejo porno —Bob Guccione, el editor de Penthouse, se quejaba de «la cantidad de nerds que surgen como reyes del porno»—, y a la nueva industria digital: en 1996 las autoridades de la ComDex, la exposición anual de computadoras y tecnología que se celebraba Las Vegas, expulsaron de sus stands a las empresas de porno digital, que se mudaron al hotel de enfrente y organizaron un evento análogo para su industria, el AdultDex.

La industria pornográfica había logrado ganar plata con internet, el tesoro escondido que el resto de las industrias seguían sin encontrar y que las condujo a la crisis de las puntocom del año 2001. Luego de aquella crisis, la web 2.0 logró establecer modelos de negocios sobre el tráfico, la SEO y el marketing de afiliación (los clicks), todos desarrollos impulsados o afinados por las webs porno en la década anterior. De la industria porno y sus prácticas terminó emanando también la normalización legal de ese continente salvaje que era internet. En 1996 Stephen Cohen lanzó el sitio sex.com. Su negocio no era producir contenido sino aprovechar el mejor dominio del mundo (si todos buscaban «sex» en internet, el buscador los iba a mandar a sex.com) para llenarlos de banners y cobrar por anuncio y por click. La primera granja de banners. Al igual que Levi y Washavsky, Cohen venía del negocio del sexo telefónico, pero con distinta suerte: era un estafador profesional, recién salido de la cárcel. El dominio sex.com había sido registrado en 1994 por Gary Kremen, un clásico nerd de la época que lo dejó sin usar y armó una empresa de citas online con otro dominio, match.com. Cohen se apropió de sex.com y así comenzó un largo litigio que se resolvió a favor de Kremen sobre el principio fundamental de que un dominio es propiedad privada.

Para 1978 menos del 1% de los hogares norteamericanos tenían un reproductor de video y los estudios cinematográficos no se lanzaban a las nuevas tecnologías. Fue el cine porno el que definió la batalla tecnológica.

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En su libro The Players Ball David Kushner cuenta la historia de Kremen vs. Cohen y concluye que fue el hito por el cual la web dejó de funcionar como el Lejano Oeste y empezó a asimilarse al Valle de California. Cohen era un producto de aquella wild wild web, mitad pistolero y mitad colono. Incluso buscó transformarse en un proveedor de internet construyendo una infraestructura de fibra óptica en Tijuana para garantizar la llegada de sex.com a aquellos rincones del mundo en donde―según sus cálculos―la carencia de libertad sexual conduciría a las masas a la pornografía por internet. «Creo que todo internet va a cambiar―decía este forajido a mediados de los 90―Creo que los teléfonos que conocemos hoy van a cambiar. Creo que la televisión tal como la conocemos hoy va a cambiar. Creo, y mi empresa cree, que las personas propietarias de la fibra óptica y la infraestructura estarán en la posición perfecta». La web que hoy conocemos ya existía en la cabeza de la pornografía veinte años antes. Queda por ver qué lugar tiene esa web para la pornografía treinta años después.

Tu futuro está entre deepfakes y onlyfans

En 2007 Apple presentó el IPhone. Ese año Vivid Entertainment publicó el video privado de Kim Kardashian, por entonces apenas la hija pulposa del abogado de O.J. Simpson. En 2007 también aparecieron los sitios de streaming pornográfico «gratuito» Pornhub, Redtube, XVideos y XHamster, entre otros, cuyos buscadores recibieron una y otra vez la palabra «Kardashian». Desde entonces la piratería de material pornográfico por internet no dejó de crecer. Y las ganancias de la industria pornográfica no pararon de caer. Los números del sector son siempre opacos pero los especialistas calculan las pérdidas por piratería en 2.000 millones de dólares por año. El ingreso promedio de las actrices porno, siempre mejor pagadas que los actores, se redujo a la mitad. La pornografía, como toda la industria de las telecomunicaciones, sufre el impacto de la digitalidad y de la informalidad que ella misma contribuyó a formatear.

Pero la industria pornográfica está históricamente preparada para la disrupción y para «saltear intermediarios». Las plataformas de contenido por suscripción como OnlyFans o ManyVids recuperan el viejo streaming pero bajo control de sus creadores. Mia Malkova, estrella de MindGeek―el conglomerado que incluía a Brazzers, Digital Playground, Reality Kings, Pornhub, RedTube y YouPorn, entre otros―decidió autonomizarse y pasarse a Twitch. Como pasa con todos los «colaboradores» de plataformas, la frontera entre autonomía y autoexplotación es borrosa y depende de las condiciones y habilidad de cada uno: la suerte de una pornstar que se lleva a su público a una plataforma para manejar su carrera no es la de miles de chicas y no tan chicas que buscan un lugar a los codazos para arañar unos dólares. En este caso la pornografía no parece impulsar nada sino solo subirse a una ola ajena, o ahogarse en ella.

El otro desafío tecnopornográfico es la Inteligencia Artificial. La tentación de usar apps de IA como Midjourney, DALL-E o Stable Diffusion para generar imágenes sexuales era algo tan predecible que las propias empresas trataron de atajarlo de diferentes maneras. Pero no se puede con el impulso erótico de la tecnología. Cada vez hay más cuentas de Instagram, algunas incluso verificadas, de personajes creados por IA, generalmente mujeres atractivas con poca ropa como Shudu o Emily Pellegrini. Los creadores de esta última decidieron mudarla a Fanvue, una competidora de OnlyFans que acepta perfiles generados por IA. La pornstar Riley Reid lanzó Clona, un chatbot por suscripción para los usuarios que quieran simular conversaciones con ella y otras actrices porno. Por otro lado, Porn Pen se presenta como una web dedicada específicamente a producir imágenes sexuales con IA generativa, customizando la apariencia y locación de las modelos (la inmensa mayoría de las creaciones son mujeres) con tags como «chubby», «Latina» o «shower».

En agosto de 2022, casi al mismo tiempo que se lanzaba Stable Diffusion, lo hacía Unstable Diffusion. Inicialmente fue un subforo de Reddit para compartir imágenes pornográficas generadas por IA y técnicas para promptear y esquivar los filtros de la app. Stable Diffusion no fue pensada para producir imágenes porno (menos del 3% de su dataset de imágenes es calificado como explícito o NSFW) pero es una app de código abierto y confía a los usuarios el empleo responsable de sus herramientas. Los administradores de Unstable Diffusion usaron la tecnología de Stable Diffusion para desarrollar su propio sistema de IA generativa de imágenes pornográficas, alimentándola con las fotos adecuadas y luego corrigiendo los resultados. Cuando pasó los 50.000 miembros, el foro se mudó a Discord y logró financiarse mediante rondas de crowdfunding.

De mantenerse la tendencia actual, esta vez no será la pornografía la que impulse y generalice una tecnología sino la tecnología la que generalice la pornografía: todos podremos terminar siendo los protagonistas de algún video porno

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El doble éxito de Unstable Diffusion en generar imágenes pornográficas de alta calidad por IA y lograr monetizarlas es observado con ansiedad dentro y fuera de la industria pornográfica. Dentro de la industria, su consolidación plantearía un nuevo modelo de negocios. Unstable Diffusion ya busca financiamiento mediante fondos de riesgo. Para la vieja industria porno puede ser una opción liquidar sus productoras, meter su catálogo en una IA y distribuir el resultado por sus canales.

Fuera de la industria, la pornografía es el principal motor de las deepfakes, las imágenes de IA creadas con personas reales. En 2019, el 96% de las deepfakes eran pornográficas, con una abrumadora mayoría femenina. Entre 2022 y 2023 la cantidad de pornografía deepfake se quintuplicó. Los casos más conocidos son los de mujeres famosas, pero a medida que crece el volumen y el negocio (hay páginas por suscripción que ofrecen videos deepfakes y creadores que aceptan encargos para hacerlos), van apareciendo deepfakes de mujeres comunes, que no tienen los recursos legales ni económicos para restringir la circulación de esas imágenes. Por ahora, los desarrolladores y administradores de sitios como Porn Pen o Unstable Diffusion prometen darle un uso ético de sus herramientas, pero sin compromisos efectivos de moderación y con la necesidad de monetizar mordiéndoles los talones en medio de la selva digital.

En el fondo, los problemas con la IA pornográfica son los problemas con la IA. El «aprendizaje profundo» necesita afinarse mediante su uso masivo. Pero el uso masivo alimenta a la IA con toda la basura de internet: sesgos, violencias y violaciones de copyright. Con el agravante de que la pornografía históricamente ha tenido menos cuidado con esas cuestiones que otras ramas de la industria cultural. Los deepfakes porno de Taylor Swift que circularon en enero de este año surgieron de una competencia en 4chan para saltear los filtros de Bing Image Creator y DALL-E y generar la imagen más realista y violenta. No sería sorpresa que algún desarrollador de esas IAs haya fogueado ese desafío para afinar sus máquinas virtuales. Toda IA necesita que existan esos suburbios digitales para alimentarse y crecer.

La máquina hiladora a vapor apareció medio siglo antes que el patrón oro y que las primeras «leyes de fábricas»; la cadena de montaje apareció 30 años antes que Bretton Woods. La sociedad tardará en acomodar (y acomodarse a) la nueva máquina virtual. De mantenerse la tendencia actual, esta vez no será la pornografía la que impulse y generalice una tecnología sino la tecnología la que generalice la pornografía: todos podremos terminar siendo los protagonistas de algún video porno, muchos serán reales y voluntarios desde una pieza decorada con leds baratas; la mayoría serán virtuales e involuntarios, basta que tengamos fotos online y que las herramientas IA se generalicen entre nuestros amigos y enemigos. Llegado ese punto, y pasado el escándalo, puede venir una meseta de insensibilidad, la misma que siguió a los besos en público y a la exposición en redes sociales. La pornografía puede terminar siendo parte de nuestra imagen pública, quizás de nuestros valores, al mismo tiempo que la sociedad se vuelca a la recuperación de la religiosidad, la familia y la comunidad como reacción ante la aceleración capitalista y la crisis climática. Ambas cosas pueden convivir. Dios, Patria y Pornhub.

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