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29 de octubre 2023

Fernando Rosso

LA SOCIEDAD DE LOS PROFETAS MUERTOS

Tiempo de lectura: 7 minutos

Cuando una mayoría de Brasil se disponía a votar a Jair Bolsonaro se popularizó una frase que decía: “Van a votar a un fascista de verdad para combatir a un comunista de mentira”. En la Argentina del presente se podría parafrasear: “Van a apoyar a un menemista de verdad para enfrentar a un fascista de mentira”.

Pese a que desplegó un proyecto político cargado de autoritarismo y que las FFAA tuvieron un fuerte protagonismo durante su gobierno, el excapitán brasileño no constituyó un movimiento fascista y finalmente fue derrotado en las urnas por una amplia coalición de centro encabezada por Lula.

Como quedó claro después del 22-O, Javier Milei y el corso a contramano que lo acompaña (pese a los rasgos fascistizantes de su discurso tardío y el de su candidata a vice, Victoria Villarruel) tampoco conformaban un movimiento fascista. La morfología de su movimiento, la densidad de su proyecto político multiforme y la consistencia del mismo líder, eran mucho más contradictorias y endebles que las que le atribuían algunos análisis impresionistas.

Cuando una mayoría de Brasil se disponía a votar a Jair Bolsonaro se popularizó una frase que decía: “Van a votar a un fascista de verdad para combatir a un comunista de mentira”

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Los apresurados profetas de la nueva hegemonía mileísta, después de haber dado un paso adelante tuvieron que dar dos pasos atrás porque Milei no sólo no expresaba un movimiento fascista, tampoco pudo consolidar una ultraderecha sólida (tuvo que ir a pedirle la escupidera nada más y nada menos que a Macri).

No es una discusión nueva. En un texto titulado La vía italiana al socialismo, el comunista Palmiro Togliatti escribió: “Ante todo quiero examinar el error de generalización que se comete ordinariamente al hacer uso del término ‘fascismo’. Se ha convertido ya en costumbre el designar con esta palabra a toda forma de reacción. Cuando es detenido un compañero, cuando es brutalmente disuelta por la policía una manifestación obrera (…) en toda ocasión, en suma, en que son atacadas o violadas las llamadas libertades democráticas consagradas por las constituciones burguesas, se oye gritar: ‘¡Esto es fascismo! ¡Estamos en pleno fascismo!’ (…) Más no comprendo qué ventajas ello puede reportarnos, salvo, quizás, en lo que hace referencia a la agitación. Pero la realidad es otra cosa. El fascismo es una forma particular, específica de la reacción; y es necesario comprender perfectamente en qué consiste en su particularidad.”

Milei fue el emergente de una crisis de representación (que es mucho más que una crisis económica, social o política). Fue un síntoma más que una solución. La ausencia de un mínimo orden o la persistencia de un desorden crónico siempre provocan la demanda de líderes providenciales. Y toda crisis tiene el outsider que se merece. Su forma inicial de hacer política también fue bastante clásica: presentarse como externo al sistema, como el afuera de un adentro en decadencia. Carl Schmitt escribió en El concepto de lo político que “una manera particularmente típica e intensiva de hacer política consiste justamente en calificar al adversario de político y a uno mismo de apolítico”. El fascismo reúne alguna de estas condiciones, pero una jarra loca de estas condiciones por sí misma no hace fascismo.

Para caracterizar a Bolsonaro, un baqueano de la política brasileña como Breno Altman le dijo a la revista Crisis: “En términos conceptuales, el bolsonarismo es una variable del viejo bonapartismo identificado por Marx en el 18 Brumario: es una fuerza externa al sistema burgués, que gana fuerza cuando el sistema está en colapso político y busca reorganizar al estado desde afuera hacia adentro, inclusive enfrentando a los viejos partidos y a la burguesía”.

No se trata de un mero ejercicio de exquisitez académica o preciosismo teórico, sino de entender las condiciones de época que nos tocaron en suerte. Porque detrás de la idea de “la lucha contra el fascismo” se puede escamotear el avance por vía democrática de las contrarreformas que están en la agenda de todas las coaliciones tradicionales.

Toda crisis tiene el outsider que se merece. Su forma inicial de hacer política también fue bastante clásica: presentarse como externo al sistema, como el afuera de un adentro en decadencia

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Una vez instaurada la democracia de la derrota y desarticulado el partido militar (que se había vuelto irreal porque ya no era necesario), las clases dominantes optaron siempre por desplegar sus planes por la vía democrática, aunque el combo incluyera fuertes dosis de represión, cesarismo y autoritarismo.

Por eso el embajador norteamericano, Marc Stanley, no exigió un golpe de Estado o la instauración de un régimen “fascista”, reclamó aquí y ahora un “consenso del 70%” como el que alguna vez había propuesto el desangelado Horacio Rodríguez Larreta cuando se creía el candidato natural a ocupar el sillón de Rivadavia.

El mismo consenso que postula Sergio Massa con su “gobierno de unidad nacional” y que contiene una hoja de ruta que no se agita a los cuatro vientos en la campaña electoral, pero se deja leer entrelíneas en los mensajes o las acciones del ministro-candidato: las contrarreformas que presupone el famoso “reordenamiento de la economía” o el “plan de estabilización” que todos dan por descontado. Planteos que un tiempo atrás hubieran generado el rechazo generalizado, hoy se toman como “normales”. Porque el significado profundo del mileísmo, tanto en la forma como en el contenido, fue expandir los límites de lo aceptable: generar una nueva normalidad.

Por eso Clarín comenzó a tratar muy amablemente a Massa, la Fundación Mediterránea puso a disposición su plan de guerra, las asociaciones de bancos lo respaldaron antes de la elección  y Horacio Rosatti repitió el mismo discurso que el candidato oficialista. Algunos movimientos en el mundo del periodismo acompañaron el giro: Jorge Lanata sale a C5N y el inefable Baby Etchecopar da clases de instrucción cívica y republicanismo en los medios progresistas. Unidad nacional hasta que les duela. “Gramsci se caería de culo” con este nuevo “bloque histórico” ironizó María Pía López y todos nos reímos a carcajadas, mientras no tengamos que discutirlo en serio. El poder real es marxista (de Groucho): esta es mi candidata, pero si no la votan, tengo otros.

El discurso del triunfador de las elecciones generales incluyó orden, previsibilidad, seguridad y una estética conservadora con la familia tradicional como estandarte. Todo coronado por el anuncio de la superación de la grieta que no es más que un nuevo intento de marginar al kirchnerismo recluido voluntariamente en un segundo plano, aunque agrupado en la última trinchera que gobierna Axel Kicillof.

La realidad fue que frente al “molino satánico” que proponía Milei una parte de la sociedad rompió el vidrio y agarró lo que tenía a mano. Y Massa siempre está a mano

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A la “mímica” de nuevo peronismo que desplegó Alberto Fernández, Massa le opone el lenguaje inapelable de los hechos consumados. No se tira piropos con Héctor Magnetto (“Héctor no me deja mentir”), directamente lo cierra con el negocio que más le interesa al Grupo: el 5G. No hace malabares para explicar que el ajuste no es ajuste —para lograr la aprobación del kichnerismo— como hacía Martín Guzmán, directamente le da un hachazo al gasto público a la medida del Fondo Monetario y sin explicar nada. Porque en este país, el que explica pierde (Milei está aprendiendo la lección mientras se explica encima). No se justifica con las famosas “correlaciones de fuerza” siempre adversas (como hacía Leandro Santoro que rindió su último homenaje a la curiosa “doctrina” bajándose del balotaje porteño), a Massa le importan más las relaciones que la fuerza.

Si luego de las PASO, el exitismo afiebrado irrumpió en el campo libertariano, después del 22-O, el triunfalismo invadió otra vez al peronismo. La victoria de Massa revivió a los que profetizan la eternidad del movimiento, sobre todo entre aquellos y aquellas que llegaron antes de ayer: el peronismo es la idiosincrasia parida en este suelo; ácido argentino que disuelve todo lo sólido que se le ponga enfrente y lo transforma en aire. Aunque hoy la militancia no pase por compartir clandestinamente textos del “Gordo” Cooke o por formarse en las escuelas de cuadros de Guardia de Hierro. Hoy se trata (como se leyó en Twitter-X) de compartir reels de Baby Etchecopar, coincidir con análisis de Amalia Granata y esperar la resolución de una asamblea radical, el legendario partido en el cual —como escribió Ricardo Iorio— “muchos calzan gorro frigio solamente por ser calvos”. Todos sea por la eternización del peronismo, aunque en el camino se pierdan girones de su propia historia.

La realidad fue que frente al “molino satánico” que proponía Milei —expresión que utilizó Karl Polanyi para describir el movimiento descontrolado de la ley del mercado— una parte de la sociedad rompió el vidrio y agarró lo que tenía a mano. Y Massa siempre está a mano. Porque es verdad que la “latinoamericanización” de la Argentina dio como resultado una nueva sociología en el mundo del trabajo no contenida en las viejas representaciones, pero no es menos cierto que convive y se superpone con un entramado que no pudo ser desmantelado. Luego del terremoto de las PASO escribimos en Panamá: “Toda esa tradición expresada en el amplio entramado sindical y en los ‘pobres en movimiento’ (los trabajadores y trabajadoras informales o desocupados agrupados en ‘organizaciones sociales’), ¿quedó enterrada bajo la ola violeta del domingo fatídico? ¿El triunfo electoral supone el nacimiento de una nueva hegemonía meritocrática, concurrencial, hipercapitalista, individualista y salvaje? Ni tanto ni tan poco”.

Sólo el “cuco” desbocado del libertarianismo salvaje logró que triunfara un mal menor que —como en varias experiencias internacionales— propone un frente cada vez más amplio para defender cada vez menos conquistas (o para perderlas por otros medios). El miedo de octubre salió a enfrentar al castigo de agosto, dos “pasiones tristes” que hablan de la estructura de sentimientos que domina en esta elección y de la ausencia de promesa de futuro en las principales coaliciones.

El país real salió al cruce de las ambiciones hegemónicas y quizá las sorpresas ayuden a entender que de este laberinto se sale por abajo.