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03 de septiembre 2023

Fernando Rosso

TODO EL PASADO POR DELANTE

Tiempo de lectura: 7 minutos

Desde el día después del diluvio que tuvo lugar el 13 de agosto, comenzó una exploración masiva que busca indagar qué tienen en la cabeza los votantes de Javier Milei.

Rápidamente se dieron por descartadas las “viejas” herramientas políticas o teóricas con la que se pensó la Argentina hasta el presente y comenzó la obsesión por encontrar (o confirmar) la novedad. Cierto academicismo enamorado de su objeto necesita revalidar sus tesis y requiere que todo sea novísimo en el país en el que cada diez minutos cambia todo y diez años después, no cambió nada. Ya lo dijo el gran Deodoro Roca: “El puro universitario es una monstruosidad”.

Se buscan las causas en la estructura de sentimientos de la época de las pasiones tristes; en las subjetividades hiperindividualizadas y moldeadas por un neoliberalismo que atraviesa su etapa superior; en las nuevas identidades establecidas por cambios en la sociología del universo laboral; en la propagación de las nuevas formas de comunicación con el último grito de las redes sociales; en las nuevas generaciones tiktokeras cuya sensibilidad es incomprensible para las viejas formas de pensar. Seguramente, hay algo de todo eso y más. Si el triunfo de la dictadura residió en la transformación de la Argentina de clases a la Argentina de ciudadanos, el éxito del neoliberalismo fue individualizar aún más a los ciudadanos para intentar reducirlos a meros consumidores. Una estructura de la que no fue ajena la famosa “década ganada”, es más, se asentó sobre ella y la reforzó.

Sin embargo, ningún capitalismo —mucho menos el argentino— puede llevar sus tendencias hasta el final, por eso cuando nos despertamos después del día D, el empate todavía estaba ahí.

Cierto academicismo enamorado de su objeto necesita revalidar sus tesis y requiere que todo sea novísimo en el país en el que cada diez minutos cambia todo y diez años después, no cambió nada. Ya lo dijo el gran Deodoro Roca: “El puro universitario es una monstruosidad”

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Desde hace una vida, el pensamiento liberal viene obsesionado con la Argentina del veto permanente; percibe un problema donde reside un hándicap: la famosa vocación o pulsión igualitarista, el rechazo a una forma jerárquica de sociedad y la insatisfacción permanente que caracteriza a la tradición nacional. Esa que graficó Guillermo O’Donnell en el famoso cruce con el brasileño Roberto Da Matta. Você sabe com quem está falando? se titulaba el ensayo de Da Matta que le permitió ilustrar el carácter jerárquicode la sociedad brasileña. Cinco años después, O’Donnell escribió ¿Y a mí qué me importa? (muchas veces fue reproducido como Y a mí qué mierda me importa) en el que pintaba la rebeldía plebeya de la sociedad argentina que la dictadura quiso cortar cuando se extendió a un lugar prohibido: las fábricas. Una pulsión retomada en el 2001 que instaló otra vez a la Argentina contenciosa y que Mauricio Macri sufrió en diciembre de 2017 cuando quiso implementar los contornos más mileístas de su programa de gobierno (el famoso “reformismo permanente”).

Toda esa tradición expresada en el amplio entramado sindical y en los “pobres en movimiento” (los trabajadores y trabajadoras informales o desocupados agrupados en “organizaciones sociales”), ¿quedó enterrada bajo la ola violeta del domingo fatídico? ¿El triunfo electoral supone el nacimiento de una nueva hegemonía meritocrática, concurrencial, hipercapitalista, individualista y salvaje? Ni tanto ni tan poco.

En los focus groups que proliferaron luego de las primarias se escuchan voces que demuestran que Milei se transformó —por lo menos para una parte de sus votantes— en una especie de “significante vacío” posicionado (en los inicios) por un aparato mediático y que cada uno llena con su malestar y sus aspiraciones: “Cuando dice que va a hacer un ajuste más fuerte que el que plantea el FMI se refiere a los de arriba, a la casta”; “es cierto que sus ideas parecen para una sociedad con mayor poder adquisitivo que la nuestra, pero él quiere llevarnos hacia ahí”. Algunas personas en Jujuy que cortaron boleta y votaron en la provincia al FITU y en la presidencial a Milei encontraron en esa combinación la mejor forma de castigar a Gerardo Morales. La palabra “esperanza” aparece vinculada a la posibilidad de un “gran cambio” porque el motor de todo es terminar con “los mismos de siempre”.

¿Cómo se manifiesta el fenómeno en el mundo obrero y fabril? En el turno mañana de la alimenticia Kraft de Pacheco, de 100 personas consultadas, Milei recogió 20 sufragios; 10 fueron para Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta; Sergio Massa y Juan Grabois llegaron a 19 y el FITU de Myriam Bregman obtuvo 12; mientras que 19 no habían ido a votar; 18 votaron a otros y 2 en blanco. Conviene resaltar un dato que desmiente prejuicios: el promedio de edad de los votantes de Milei ronda los 40 años; los jóvenes estuvieron entre la mayoría que no fue a votar. Una confirmación más de que corresponde leer el “fenómeno Milei” junto al ausentismo de once millones de personas. Dato estratégico: en los ámbitos con tradición sindical combativa la polarización es más fuerte: 20 Milei / 12 Bregman.

En la Coca Cola de Pompeya , según un baqueano conocedor de ese territorio, muchos de sus votantes “ven en Milei un tipo antiburocrático sindicalmente cuando en realidad es antisindical”. Vale recordar que, en el discurso en el Consejo de las Américas, el líder de La Libertad Avanza dijo estar en contra “de los sindicalistas… que entregan a sus trabajadores”

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En una emblemática fábrica de la industria del neumático de la zona norte del Gran Buenos Aires, Milei también tuvo sus adherentes perdidos en la masa general. Quienes lo votan dicen que lo hacen “porque es algo diferente, nada más” o “porque es distinto al resto que siempre hablan de lo mismo y nunca hacen nada”, aunque este último cree que le pifió con “la propuesta de sacar la indemnización por despidos, pero hay que ver qué pasa y si realmente lo hace”.

En el legendario sindicato de Luz y Fuerza de la Córdoba intratable no hubo muchos votos a Milei. Entre los pocos que lo apoyaron hubo algún “macrista desencantado” y alguien que afirmó que “ningún presidente cumple sus objetivos de máxima, con que baje la inflación yo me conformo”. También en la Coca Cola de Pompeya en la Ciudad de Buenos Aires, según un baqueano conocedor de ese territorio, muchos de sus votantes “ven en Milei un tipo antiburocrático sindicalmente cuando en realidad es antisindical”. Vale recordar que, en el discurso frente a los empresarios en el Consejo de las Américas, el líder de La Libertad Avanza dijo estar en contra “de los sindicalistas… que entregan a sus trabajadores”.

Una referente Kraft que formó parte del aquel “viejo” sindicalismo de base que supo hacer oír su ruido metálico en la Panamericana reflexiona: “Si me preguntás a mí, los votos puntuales de Milei e incluso los de Bullrich responden al hartazgo con la política económica. No considero que sean compañeros no solidarios; todo lo contrario, es un turno muy solidario, a nosotros nos ha respondido muchas de veces en cuestiones de compañerismo y solidaridad. Eso es lo contradictorio que tiene, pero para mí está jugando mucho lo económico. La suba de tarifas: la primera suba de tarifas a nosotros no nos venía golpeando, pero después golpeó, las tarifas aumentaron bocha. Si bien nosotros tenemos sueldos más altos, hay inflación y la gente te dice ‘mira, suben las tarifas, no tengo subsidio, me sacan con el impuesto a las ganancias, con las paritarias en cuotas corremos de atrás y quedamos por debajo de la inflación’; la última cuota de 11% fue en agosto. Siempre por detrás, muy por detrás, lo que genera mucho cansancio, porque no te queda otra que romperte dentro de la fábrica. El cansancio y ver que la empresa se llena de guita, porque es una empresa que no para nunca y siempre te dice que no. Siempre digo, me parece como una olla presión, que no se sabe para dónde va a reventar, si por derecha, centro o izquierda, pero la cuestión es que es una situación que no da más, que no te cierra por ningún lado y me parece que el gobierno sí la tiene difícil. Hay mucha bronca contra la dirigencia sindical que encima te llama a que votes a Massa, la Comisión Interna, por ejemplo, pide a gritos que votemos a Massa con el mismo discurso que nos metió cuando mostraban el cuco del macrismo para que votemos al que está ahora. Entonces se vota también contra eso; o sea, contra tu gobierno, a vos que no me defendés. Por todo y contra todo”.

Sin las excesivas sofisticaciones teóricas de un Ernesto Laclau, cuando analizó el hecho peronista como un proceso político de tipo “populista”, Juan Carlos Torre planteó que en los orígenes del fenómeno populista, hay una crisis de representación

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Tiene lógica, según el último Informe del Coyuntura del Mirador de la Actualidad del Trabajo y la Economía (MATE) “en 43 meses de mandato, durante el gobierno de Alberto Fernández cada asalariado promedia una pérdida acumulada de $233.000 en comparación con una situación en la que se mantenía el nivel salarial del final del gobierno de Macri”. El “Rodrigazo” en cuotas al que asiste la Argentina y que sufre especialmente la clase trabajadora implica una ecuación muy simple y dramática: cada trabajador debe pagar con mayor cantidad de horas trabajadas la misma canasta básica. Ese escenario no puede hacer más que potenciar la distancia entre representantes y representados.

Sin las excesivas sofisticaciones teóricas de un Ernesto Laclau, cuando analizó el hecho peronista como un proceso político de tipo “populista”, Juan Carlos Torre planteó que “en los orígenes del fenómeno populista, hay una crisis de representación. Esta es una condición necesaria, pero en sí misma no es suficiente. Crea las condiciones de posibilidad, pero para que estas se hagan efectivas, se necesita algo más. Ese algo más es ‘una crisis en las alturas’, por medio de la emergencia de un liderazgo que se postula eficazmente como alternativo y ajeno a la clase política existente. En definitiva, es él quien explota las virtualidades políticas existentes en la crisis de representación. Y lo hace articulando las demandas insatisfechas, el resentimiento político, los sentimientos de marginalidad, mediante un discurso que las unifica y con el que llama al rescate de la soberanía del pueblo, expropiada por el establishment partidario, para movilizar esas insatisfacciones, esos resentimientos, contra un enemigo cuyo perfil concreto puede variar según el momento histórico —‘la oligarquía’, ‘la plutocracia’, ‘los extranjeros’—, y que es construido como el responsable del malestar social y político que experimenta ‘el pueblo’”. (1)

Podríamos cambiar oligarquía o plutocracia por “casta” y tendríamos explicada con lujo de detalles gran parte de la novedad del “fenómeno Milei” con reflexiones que fueron utilizadas para caracterizar una coyuntura de hace casi 80 años. 

No hay que pensar lo nuevo anclado obstinadamente en los viejos paradigmas, pero tampoco considerar que hay que inventar una nueva teoría para cada coyuntura. Ni museo de una lengua muerta ni Pierre Menard intentando reescribir una y otra vez el Quijote sin que le salga otra cosa que no sea: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme …”.

1. Citado en La última encrucijada, Jorge Liotti. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Planeta, 2023.

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