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23 de abril 2024

Florencia Angilletta

LA MARCHA DEL ASCENSO SOLITARIO

Tiempo de lectura: 7 minutos

“Cartas en el asunto” es el primer newsletter de Revista Panamá, escrito por Florencia Angilletta, sobre literatura y política. Aquí la suscripción para recibir los siguientes envíos por mail.

Uno. 2024, literatura y política. Nacimos al siglo XX con la Ley 1420 bajo el brazo: los principios comunes, gratuitos y obligatorios de la educación. Tiza y promesa. La letra con sangre entra o el sueño civilizatorio perfumado en guardapolvos blancos. Sarmiento: ese niño que también lidió con grandes frustraciones –haberse formado leyendo en un almacén de provincias y no en la élite de ese momento: el Colegio Real San Carlos– y las transformó en espada, pluma y palabra. Milei, cuarenta años después del retorno democrático, encarna el dedo del hombre araña en ese meme, señalándonos: ¿por qué la sociedad sigue subsidiando la educación superior? Este 23 de abril es la marcha en defensa de las universidades nacionales. Bienvenidos a un nuevo envío de estas cartas panameñas.

Dos. Yo y Platero. Hace unos años, por motivos del corazón, le pregunté a mi amiga Agustina Larrea si se imaginaba que pudiera vivir en otro lugar del país que no fuese la Ciudad de Buenos Aires. Ella me respondió: “Pero vos no sos de Buenos Aires, sos de la Universidad de Buenos Aires”. Lectora todo terreno, con quien nos conocimos en una sala de profesores y compartimos el afán sarmientino, había dado en el ángulo de ese mapa tectónico, el de los sistemas de pertenencias. Más que un barrio, un departamento o un pariente, mi lazo, mi “señores, yo soy del Centro”, se ancla en la universidad. Tengo dos hipótesis.

La primera, soy hija de la Universidad de Buenos Aires en un sentido literal. Mis padres se conocieron en la Facultad de Ciencias Económicas en 1983.

La segunda, a mi madre le dieron el título de contadora cuando estaba embarazada. Mi primera salida al mundo fue a una facultad. Juntas en el aula magna.

Movilidad social ascendente es también de quién podés conseguir el teléfono en la facultad. La movilidad contada en números de teléfonos

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Para muchas personas, la universidad implica un punto de quiebre, un salto vital, un tirarse a la pileta. Para mí el día que pisé por primera vez el CBC fue como llegar a casa. Volver al líquido amniótico. Eso que tantas veces en mi vida he añorado, la comodidad en los huesos de sentirse a salvo, serena, en paz. Si el hogar es donde se puede ir al baño tranquilo, mi lugar en el mundo es el baño de la universidad.

El relato en primera persona, a dos minutos de que muchos encarnemos tener el corazón con agujeritos. Estos últimos días asistimos –más, menos– a cierta variante del giro narcisístico del “soy de la UBA” o “soy de la universidad pública”: historias en primera persona alimentadas por la lógica de las redes (foto, emoji, impostura, frivolidad, haters) y catadores de la publicación de estas historias –más, menos– apasionantes, frívolas, irreverentes, romantizadas.

Tres. El diploma al lado del voto en la urna. “Con la democracia se come, su cura, se educa”. La generación del ochenta es una generación universitaria. No porque todos fueran a sus universidades, no porque haya sido necesariamente la década saliente de la masificación de los claustros, sino porque los universitarios –ese sujeto social– resultaba inseparable de la promesa democrática. El diploma con el título al lado de la urna y de la constitución. ¿Qué somos? Universitarios.

En 1988 la Marcha Blanca convulsionó el gobierno de Alfonsín con el paro de 37 días hábiles: la lucha por el piso salarial unificado. En ese entonces Menem, gobernador de La Rioja, dispuso micros para que los maestros llegaran a Buenos Aires. Alfonsín después dijo presente en la Carpa Blanca: instalada frente al Congreso, desde 1997 hasta 1999. Los años de la democracia y las escuelas: el sistema educativo expandido –cada vez más chicos y chicas en los colegios– y la desigualdad educativa: las trayectorias atravesadas por las diferencias. Adentro, pero con muchas desigualdades. Las fotos icónicas de las carpas: Spinetta recordándonos con su cara compungida ese mantra laico de “amarás la educación por sobre todas las cosas”.

Todos los gobiernos son lo que hacen con lo que las luchas educativas hacen de ellos.

Y aun así: ¿quién va a la consulta de un médico, abogado o contador y prefiere un diploma colgado de una universidad privada? La otra cotización en títulos de un país. La educación pública opera de este modo como garantía de que el mejor título profesional disponible esté en manos del Estado

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Cuatro. ¿Estudiás o trabajás? Si los ochenta promovieron la “cultura universitaria” como un horizonte social compartido, los noventa alentaron el crédito a tasa cero. De nuevo, no porque antes no hubiera habido créditos hipotecarios o ingresos masivos a las universidades, sino porque fueron las dos grandes formas de ascenso social real post 1983. ¿Cuáles son las medidas más concretas de la movilidad social ascendente? Cuando la universidad es heterogénea y cuando se compran propiedades con el salario y no con la herencia. ¿Cuáles son las expectativas de los últimos diez años? ¿Tener un posgrado y alquilar? ¿Ser profesional para que la inflación le gane al ahorro? El fondo de la discusión no es ni la UBA ni las universidades nacionales. Ha cambiado la percepción social de la universidad porque ha cambiado el mundo del trabajo. Si seguimos sin discutir la reforma laboral “de hecho”, la que vivimos todos los días, la que nos pisa los talones, cualquier agenda que prenda mecha en una necesidad social –legítima, como la del ascenso, que es el reverso del señalamiento de la “casta”– nos va a llevar puestos. ¿O soy sólo una graduada de Filosofía y Letras con un libro en la mano pidiéndole explicaciones al cliché del votante rappitendero de Milei?

Cinco. Una universidad para mi presidente. ¿Qué fue lo primero que hizo Néstor Kirchner cuando asumió en 2003? Lo primero: ir a desactivar un conflicto docente. 48 horas tras haber asumido la presidencia, el entonces presidente viajó a Entre Ríos para firmar un acuerdo con los docentes de Paraná; esto permitió dar comienzo al ciclo lectivo 2003. La fantasía sarmientina reactualizada de “mi hijo el dotor” ha sido sostenida, históricamente, en una cadena de eslabones: primero la garantía de la educación primaria, luego secundaria y después los estudios superiores. En la década del sesenta –por ejemplo, por fechar– podía ser cuestionado, en amplios sectores de la sociedad, mandar a los hijos a un colegio privado. Operaba como signo, hasta de estatus, ser estudiante de la pública. El ¿qué habrán hecho? posado sobre los hijos de una familia en caso de que no pudieran bancarse la formación publica. Esa cocarda que supo tener la educación pública –ser “mejor” que la privada– tiene décadas de crisis encima.

Y aun así: ¿quién va a la consulta de un médico, abogado o contador y prefiere un diploma colgado de una universidad privada? La otra cotización en títulos de un país. La educación pública opera de este modo como garantía de que el mejor título profesional disponible –así lo evidencian los rankings internacionales– esté en manos del Estado. La democracia, los ochenta, se montaron sobre la reserva democrática del “prestigio” de la universidad pública, algo que no se pudiera “comprar”.

Pero ese “resguardo” cívico, ¿sigue siendo la universidad? El gran rito de encuentro con el Estado es a través de la educación superior. El recorte al presupuesto de las universidades nacionales –que no ha sido solucionado aún con ese envío adicional que enfatizan y hasta tergiversan las últimas noticias–nos pone de frente con la crisis de lo que el sociólogo Pierre Bourdieu subraya en Los herederos, la reproducción de los capitales “heredados”. Por decirlo rápidamente: trabajo en la universidad para mandar a mi hijo a un colegio privado.

Si los ochenta promovieron la “cultura universitaria” como un horizonte social compartido, los noventa alentaron el crédito a tasa cero. De nuevo, no porque antes no hubiera habido créditos hipotecarios o ingresos masivos a las universidades, sino porque fueron las dos grandes formas de ascenso social real post 1983

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Seis. Mucho más que mi librito y yo. La plaza de este 23 de abril no es una copia de la plaza del 24 de marzo. (Un domingo: Plaza de Mayo cuando el lobo no está.) Como pasó con el derecho al aborto, las demandas triunfan cuando son una demanda de buena parte de la sociedad civil. Una a la que suscriben el centro de estudiantes de la UADE, la firma de los profesores de San Andrés o del Di Tella. No es lo mismo que la defiendan sus defensores esperables. Esa equidistancia es también una posibilidad. Cuando el medio es el mensaje. Cuando importa quién enuncia esa defensa: Maslatón, Pablo Avelluto, María la del barrio, Juan de los Palotes.

Siete. La “y”. Vi el video de Catalina Wandyk. Me incomodó. Una clase no es “aséptica” o “neutral” aunque también al final del día la palabra “adoctrinamiento” me hiere en el narcisismo. ¿En qué me formé? En dar pelea entendido como leer matices, no en “bajar línea”. Vuelvo a esas palabras de Ricardo Piglia sobre el Facundo: a esa “y” entre la civilización y la barbarie, a lo que pone en contacto, a lo que cruza. La universidad no es de los libertarios. Tampoco es de los kirchneristas. Una profesora de Uncuyo o Córdoba se cagaría de risa en que la traten de “k”. ¿De quién es la universidad? Ese suerte de precepto democrático que decía “a la izquierda culturalmente” como manera de leer para las facultades. Clases medias y altas que soportaban el supuesto “zurdaje” de las universidades, su olor a pachuli y cerveza barata, en nombre de un prestigio. Ése es otro consenso progresista perforado. La universidad no es de un partido. Tampoco es la caricatura de un pastor recitador de Marx cada diez minutos en un aula.

Ocho. “Cuidemos lo que nos une”. Lo llamo a mi padre para confirmar estos datos biográficos, aporta sus detalles y diferencias, recuerda el voto compartido con mi madre a Alfonsín y a Allende, y subraya su rol en la historia de los diplomas. La universidad está hecha de pequeñas –o grandes– alianzas de clase. Movilidad social ascendente es también de quién podés conseguir el teléfono en la facultad. La movilidad contada en números de teléfonos.

La movilidad de a uno. Con quien te pudiste casar, tener un hijo, vivir en la propiedad de la familia del otro, acceder a capitales familiares o culturales. Si la universidad es democrática en algo es en el levante. Frente a la segmentación o la hiper especialización de escuelas o barrios, la universidad es la posibilidad democrática más fuerte: sentar uno al lado del otro a personas que quizá jamás se hubieran encontrado de otro modo. La Argentina democrática: la de mezclas.

Hasta la que viene.

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