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23 de febrero 2022

Lucas Nine

FONTANARROSA SOBRE LA MARCHA

Tiempo de lectura: 6 minutos

Diversas circunstancias (a las que podría llamar “extrañas” si no fueran el resultado de la más rigurosa de las lógicas) han determinado que en los últimos tiempos me toque llegar a la ciudad de Rosario en horarios bastante absurdos. En general la cosa es a la noche, cuando las sombras han copado la parada y una luna de uña recién cortada cuelga como pegada con cinta scotch en el cielo. La estación se llama Rosario Norte, y el recorrido posterior es simple: hay que agarrar por Callao todo derecho, y tanto el nene como yo sabemos que a la altura del 300 (más exactamente, Callao 356) están los murciélagos. Se trata de un grupo que gira en torno a un farol, revoloteando a la pesca de polillas. Aunque resulta difícil identificar a sus miembros (todos van de negro), sorprende lo invariable de su presencia y lo riguroso de sus actividades, al punto de que ya resulten otro mojón en el camino. “Todo va bien, llegamos a los murciélagos”, decimos entonces.

En este punto se produce el inevitable retraso en donde yo camino más lentamente, torciendo el pescuezo para estudiar a las esquivas criaturas, mientras mi hijo continúa con el paso firme de aquellos habituados a este tipo de cosas. Es que estos bichos me recuerdan algo que no puedo precisar. Hasta que por fin caigo en la cuenta: por supuesto, se trata de la bandada de loros. Los loros de Inodoro Pereyra.

Una lágrima como las que salen talladas en el ojo de los “llorones” de Fontanarrosa, que no se pueden enjugar con un pañuelo porque son constitutivas del personaje. Vienen de nacimiento, ya impresas en el ojo; a la manera de la máscara de Discépolo

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Los loros de Pereyra son efectivamente loros (¿quién irá a desmentir el trazo seguro del dibujante?) pero además trabajan de loros. Aunque picoteen entre los choclos y digan palabrotas como el resto de sus congéneres, sabemos de buena fuente que cuentan con personería jurídica y representación sindical, entre otros beneficios laborales. Convertida en una especie de vaga intuición, la idea de que en Fontanarrosa las cosas ejercen de sí mismas se extiende como una mancha de aceite sobre la ciudad que se despliega bajo nuestros pies y es fácil percibirla reflejada en la curiosa edificación que nos rodea; sobre todo en los lujosos palacetes del centro, en donde una mano churrigueresca se ha extralimitado en lo tocante a ornamentación y tamaños. Es que en Rosario a los edificios se les va la mano, como le pasa a esa vieja estructura de aspecto tribunalicio (una antigua sede policial) que, con su sobreactuación de aurigas y antorchas, parece que se riera por debajo.

Le ocurre lo que a Fontanarrosa, en donde la palabra desconfía del dibujo y los monitos miran para otro lado, haciéndose los boludos. Es recomendable que el lector avance con cautela por sus páginas, como hago yo por estas calles de Dios. En esos cuadritos se cocina algo; nada es lo que parece ser. En esto, Fontanarrosa tiene mucho en común con otros colegas de su tiempo o el precedente (Oski, por ejemplo). Claro que esta forma de ironía criolla no debe confundirse con otras que reciben el mismo nombre, quizás por pereza. Pienso en un episodio narrado en el “Borges” de Bioy Casares: Borges recuerda un encuentro con Macedonio Fernández donde este afirma tener entendido que el Círculo Naval es un centro guitarrístico notable. Borges y Bioy se sorprenden entonces de la necedad de Macedonio, dado que, como todos sabemos, en el Círculo Naval no se toca la guitarra. Dicho de otro modo, estos dos cultores de la ironía (en su variante británica) no son capaces de verla ni cuadrada cuando circula en alpargatas. La culpa no es del chancho: la humorada del señor Fernández se aparta bastante de la pirotecnia verbal de un Oscar Wilde. Está hecha de reticencias y pudores, las mismas técnicas que el Inodoro tan bien maneja. Las nobles ciencias del disimulo.

Sin embargo, este pudor criollo, que no anda gesticulando lo suyo por ahí, se cruza con otro asunto bien distinto, como cruzamos nosotros ahora por la Avenida Francia. Se sabe que los griegos tenían a mano un bonito set de máscaras para efectuar sus representaciones. Una, decorada con una sonrisa, se usaba para las comedias, y la otra, con la misma mueca pero invertida, iba con las tragedias. Es mérito de los italianos el haber pensado en combinar a las dos en una y así tuvieron al Payaso Triste, el “Ridi, Pagliaccio” con el que no conviene extralimitarse (como bien sabe Luis Sandrini). No está mal recordar la presencia italiana en Rosario -de algún lado sale el Fontanarrosa- cuando estudiamos la vieja máscara de los clowns que conocimos antes de que la figura de Ronald Mc Donald los asociara al cine de terror. Acá tenemos toda la gestualidad que queramos, pero, pese a la sonrisa aparatosa, esa rayita blanca que conforma la base del ojo es una lágrima. Una lágrima como las que salen talladas en el ojo de los “llorones” de Fontanarrosa, que no se pueden enjugar con un pañuelo porque son constitutivas del personaje. Vienen de nacimiento, ya impresas en el ojo; a la manera de la máscara de Discépolo, que no se corre o despinta ni ganando la lotería. Esas lágrimas jamás tocan el suelo.

Pero la careta del llorón es apenas una más en el corso de Roberto, por donde circulan una profusión de grotescos en carnaval; un desfile de rostros exacerbados, animado por el ejercicio desatado de las pasiones. Ojos exorbitados que ya no ven, venas del cuello inflamadas como las raíces del ombú, dientes telúricos que amenazan morder el globito de texto para mutilarlo. Esos nudillos tensionados, que serían una caricatura de los de Carpani si los del pintor no fueran ya cómicos por su cuenta. Es el Orlando Furioso puesto en movimiento. O casi, porque un retroceso menor sobre la imagen para contemplarla en toda su extensión nos permite advertir un mínimo desajuste que sin embargo es letal: toda la violencia de estos señores se termina a la altura del cuello. De ahí para abajo, son calma y placidez. Los piecitos (los cuerpos tienden a ser mínimos) van firmemente plantados sobre el suelo, como formando parte del mobiliario urbano. Cualquier movimiento es desterrado de ellos. Es que las pasiones, en Fontanarrosa, son metódicas: las propias del tipo que está dispuesto a cortarse el cuello con una banana.

La idea de que en Fontanarrosa las cosas ejercen de sí mismas se extiende como una mancha de aceite sobre la ciudad que se despliega bajo nuestros pies y es fácil percibirla reflejada en la curiosa edificación que nos rodea

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Y en esto volvimos un poco al punto de partida (aunque ya estemos por el barrio Echesortu), con la intuición de que en Fontanarrosa las cosas disimulan su esencia salvaje, de la misma manera en la que en la ciudad de Rosario se ordenan dioses y demonios gracias a la mano plácida de la burocracia. Pudimos ver el trabajo minucioso de las autoridades municipales en este sentido, todo a lo largo de nuestro periplo; y si bien el nene –que después de todo vive acá– bostezaba por lo poco novedoso que le resultaba el asunto, yo aún conservo la boca abierta por la sorpresa: luces malas en tres colores, una sugerencia de la pampa en cada descampado y la sombra de un alazán lejano que resulta ser una bicicleta. Nada es lo que parece. Guarda al cruzar. Llegamos.

Me olvidaba de decir que hay un pedazo de todo esto colgado en la ciudad de Buenos Aires; y se trata nada menos que de una muestra de los paneles de temática campera de Roberto Fontanarrosa (más una página del “Inodoro Pereyra”), exhibida en la Casa de la Provincia de Santa Fe (25 de Mayo, 178). Para asistir existen ciertas exigencias administrativas que, aclaro de entrada, tienden a la exhibición de libretas sanitarias, papeletas de conchabo y demás implementos por el estilo (yo logré descolgarme por un ventanuco mientras que el nene, que aprendió in situ con los mejores, exhibía a tal efecto su propia lágrima tallada en el ojo). Pero la muestra valió el esfuerzo, o el esfuerzo la muestra, porque el Inodoro, habitante tácito de esas paredes, es el último miembro de una cadena mágica que incluyó eslabones tales como el Martín Fierro, el Santos Vega ya esos dos gauchos que fueron a ver el Fausto y descubrieron que el diablo era un tipo que trabajaba de eso. Desde las paredes, facón en mano, nos guiaba el ejemplo del mismo Pereyra y sus míticas paradas (es conocida su tendencia a no comprar derrotas, y para colmo, caras). Frente a él, que somos nosotros, se extendía el mayor peligro que puede enfrentar un personaje de historietas: la nada de la página en blanco.

Qué lo parió.

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