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NORMA NO LE TEME AL VIENTO


En cada década de ajuste renace un sujeto: el jubilado. En los años 90 creció con un cancionero: desde la incorrección púber de “Jubilados violentos” de los Illya Kuryaki hasta el blues costumbrista del gran Pappo con “Mi vieja”, estrenada en el programa de Tato Bores. La evolución de José Corzo Gómez, el gritón de Nuevediario y fundador del partido Blanco de los Jubilados, “con las manos limpias”, derivó en la inolvidable Norma Pla y Raúl Castells (¡el MIJD!) en la plaza y a los gritos. Por supuesto, también se naturalizó la presencia aburrida del periodista encargado en temas previsionales, una suerte de empleado público dinámico que explicaba que al formulario F46 presentado en ANSES le tenías que adjuntar dos fotocopias de DNI y una de un servicio para acreditar domicilio o algún detalle más de ese camino de postas que tenemos hasta el destino final cuando nuestros deudos hagan el último trámite: el subsidio para el entierro.

Norma produjo la escena: recibida por Domingo Cavallo, lo hizo llorar, y tal vez ese día nació el Cavallo político, el día en que el tecnócrata enemigo de las burocracias y los empresarios parasitarios se encontró con la víctima real de sus sueños: una jubilada pobre. Mingo recordó a sus padres, porque sí, porque todos lloramos recordando el origen. Pero Norma Beatriz Guimil de Pla, el 5 de junio de 1991, le arrancó lágrimas al que haría, justamente, inaudibles los gritos jubilados con su 1 a 1, ese salto de la imaginación al poder que contás y no te creen: los argentinos tuvimos nuestra fanfarrona década de “ingreso al mundo”. Nuestro peso argento igual al dólar. Cavallo estaba rindiendo cuentas en la comisión parlamentaria del Congreso y Norma le explicó que ella ganaba 150 pesos, que era ayudada por sus hijos para llegar a fin de mes, y que pretendía que los jubilados alcanzaran 450. “¿Es mucho?”, le preguntó a un atragantado Cavallo. Al rato, ya era como la madre: “no llore, señor ministro”. Gran mujer “sin marco teórico”.

"Al rato, ya era como la madre: “no llore, señor ministro”"

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La política de acumulación de solidaridades fue apabullante. Decir “jubilado” era glorificar una persona en el mismo momento de su saqueo. No importa si había sido corredor de bolsa, tornero, enfermera, piloto práctico, empleada de una mercería o entrenador de vóley, pero el paso de trabajador a jubilado era doloroso y santo. Como con los desocupados, así eran los 90: la cultura pasaba a valor lo que la economía tiraba al pasto. Se dice que en esa década la sociedad se despolitizó, pero los jubilados se politizaron… por necesidad. (Mi abuela armó su militancia de tercera edad y ayudó a fundar y desarrollar el centro de jubilados 26 de enero al amparo de Juan Carlos Rousselot.) La protesta de jubilados era parte del paisaje y una especie de consejo de ancianos rotosos que paraban en Plaza Lavalle o Congreso, entrevistados por los Julio Bazán de este mundo, con carteles escritos a mano colgando del cuello y explicaciones sobre unos juicios previsionales malditos, vidas que se habían cruzado todas con el gato negro, y los expedientes apolillaban en el Palacio de Tribunales. Personas mayores, viejos y viejas, “nuestros abuelos”, tercera edad. El vocabulario político no encontró nunca su síntesis pero tenía que realizarse con una entonación sentida. Todos éramos nietos, hijos. Después terminaron los 90, vino otra década… mejor. Salir fue un parto.


¿Cuántos políticos nos dio la ANSES? En el trato con “nuestros abuelos” se foguearon muchos. Massa sería el caso ejemplar. También Boudou, Bossio y otros. Una suerte de tecnocracia blanda y pilla. Pero el trato a los jubilados como si fueran una minoría más (en un país de micropolítica intensa) esconde que son una gran base sensible. Cambiemos fortaleció ese trato segmentado y de buena vibra hasta que los sintió tan suyos… que Macri los cagó. Armó su 125 con ellos. La política en la que no iba a retroceder. La plaza lo supo. Es aquí, es ahora: el cambio implica un ahorro para el estado entre 75 y 100 mil millones. “Piensen en el largo plazo.”

"La protesta de jubilados era parte del paisaje y una especie de consejo de ancianos rotosos que paraban en Plaza Lavalle o Congreso, entrevistados por los Julio Bazán de este mundo,"

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Nos cansamos de leer en la interpretación electoral que la base de Cambiemos o, la grieta real, es generacional: más se asciende en la franja etaria más se vota a Macri. Y el gobierno ensayó dos años de gradualismo, un micro-ajuste infinito que un día empieza y un día termina casi sin que nos diéramos cuenta. Hicieron tiempo, ganaron las elecciones, y acá estamos: hay que empezar a gobernar. La manta corta es la metáfora de estos años: ni cirugía mayor sin anestesia, ni achicar el Estado para agrandar la Nación. Manta corta la bocha.

Sebastián Etchemendy se refirió a la idea de que los jubilados son un sector sin representación. El gobierno encontró dónde hacer el ajuste: sobre ellos, un “grupo social” por el que nadie formalmente se sienta a negociar. El gobierno negocia con todo el mundo porque reconoce el poder de los otros (aunque reconozca que el problema es ese poder, una Argentina donde tirás una semilla y crece una organización). Pero acepta. Sin embargo el vacío aparente de los jubilados los encontró con la sociedad civil dispuesta a defenderlos, no sólo la izquierda social sino algo más: las cacerolas. Costó, costó que saliera, y salió.

Los jubilados votan a Macri, te repitieron. Pero los jubilados sentirán ahora, en tal caso, la del cuento del escorpión: el macrismo les ofrece cruzar a la otra orilla y los pica a mitad del río.


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