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01 de marzo 2024

Ramiro Gamboa

CAPARRÓS: “TODO LO QUE PODEMOS PENSAR SOBRE EL FUTURO ES ATERRADOR”

Tiempo de lectura: 15 minutos

“Para convencer a muchas personas de que vale la pena luchar por alguna idea de un mundo mejor, hay que tener más o menos clara esa idea. Estamos en uno de esos períodos en que todavía no conseguimos cristalizar una idea de futuro que nos parezca lo suficientemente atractiva como para luchar por ella”, dice Martín Caparrós a Panamá Revista desde su casa de Torrelaguna, un lugar de sierras, muy verde, a media hora de Madrid. Con su bigote distintivo, un suéter negro y un narguile —esa pipa de agua por la que se fuma tabaco—, Caparrós hace que la charla sea amena; es alguien hospitalario, que se ríe, que está de buen humor: “¿Cómo estás vos? ¿En qué andás?”, pregunta. Cuando tenía 17 años, Caparrós viajó de Argentina a Francia, se licenció en Historia, lleva cincuenta años haciendo periodismo, recibió la beca Guggenheim, los premios Planeta y Herralde de novela, los premios Rey de España, Moors Cabot y Ortega y Gasset, y es probable que un lector se cruce con un libro de Caparrós en cualquier biblioteca del planeta. En noviembre de 2023, publicó su libro El mundo entonces. Una historia del presente, un texto donde una historiadora escribe desde el año 2122 para describir cómo era el mundo en la década de 2020. “El futuro es una excusa narrativa en este libro. Escribo falsamente desde el futuro para poder dar esos tres pasos atrás que me permitan ver el presente con otra perspectiva y que me permitan mirar de otra manera lo que vemos en general tan de cerca que ya no tratamos de entender”, explica Caparrós.

Caparrós se ha pasado el libro pensando en el fin de la edad occidental, la caída de Estados Unidos y el apogeo de China, olas migratorias, democracia y dictadores, sexualidad, feminismos, cancelaciones, tecnificación, inteligencia artificial, reparto de la riqueza, y, sobre todo, desigualdad. “Ninguna palabra tiene más fuerza, para reseñar aquella época, que esa que ahora suena arcaica: la desigualdad”, escribe. “Los textos de El mundo entonces -le dice la periodista y escritora Leila Guerriero a Panamá– son impecables e implacables. Sólo alguien como él, que ha recorrido el mundo mirándolo de cerca durante años, puede hacer algo así. Tomar los datos, las experiencias y, con esa mirada de puma, proyectarlos en un futuro posible”.

En El Mundo Entonces escribís que el poder chino sería la recuperación de una constante histórica: que, salvo un breve lapso -entre 1600 y 2000-, China, el ‘Imperio del Centro’, siempre había sido el estado más poderoso del mundo y que, tras ese intervalo, simplemente había vuelto a serlo. ¿Es probable que algunas democracias quieran copiar el modelo chino de partido único en lo político y capitalismo en lo económico? ¿Pueden las democracias occidentales pensar que un estado controlador puede resultar mejor para desarrollar la economía?

—Es claramente uno de los peligros. El hecho de que la potencia emergente, la que en este momento empieza a ser la más poderosa del mundo, tenga un orden social, económico y político como el que tiene, es probable que produzca tentaciones de imitación. Si a ellos les fue bien con ese orden, ¿por qué otros no querrían hacer algo parecido? Es uno de los grandes riesgos de la etapa que empieza. Y más todavía en una época en que la democracia está muy desprestigiada por sus propios méritos, porque no consigue nada; no consigue cumplir con las necesidades de sus ciudadanos. Para cualquier habitante de nuestros países de América Latina menor de 50 años, que no han conocido otro sistema que la democracia, la democracia no es una meta aspiracional, sino el sistema insuficiente bajo el cual han vivido mal toda su vida. Entonces, ¿por qué le van a tener algún respeto particular?

¿Qué palabra será la que tendrá más fuerza para describir los años 2100? ¿La desigualdad logrará reducirse?

—Es muy difícil saberlo porque lo cierto es que en el período largo las desigualdades se han aminorado. Si uno compara la desigualdad actual con la que había en 1500 o con la que había en el año 100 DC efectivamente ahora hay menos. Pero si uno compara la que hay ahora con la que había hace cincuenta años, hay más. Es una curva caprichosa, que aparentemente en el período largo tiene esa coherencia de ir disminuyendo, pero que siempre tiene idas y vueltas y bajones y subidas. No sabemos cuál sería el mecanismo que conseguiría reducir esa desigualdad. Al final del libro digo algo que había dicho ya en El Hambre (2014); lo que tenemos que establecer es una forma moral de la economía, que consiste en que todos tengan lo que necesitan y nadie tenga mucho más que lo que se necesita. Eso parece una obviedad de algún modo, el problema es que no sabemos cuál sería la forma política que puede sostener esa forma moral de la economía, hasta ahora las formas políticas que intentaron hacer cosas más o menos por el estilo fracasaron. Derivaron en dictaduras, en regímenes que no nos gustan y que no funcionaron, entonces todo el intríngulis es ese: ¿Habrá alguna forma política? ¿Sabremos inventar alguna forma política que pueda sostener esa forma moral de la economía? Ojalá.

No hemos logrado todavía cristalizar una idea de futuro que nos parezca lo suficientemente atractiva como para construirla, como para pelear por ella

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Esa forma moral de la economía, ese mundo donde a todos nos alcanza, donde nadie sobra, ¿es posible hacerlo dentro del capitalismo? ¿O habría que inventar algo nuevo?

—Siempre se inventa algo nuevo; los sistemas socioeconómicos y políticos siempre han cambiado. Si uno estudia historia, lo primero que se da cuenta es que cada ciertos siglos todo se reordena lentamente, gradualmente, y de pronto te das cuenta de que vivís en una sociedad que se parece muy poco a aquella en la que vivías 300 años antes. No hay ningún sistema que haya durado para siempre, aunque todo sistema siempre cree que va a durar para siempre. Cuando uno vive dentro de un sistema, sea feudalismo, imperio romano o la monarquía absoluta, la enorme mayoría de sus integrantes creen que ese es el sistema y que no va a cambiar nunca, y que es imposible que cambie. Por supuesto, nos pasa lo mismo con el capitalismo, y al capitalismo le va a pasar lo mismo que a todos los demás: va a evolucionar hacia otra cosa o va a cambiar hacia otra cosa. Juegan tantos elementos ahí que es muy difícil imaginar cómo será. Algo que me intriga mucho, la próxima gran cuestión, es qué va a pasar con la tecnificación del trabajo y los excedentes que eso produce. El trabajo está cada vez más tecnificado, cada vez se necesita menos mano de obra para hacer las mismas cosas, inteligencia artificial, robótica, pero por ahora, en general, la enorme mayoría del excedente que produce esa tecnificación se lo apropian los patrones. Acá en España, por ejemplo, hace nada, hace menos de un mes, Telefónica, que es una de las empresas más grandes, despidió a 5000 personas porque dijeron que ya no los necesitaban, que tenían máquinas que hacían ese trabajo; entonces, no es que reparten los sueldos de esos 5000 entre los miles que quedan. No. Se lo quedan todos los accionistas. Tarde o temprano, va a haber una pelea significativa por esos excedentes. Los extrabajadores o semitrabajadores que queden, cada vez con menos recursos porque las máquinas van a hacer su labor, van a pelear para conseguir recuperar parte de ese excedente. Igual que en el siglo XIX, cuando estuvo la revolución industrial, hubo toda una serie de peleas para que los obreros pudieran apropiarse un poco de los excedentes que esas máquinas estaban produciendo, la plusvalía que esas máquinas estaban generando, y ese va a ser el próximo gran conflicto social.

Retomás una idea de Keynes, quien había anunciado para 2030 un mundo feliz donde las máquinas harían casi todo y los hombres podrían trabajar quince horas por semana. ¿Keynes se equivocó?

—Más o menos, eh, tiene dos errores. El error principal es que no pensaba que se iba a armar un sistema en el que había que producir más y más y más porque eso es lo que justifica el sistema. La enorme mayoría de lo que se produce ahora es prescindible y sólo se produce para que siga funcionando el sistema económico. Hace cien años, cuando Keynes podría haber dicho esa frase, eso no estaba tan claro; la producción era un poco más acotada a lo necesario. Podía pensar que para producir lo necesario no se iba a necesitar mucho trabajo. De hecho, si ahora fuera así, si produjéramos lo necesario, si cada persona de clase media no tuviera veinte remeras, diez pantalones y 340 cosas que no le sirven para nada, seguramente no habría que trabajar mucho más. El problema es que el mundo está organizado de tal forma que, si no se produce todo eso, la economía desaparecería, implosionaría, sería una catástrofe. Por eso también es interesante los tipos que hablan del decrecimiento; de una forma de cambiar un poco nuestras sociedades a fuerza de dejar de producir cosas inútiles y concentrarse en las necesarias y ver cómo se hace para repartir el tiempo de trabajo, el resultado de ese trabajo y demás, sin tener que sobreproducir todo el tiempo para esta idea del crecimiento que parece ser el único mantra que los capitalistas mantienen todo el tiempo, la idea ésta de que si no crecemos nos caemos, como el avión si no acelera se cae. Que no tiene sentido; se podría pensar el mundo de otra manera, y creo que Keynes lo pensaba de otra manera y ahí fue donde se equivocó.

* * *

En El Mundo entonces hay crónicas. Historias inteligentes, irónicas y profundas de los protagonistas del tiempo presente: de Putin a Trump, de Messi a Xi Jinping. La historia del inventor de TikTok, Zhang Yiming “En cinco años había superado a todas las demás aplicaciones del planeta en número de usuarios, y los menores de 25 años -lo que entonces llamaban la Generación Z, los consumidores del futuro- la sentían como ‘su lugar’ por encima de cualquiera de las anteriores”; del inventor del celular, Martin Cooper “Aquel 3 de abril Cooper caminaba por una calle de Nueva York con su prototipo en una mano. Lo iba a presentar en una gran conferencia de prensa, pero antes se le ocurrió una maldad: marcó el número de su homólogo en AT&T y le dijo que lo estaba llamando desde la puta calle. Su triunfo fue casi completo”, y del hombre más rico del mundo, Bernard Jean Étienne Arnault “Sus 210.000 millones de dólares equivalían entonces al producto Interno Bruto de Hungría o de Irak”. Hay crónicas de sus viajes que realizó por sesenta países de África, Asia y América Latina a cuenta de la ONU para narrar historias del Mundo Pobre, como la de Adama, que nació en Burkina Faso y escapó en una patera de África a España, navegando una ruta por la que miles de migrantes mueren en el intento por llegar a las Islas Canarias. La historia de una chica de clase media egipcia que cambió su estilo de vida después de que una tarde fue acosada y casi violada o Sayana de Mongolia que arriesga su vida por aprender a leer y que salva a su marido de estafas económicas gracias a ser letrada.

“Sigo al trabajo de Caparrós desde que lo conocí, hace muchos años; me impresiona la facilidad y la lucidez que tiene para escribir; admiro el carácter crítico y consecuente de su pensamiento; y sigo con mucho interés tanto sus relatos políticos (como en el caso de los volúmenes de La Voluntad), como -sobre todo, diría- sus crónicas de viajes, que me inspiraron y siguen inspirando en la libertad que expresan. Él es, en ese sentido, y para mí, un modelo a seguir”, cuenta el abogado y sociólogo Roberto Gargarella a Panamá Revista. “El mundo entonces -dice el escritor Laureano Debat- es un libro ideal para quitarnos esas anteojeras de caballo con las que miramos nuestro presente, desnaturalizar lo que dábamos por sabido. Algo que es una constante en la obra de Caparrós: conseguir que veamos lo que conocemos por primera vez, verlo otra vez como si no lo conociéramos. Y esta vez lo consigue con un nuevo dispositivo, con otra propuesta narrativa. Como el escritor inagotable, ambicioso e inconformista que es”.

En España, por ejemplo, hace menos de un mes, Telefónica despidió a 5000 personas porque dijeron que ya no los necesitaban, que tenían máquinas que hacían ese trabajo; entonces, no es que reparten los sueldos de esos 5000 entre los miles que quedan

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—Cambiás la frase de Marx. “La historia de la humanidad es la historia de cómo ciertas personas consiguieron que otras trabajaran para ellas. Las convencían de distintas maneras: con cuentos de dioses, látigos y guardias, amenazas de hambre, la ilusión de un orden, el chantaje de la familia, la necesidad económica, el temor del fracaso.” Cuando te leo parece que solo los malos logran convencer a las mayorías.

—No estoy de acuerdo en eso de que solo los malos logren convencerla. Para convencer a muchas personas de que vale la pena pelear por alguna idea de un mundo mejor, hay que tener más o menos clara esa idea, cosa que ha sucedido a lo largo de la historia varias veces. Los ejemplos más obvios son cuando los franceses del siglo XVIII decidieron que no querían tener más nobles y reyes que les dijeran qué hacer, se movilizaron lo suficiente como para crear un país sin reyes; o a principios del siglo XX, cuando en Inglaterra las mujeres imaginaron que eran personas como sus maridos y podrían, como ellos, votar, hicieron mucho lío para conseguirlo. Ahora estamos en uno de esos períodos en que no conseguimos todavía imaginar cómo sería ese mundo mejor. No hemos logrado todavía cristalizar una idea de futuro que nos parezca lo suficientemente atractiva como para construirla, como para pelear por ella. Entonces, eso es lo que hace que por ahora no haya mucha gente convencida de esta posibilidad de un mundo mejor. Pero esas ideas se van construyendo poco a poco, se van amalgamando distintas ideas, distintas prácticas que van sucediendo aquí y allá, y en algún momento todo eso de algún modo cristaliza y crea un panorama lo suficientemente completo como para que mucha gente diga: “Yo quiero que esto suceda”. Lo que pasa es que eso puede tardar décadas en producirse. En general, ha tardado siempre mucho tiempo, y estamos en un momento en que todavía no sucedió. Por eso, uno de mis lemas ahora es esto de que, si el futuro no es promesa, es amenaza; entonces, le tenemos miedo al futuro. Todo lo que podemos pensar sobre el futuro es aterrador: la amenaza ecológica, la amenaza demográfica, la amenaza política, la amenaza técnica. Incluso, decía que hasta hace poco la única que se salvaba del carácter de amenaza era la técnica, porque decíamos que con la técnica iba a haber progreso, pero ahora que apareció la inteligencia artificial, también nos da miedo la técnica. Entonces, también se ha vuelto una amenaza. Es esa gran diferencia: que el futuro sea promesa o que sea amenaza.

Martín Caparrós, fotografiado en su casa de Madrid.
Claudio Álvarez

***

Lorena Álvarez, ensayista y periodista, recuerda: “Hay un libro, A quien corresponda, que resignifica toda la literatura y todo lo que ha escrito Caparrós. Es un libro de 2008, en pleno conflicto del campo. Caparrós estaba siempre criticando al kirchnerismo, por un lado, y muy alejado de los gorilas, por el otro; y ahí escribe un libro que es bellísimo. Hay un exmilitante de la izquierda revolucionaria de los setenta que considera que formó parte de una generación fracasada, que quedó al margen de todo y ve cómo su amigo, su compañero, es funcionario, hace guita con el Estado, le va bien, está integrado gracias a la burocracia estatal. Ese contrapunto entre ese personaje angustiado, que es el tipo que militaba en los setenta y que se quedó al costado, viendo la derrota, y el otro que ahora es funcionario, es una joya. Termina adelantando varios conflictos que vemos ahora con respecto a la hipocresía de la izquierda. Caparrós anticipa el futuro y es muy crítico; es un libro precioso porque se mete con un tema que, años más tarde, sigue siendo relevante”.

Escribís sobre el error mayor de Estados Unidos: “Ese fue el resultado del famoso error Nixon / Kissinger. Medio siglo antes, aquel presidente estadounidense y su secretario de Estado imaginaron que si permitían que China comerciara con Estados Unidos y el resto del mundo, su desarrollo económico la llevaría a la democracia. Nixon favoreció el desarrollo de su principal enemigo y abrió las puertas para el establecimiento de un modelo alternativo ‘capitalismo de partido único’ que cambió radicalmente las opciones de esos tiempos”. Si tuvieras que pensar en el error mayor de la Argentina, en una escena como la de Nixon pero criolla, ¿cuál elegirías?

—Hay un momento que es decisivo y casi desconocido, que es un cable que Henry Kissinger -en ese momento, secretario de Estado de Estados Unidos- le mandó a su embajador en Argentina a principios de abril de 1976, es decir, diez días después del golpe del 24 de marzo. En ese mensaje, Kissinger le decía a su embajador que tenía que convencer a los militares argentinos de que lo bueno para la Argentina era recuperar su lugar de país agroexportador, que se olvidaran de las industrias y otras tonterías, y que se concentraran en la agricultura que para eso eran muy buenos. Esto marcó un quiebre radical, porque efectivamente es lo que cambió todo el proceso argentino. No digo que haya sido solo porque a Kissinger se le ocurrió, pero ese consejo quedó claramente expresado y, probablemente, el embajador haya conversado con Videla, con Martínez de Hoz y con quien fuera necesario. Y probablemente Videla y Martínez de Hoz también tuvieran el deseo de seguir esa línea, pero hacerlo con el respaldo de Estados Unidos siempre era más cómodo. Ahí comenzaron a desmantelar todo ese proceso de industrialización que Argentina había iniciado alrededor de 1920, y lograron grandes avances en ese retroceso, que después Menem terminaría de confirmar en los años 1990.

Escribís que en 1920 el 1 % más rico de países como Inglaterra o Francia acumulaba el 60 % de las riquezas; en cambio en 1980 sólo poseía el 20 % de esas riquezas. ¿Vivíamos en un mundo mucho mejor en 1980 y no nos dábamos cuenta?

—Sí, efectivamente, sobre todo en los países más ricos, había un nivel de distribución de la riqueza mucho mayor al que hay ahora. El cambio de la revolución neoliberal de los años ochenta y noventa es muy real; no es una cuestión de eslóganes y banderas, sino un camino en la redistribución de la riqueza muy concreto. En ese sentido, el economista Piketty lo ha trabajado con mucho detalle y está lleno de datos, y se ve muy claramente cómo esto sucedió. Hace unos años, el día que cumplí 60, publiqué un artículo en el New York Times sobre cómo, cuando nosotros, mi generación, a fines de los sesenta o principios de los setenta, empezamos a querer cambiar la Argentina y hacerla mucho mejor, esa Argentina era infinitamente mejor que esta que tenemos ahora, cincuenta años después. Y eso es la evidencia de un fracaso muy grave. Y cuando digo “mi generación”, no me refiero solo a los que militábamos o los que hacíamos esto o aquello, sino en general a todos los argentinos que hemos vivido y hecho la Argentina en este último medio siglo; hemos fracasado de una manera estrepitosa porque vivimos en un país que es mucho peor que lo que era hace cincuenta años. De una manera menos dramática, pasa lo mismo en la mayoría de los países.

—Hablás del futuro como amenaza. ¿A qué le tenemos miedo los argentinos?

—A los argentinos, sobre todo, y con razón, con bastante razón. Realmente, hemos hecho un trabajo muy extraordinario de degradación. Hay pocos casos en el mundo contemporáneo en que un país se haya degradado tanto en un período relativamente breve; hay muchos datos, cifras y observaciones que te permiten sostener que no ha habido muchos países que se hayan degradado tanto en este lapso. El problema es que ya nos damos miedo. Hemos demostrado de tantas maneras que somos capaces de jodernos la vida, que estamos asustados frente a cualquier cosa, y supongo que Milei es obviamente el resultado de eso. Un tipo que te dice: ‘voy a romper todo aquello que tememos’ porque nos ha demostrado su poder destructivo. El problema es que nadie terminó de preguntarle qué iba a construir después de romper todo.

***

Para Leila Guerriero Caparrós “tiene un estilo inconfundible”. “Si uno lo lee desde hace años, puede ver que su musicalidad, su voz, su manera de adjetivar, de bracear las frases, siempre estuvieron ahí. Con el paso de los años, esa prosa, que no es sólo la manera de decir sino la manera de mirar, se estilizó y se profundizó y él, con completo dominio de la herramienta, hizo con ella lo que quiso. Es punzante, inteligente, lúdico, feroz, emocionante, conmovedor. Mira como nadie, hace nexos entre cosas que parecen no tener conexión y logra iluminar zonas de sombra, empuja a quien lee a dudar de asuntos que parecían asuntos zanjados. Después de libros de no ficción fabulosos como Larga distancia, La guerra moderna, Dios mío, etcétera, se lanzó a tareas que parecían improbables, como contar la Argentina en El interior, contar un problema mundial en El hambre, contar una región en Ñamérica, y, con todas las dificultades que eso implica -¿cómo mirar todo un país, toda una región, todo el mundo?- salió no sólo airoso sino aumentado. Quizás lo mejor que puedo decir, o lo que resume mi ‘experiencia Caparrós’, es que cada vez que lo leo, sea lo que sea, una columna, un libro, un artículo largo, siento ganas de dejar todo y ponerme a escribir”.

“Lo que ha hecho Martín Caparrós en los últimos años es extraordinario. Después de convertirse en un gran cronista del presente o de firmar una obra maestra sobre un pasado que nunca existió (en la novela La Historia) decidió ser también un gran cronista del futuro. Lo ha hecho a través de la ficción que parte del periodismo en Sinfín y del ensayo ficción en El mundo entonces. Su formación como historiador y su práctica como cronista, en ambos casos, se proyecta hacia el inmediato porvenir para hablar, por supuesto, sobre nuestro estricto y raro hoy. En Sinfín fabula las próximas décadas. Y en El mundo entonces crea una perspectiva que le permite analizar el presente con una gran distancia”, explica a Panamá Revista Jorge Carrión,crítico cultural y escritor español.

“Destacaría -dice el escritor Martín Kohan- la manera en que Caparrós fusiona inteligencia con ironía: la ironía no es la modulación que le da a lo que piensa, es su motor”.

Hasta hace poco la única que se salvaba del carácter de amenaza era la técnica, porque decíamos que con la técnica iba a haber progreso, pero ahora que apareció la inteligencia artificial, también nos da miedo la técnica

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—¿Qué es el humor para Martín Caparrós?

—Una de las pocas marcas de inteligencia verdadera. Me aterra la gente que no tiene humor –humor sutil, humor del que me gusta, no la carcajada tarada babosita– porque no quiero ni imaginar qué tendrá en su lugar.

—¿Qué significa la muerte para vos? ¿Le tenés miedo?

Miedo no, le tengo bronca. Miedo no porque no hay nada que temer, en la medida en que no hay nada: dejás de ser y ya. Pero eso mismo me da mucha bronca, porque me gusta ser –más allá de ser yo, que es como un chiste.

El ensayista y psicoanalista José Luis Juresa escribe que el problema del capitalismo es aquello que no es objeto de apropiación, y las ideas de Caparrós son una desviación del orden de los ricos; un espíritu que no se puede atrapar, envasar, procesar y comercializar como un bien; una voz que jode a quienes impiden soñar o desear un mundo distinto. Un intérprete incansable de nuestros tiempos que se repite una y otra vez que podemos hacerlo mejor, que se hace preguntas cuyas respuestas parecen inalcanzables, que vuelve a querer y que vuelve, parafraseando a Beckett, a fracasar mejor.

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