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02 de febrero 2023

Sofía Negri

Candidata doctoral en Geografía Social de la Queen Mary University of London. Magister en Social Research Methods de la London School of Economics and Political Science.

SOVIET AMAZON

Tiempo de lectura: 10 minutos

Si la URSS hubiese tenido algoritmos a su disposición, ¿habría sobrevivido? ¿Cuál es el verdadero criterio que clasifica dicotómicamente a los modelos económicos? ¿Es acaso el modo de asignación de recursos, realizado de manera “libre” por el mercado o gestionado de forma central por autoridades institucionales? ¿O es el direccionamiento de dicha asignación, con miras a la distribución progresiva o en favor de unos pocos? Estas son las discusiones, más o menos teóricas, que recorren (como un fantasma tal vez) el nuevo libro de Vili Lehdonvirta Cloud Empires: How Digital Platforms Are Overtaking the State and How We Can Regain Control.

Al terminar de leer este libro de 283 páginas, lo primero que queda es una sensación de urgencia. Estas empresas de plataformas digitales están dominando el mundo sin ningún tipo de control y creando un modelo económico y social alternativo que es fundamentalmente injusto y oscuro. Lo segundo es una admiración al autor que logra encarar discusiones político-económicas de alta complejidad sin sumergirse en un tratamiento académico e inaccesible de teorías, sino a través del análisis empírico y pormenorizado de los gigantes digitales de hoy. Conocer las historias particulares de empresas como Amazon, Ebay, Upwork, entre otras, no es un ejercicio trivial, sino el primer paso de un enfoque inductivo que permite a partir de cada caso extraer las características de un modelo que cada vez domina más mercados e industrias.

Vili Lehdonvirta muestra cómo los gigantes del mundo de empresas de plataformas no sólo son hoy más poderosos económicamente que muchos gobiernos, sino cómo también han pasado de una lógica de libre mercado a una planificación central más parecida a aquella de los estados soviéticos

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Como historia que se repite en loop, “la internet ha esencialmente recapitulado los últimos 3 mil años de historia económica en 3 décadas”, nos dice Lehdonvirta. Comenzó como un espacio plagado de ideales de horizontalidad y eliminación de fronteras, donde las transacciones ocurrían de manera ocasional entre conocides pero rápidamente viró hacia una organización vertical y autoritaria donde unas pocas empresas dominan y estructuran a su gusto el intercambio comercial. Vili Lehdonvirta muestra cómo los gigantes del mundo de empresas de plataformas no sólo son hoy más poderosos económicamente que muchos gobiernos, sino cómo también han pasado de una lógica de libre mercado a una planificación central más parecida a aquella de los estados soviéticos.

Plataforma-Estado

Antes que nada, Lehdonvirta nos indica que aquello que define y que poseen en común distintas plataformas digitales, más allá de la actividad en la que se inserten, es que son marcos institucionales que diseñan y gobiernan las reglas de interacción e intercambio entre sus usuaries. Así, las plataformas definen cuáles son los derechos y las obligaciones de cada tipo de usuarie y, cuando hay conflictos, son quienes evalúan la situación, juzgan y aplican la condena. O sea, funcionan como un Estado. La diferencia es que mientras que los ciudadanos de un país poseen cierto un decir sobre su gobierno, les usuaries de una plataforma no. Sobre este punto, muchos dirán que les usuaries no están obligados a participar en una plataforma y que pueden simplemente abandonarla si no les gusta (“vote with their feet”). Pero este discurso ignora (de manera intencional o no) dos cuestiones:

1. La creciente digitalización de la vida en sociedad obliga a cualquier actor económico a desempeñarse en espacios digitales como las plataformas para poder sobrevivir.

2. El modelo económico de las plataformas digitales se basa en algo llamado “network effects”, que las conduce necesariamente hacia la monopolización del sector en el que se desempeñan, dejando a les usuaries sin muchas opciones entre las cuales elegir y otorgando a las empresas mayor poder para implementar las políticas que deseen. El network effect es simplemente el hecho de que a cualquier usuarie le conviene insertarse en aquella plataforma que posea la mayor cantidad de usuaries. Si soy un local gastronómico, voy a elegir aparecer en la app de delivery y comercio que sea utilizada por la mayor cantidad de consumidores. Si soy un trabajador freelancer, me conviene descargarme la aplicación utilizada por la mayor cantidad de empresas clientes. Así, la idea base del capitalismo mediante la cual la competencia garantiza que las empresas busquen ofrecer el mejor servicio/ambiente de trabajo para sus usuaries no aplica. No hay incentivos a mejorar condiciones, sino por el contrario a constituir monopolios, a cartelizar y finalmente a aprovechar la posición dominante obtenida para mejorar el margen de ganancia.

Libre mercad… ¿Qué?

Los pioneros de internet lo entendían como un espacio virtual comunitario de encuentro e interacción libre entre las personas, donde el Estado no podía ni debía entrometerse. Las empresas de plataformas digitales como Apple lo siguen entendiendo así: desprecian, rechazan e ignoran audazmente los impuestos, regulaciones y leyes emitidas por los gobiernos electos democráticamente. Así, por ejemplo, Amazon ha hecho todo lo posible por violar el derecho de les trabajadores a sindicalizarse. Otras plataformas como Uber han ignorado regulaciones de tránsito de los gobiernos municipales e impuestos y regulaciones específicas de la actividad económica en la que se desempeñan bajo la maniobra de registrarse como empresas de software, un modus operandi usual. Casi la totalidad de las plataformas de trabajo, como aquellas de delivery, transporte de pasajeros o freelance clasifican a sus trabajadores como autónomos para eludir los aportes patronales a la seguridad social. De esta manera, las empresas de plataformas dejan desprotegidos a sus usuaries y al mismo tiempo desfinancian a los Estados. Finalmente, incrementan las tarifas que les cobran a los comercios y a les trabajadores para poder siquiera ingresar a la plataforma. Así, Lehdonvirta dice, por ejemplo, que en 2020 Amazon recaudó 75 mil millones de dólares en tarifas cobradas a los comercios que utilizan su marketplace e infraestructura de logística, lo que representa mucho más de lo que la mayoría de los gobiernos del mundo recauda en impuestos.

La creciente digitalización de la vida en sociedad obliga a cualquier actor económico a desempeñarse en espacios digitales como las plataformas para poder sobrevivir

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Todo esto valdría tal vez la pena (un tal vez muy grande) si de esta manera las plataformas creasen un sistema económico y social alternativo donde cada individue pudiese realizarse plenamente, de manera libre, justa y democrática, de acuerdo a aquellos ideales de los pioneros del cyberespacio. Pero muy lejos se está de ello. En cambio, las plataformas han reemplazado las regulaciones estatales por las propias, implementando políticas que poco margen dejan para la libre acción de les usuaries.

La burocracia de los algoritmos

El autor evalúa si la forma en la que las plataformas regulan las transacciones y relaciones económicas entre oferta y demanda se parece más a una economía de libre mercado o a una economía administrada de manera central, como los Estados soviéticos. Mediante el análisis pormenorizado de cómo sitios como Ebay y Upwork fueron incrementando la cantidad y fuerza de las reglas, Lehdonvirta se inclina por la segunda hipótesis. La novedad que encuentra es que, a diferencia de los Estados soviéticos, dicha administración central no es implementada por un sistema burocrático de empleados estatales, sino por algoritmos. El autor cita al fundador y ex ceo de Uber, quien discute que a pesar de todas las regulaciones y políticas impuestas a los choferes de la aplicación, Uber seguía siendo una empresa ejemplo de libre mercado: “Nosotros no estamos fijando el precio. El mercado está determinando el precio… Tenemos algoritmos para determinar qué es ese mercado”.

Lehdonvirta concluye: “A medida que los tecnólogos de Silicon Valley buscaban niveles cada vez mayores de eficiencia, descubrieron que el mercado perfecto para ellos no era realmente un mercado en absoluto, al menos no en el sentido de un lugar donde las personas eligen libremente entre alternativas competidoras. En cambio, el mercado perfecto era un algoritmo que usaba datos para tomar decisiones en nombre de las personas.”

En ese sentido, mientras que una economía de libre mercado asigna recursos mediante la libre elección de sus actores, las empresas de Silicon Valley lo hacen mediante el cálculo, de la misma manera que lo hacían los Estados Soviéticos. El algoritmo alcanza una mayor eficiencia en esta tarea que la burocracia estatal, al poder manejar grandes cantidades de información de los actores individuales de manera casi instantánea y exhaustiva. Sin embargo, no modifica aquello que los teóricos libertarios más le critican a la economía centralizada: la ausencia de autonomía que los actores poseen para tomar decisiones económicas libres. El algoritmo es inflexible.

Sin embargo, Lehdonvirta señala que en realidad a los actores lo que les importa no es tanto cuál es el modelo económico, “sino quien lo controla y en base a qué intereses se desarrolla”. Esa falta de espacio y flexibilidad para la acción que el algoritmo anula no sería tan grave para los usuarios de plataformas si ellas funcionasen de manera justa. Sin embargo, esto no es lo que sucede. Los algoritmos que estructuran la actividad económica dentro de las plataformas están diseñados para aumentar sus ganancias, en detrimento de los trabajadores y de los comerciantes que las utilizan. Así, con el tiempo, pequeños comerciantes que publican sus productos en Amazon o Ebay y trabajadores freelance en Upwork, conductores de Uber o repartidores de Rappi han visto cómo sus ingresos decrecen mientras que aumentan los impuestos o comisiones que les cobran las plataformas.

Empresas que son imperios

Lehdonvirta concluye: “Mucho de lo que ahora hacen las llamadas empresas de tecnología es, en cierto sentido, sólo arte de gobernar tradicional… Big data es estadística… La toma de decisiones algorítmica es sólo otra palabra para burocracia”. El autor nos recuerda que el propio Mark Zuckerberg exclamó que Facebook había terminado siendo “más como un gobierno que como una empresa tradicional”.

El algoritmo alcanza una mayor eficiencia en esta tarea que la burocracia estatal, al poder manejar grandes cantidades de información de los actores individuales de manera casi instantánea y exhaustiva. Sin embargo, no modifica aquello que los teóricos libertarios más le critican a la economía centralizada: la ausencia de autonomía que los actores poseen para tomar decisiones económicas libres

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Además, nos brinda tres claves para entender cómo se llegó a esta situación:

    1. Primero, los gobiernos cedieron su rol de organizadores centrales de información y lo tercerizaron a empresas tecnológicas.

    2. En segundo lugar, las empresas de plataformas hicieron lo opuesto: absorbieron partes de su proceso que antes tercerizaban con proveedores, como por ejemplo logística y almacenamiento.

    3. Por último, las empresas de plataformas pueden ser más eficientes en sus procesos porque no se encuentran bajo la lupa de la misma manera que los Estados y esto les permite implementar políticas, sanciones y presiones sobre sus trabajadores y usuaries que no son justas. Por ejemplo, el autor señala que Uber puede bloquear a un conductor de su app casi sin evidencia ni procesos formales como los que un Estado necesita para quitarle a un chofer su licencia de Taxi.

    Hay otra cuestión en la que el poder de las plataformas de cierta manera sobrepasa al de los Estados. Su jurisdicción no se encuentra delimitada territorialmente, sino que su autoridad se aplica de manera individual y personal: sobre cada usuarie sin importar dónde se encuentren. Esto es clave para comprender la monstruosidad del poder que poseen estas empresas y es aquello que otorga nombre al libro: imperios de la nube. Como los imperios a lo largo de la historia de la humanidad, ejercen una autoridad que no se somete al escrutinio externo, que define sus propias reglas de manera autárquica y que busca expandir su soberanía constantemente.

    ¿Y entonces, qué?

    La estrategia tal vez más obvia pero no por ello menos importante es la de la organización colectiva. El autor repasa ejemplos donde usuaries de estas plataformas, ya sea comerciantes o trabajadores, se organizaron colectivamente para ejercer presión sobre las empresas y lograron que ciertas normas de funcionamiento sean modificadas. Si bien este accionar ha logrado ciertas victorias aisladas en el mundo de plataformas, no modificó el sistema. Varias dificultades y obstáculos hacen a esta estrategia difícil de llevar adelante, como la dispersión geográfica de los trabajadores y el carácter individual de la mayoría de las tareas que realizan. Pero, sobre todo, por las represalias que estas empresas implementan frente a cualquier acción que desafíe sus políticas.

    Hay otra cuestión en la que el poder de las plataformas de cierta manera sobrepasa al de los Estados. Su jurisdicción no se encuentra delimitada territorialmente, sino que su autoridad se aplica de manera individual y personal: sobre cada usuarie sin importar dónde se encuentren

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    Lehdonvirta discute hacia el final posibles estrategias político-económicas para lograr que las plataformas funcionen de forma más justa y democrática. Una opción es entender que el rol central que estas empresas poseen en nuestras sociedades en el funcionamiento de la vida cotidiana las vuelve de interés público y que, por lo tanto, podrían ser reguladas de la misma forma que las empresas monopólicas proveedoras de servicios básicos. Son sectores en los cuales la competencia como eje regulador no posee tanto sentido económico y logístico. Además, su rol estratégico y fundamental en la vida de las sociedades los hace demasiado relevantes como para dejar que se desenvuelvan sin el escrutinio público.

    Más allá de cuál sea la estrategia específica, lo que se requiere es un esfuerzo sistemático y colectivo, donde los gobiernos y Estados del mundo desarrollen una voluntad política firme de regular a este sector y abandonen una actitud pasiva de poner parches para tomar un rol activo. Esto puede incluir no sólo regular a las empresas sino también recuperar el terreno perdido sobre el mundo de la tecnología, formarse y aprovechar los desarrollos digitales existentes para construir y fortalecer derechos ciudadanos.

    Romper todo

    En síntesis, Cloud Empires es un libro de gran relevancia actual para comprender el modelo económico real bajo el cual se desarrollan las plataformas digitales. Nos lleva a pensar cuáles pueden ser (o ya son) sus consecuencias inmediatas y a largo plazo para la organización de nuestras sociedades, incluyendo el rol que los Estados-Nación poseen hoy. Esto lo convierte en un must read para cualquier interesade en la economía digital.

    Sin embargo, ya sea por cuestiones de espacio o de enfoque estratégico, el texto no llega a profundizar en dos cuestiones que anteceden e incluso trascienden al fenómeno de estos Imperios en la Nube. Una tiene que ver con una crítica que ponga en duda las premisas básicas de la ideología de libre mercado, que asume la posibilidad de desarrollar un mercado de manera justa en base a decisiones libres de les actores dentro de un sistema capitalista que desde el vamos se define por la existencia de la propiedad privada y es necesariamente excluyente y desigual. Y la otra, que excede de manera más clara a los objetivos del libro, es la consideración del orden geopolítico sobre el cual se erige también la economía digital, que reproduce una división internacional del trabajo y erosiona la soberanía digital de los países periféricos. Así, el desdén que estas empresas de plataformas poseen respecto a las democracias nacionales no es el mismo para todos los Estados del mundo. Incluso muchas veces se desarrolla en colaboración con ciertos gobiernos de países del Norte y en detrimento del desarrollo económico y la estabilidad política de gobiernos de países del Sur. Esto igualmente se encuentra presente en el espíritu del libro de Lehdonvirta, que pone en el centro el concepto de Imperio y nos da claves para continuar pensando y, más importante aún, para comenzar a implementar políticas y estrategias de acción que den vuelta todo.

    *Todas las fotos incluidas en esta nota, excepto la foto de portada del libro, fueron descargadas del sitio https://unsplash.com/ y no poseen copyrights.

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