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03 de febrero 2024

Diego Labra

UN FUTURO EN COMÚN

Tiempo de lectura: 10 minutos

¿En qué mundo ficcional vivirían ustedes? Porque, seamos sinceros, a pesar de la obsesión de la crítica literaria del siglo XX con su potencial transformador de la sociedad, la ficción es antes que nada un refugio, un lugar de confort. Yo elegiría Star Trek. Viaje a las Estrellas para aquellos nacidos antes del ochenta. Ciencia ficción optimista de posguerra, un futuro donde la humanidad dejó atrás por prepotencia tecnológica los conflictos de género, raza y clase del presente (con trampa, pues esos mismos conflictos son extrapolados a choques con no tan exóticas especies alienígenas que se nos parecen bastante). Kirk, Spock, Uhura. Picard. “Larga vida y prosperidad”, mientras haces el saludo vulcano con la mano derecha.

No tengo dudas que hay algo emotivo en la elección. Tengo vívidos recuerdos infantiles de ver episodios de la Nueva Generación con mis padres por algún canal extinto del cable, creo que Jupiter Series. A la película en la que la tripulación original viaja al pasado para buscar una ballena la gastamos en VHS. Incluso diría que esa conexión primaria abarca toda la ciencia ficción e, incluso, la ciencia a secas. La biblioteca de casa estaba llena de los tomitos azules y plateados de Hyspamerica y libros de divulgación de Asimov. Siempre una Muy Interesante en la mesita de luz. Al día de hoy, ver las maravillas del universo reveladas en Cosmos, la original o la nueva, me conmueve hasta las lágrimas

También me atrae el prospecto de vivir en un mundo sin escasez y sin dinero. Los tripulantes de las Flota Estelar de la Federación no se arrojan al espacio en busca de rédito económico, sino por puro altruismo y sed de conocimiento. Imaginate no tener que preocuparte nunca más por guita, apretar un botón y que se materialice comida y, por ende, poder dedicar todo tu tiempo a lo que te apasiona hacer. No se le escapa a nadie la ironía que haya sido un piloto de guerra tejano retirado que escribía guiones de westerns y policiales quien terminó por crear dentro de la televisión capitalista la imagen más popular de cómo se vería el comunismo utópico. 

La ciencia ficción, ese consumo mesocrático por excelencia (por eso marida tan bien con el rock progresivo, o como le decían antes, sinfónico). Un espejo que nos permite imaginar futuros que deseamos o tememos porque, realmente, es más bien una sociología del presente. ¿Pero cómo se llega ahí desde acá? ¿De los smartphones rellenos a reventar con redes sociales, porno y apuestas online, en cuya pantalla probablemente estés leyendo este texto, a una sociedad igualitaria hipertecnológica que promueve la paz a lo largo y ancho de la galaxia? Mi madre siempre me decía que de adolescente se imaginaba que para el año 2000 los autos iban a volar como en Los Supersónicos. Como escribió hace treinta años el crítico estadounidense Fredric Jameson, y popularizaron luego Žižek y Mark Fisher, es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.

No se le escapa a nadie la ironía que haya sido un piloto de guerra tejano retirado que escribía guiones de westerns y policiales quien terminó por crear dentro de la televisión capitalista la imagen más popular de cómo se vería el comunismo utópico.

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Kim Stanley Robinson, quien escribió en los ochenta su tesis doctoral sobre la literatura de Philip K. Dick por consejo del mismo Jameson, intenta hacer justamente eso en su última novela, The Ministry for the Future, que Minotauro publicó en español en 2021 como El Ministerio del Futuro. El libro abre en el presente con una ola de calor devastadora en el norte de India que mata 20 millones de personas y motiva la creación por parte de la ONU del titular ministerio como una suerte de brazo ejecutivo del Acuerdo de París. A través de casi 600 páginas y una cronología imprecisa que abarcar varias décadas, Robinson teje una narrativa de sociología coral y global con foco en Mary Murphy, titular del ministerio, y Frank May, sobreviviente de la catástrofe india, en la cual se imagina cómo el ente ficticio va lentamente incitando y coadyuvando procesos sociales desencadenados por la crisis climática que desembocan al final en algo que podría ser diferente al capitalismo. La novela es destacada como el ejemplo más nítido de lo que los anglosajones llaman climate fiction o cli-fi. Otra variante de esta nueva ciencia ficción verde sería el solarpunk. Un ejemplo a mano de este subgénero es una de las últimas películas animadas de Disney, Mundo Extraño, la cual cristaliza todos los temores de los militantes de Twitter que batallan contra la agenda 2030 al incluir un elenco más diverso imposible y un mensaje eco-friendly decrecionista.   

En El Fin de la Infancia de Arthur C. Clark, el mismo de 2001: Odisea del Espacio, el desencadenante de la ascensión de la humanidad a un nuevo estadio es el contacto con una especie alienígena superior. Lo mismo pasa en Star Trek, donde el fin de una edad oscura de posguerra nuclear llegó gracias a que las primeras pruebas del motor warp llamaron la atención de una nave vulcana que de casualidad pasaba por el Sistema Solar. Robinson intenta escapar a tal alien ex machina en Ministerio del Futuro. Como demanda el género, la tecnología cumple un rol clave. El desarrollo de generadores de energía limpia permiten reemplazar aviones por aeronaves 100% alimentadas por el Sol y enjambres de drones salidos de un capítulo de Black Mirror en manos de terroristas ambientales desequilibran la relación de fuerzas militares del mundo unipolar. No hay cambio del status quo sin violencia, reconoce la novela. En particular, mucha potencia transformadora es asignada a la tecnología digital blockchain, la misma detrás de las criptomonedas, aplicada aquí tanto en el desarrollo de una Internet de las cosas descentralizada en poder de los usuarios como en la creación por parte del Banco Mundial de una divisa atada la descarbonización de la economía. Es decir, te pagan por dejar el petroleo bajo la tierra, no por sacarlo.

Pero, como bien muestra Eric Hobsbawm en su clásico Industria e Imperio, la mera innovación técnica no transforma por sí sola una sociedad, sino que esta utiliza una tecnología (o no lo hace) en la persecución de sus propios fines dentro de un contexto histórico dado. Robinson intenta darle lugar a este razonamiento dentro de su ficción trayendo a colación la obra de otro marxista británico, Raymond Williams, y su inasible concepto de estructura del sentir, en este caso refiriendo particularmente al sentido común de una época plasmado en las leyes que la ordenan. En sus muchos interludios teóricos, en los cuales elabora sobre la configuración del actual sistema financiero mundial con especial énfasis en el rescate de la figura de John Maynard Keynes, el autor hipotetiza que ulteriormente nuestras vidas están regidas y ordenadas, a nivel macro pero también internalizado, por la cosmovisión de la economía neoliberal que impera desde hace por lo menos medio siglo. Solo mediante la cristalización de una nueva estructura del sentir que troque la mercantilización de todo en la existencia, incluyendo nosotros mismos, por una ideología que valore lo común y no ya en lo que nos distingue e individualiza, que contemple el largo plazo y no solo la satisfacción inmediata a cualquier costo, podremos salir de este laberinto de extinción en el que nos metimos solos. Suena hippie y, después de todo, Robinson es un boomer. Badim, el número uno del ministerio y comandante en las sombras de su brazo black ops, lo explicita al repetir a lo largo del libro que lo que hace falta es una religión global que venere a Gaia, la Tierra antropomorfizada.

¿En qué mundo ficcional vivirían ustedes? Porque, seamos sinceros, a pesar de la obsesión de la crítica literaria del siglo XX con su potencial transformador de la sociedad, la ficción es antes que nada un refugio, un lugar de confort

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Tras el estallido del 2001 y la vuelta del Estado en el siglo XXI, por lo menos en términos simbólicos, no fueron pocos quienes prematuramente dieron por cerrados los noventa, descontando que había cambiado la estructura del sentir de la sociedad argentina. Después vino el ciclo electoral del 2023 y se saltaron los puntos. Como escribimos ya antes, tiene sentido que mientras más se descompone el tejido social, y más egoísta es la reacción de quienes se agarran de sus jirones para no caerse del mapa, más razón tengan los libertarios. En el libertarianismo misantrópico línea Murray Rothbard se recrudece el sálvese quien pueda hasta llegar a niveles caníbales. El futuro se proyecta en las fantasías preppers conspiranoicas de la libre portación de armas y bunkers bajo tierra como un posapocalipsis a lo The Walking Dead o The Road de Cormac McCarthy. Que Leave the World Behind, la última de Julia Roberts estrenada hace poco en Netflix, les termine dando tácitamente la razón marca hasta qué punto ese imaginario ha hecho tal metástasis en el sentido común que hasta los progressives de las costas lo replican. Como dice un amigo, Los Simpsons y South Park han sido reemplazados como prismas animados epocales que reflejan la sociedad que los mira por Rick and Morty, y es así no por lo inteligente de sus guiones, sino porque se presta a una lectura nihilista. Por supuesto, todos los que lo celebran se imaginan que son Rick y no, como es lo más probable, Morty o, peor aún, Jerry.

La ruptura del imaginario de una vida en sociedad, compartida, es un proceso de larga data. Hay ejemplos extremos de esta renuncia, como la fantasía de Elon Musk de huir a Marte sacadas de esas novelas de ciencia ficción que leyó aunque seguro no entendió. Pero esta es una realidad mucho más cercana a casa. Durante los años buenos del kirchnerismo se reactivó el consumo, pero no se volvieron a ocupar los espacios públicos que la clase media venía abandonando desde hace décadas, por lo menos no en términos sustantivos. Los festejos del Bicentenario fueron una excepción. Los hijos de quien pudieran pagarlo (y de muchos que no también) siguieron yendo a la escuela privada, jugando adentro por miedo a que les pase algo en la calle. Un devenir social exacerbado por el desarrollo de la tecnología, desde las consolas de videojuegos hogareñas hasta el Internet. Recuerdo que, cursando una materia pedagógica en la facultad circa 2008 salió el tema de la educación pública versus privada y los docentes se plantaron en clara defensa de la primera, hasta que un compañero trosko les preguntó: “¿entonces a qué escuela mandan ustedes a sus hijos?” Después, silencio.

En este sentido, el futuro se ve como el deprimente presente en la linealidad evolutiva, casi decimonónica, del discurso del gobierno actual, que nos propone imaginarnos como el pasado de Estados Unidos, Alemania o Irlanda, estadios a los que llegaríamos en quince, veinte o cuarenta y cinco años. El futuro se ve como Hollywood, pero no por las películas que se producen allí, sino por el barrio del mismo nombre en la ciudad de Los Ángeles, donde millonarios se mueven exclusivamente en auto sin pisar veredas cada vez más atiborradas de homeless adictos al fentanilo y sus improvisadas tolderías levantadas sobre las estrellas del paseo de la fama. La amenaza del homeschooling como la fase superior del éxodo de los espacios comunes compartidos.

Los argentinos se precian de cierta inmunidad al individualismo primermundista que parece inmanente a nuestra cultura mestiza. Compartir la bombilla, comer con familiares y amigos como un rito semanal, caer en la casa del otro sin avisar, ¿qué tan cierto sigue siendo esto último en la era del Whatsapp? Pero (re)construir lo público, lo común en un sentido sustantivo, va más allá de lo folklórico de estos usos y costumbres. Esos videos que sube la Universidad Nacional de San Martín con egresados de primera generación y padres orgullosos a reventar también nos conmueven hasta las lágrimas, tanto como cuando Carl Sagan nos muestra lo inabarcable del universo en que flota este pálido punto azul que habitamos. De eso hace falta más, de algo que sea público pero no testimonial, que funcione con nivel de excelencia y, encima, con cierto nivel de inclusión que sea palpable. La universidad pública, uno de los últimos espacios transversales donde personas de diferentes clases sociales cohabitan en nuestra atomizada sociedad.

Que me perdone Bourdieu y su hipótesis de la autonomía de los campos pero, como demostró la reacción en redes a la entrevista realizada por Télam al prestigioso politólogo Oscar Oszlak, no hay “Semán enseña Historia en Richmond” que valga si tu interlocutor no comparte la valoración de credenciales otorgadas por Harvard o Berkeley, por no decir nada de la UNSAM o el CONICET. En su lugar, se reconoce como más autorizadas a las voces de billonarios como Musk (o su variante local de cabotaje) e influencers de redes sociales con muchos seguidores. Es decir, otorgando más legitimidad a la popularidad y al dinero que a las instituciones. O, inversamente, esos mismos diplomas van perdiendo capital simbólico a la vez que se desvalorizan en términos materiales, es decir, se erosiona su capacidad de otorgar al portante el acceso a mejor calidad de vida. Como señalaba Mayra Arena durante la campaña, en la Argentina contemporánea gana menos la clase media con capital cultural, un docente que estudió una carrera de cinco años o un académico que hace un posdoctorado, que alguien que hizo un bootcamp de programación de tres meses o incluso quien se rompe el lomo repartiendo comida en Rappi doce horas al día. Defender lo público es también poner en valor estos diplomas, porque la gente se caga en la pirámide de Maslow, quiere subir todos los escalones a la vez.

Los Simpsons y South Park han sido reemplazados como prismas animados epocales que reflejan la sociedad que los mira por Rick and Morty, y es así no por lo inteligente de sus guiones, sino porque se presta a una lectura nihilista

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Como viene arengando desde hace tiempo Alejandro Galliano, a la izquierda le cuesta articular un horizonte coherente y deseable de futuro, proponer el sueño de un mundo mejor por el cual luchar, lo que quizás fue su mayor activo político a lo largo del siglo XX. Queda así entrampada entre ser un actor político que presta legitimidad a un sistema cada vez más desigual, una economía global cada vez más concentrada a la cual parece no saber o poder ni reformar, o hacer el acting de prescindencia a la espera de una revolución imaginaria cual sacerdotes milenaristas que esperan la llegada del sujeto transformador que por fin haga saltar por los aires todas las contradicciones. Evocando una imagen que bien podría estar musicalizada por La Renga, Juan Ruocco señala que mientras el “Che” Guevara fue “el meme” que mejor identificó a los jóvenes argentinos desde los sesenta hasta los dos mil y pico, ahora pensás en juventud y pensás en Milei. Si el sentido común, si el establishment es progresista, entonces tiene sentido que la rebeldía sea reaccionaria. Más cuando, como señaló recientemente Naomi Klein en una entrevista con Marc Maron, la crítica a sectores concentrados como la big pharma y más generalmente los ricos y poderosos viene hoy más por derecha que por izquierda. Claro, denuncias adosadas a un sentimiento antivacunas y xenofobia, pero igual.            

En la novela de Kim Stanley Robinson, Mary Murphy y su Ministerio para el Futuro logran a través de décadas arriar al descontento y frustración en la dirección de una estructura del sentir superadora que deje atrás al lucro como ordenador último de toda la vida social. La crisis climática, hipotetiza el libro, provee en términos dialécticos una buena encrucijada desde la cual plantear ese horizonte porque es un problema que lo resolvernos todos juntos o no lo resolvemos, y nos morimos también juntos. En la novela, el ministerio lo logra con diplomacia, legislación y operaciones extrajudiciales, pero también impactando directamente en la calidad de vida de la gente, que objetivamente pasa a vivir mejor, y no solo en términos materiales. Lamentablemente no vivimos en una novela, ni a bordo del Enterprise. Pero salir de este estado de cosas implicará imponer una agenda propia superadora que avance en esa dirección. Tejer un nuevo relato, ya no para justificar el presente y sus fracasos, sino una ficción (con ciencia, mejor) que dibuje el horizonte hacia el cual avanzar y, en un futuro, llegar. Uno que no se pelee con una experiencia individualizada parida por la modernidad de la que difícilmente se pueda volver atrás, sino que articule discursivamente una verdad que parece hoy día olvidada: para que cada uno pueda vivir bien, todos tenemos que vivir más o menos bien.

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