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06 de enero 2022

Lucas Nine

REPASANDO EL ETERNAUTA (2)

Tiempo de lectura: 7 minutos

4-El Factor Filcar

Dejando aparte al género gauchesco -que prescindía lógicamente de esta locación- servirse de la ciudad de Buenos Aires como marco para una historieta no era una situación novedosa. La mayor parte de las historietas argentinas que no explicitaban una acción en sitios lejanos (en sus tres grandes variantes; western, bélico o Sabú) lo daban por supuesto. Patoruzú no podía entenderse en otro lado: trataba de la llegada del indio a la ciudad, personificada en los manejos de padrino inescrupuloso. Vito Nervio, por otro lado, se paseaba por el mundo gracias a la precaución de llevar mate y bombilla a cuestas, operación que le permitía expandir los límites de Buenos Aires de manera notable.

Y, sin embargo, que una ciudad se dé por supuesta no es lo mismo que dibujarla. Una historieta genial aunque sin mayor trascendencia llamada Darío Malbrán, Psicoanalista, publicitaba a finales de la década del 40 la innovación de tener una acción situada en lugares reconocibles y concretos de Buenos Aires (y en efecto, el dibujante Freixas reproducía las calles de La Boca, la avenida Corrientes o el Obelisco con todo y afiches). El recurso debía ser poco frecuente si parecía digno de ser destacado en una venta.

Esta extraña situación de una ciudad “dicha pero no dibujada” podría atribuirse a la pereza de los artistas, si no tuviéramos tantas pruebas de lo contrario. Yo miraría más bien al costado “anglo” del asunto: la invasión de material norteamericano, que pobló a la narrativa popular de todo tipo de fantasmas venidos del norte. En tanto era historieta y tenía cuadritos, el asunto remitía a un imaginario concreto, más bien distante. La acción que se sobreimprimía a ese imaginario podía transcurrir a la vuelta de la esquina y el bichito incluso hablar como el diariero de enfrente, pero había un trasfondo impreciso sobre el que no se debía indagar demasiado so pena de diluir un malentendido, generoso en su aplicación pero confuso en sus alcances, al que podríamos llamar “identificación”. Este fenómeno había permitido en su momento que una historieta como Polly and Her Pals pasara en su versión local como Don Jacobo en la Argentina, que Alley Oop se tradujera como Peloponeso y Jazmín y modificase sus textos originales para incluir largas interpolaciones sobre la política argentina, o que hasta el Pato Donald editado por Abril se permitiera incluir viñetas -dibujadas por Luis Destuet- en las que el personaje merendaba ravioles, para perplejidad de los pequeños lectores, que ya comenzaban a sospechar de tales desvíos culinarios en un ave de Burbank. Es que, en el medio, algo llamado Segunda Guerra Mundial había empezado a volver esta “identificación” en un artículo obsoleto cuyo consumo sin matices entrañaba un problema todavía sin nombre.

El Eternauta es una primera articulación de ese problema.

El problema es que Robinson representa al héroe individual por excelencia, el Gran Aislado. Podemos llamarlo Salvo y ponerle familia y amigos alrededor sin que sean algo más que atributos suyos; después de todo, Robinson también tenía a Viernes e incluso un papagayo

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Que el Eternauta viva manifiestamente en Buenos Aires no lo vuelve de la Capital. Juan Salvo habita la provincia y en su historieta se viaja del conurbano al centro. Claro que hay conurbanos y conurbanos, y el chalet de Salvo se levanta en un lugar concreto llamado Vicente López. La ubicación exacta no es mencionada, pero sería cercana a la Avenida Del Libertador, no más allá de la Avenida Maipú. Maipú es una barrera social, y lo era más en la época en la que apareció el chalet como una novedad de la zona. Salvo, ya se dijo, es un rubio y sus contertulios por ahí andan: Lucas Herbert, empleado de banco, el jubilado Polski, Favalli(italiano pero profesor de física); vecinos que se reúnen a la noche a jugar al truco en el chalet de Salvo. No cometamos el error de confundir a esta imponente construcción de dos plantas con el modelo californiano de los barrios sociales del peronismo. Acá tenemos una flor de buhardilla, llamada a convertirse en el alma de la casa justamente por ser el espacio donde empieza la aventura pero también por su condición de laboratorio tecnológico que asegurará la supervivencia. Es un edificio pensado para otras regiones, acaso habitables por Heidi; y su tejado a dos aguas es indisociable de la nieve, o al menos así sale en las figuritas. Pero no nieva en Buenos Aires, como todos sabemos, o al menos no ocurría hasta que a Juan Salvo se le ocurrió edificar y descubrió que el techo de un chalet suizo es a la nieve lo que un pararrayos en medio de una tormenta eléctrica. Una provocación, en suma.

De manera que esta identificación en crisis se mueve sobre un doble tablero: el del lastre propio al género y el específico del lugar elegido como escenario. Ambos terminan por coincidir en la “nevada irreal, de dibujos animados” (otro fantasma Made in Usa) que completa el imaginario del chalet con una eficacia mortal. La cigüeña en la chimenea es opcional.

5 -Robinson que cruzó

El segundo quiebre se agazapa en esa frase de Oesterheld que sale hasta en los sobrecitos de azúcar: “El héroe verdadero de El Eternauta es un héroe colectivo, un grupo humano. Refleja así, aunque sin intención previa, mi sentir íntimo: el único héroe válido es el héroe ‘en grupo’, nunca el héroe individual, el héroe solo”. Este párrafo es el final de una cita más larga, que arranca con el menos mentado: “Siempre me fascinó la idea del Robinson Crusoe. Me lo regalaron siendo muy chico, debo haberlo leído más de veinte veces. El Eternauta, inicialmente, fue mi versión del Robinson. La soledad del hombre, rodeado, preso, no ya por el mar sino por la muerte.”

El problema es que Robinson representa al héroe individual por excelencia, el Gran Aislado. Podemos llamarlo Salvo y ponerle familia y amigos alrededor sin que sean algo más que atributos suyos; después de todo, Robinson también tenía a Viernes e incluso un papagayo que se lamentaba en su nombre (de paso, ¿sería el viernes el día en que Salvo y compañía se juntan a jugar al truco? hubiese sido un detalle divertido). “Separados del mundo como si el chalecito fuera una isla” nos cuenta Juan Salvo y esa es la situación inicial.

No es raro que los problemas empiecen cuando se introduzca en ella el juego del truco, con su ludismo improductivo de cuño latino, y para peor, la mención del famoso verso del piojo con el hachazo en el ojo, navegando por el telúrico Paraná aguas abajo

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Pero hay algo más de Crusoe dando vueltas por esa casa. El “Robinson” es un producto perfecto del mundo protestante; el arquetipo del Homo Faber. Separado de cualquier forma de sociedad, tiene que reinventar a solas sus vínculos con la humanidad si no quiere terminar caminando a cuatro patas. Esos vínculos serán siempre tecnológicos. Si rescata algo de material del barco hundido, privilegiará las herramientas. Construye primero un calendario, que le permitirá medir el tiempo en tanto sustancia aprovechable; y con sus herramientas se hará después otras herramientas; y luego una choza, una casa sobre pilares, un bote, un corral, un condominio, un auto propulsado por leche de coco, etc. El libro en realidad es el desarrollo de este proceso (hay algunas palabras previas al naufragio y se incluyen algunas peripecias después del rescate, pero dudo que alguien jamás les haya prestado atención).

La buhardilla del Eternauta es este laboratorio mágico de Crusoe devenido en templo. En ella no sólo el Sr. Salvo desarrolla prototipos para su fábrica de transformadores -suponemos que la fábrica funciona en otro sitio, probablemente cruzando Maipú- sino que Polski construye sus violines (un recuerdo de la lejana Polonia), Lucas fantasea con sus contadores Geiger y Favalli experimenta con la electrónica. Es un lugar transitado y bastante laborioso. No es raro que los problemas empiecen cuando se introduzca en ella el juego del truco, con su ludismo improductivo de cuño latino, y para peor, la mención del famoso verso del piojo con el hachazo en el ojo, navegando por el telúrico Paraná aguas abajo, con dirección a Vicente López. En definitiva, que el conflicto se veía venir, la tensión entre los dos polos, lo reprimido en su acepción freudiana, vamos, toda esa basura que acabará por estallar finalmente en una fina lluvia de copos blancos, si es que no se trata de piojos.

Claro que este mundo protestante del Robinson, con su relación privada y personal entre Dios y el Hombre, está en las antípodas del héroe grupal y en algún momento Oesterheld tendrá que tomarse un colectivo al otro lado. No hace falta mucho, apenas un brazo en alto que haga señas al horizonte y eventos o personajes que se atrevan a marchar por rumbos diversos a los previstos en el invisible libreto original: Franco, el tornero, un no-rubio, que primero es adoptado por el grupo bajo estricta supervisión y al final se come la película. O cierta mutación en Favalli, que, a pesar de compartir cierto positivismo inicial -un as con un destornillador en la mano- empieza a dar señales de un pesimismo existencial que sería impensable para Alva Edison. Es que Favalli no se engaña, y a pesar de eso sigue peleando. Hay un objetivo que trasciende la mera existencia individual, o incluso las posibilidades concretas de victoria. Esto no algo que salga todos los días en las películas del muchachito, donde la muerte es la muerte y no hay vida más allá del celuloide.

¿Cuál es la razón de este salto en el eje? Una, prosaica y material (y bastante atendible por eso mismo), puede ser que la situación original de los Robinsones no dé para mucho más y un guionista nato como HGO lo sepa. ¿Qué podían hacerse los Salvo después del traje aislante? ¿Una muda completa, un paraguas, un par de galochas? La otra razón, ligada de algún modo a la primera, es que después de plantear una situación inicial llena de posibilidades para una historieta, HGO haya cobrado conciencia de que acaba de matar a toda la humanidad. Un poco como que se le fue la mano.

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