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18 de enero 2021

Daniel Wizenberg

Co autor del libro ”Corea: dos caras extremas de una misma nación” (Clave Intelectual/Continente) junto a Julián Varsavsky.

EL DÍA QUE KIM LLORÓ

Esta semana Kim Jong Un lloró, el pueblo lloró con él y Occidente rió, todo fue una confusiónEsta nueva contribución a la industria del meme fue en el Congreso del Partido, donde Kim III fue promovido de “Jefe” a “Secretario General”. Antes era el número 1, ahora también. Parece que la hermana perdió poder, dicen los expertos, como si fueran los panelistas de un programa de chimentos. 

Cada semana algo de realismo mágico nos llega desde el norte de la península coreana. En la era de la transparencia nos obsesiona la opacidad de Corea del Norte pero más nos encantan sus características literarias: un país hermético, organizado como si la Guerra fría no hubiera terminado, comandado por un dictador millenial. Si hay norcoreanos pasándola mal, les tenemos malas noticias, la llegada de Joe Biden solo va a servir para mantener las cosas como están.

Si hay norcoreanos pasándola mal, les tenemos malas noticias, la llegada de Joe Biden solo va a servir para mantener las cosas como están.

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Hacia dentro, la locura norcoreana se puede explicar a través del décimo capítulo de El Príncipe de Maquiavelo: “No le será difícil a un príncipe prudente mantener firmes los ánimos de sus ciudadanos de principio a fin del asedio, siempre y cuando no les falten los medios de subsistencia y de defensa”. En la realidad concreta Corea del Norte es un país pobre, con un PBI como el de Honduras, que tiene como estrategia armarse hasta los dientes para que nadie se anime a tocarlo. En lo cotidiano vive de China. A China le sirve como tapón de Corea del Sur, para contrapesar la presencia de Estados Unidos en la región y para evitar que crezca el secesionismo de Manchuria, los coreanos que viven en el sur de China. A Estados Unidos le conviene que ese tapón sea un polvorín nuclear para justificar las bases militares y su influencia en la región. A Japón le puede servir como excusa para volver a tener un ejército. Rusia se divierte con su loco vecino y aliado, enemigo de sus enemigos.

Dos personajes singulares han interpelado recientemente ese status quo: Donald Trump, con su imprevisibilidad, y su par surcoreano Moon Jae-in, con su pacifismo. Ambos, cuando parecía por milésima vez que se venía la noche, pegaron un volantazo y abrieron un canal de diálogo con Kim Jong Un aprovechando una característica de este que no tenían sus antecesores en el trono Juche: se crío en Suiza, es un occidental que volvió a disfrazarse de su padre y su abuelo, e interpreta su personaje lo suficientemente bien. Se vieron en la frontera, en Seúl, en Singapur, en Vietnam. Rompieron el hielo pero nada más. 

si Joe Biden retrocede algunos casilleros y deshace la estrategia de diálogo que había comenzado Donald Trump, será para que nada cambie. El punto muerto es siempre el mismo: el momento de bajar las armas

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Kim da algunos pasos más allá que su padre y su abuelo y se muestra emocional, reconoce errores, importa tecnología. Para seguir con Maquiavelo podemos decir que quiere ser tan amado como temido: es un dictador pero buena onda. Una muestra de eso fue en el discurso de esta semana en el Congreso del Partido cuando además de emocionarse al recordar al viejo, pidió perdón por no “estar siempre a la altura de la fé que me tienen”, les envió buenas vibras a los surcoreanos en la pelea contra el Covid y aclaró que su estrategia militar es defensiva. Estamos tan metidos en las especulaciones que a veces los actores de este conflicto son muy explícitos y eso pasa desapercibido. No es la primera vez que sucede algo así. En octubre pasado, cuando fue el 75 aniversario del Partido, Kim dijo: “Desarrollamos nuestra capacidad militar para dominar anticipadamente a las fuerzas que puedan atreverse a amenazar o vulnerar los derechos a la independencia y existencia de nuestro Estado (…). Continuaremos fortaleciendo la estrategia de guerra disuasiva, los medios justos de legítima defensa, a fin de contener y controlar todos los intentos peligrosos y actos intimidatorios de las fuerzas hostiles, incluida su amenaza nuclear sostenida y grave”. En este contexto si Joe Biden retrocede algunos casilleros y deshace la estrategia de diálogo que había comenzado Donald Trump, será para que nada cambie. El punto muerto es siempre el mismo: el momento de bajar las armas. Corea del Norte y su elite gobernante necesita garantías para poder desarmarse y asegurarse la continuidad. Estados Unidos y China precisan la certeza de que una Corea más cerca de la unificación no les traerá problemas. Lo que en el fondo negocian es cómo sostener todo como está pero sin tanto gasto militar. 

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