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05 de junio 2023

Tomás Mugica

MIRAR EL MUNDO CON OJOS NUEVOS

Tiempo de lectura: 10 minutos

Una política exterior para un peronismo renovado

Tras la fallida experiencia del Frente de Todos, el universo peronista discute una crisis evidente del movimiento. El dossier “Volver al Futuro”, publicado en Panamá el año pasado, realizó una importante contribución a ese debate. En este artículo buscamos aportar a esa discusión, proponiendo algunos elementos para pensar la política exterior de un peronismo que debe avanzar hacia su segunda renovación, como propone Federico Zapata en su “Manifiesto para una segunda renovación” (Panamá, 28/05/2022).

El momento es propicio. En las relaciones internacionales, como en todos los ámbitos de la acción humana, hay acontecimientos reveladores; epifanías que sintetizan una época. La guerra en Ucrania es una de ellas: pone de manifiesto el fin de la Posguerra Fría, la transición definitiva a un nuevo orden. Un orden en el cual el poder está más fragmentado y en el que bloques y Estados de tamaño continental se consolidan como los actores dominantes de la política internacional; en el cual el multilateralismo pergeñado luego de la Segunda Guerra Mundial -bajo la hegemonía de Estados Unidos- está en crisis, la democracia atraviesa un momento recesivo y las cadenas globales de valor comienzan a reconfigurarse en función de opciones geopolíticas. Un orden que presenta rasgos aun inciertos, pero también algunos avizorados desde hace tiempo: basta recordar la conocida tesis de Perón sobre la tendencia histórica al agrupamiento de los hombres en unidades sociales cada vez mayores, desde la familia, el clan y la tribu, pasando por el estado feudal y el Estado-Nación hasta llegar al continentalismo y finalmente el universalismo. El mundo, decía en 1973, avanza hacia su total integración; dicho proceso -que hoy llamamos globalización- es impulsado por el progreso técnico, es parte del devenir histórico y hay que adaptarse a él.

Navegar exitosamente este tiempo requiere algunas definiciones comunes a nivel interno. Algo difícil en un país dividido como la Argentina, en el cual la polarización ideológica y el conflicto distributivo dificultan el logro de acuerdos básicos. Hijo de esta tierra y de este tiempo, los desacuerdos al interior del peronismo reproducen–y con frecuencia exacerban- los conflictos de la sociedad argentina.

En las relaciones internacionales, como en todos los ámbitos de la acción humana, hay acontecimientos reveladores; epifanías que sintetizan una época. La guerra en Ucrania es una de ellas: pone de manifiesto el fin de la Posguerra Fría, la transición definitiva a un nuevo orden

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La polarización doméstica dificulta el logro de objetivos a nivel externo. No estamos diciendo nada nuevo, sino volviendo sobre una reflexión clásica del pensamiento político occidental, que el Perón del retorno actualizó para la realidad argentina (“para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”): la división interna genera debilidad externa. Un mínimo de unidad en casa es condición previa para conservar autonomía frente a otros actores internacionales y proyectar poder hacia el exterior. “Los hermanos sean unidos…”, un consejo valioso para la política exterior. La doctrina Martín Fierro.

Ese mínimo de unidad supone un acuerdo (también mínimo) acerca de la naturaleza de la política democrática: gobernar es, en buena medida, acordar (versus gobernar como antagonizar); y acordar no equivale a claudicar ante intereses espurios, sino renunciar a algunos objetivos para alcanzar otros. Gobernar, en suma, significa privilegiar lo posible por sobre lo ideal. Este apotegma tiene aún mayor validez en la política internacional, donde las realidades del poder suelen imponerse sobre las preferencias de raíz ideológica o las simpatías personales entre líderes. 

Partimos, entonces, de dos supuestos acerca de la política democrática en general y la política exterior en particular: a) que los acuerdos constituyen un elemento central -y en principio positivo- en la tarea de gobernar una sociedad pluralista; y b) que un mínimo de acuerdos domésticos es indispensable para construir una inserción internacional exitosa.

Mirar el mundo con ojos nuevos

Un peronismo que se replantea su tarea histórica -cuestionando un modelo que busca todas las respuestas a las insuficiencias socio-económicas del país en el mercado interno y en el Estado- debería mirar el mundo con ojos nuevos, adaptados al momento histórico. Desde esa perspectiva, la política exterior debe ser un instrumento al servicio de una nueva y modesta utopía: la de una Argentina de clase media, en la cual el trabajo recupera su valor como organizador de la vida social; una Argentina que recupera movilidad social y capacidad de innovación; que busca, en fin, un desarrollo que le ha sido esquivo durante los últimos cincuenta años.

La división interna genera debilidad externa. Un mínimo de unidad en casa es condición previa para conservar autonomía frente a otros actores internacionales y proyectar poder hacia el exterior

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Con ese horizonte, presentamos de manera sintética siete puntos -principios de acción que organizan una agenda- que podrían inspirar la política exterior de un peronismo renovado.

1- La política exterior se construye de adentro hacia afuera. La política exterior, según la conocida definición de Celso Lafer, consiste en “traducir necesidades internas en oportunidades externas”. Es un instrumento al servicio de objetivos domésticos; es por ello que se construye “de adentro hacia afuera”.

Esto significa tres cosas. Primero, aun cuando el Estado siempre opera en un marco de condicionamientos internacionales, las prioridades en materia de relacionamiento externo deben surgir del debate político democrático a nivel interno. Fijar líneas directrices en materia de relacionamiento internacional demanda definiciones sobre el modelo productivo y el régimen político. ¿Cuál podría ser el horizonte para un peronismo renovado? Un modelo productivo que se aleje de la utopía neo-pastoril defendida por algunos sectores, sin renunciar a los recursos naturales -alimentos, minerales, energía (basta pensar en el potencial de Vaca Muerta)- y sus encadenamientos como motor de desarrollo; un régimen político democrático, que acepta sin complejos su componente liberal, reconociendo sus insuficiencias, pero también valorando sus logros.

Segundo, construir la política exterior “de adentro hacia afuera” implica que el desarrollo de los recursos necesarios para ganar autonomía y ampliar la influencia del país a nivel internacional depende en gran medida de las políticas domésticas. Sin estabilidad macroeconómica, un sistema científico-tecnológico de vanguardia o Fuerzas Armadas con capacidad operativa -por nombrar algunos factores de importancia que dependen en gran medida de decisiones nacionales- la Argentina no puede constituirse en un actor internacional relevante.

Tercero, todo vínculo con el exterior parte de una identidad forjada internamente, construida a lo largo de la historia. Como dice Francisco en Fratelli Tutti (143): “Así como no hay diálogo con el otro sin identidad personal, del mismo modo no hay apertura entre pueblos sino desde el amor a la tierra, al pueblo, a los propios rasgos culturales”.  Reconocer quienes somos es un paso indispensable para relacionarnos con otras comunidades.

Sin estabilidad macroeconómica, un sistema científico-tecnológico de vanguardia o Fuerzas Armadas con capacidad operativa la Argentina no puede constituirse en un actor internacional relevante

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2- Nuestra casa está en el mundo, que es necesario conocer. Como buena parte de la dirigencia política y económica argentina, una importante porción del peronismo mantiene una mirada parroquial y estereotipada de lo que sucede en el mundo. Se trata de un lujo insostenible para un país mediano, fuertemente condicionado por el contexto internacional.

Frente a ese aislacionismo mental, hace falta un esfuerzo pedagógico para formar una dirigencia más atenta a las grandes tendencias internacionales. Ello no significa caer en un cosmopolitismo que desconoce la existencia de intereses nacionales -es decir, reniega de cualquier tipo de identidad- sino absorber conocimientos y experiencias indispensables para promover adecuadamente esos intereses. Argentina es nuestra casa, pero no está aislada.

3- La integración es el nuevo nombre de la soberanía. El peronismo tiene un largo vínculo con el ideal nacionalista latinoamericano, en cuya construcción participó. América Latina es “una nación mutilada con veinte provincias a la deriva, erigidas en Estados más o menos soberanos”, según una vieja expresión de Jorge Abelardo Ramos. Identidad e intereses comunes (no siempre comprendidos de manera adecuada). Desde esa mirada, la unidad siempre ha sido -y sigue siendo- la respuesta lógica a los desafíos externos: unidos o dominados.

En una veta más pragmática, la región es también tierra de oportunidades para los sectores más avanzados de la economía argentina, un mercado indispensable para un país que quiere ascender en la escala de desarrollo. Por mencionar dos ejemplos, América Latina absorbe aproximadamente el 60% de las exportaciones de Manufacturas de Origen Industrial (MOI) y es un mercado muy relevante para los USD 7.800 millones de servicios basados en conocimiento que Argentina exportó en 2022.

¿Qué implicancias tiene el programa latinoamericanista en 2023? Dos tareas se imponen en el vínculo con la región: concertación política e integración. El socio más importante para llevarlas adelante es Brasil, el área privilegiada Sudamérica. Brasil sigue siendo el aliado indispensable de la Argentina en el mundo, sin el cual nuestro país camina hacia la irrelevancia; y Sudamérica -especialmente el Cono Sur- un espacio en el cual todavía es posible administrar las influencias contrapuestas de EE.UU. y China y construir ámbitos de autonomía.

La concertación política implica coordinar posiciones en foros multilaterales, como el G-20, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y los organismos multilaterales de crédito. Converger en un programa mínimo, en torno a cuestiones de interés para la región y para el Sur Global, como la arquitectura financiera internacional, el desarrollo de la infraestructura, la protección de los recursos naturales y -más recientemente- el acceso a las vacunas contra el COVID. Ello requiere un esfuerzo diplomático sostenido.

La integración, un programa más ambicioso, es el nuevo nombre de la soberanía. En ese terreno, la prioridad sigue siendo un MERCOSUR renovado. Dos frentes resultan prioritarios para responder al estancamiento. Uno es el de los acuerdos comerciales externos: existe una divergencia entre los socios respecto al ritmo y la profundidad que deben tomar esas negociaciones; como sea, es indispensable apostar por una finalización exitosa del acuerdo con la UE -la guerra en Ucrania representa una oportunidad- y continuar con las demás tratativas (EFTA, Canadá, Corea de Sur, Líbano, Singapur), buscando armonizar intereses en materia de producción y empleo.

El segundo frente es el interno, que se puede pensar en dos dimensiones. Por un lado, se debe avanzar sobre las excepciones -desde el arancel externo común hasta las normas fitosanitarias- que frenan la formación de un espacio económico conjunto. Esa empresa demanda robustecer los canales de relacionamiento más allá del Poder Ejecutivo y del Estado; Congreso, gobiernos subnacionales, pero también sindicatos, empresarios, universidades, ONG’s y partidos políticos: es la hora de la diplomacia ciudadana. Por el otro, hay una agenda que podríamos llamar “de futuro conjunto”, que abarca, entre otros temas, las grandes obras de integración física y de provisión de energía, el fortalecimiento de la banca de desarrollo y los emprendimientos compartidos en áreas como la biotecnología, la industria aeroespacial y la energía nuclear. Esta “integración de los hechos concretos” es más necesaria que nunca para fortalecer la legitimidad del proceso de integración a nivel doméstico.

Basta recordar la conocida tesis de Perón sobre la tendencia histórica al agrupamiento de los hombres en unidades sociales cada vez mayores, desde la familia, el clan y la tribu, pasando por el estado feudal y el Estado-Nación hasta llegar al continentalismo y finalmente el universalismo

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4- La avenida del medio es el lugar por dónde transitar el mundo: la competencia global entre Estados Unidos y China y sus repercusiones en el espacio sudamericano acotan potencialmente los espacios de autonomía para un país mediano como Argentina. Frente a ese escenario, la respuesta pasa por evitar los alineamientos y construir un posicionamiento ecléctico, que permita fijar prioridades propias en materia de desarrollo. Diversas versiones de ese eclecticismo se discuten por estos días, como la diplomacia de la equidistancia y el no alineamiento activo[1]. La convergencia con otros países de la región, a la que aludimos antes, es indispensable para sostener ese rumbo.

A nivel de las decisiones en política exterior, se trata de responder de manera diferenciada en los diversos tableros de un mundo multiplex[2], a fin de maximizar oportunidades. Por ejemplo, China y los países del Sur Global pueden ser socios importantes en cuanto a comercio, inversiones y cooperación científico-tecnológica, mientras que con Estados Unidos se puede mantener un vínculo de alto nivel en temas relativos a la seguridad internacional. Los desafíos se presentan a diario: el ingreso al Banco del BRICS, que se gestiona por estos días, permite diversificar las fuentes de financiamiento, sin perder presencia en organismos controlados por Washington, como el BID y el Banco Mundial. Otros temas, como el 5G, demandarán una sintonía más fina. Es un tiempo para estadistas.

Para el peronismo, la historia debe ser una fuente de inspiración para enfrentar el nuevo mundo. En el terreno internacional, la tercera posición justicialista significó la búsqueda de una posición autónoma frente a los imperialismos de la época. A lo largo de su vida política, Perón fue precursor de la unidad del Tercer Mundo y defensor de una autonomía realista frente a los intereses de las grandes potencias. La reivindicación de líderes que buscaron un camino independiente, como Nasser, Tito y De Gaulle (“De Gaulle, Perón, Tercera Posición”, se cantó en 1964 cuando el presidente francés visitó la Argentina) fueron manifestaciones de esa mirada.

5- Exportar es hacer patria: la escasez de divisas es un ingrediente principal de las recurrentes crisis económicas argentinas; el aumento sostenido de la capacidad exportadora es la respuesta a esa debilidad. Por ello, la apertura de nuevos mercados y el acceso a los existentes con bienes y servicios de mayor valor agregado y complejidad tecnológica deben ser una prioridad de la política exterior.

La diversificación de las relaciones externas -Asia del Sur, el Sudeste Asiático África Subsahariana, Medio Oriente son espacios en los cuales seguir creciendo- es un instrumento indispensable para ampliar el acceso a mercados. Hay allí una tarea iniciada, en la cual el peronismo en sus diferentes versiones ha tomado parte activa (vienen a la mente imágenes de Ver Gelbard en Europa del Este, Menem en Vietnam, CFK en Angola), y que debe continuar.

Pero por sobre todo la política exportadora necesita un acuerdo político y social en torno al tipo de cambio. Como suele señalar Pablo Gerchunoff, en la Argentina existe una tensión entre un tipo de cambio de equilibrio social y un tipo de cambio de equilibrio macroeconómico, que es necesario resolver para crear una amplia coalición pro exportadora. Un desafío que debe ser afrontado por un movimiento en el cual amplios sectores siguen enamorados de una versión extrema del mercadointernismo.

La dependencia argentina de los mercados de capitales y de las instituciones financieras controladas por Washington condicionan el conjunto de la relación bilateral. Una situación similar podría presentarse en el futuro en relación a China

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6- Cuidar las cuentas públicas es invertir en autonomía. Un país que necesita recurrir de manera constante al ahorro externo para financiar su gasto público, restringe su autonomía política. El ejemplo clásico de esta dinámica es ilustrado por el vínculo entre Argentina y Estados Unidos: la dependencia argentina de los mercados de capitales y de las instituciones financieras controladas por Washington condicionan el conjunto de la relación bilateral. Una situación similar podría presentarse en el futuro en relación a China (ese futuro está llegando: ante la escasez de divisas, la importancia de Beijing como socio financiero se ha incrementado). Emitir en exceso para financiar los desbalances fiscales tampoco nos libra de la injerencia externa. Más sutil e indirecta, la dependencia aparece en la huida hacia una moneda que no emitimos y nos cuesta conseguir.

En resumen, sin autonomía financiera no hay autonomía política. La conclusión es simple, pero poderosa: existe un insospechado pero sólido lazo entre el balance de las cuentas públicas, por un lado, y la autonomía frente a las grandes potencias, por el otro. El anti-imperialismo del balance fiscal, otro desafío para un peronismo renovado.

7- Recuperar las FF. AA. es defender el presente y el futuro. El peronismo necesita recrear su mirada sobre las Fuerzas Armadas, orientándola al presente y al futuro. Memoria, verdad y justicia, pero también defensa del territorio y de los recursos naturales, reivindicación de la soberanía en Malvinas, presencia en la Antártida. Metas difíciles de lograr sin un incremento de las capacidades disuasivas, sin la recuperación de FF.AA. como instrumento de la política exterior. No se trata de retornar a la concepción de “la nación en armas”, propia de otra etapa histórica, que inspiró parte del programa del primer peronismo; pero la alternativa no puede ser “la nación desarmada”, sin capacidad de negociación en temas decisivos para su futuro. El reequipamiento de las Fuerzas y el desarrollo de la industria para la defensa son pasos importantes en este camino, que requiere un esfuerzo fiscal y un respaldo social sostenidos en el tiempo.

Hasta aquí siete principios de acción, apenas pinceladas, que esperamos sirvan a la discusión. Cerramos con una nota optimista: sacudido por las frustraciones, paralizado por una visión conservadora de la realidad argentina, el movimiento justicialista (al menos sectores importantes en su seno) se muestra sin embargo dispuesto a rediscutir su visión acerca de la época y los desafíos que impone.

Parte de esa tarea consiste en construir una nueva mirada sobre el mundo y una propuesta para actuar en ese escenario. El peronismo debe ser capaz de forjar una política exterior que contribuya a encontrar las respuestas que, como pueblo, nos debemos hace tiempo.


[1]Tokatlián, Juan Gabriel,“La diplomacia de la equidistancia, una propuesta estratégica”, Clarín, 10/02/2021; Fortín, Carlos; Heine, Jorge; y Ominami, Carlos, “El no alineamiento activo: un camino para América Latina”, Nueva Sociedad, septiembre 2020.

[2]Acharya, Amitav. 2017. “Europa en el orden mundial multiplex emergente”, Anuario Internacional CIDOB 2017.

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