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16 de junio 2023

Florencia Angilletta

PATRIMONIO

Tiempo de lectura: 7 minutos

“Cartas en el asunto” es el primer newsletter de Revista Panamá, escrito por Florencia Angilletta, sobre los 40 años de democracia. Aquí la suscripción para recibir quincenalmente los siguientes envíos por mail.

Teniendo el poema, lo teníamos todo

César Aira, 2002

I.

La democracia nos hizo más dueños de nosotros mismos que dueños de las cosas. Que es otra forma de decir: a la democracia le hablamos con el bolsillo y nos respondió con el corazón. Con la democracia se come, se cura, se educa, dijo el mantra de ese Estado y nos conquistó. Y la sociedad dijo: con la democracia se gana plata, se compra una casa, un auto, quince días de vacaciones. Con la democracia se calentaba el culo de laburar y, un día, zás: llegaba la movilidad social ascendente. Ahora con la democracia se compra un celular, y gracias. Aunque cada vez se trabaja más: el trabajo se ha vuelto una espiral tan grande –el gran problema del siglo XXI– que parece que pocas horas del día quedarían afuera de esa cadena expansiva que es el trabajo. Hay trabajo, entonces, cualquier alma de a pie labura, hay “plata circulando”, a veces hasta hay crecimiento en la economía en los números macro, pero, ¿quiénes se recuestan sobre un patrimonio?

Pensé en patrimonio por ese libro de Philip Roth, Patrimonio, publicado en 1991, ese texto áspero –tierno y cruel– en torno al impacto en Herman Roth, padre del escritor, de un tumor cerebral. En el primer envío de estas cartas –que se puede leer acá– la pregunta fue por el origen. Cuarenta años cumplidos en una época rota, pero que queremos que vuelva a tener futuro. Cuarenta años que no son en vano. Y no todo es político –porque estos cuarenta años se ponen de pie cuando no tienen quien le escriba las cuitas, las deudas–. La democracia, querida carta. Bienvenidos/as a un nuevo envío de estas cartas panameñas: esta vez, el patrimonio.

Con la democracia se calentaba el culo de laburar y, un día, zás: llegaba la movilidad social ascendente. Ahora con la democracia se compra un celular, y gracias. Aunque cada vez se trabaja más

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II.

Cómo cocinar un lobo, de Magalí Etchebarne, publicado por la editorial Tenemos Las Máquinas, comienza con un epígrafe de Juana Manuela Gorriti: “¡Orcones! Hogar paterno, montón informe de ruinas, habitado sólo por los chacales y las culebras, ¿qué ha quedado de tu antiguo esplendor?”. A continuación este primer libro de poemas inaugura: “Cuando ellos ya no estén, solo / quedarán sus plantas”. Cómo cocinar un lobo es un libro sobre el patrimonio. Una operación sobre los modos –patrimoniales– de leer. En el inicio, ese presente, el del desarme de la casa familiar tras la muerte del padre primero y de la madre después. Desarmar, quitar, clasificar, enumerar, acopiar. Las mesas de luz, otros antepasados –sus cenizas inclusive–, las fotos, “los problemas suaves, de épocas / sin distracción”. Una vida en su grado mínimo: ser juntados por otros. Lo que se queda, lo que se regala, lo que no se sabe qué hacer. Las plantas y los árboles pueden sobrevivir hasta a una demolición (las cucarachas, también). Este motor inicial –el presente de ese desarme ejecutado por las hijas– abreva en otro tiempo: el del envejecimiento de los padres. La vejez resulta también una operación del patrimonio. Clasificatoria, operativa, culposa, irremediable; depende. El tiempo, intervenido en los poemas, luego es la antesala de la muerte de la madre: el cuerpo de la madre –la otra casa, la primera– que se pierde. Una casa sin enchufes de luz.

“Vuelan murciélagos sobre mi casa”: en ese verso, el “mi”, la posesión de la casa, emerge por primera vez desde la enunciación del yo lírico. Esa primera “casa” del poema de arranque de la primera página del libro funciona, más bien, como preámbulo de esta “casa” antecedida por el “mi”. La casa es el objeto de la posesión. La casa es sólo el objeto de la posesión. Es la carga y la promesa. Paz, estabilidad; o edificación. Patrimonio y orfandad.

Este motor inicial –el presente de ese desarme ejecutado por las hijas– abreva en otro tiempo: el del envejecimiento de los padres. La vejez resulta también una operación del patrimonio

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La evocación de la enfermedad de la madre se produce como un tiempo escópico, de medición, incluso de previsibilidad –incierta– de lo que está por delante. O por detrás: “Todos estos años fui joven / y ni siquiera lo aproveché”. Lo patrimonial, lo que se exprime, lo que se monta en ese desierto o en ese bazar de cosas. El patrimonio también como el cuerpo enfermo. Esa exhumación milimétrica. Vuelto una cuenta: “que sus pulmones vuelvan a ser alas limpias, / cortinas que apenas se agitan / durante una siesta de verano”. Las maniobras de la salvación en torno al padre: “su corazón: […] / ahora era una fruta de la que nadie / podía extraer nada más”. Un régimen de cosas es un régimen de ganancias y un régimen de pérdidas.

“Por las noches, rezo, / galopo y galopo sobre ese mantra, / una palabra junto a otra palabra junto a otra palabra”. Nuevamente la cuenta, la adición. El inventario. Esa plasticola no es montaje o, si lo es, sólo para funcionar de otra manera: una partición de lo sensible que es una partición del patrimonio. Cómo cocinar un lobo es un libro económico: en un plano, sintético, incisivo, nuclear, atómico; en otro, una economía, un arcón viviente, un sustrato material, una relación con el ingreso y con la deuda. Un ábaco de palabras picadas. El intercambio en los negocios: el supermercado –“este es el paseo por la naturaleza que puedo: / lo que diviso y lo que cuento”–, o la tienda de alpiste. Cómo se dobla la plata en la billetera, cómo se ordenan las palabras: “cálculos, comprando y vendiendo”; “todo el día trabajando frente a esta ventana”. Y la “familia”, porque un patrimonio también se hace con antepasados, con “macumba”. El miedo y la espera como nociones económicas, de una “vikinga”.

El padre, entre los hombres, también es una ley, otra forma del patrimonio: “Qué poco valor la voz de mi papá entre la de los otros, / qué vergüenza el tono conocido que a una le da seguridad…”. “La soledad fue su tesoro, / el único premio que los hombres de su clase / recibieron del mundo.” Clase, ahí, latente, más que clase, y aún así, un imán del texto –como “politizado” o “elecciones”–. Las casas de su clase. Las clases de un tipo. Las casas de un tipo. Clase: categorizar y ser categorizado. Meter el dedo entre la sociedad y el Estado. Meter la mano en el bolsillo.

¿Cuál es mi casa? Cómo cocinar un lobo produce inquietud. La casa de origen, la casa de adultez que no se tiene. “Sin una casa”, esa letanía del texto. Los padres se mueren y no hemos comprado una casa. Puede haber otras casas aunque la fuerza concéntrica de esa casa, la que no se tiene como propia, irradia todas las veces que la palabra aparece: “llega la tarde y todas las casas / en las que viví me parecen la misma”. El final de la casa es el silencio, con la muerte del último pájaro. Eso que ya no suena, la naturaleza literalmente muerta, permite volver al comienzo del libro: “cuando ellos ya no estén”. El patrimonio también está hecho de herencia: “ellos nos dejaron la casa …”, y continúa la enumeración. En el principio, la casa. Lo que se hereda no se roba. Pero el patrimonio no puede estar hecho sólo de herencia. Esa hendidura perfora Cómo cocinar un lobo: el yo lírico del inquilinato.

En el libro de cuentos Los mejores días, también publicado por Tenemos Las Máquinas, las casas anticipan ese patrimonio democrático en la escritura de Etchebarne: “todavía puedo construir escondites en mi propia casa, incluso estando rodeada”; “enseguida las casas echan raíces en mi mente”; “tenía miedo de que fuéramos pobres”. Un techo para mi clase.

Pero el patrimonio no puede estar hecho sólo de herencia. Esa hendidura perfora Cómo cocinar un lobo: el yo lírico del inquilinato

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III.

Casi en el borde entre los noventa y esos primeros dos mil –entre Pizza, birra, faso (Caetano y Stagnaro, 1998), Mundo grúa (Trapero, 1999), La ciénaga (Martel, 2001)– en el 2000 clavado se estrena Nueve reinas, de Fabian Bielinsky. La consagración actoral de Ricardo Darín, junto a Gastón Pauls y a Leticia Brédice. Película de época. La estafa, el anhelo de dar el batacazo, lo que comen, donde paran, el subte… las estampillas que son el sueño de una pila de plata, el negoción. Hoy la película se puede ver prácticamente como documental: una Argentina democrática que nos queda atrás, que se escurre entre los dedos. Un “motochorro”. Una manifestación en la puerta del banco. “¿Sabes qué pasa? El gallego me sale más fino si estoy medio en pedo”, dice otro de los personajes. “¿Te das cuenta? Putos no faltan, los que faltan son financistas”: el personaje de Darín increpa al de Pauls con un fajo de billetes encima para hacer lo que en principio no se querría.

No hay nada más democrático que el transporte público. Olor, peso, textura, apriete. Una persona sentada al lado de la otra sentada al lado de la otra. Beatriz Sarlo se ha jactado de que toda la vida tomó subte. Cada película es una escena. En Nueve reinas la escena del subte es el lugar donde se cocina el lobo. Un vagón. Un chico entrega estampitas. El personaje de Gastón Pauls agarra una. Mete la mano en el saco y saca un autito. Sobre una pierna coloca el autito; en la otra, manotea un billete de diez pesos y se lo apoya en la rodilla. Un gesto con la cabeza para que elija. Autito o billete. El chico va por los diez pesos. Pero después Pauls lo llama –“ey”–, le da también el autito y el chico sonríe. Hora cero.

IV.

Inflación acelerada. Limosna, propina. ¿Cuánto es poco, cuánto es mucho, cuánto es algo? O vi, o me contaron, o está por pasar: dar una ayuda en el subte con Mercado Pago. Ya casi no hay circulación de moneditas. Moneditas, eso que había en el auto o en el fondo de la mochila que se juntaba “para dar”. El Banco Central ya ha dispuesto hace tiempo retirar de circulación la totalidad de las monedas de curso legal de 25 centavos, 50 centavos, 1 peso y 2 pesos. ¿Recibirse, tener un negocio, un posgrado, un trabajo en blanco; cuál es el patrimonio, el piso del que decir “esto está hecho”? ¿Manejar un auto o poder pagar un uber? La categoría “préstamo hipotecario” está fuera del radar de los préstamos de los bancos. La experiencia de los créditos UVA –cuando el macrismo quiso anclar una “respuesta al problema de la vivienda” fue una experiencia fallida y el quilombo persiste en los que contrajeron deuda–, la experiencia del Procrear está destinada a la construcción y no a la compra. Hoy, en definitiva, en las pestañas de visualización de la web de cualquier banco lo único que figuran son préstamos para los gastos iniciales del alquiler. Las sucursales de los bancos van cerrando. O son el refugio de los últimos, de los que no tienen dónde parar, y pasan la noche junto a los cajeros.

Una relación con lo familiar: esperar que se mueran para heredar. Cocinar el lobo para atrás. Democracia de cuánta gente se compró su casa laburando en los últimos ¿cinco? ¿diez? ¿veinte años? Cuando el sueldo del trabajo es un patrimonio y cuando no. Clase media de resumen de tarjeta a resumen de tarjeta. Vamos viendo. Clase: vamos viendo. Lobo, estás. Hasta la próxima.

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