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26 de enero 2024

María Zentner

MENSAJE EN UNA BOTELLA

Tiempo de lectura: 7 minutos

Hace unos años, entrevisté a Laurie Anderson. La nota se hizo telefónicamente. La duración estuvo establecida de antemano: teníamos siete minutos para ¿charlar? Ella fue muy cálida y amorosa y sus respuestas fueron profesionales y atinadas. Pero yo colgué el teléfono (sí, colgué: la hice desde un teléfono fijo) tras esos siete minutos –que se sintieron cuatro– con una enorme desazón. ¿Qué había sido ESO? Desde luego, una entrevista no. Me quedé mirando el cuaderno con mis preguntas, algunas de ellas habían sido respondidas. Pero la sensación de que algo no estaba del todo bien ensombrecía lo que debería haber sido un momento de alegría. O sea: ¡acababa de hablar con Laurie Anderson! Ese día atravesé mi primera gran crisis profesional.

Alterada como estaba, acudí a dos personas de confianza: mi editor de ese momento y una de mis mejores amigas, que es una música muy prestigiosa. Cada uno, desde su perspectiva, intentó calmar una angustia que crecía minuto a minuto, a la vez que argumentaban a favor de la profesión: que el diálogo siempre es válido; que los artistas igual aprovechan ese espacio de puesta en común, además de la difusión de su trabajo; que muchas veces de esas notas también salen cosas enriquecedoras; que.

Yo no lograba encontrar consuelo en nada de lo que me decían. Mi cabeza seguía enfrascada en una furia que me costaba contener. ¿Qué carajo había sido esa “nota” de siete minutos? ¿Para qué sirve una entrevista que ya sabés de antemano que no va a permitir ninguna profundidad? ¿Por qué los artistas (en general, los más consagrados) se exponen a ese tipo de acciones de prensa en las que los sientan a hacer una serie de notas, una después de la otra, todas iguales o igualadas por esa extensión ridícula e intrascendente? Sentía la bronca, crocante, entre los dientes.

El “qué” cedió su lugar al “cuánto” porque existe la noción extendida (y bastante verdadera) de que este mundo fragmentado y expansivo atenta contra la posibilidad de mantener la atención sobre una cosa más de unos segundos

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Poco tiempo después, el día del show que había sido la excusa para el intercambio con la buena de Laurie, viví una revelación: una tras otra, todas las respuestas a las preguntas que con tanto esmero había preparado unos días antes y que tan amargamente había tenido que descartar tras la brevísima conversación, todas, toditas, estaban ahí. En la obra.

En mis épocas más obsesivas, cuando preparaba una entrevista leía tantas, pero tantas otras, que en un momento llegué a la posmodernísima conclusión de que era posible armar una nota sin hablar con la o el artista en cuestión. Que todas las respuestas ya estaban dadas. Salvo, claro, cuando presentaban trabajos nuevos. Ahí había nuevas preguntas y nuevas respuestas que, pronto me fui dando cuenta, la mayoría se podían rastrear en la obra. Lo que había que tener era tiempo y ganas de escuchar, ver, atravesar, desmenuzar, poner en contexto, dejar que te hable, te sorprenda, te interpele. Eso es la crítica.

El 17 de enero, el mundo de la música se sacudió con el sorpresivo cierre de la revista Pitchfork. En realidad, no se trata de un cierre en el sentido estricto del término: la absorbe la revista GQ. No sé qué es más triste. La cosa es que ese medio que aportó un estilo de producción de textos y de vínculo con la industria durante casi 30 años no existirá más tal como lo conocíamos. La noticia estremeció especialmente al ámbito del periodismo musical porque claro: este cierre/absorción no es otra cosa más que el corolario de una derrota que venimos sufriendo las y los periodistas desde hace varios años. Una degradación de la profesión que empezó hace tiempo y se reprodujo al compás de la deformación de todo lo que es “comunicación” en esta nueva era de la inmediatez.

Por otro lado, toda esta proliferación de estímulos que ofrecen las plataformas puede ser excitante en un comienzo, pero transformarse en algo agobiante en el cotidiano. ¿Cuántas veces nos quedamos mirando el inicio de Spotify sin saber qué poner?

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A propósito de este tema, el crítico e historiador musical Ted Gioia publicó en su boletín The Honest Broker este texto (que luego fue traducido y replicado acá). Gioia se pregunta por qué el periodismo musical está colapsando y arriesga un diagnóstico que apunta a la industria de la música en general. Su teoría es que a nadie le interesa ya que se escriba sobre música básicamente porque a la industria no le rinde propiciar el desarrollo de música nueva. Como consecuencia, se ve una pauperización de contenidos que tiene un efecto sobre todos los actores que la integran. En esa volteada, el periodismo musical es una víctima ineludible: “Si la gente no escucha música nueva, no necesitan reseñas musicales. Y no necesitan entrevistas con estrellas en ascenso. O listas de lo mejor del año. O cualquiera de las otras cosas que quienes escriben sobre música hacen por sus lectores”. Gioia asegura que el modelo de negocios que en la época de los formatos analógicos se retroalimentaba por la acción de todas las partes que intervenían se desnaturalizó con el streaming y la posibilidad de tener todo a un solo click. Músicos, sellos discográficos, distribuidores, tiendas de discos, medios musicales asisten impávidos al derrumbe de los cimientos de su actividad con muy poco poder de reacción, más allá de recortes, cierres y despidos.

Durante décadas, el periodismo musical se encargó de ordenar de alguna manera toda la producción que iba apareciendo. Las personas recurrían a la prensa especializada antes de ir e invertir su dinero en tal o cual disco. Los artistas se preocupaban por la difusión en según qué medios, había una legitimación que partía de ese vínculo: ¿qué músico de rock (y aledaños) no sueña o soñó con salir en la Rolling Stone? Ahora… bueno. Muchos están quizás más preocupados por el engagement que tuvo su último video en TikTok. Las plataformas de streaming brindan la posibilidad de escuchar el disco nuevo de tu artista favorito ni bien sale y además de eso, toda su discografía. Todo está ahí, no hace falta ni siquiera moverse para poner play. Lo tenés en la mano. La difusión se hace de manera directa, las redes sociales mataron al intermediario, ¿para qué exponerse al incordio de una entrevista? Y, en el otro extremo de la cadena, ¿por qué alguien leería una opinión de otra persona sobre un disco pudiendo apretar un botón y sacar la propia conclusión? La realidad es que el presente atenta contra el periodismo musical que vive hoy su momento más existencialista. ¿Para qué servimos? ¿Queda lugar para la reflexión en un mundo signado por la reacción?

Es bastante poco auspicioso el panorama, pero yo me niego a tirar la toalla. Creo que poder parar y pensar y escribir (hacer) fuera de los tiempos de inmediatez es una prerrogativa que todavía tenemos. Sobre todo cuando todo está dado. Si a la música la escuchás en tu celular y al show lo podés ver desde tu cama, no hace falta que nadie te lo cuente. La parte descriptiva de una crónica perdió hoy bastante de su sentido. Las cosas son y están ahí, no hay mucha vuelta que darle. Pero justamente por lo accesible, por lo infinito y excesivo y desbordado que es el universo cultural en estos días, siempre puede resultar interesante una mirada que rodee el objeto y lo cuente desde un enfoque particular. Que aporte otro tipo de datos, contexto, vectores de pensamiento. Que cubra otros espacios. Que proponga otras preguntas. Que enfrente esa obra a otras discusiones posibles. Que incluyan al lector en esa conversación.

Quizás lo más difícil de esa propuesta sea que las partes encuentren el tiempo para dedicarle. Del lado del periodista, es cada vez más difícil brindarle energía y recursos a algo que seguramente se pague muy pero muy por debajo de la dedicación que una entrevista o una crítica seria requieren. Cada vez hay menos medios y el oficio va transformándose en una actividad cada vez menos rentable y muy difícil de mantener como principal fuente de ingresos. La profesión se fue empobreciendo a instancias de las empresas periodísticas que se acomodaron a las exigencias y las normas del mercado de la manera más sumisa. Cantidad de vistas, clicks y reproducciones dejaron totalmente de soslayo el aspecto cualitativo del trabajo. Igual que lo que ocurre con la música, se mide el éxito de una nota en parámetros mensurables cuantitativamente. El “qué” cedió su lugar al “cuánto” porque existe la noción extendida (y bastante verdadera) de que este mundo fragmentado y expansivo atenta contra la posibilidad de mantener la atención sobre una cosa más de unos segundos. Todo es velocidad, números y métricas.

Más allá de los obstáculos que imponga la industria y sus maneras de hacer. Y nuestra función es seguir estando ahí para escucharlos, pensarlos y contarlos

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Pero todavía existe una porción del público que está dispuesta a perder el tiempo. Y existen consumidores que ante la avalancha de información, se interesan en un orden más sensible que el que brinda el algoritmo. Para eso recurren a voces que les resultan interesantes o confiables. Por otro lado, toda esta proliferación de estímulos que ofrecen las plataformas puede ser excitante en un comienzo, pero transformarse en algo agobiante en el cotidiano. ¿Cuántas veces nos quedamos mirando el inicio de Spotify sin saber qué poner? Ante esa situación, yo en general voy a lo seguro. A mis clásicos. Salvo que haya leído algo por ahí sobre algún artista que me haya llamado la atención. “Confiá en la música, no en el negocio”, (nos) invita Gioia en su nota, mientras vaticina que, tarde o temprano, a la industria se le va a terminar este veranito de la nostalgia que la tiene recurriendo, desde hace unos años, a la explotación de viejos éxitos del pasado. Y entonces tendrá que volver a impulsar música nueva. Música que, por otro lado –y aunque ahora a esa industria no le interese difundir– nunca dejó de aparecer.

Antes de empezar a escribir estas líneas, volví a leer la entrevista con Laurie Anderson. La nota salió publicada el 20 de octubre de 2017. Es esta. Esa relectura me sorprendió porque de todo el asunto, mi memoria había retenido solamente la enorme desazón y la angustia profesional primero, y el shock casi epifánico, después, durante el show. Pero no recordaba nada de las declaraciones que ahí aparecen. Mi conclusión es que los artistas siempre tienen algo para decir. Aunque sea en siete minutos. Más allá de los obstáculos que imponga la industria y sus maneras de hacer. Y nuestra función es seguir estando ahí para escucharlos, pensarlos y contarlos. Aunque muchas veces parezca que nuestras voces son como ese árbol que se cae en un bosque. O un mensaje tirado al mar en una botella.

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