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29 de septiembre 2021

Martín Prieto

Escritor, profesor de Literatura argentina en la Universidad Nacional de Rosario.

EN ESPERA DE UN PRODIGIO PARA QUE NOS VOLVAMOS A VER

Tiempo de lectura: 7 minutos

Mientras estábamos conversando, de cocina a comedor, como si fuese de escritorio a escritorio, acerca del título de una serie de realizaciones audiovisuales que finalmente se llamó “Las cosas queridas” vimos, como confirmación del nombre elegido, un video de Mercedes Sosa interpretando en Suiza, en 1980, un poema de Armando Tejada Gómez, musicalizado por César Isella: “Canción de las cosas simples”. Mercedes, antes de entrarle a la canción, le habla al público de Cesare Pavese. Dice: “el poeta finge no conocer lo que ya sabe”. Así que aquellos pocos espectadores (según puede verse en el recorte de cámara) de aquel concierto de Mercedes no solo se llevaron el prodigio de su voz sino también la discreta recomendación para que fueran a buscar la cita y leyeran el soberano artículo de Pavese, “Poesía es libertad”, firmado en 1949 y publicado póstumamente en 1950, del cual, tal vez, pudieron extraer esta grandísima lección, en este caso en versión de Elcio de Fiori:

El pionero y el epígono. El primero inventa, comprende y pasa a otra cosa; el segundo, impresionado por la manifiesta y ambigua fascinación de la tierra hasta ayer desconocida, vuelve a ella y allí se demora; se construye la casita, cultiva el huerto y hace las conservas. A veces se pasa toda la vida, entre el respeto y el aplauso de sus semejantes, sin darse cuenta de que a sus conservas les falta el gusto de la tierra, del agua y del cielo. Es un literato. Casi siempre lo sabe y se jacta de ello. Mejor así, por lo demás, que verlo desesperado: el literato que se desespera, es decir, que empieza a lamentarse, no se vuelve poeta sino peor literato.

Mercedes, antes de entrarle a la canción, le habla al público de Cesare Pavese. Dice: “el poeta finge no conocer lo que ya sabe”

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Canturreando los versos de Tejada Gómez (“Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas/ Lo mismo que un árbol/ Que en tiempo de otoño se queda sin hojas/ Al fin, la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas/ Esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón/ Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida/ Y entonces, comprende/ Cómo están de ausentes las cosas queridas”) fui a la vinería de Santa Fe y Maipú y me encontré con que una bodega había vuelto a sacar un vino que tomábamos en casa de los Beceyro, en Colastiné Norte, hace ya casi treinta años. Los Beceyro son Marilyn Contardi y Raúl Beceyro. Y la marca, la etiqueta, la lectura del nombre de ese vino, como en una ensoñación, me hizo acordar de ellos. De su casa, de su patio, de sus gatos, de sus asados, de esas largas conversaciones sobre amigos en común, sobre política, sobre libros, sobre cine. Un viaje, a la presentación de los poemas completos de Juan Manuel Inchauspe, que incluían uno que nos aprendimos de memoria, como si fuese una oración litúrgica: “Adentro/ mi hijo pequeñito duerme todavía/ duerme y sueña y vuela./ Yo en cambio sigo aquí/ encadenado a esas palabras que no vienen”. Otro viaje, a la presentación de la obra completa de Juan L. Ortiz. Otro, a un encuentro organizado por la Universidad. Y cada vez, una visita a lo de los Beceyro. A confirmar, por si hiciera falta, que, además de grandes asadores (un mediodía de verano y por supuesto de calor comí en Rincón una tira ancha y gorda asada por Hugo Gola que desde entonces se convirtió para mí, modesto cocinero de terrazas, en modelo primero y en mito después) los santafesinos eran delicados catadores de vino. Al punto que una vez, en una noche de invierno, tan fría, es cierto, que tuvimos que comer con las camperas puestas, vi, ante mi sorpresa, que los vinos tintos –también había participado, como espectador, de su exhaustiva selección y compra– eran puestos alrededor de la única estufa de la casa para que adquiriesen la temperatura ideal que reclamaba su toma. Y también íbamos a escuchara Marilyn, a quien admirábamos desde que habíamos leído apenas un anticipo de sus poemas en un número de la revista Punto de Vista, en 1980:

Me gustaría poder decir:/ “a cup of tea” como dicen los ingleses,/ apretando “tea” entre los dientes/ hasta hacerla vibrar como una escama del aire/ pero no puedo/ y mi “taaazaa de tée” con sus vocales amplias/ se asienta con su blancor de porcelana/ sobre la mesa oscura, y se abre/ como el nenúfar en sus aguas de espejo/ bajo el cielo estrellado.

Marilyn Contardi en Colastiné Norte, Santa Fe, 2018. Foto de Enzo Mansilla.

Unos poemas, diría Tejada Gómez, de pequeñas cosas. Y unas conversaciones a las que volvemos como a los viejos sitios donde se amó. Porque, nos parecía a nosotros, había una singular relación entre el trato siempre amable y afectuoso de Marilyn y sus poemas. Algo, que no ocurre siempre, reunía a la obra y a la poeta quien, al conversar con nosotros, parecía estar tomándonos de la mano, como nos la tomaban, también, sus elusivos poemas de familia y duelo:

De vuelta de Tebas, Edipo,/ conmovido por la revelación de su destino/ cayó arrobado junto al río que arreaba/ flores de nísperos, hojas de vid,/ como constelaciones en la noche clara./ Así una tarde vi apearse del Whippet polvoriento/ al hombre sonriente de vuelta de la ciudad,/ el sombrero en una mano y la gran/ caja de alfajores en la otra.// Así otras veces he visto/ el astro que cruza el cielo/ iluminar la casa y encender la noche/ sobre los negros campos de maíz.

Unos versos que pueden leerse, en subjetiva, como una manifestación de la alegría de una hija que ve llegar a su padre de un viaje de trabajo, bajándose del auto, y que lo vuelve a ver, ya muerto, imaginativa o desiderativamente, en la luz de un astro que cruza el cielo oscuro y enciende por un momento la noche. Pero como no todo es reminiscencia y sensación, sino también composición y distancia, el poema, a su vez, puede ser leído, en objetiva, como un retrato del padre: de la felicidad de un padre al volver a ver a sus hijas después de unas horas o unos días afuera de su casa.

Un viaje, a la presentación de los poemas completos de Juan Manuel Inchauspe, que incluían uno que nos aprendimos de memoria, como si fuese una oración litúrgica: “Adentro/ mi hijo pequeñito duerme todavía/ duerme y sueña y vuela./ Yo en cambio sigo aquí/ encadenado a esas palabras que no vienen”

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Antes de ir a la vinería y de ponernos a conversar sobre las cosas queridas estaba leyendo una de las prosas del libro de Gabriela Saccone, Del pasillo. Cuenta que su madre le había comentado que en internet podía verse, por una cámara fija, el río Paraná “a la altura de las playas de un club náutico”. Gabriela descreyó de la información, pensó que la madre se equivocaba, o se confundía. Pero, al fin, como se trataba de su madre, fue y probó. Y, en efecto, encontró que había una webcam sobre la playa del Club Náutico Sportivo Avellaneda. Hecho el descubrimiento se preguntó a quién se le ocurriría ponerse a ver lo que registraba dicha cámara. Luego, por supuesto, fue ella quien se interesó:

Y descubrí que a mí me interesaba y me puse a mirar en distintos momentos la imagen de la playa, gente moviéndose y nadando. Zambulléndose en el río. Esto pudo haber sido algo por comenzar, contaría, por ejemplo, cuántas mujeres se mojan solo los pies en el río, cuántas ponen su silla playera petisa de cara al sol, cuántas de espalda, y cuántas se meten en el agua hasta que solo la cabeza queda afuera, allá, pegada a las boyas. Cuántos hombres se meten cautamente para zambullirse después de un golpe como pidiendo pasar inadvertidos y salpican sin cuidado al de al lado que los mira con desprecio, y cuántos se paran a charlar con las de las sillas. Cuántas niñas, cuántos niños, cuántos flacos, cuántos gordos, cuántos calvos, cuántas rubias, cuántas morochas, cuántas eligen la parte profunda, cuántas la parte playa, cuántas usan ojotas, cuántas andan descalzas, cuántas zapatillas, cuántas usan auriculares, cuántas leen, cuántas miran el horizonte, cuántas, cuántos. Cuando esté sola y cuando esté en el espacio tiempo que pretendo, continuaré mi estadística para producir un mundo semejante a lo visto y concluir que el cosmos puede simplificarse en un pedazo de playa de una ciudad del cono sur a la vera de uno de los ríos más anchos del mundo.

Gabriela Saccone en Rosario, 2000. Foto de Fernanda Forcaia.

La poeta miró un rato y como de algún modo ya supo lo que iba a ver, porque entre otras cosas ya lo había visto, calibrado y escrito en algunos de los buenísimos episodios de Medio cumpleaños, su libro anterior, a medias de familia y a medias fluvial, dejó de mirar y armó, de memoria, un extraordinario e irónico inventario sociológico, que debemos agradecer a la mamá de la poeta quien, como el Rengo a Silvio Astier en la famosa escena de El juguete rabioso, le “bifurcó” a Gabriela la idea de ir y mirar desde la computadora de su casa la aburridísima escena de playa de un club de la costa del Paraná, y a partir de ahí prometernos un mundo. Gabriela, de paso, también tiene, en Medio cumpleaños, como Marilyn, un poema de duelo y de familia a la vez, dedicado a la memoria de su tío: “A Nadir Faini, in memoriam”. Tres mujeres abrazadas miran morir a un hombre (“su respiración suena como el frotar lento/ de un trapo contra la madera: agotados/ los brazos parecen ramas inútiles”) al que habían amado “como, seguramente/ Salgari había amado ese nombre”. Hay algo, en ese hermoso poema de Gabriela que parece cargado por la misma afectividad de algunos de los poemas de Marilyn. Uno, sobre todo, que devela el sentido impensadamente futuro de todos los poemas de duelo y despedida. Su clave no es, como cabría esperar, el recuerdo, sino el esperanzador prodigio de que nos volvamos ver:

Han pasado muchos años,/hermana/ ¿cómo los hubiéramos pasado juntas?//¿Y cuando mirábamos/ volar las golondrinas/ sentadas en el borde de la galería?// Golondrinas… Eran golondrinas,/ ¿no es cierto?// ¿Tendrá que suceder otro prodigio/ como el que nos trajo aquí/ para poder verlas de nuevo/ las dos juntas, otra vez?

Bibliovideografía:

Cesare Pavese. “Poesía y libertad”. Traducción de Elcio di Flori. En línea: https://www.airesdelibertad.com/t32423-poesia-es-libertad-por-cesare-pavese

Armando Tejada Gómez y César Isella. “Canción de las cosas simples”, interpretado por Mercedes Sosa. Acústico en Suiza, 1980. En línea:

Juan Manuel Inchauspe. Poesía completa. Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 1994

Marilyn Contardi. En constante inconstancia. Obra poética. Eduner, Paraná, 2018.

Gabriela Saccone. Del pasillo (incluye Diario de la dachay Medio cumpleaños). Vox, Bahía Blanca, 2015.

Roberto Arlt. El juguete rabioso. Editorial Latina, Buenos Aires, 1926.

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