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05 de diciembre 2023

Diego Labra

LA GRASA DE LOS CAPITALES HUMANOS

Tiempo de lectura: 7 minutos

No diré nada, pero habrá señales del cambio de época. Apenas cuarenta y ocho horas habían pasado de las elecciones y ya proliferaban en redes sociales rumores y expresiones de deseo acerca de las empresas extranjeras que desembarcarían en el país gracias al nuevo clima propicio para los negocios: Dunkin’ Donuts, Pizza Hut, Hooters, Tesla, Amazon (bueno, Amazon no). No puede descartarse como hipótesis de trabajo que altas dosis de ideología sean capaces de distorsionar las papilas gustativas de una persona, pero lo cierto es que nadie viajado que haya probado un pote de Ben & Jerry´s comprado en un supermercado puede decir que es mejor que un cuarto de heladería artesanal de barrio, o que la pizza estilo neoyorquino es más rica que una buena porción de fugazzeta de Imperio. Pero, ¿ese es el problema, no? No solo falta capital simbólico, sino también plata para acumular millas.

Quienes nacieron en el siglo XXI, vivieron la mayor parte de su vida durante la década estancada y terminaron la secundaria o empezaron la universidad por Zoom sienten que se merecen sus propios años noventa, y quiénes somos nosotros para decirles lo contrario. Se teme que se reabra el litigio por los años de los setenta, pero la sociedad parece más preocupada por discutir la última década del centenio pasado. ¿Qué hacemos con Menem?, una pregunta cada vez más pertinente. Abro paréntesis. Si la mayor impugnación a los noventa y su tren de consumo es el 2001, ¿cuál será el futuro consenso historiográfico sobre el hilo rojo que va de 2013 a 2018 y 2023? ¿Se sopesará el costo social del viaje por Europa que hiciste en 2014 con la misma gravedad que los quince en Disney de la piba que cumplió años en 1996? No importa. “Cada generación quiere su momento de reventar la tarjeta”, escribió en este portal Lorena Álvarez, y no solo como una manera de ganarle a la inflación.

La casta empieza donde terminan las prerrogativas propias

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En el mismo texto, Álvarez juzga como“una sociedad muy adolescente” a aquella dispuesta a someterse al experimento mileista “si así llega a ese escalón de la vida donde por tener dinero y mostrarlo sos más feliz”, y me hace pensar que nos debemos una buena historia de la adolescencia en la Argentina. Una que vaya de “Los Jóvenes Viejos” de Rodolfo Kuhn a los hipersexualizados preadolescentes que protagonizaron las tiras de Cris Morena, de los años locos del Di Tella a los floggers, pasando por la juventud maravillosa.

La delimitación de ese período vital también ha demostrado recientemente una fuerte tendencia inflacionaria, al punto de amenazar con devorar toda una vida que va del tween al pendeviejo. ¿Cuándo empieza hoy la pubertad? ¿Cuándo te dan un smartphone con acceso a redes sociales, pornografía y demasiadas más cosas en nombre de poder tenerte siempre ubicado? No podía creer las cosas que decían mis alumnos de primero de secundaria, para quienes la ESI más que un derecho es una necesidad. Mis padres, nacidos en los sesenta y parte de probablemente la primera generación argentina que tuvo adolescencia, lo siguen siendo un poco. Fuimos criados por adolescentes que ahora son abuelos de nuestros hijos (de quienes los tengan).

Inseguro, inestable, desesperado por validación del grupo, un adolescente sabe bien que un par de zapatillas puede ser la diferencia entre ser popular o ser un paria. Con la mejor de las intenciones, mis padres decidieron cambiarme en el umbral de la pubertad a una escuela privada donde compartía aula con chicos y chicas con mucha mejor posición económica que la nuestra. Recuerdo que una pesadilla recurrente de esos años empezaba al formar la fila, donde me daba cuenta que mi calzado no tenían cordones. Pasaba el resto del sueño angustiado, temeroso de que alguien se diera cuenta de la carencia.        

¿Cuándo empieza hoy la pubertad? ¿Cuándo te dan un smartphone con acceso a redes sociales, pornografía y demasiadas más cosas en nombre de poder tenerte siempre ubicado?

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Este es el principio que opera detrás del deseo de bienes suntuarios que denoten una diferencia para con aquellos otros que no pueden acceder a ellos. Desde hace décadas, para la clase media con visa esos bienes son productos extranjeros baratos que se vuelven escasos, y por ende valiosos, una vez que se los saca de su contexto original y se los pasa, sin declarar cuando posible, por la Aduana del aeropuerto. Los tan mentados H&M o Primark distan de ser marcadores de estatus en el Primer Mundo. ¿Cómo podrían serlo marcas que vende un jean al mismo precio que cuesta sentarse a comer en McDonald’s? Recuerdo pasear por Berlín durante la liquidación posnavidad y ver a madres de hijas empujando carritos rebalsados de la ropa con la que renovarían el vestuario de la familia para el año entero. Pero para quienes no pueden viajar, ese mismo pantalón es un tótem aspiracional, una souvenir deseado que pondría a la vista de todos que uno se encuentra entre ese poco más de 1% de los argentinos y argentinas que cada año engrosan las filas del turismo emisivo que sale del país por Ezeiza y Aeroparque. La siempre vigente alegoría de la caverna platónica, solo que el fuego que proyecta las sombras es Internet y la silueta falsa la pone una prenda cosida por nenes en maquilas del Sudeste Asiático.

Objetos importados y baratos que supieron alguna vez ser marcadores de estatus: las remeras del Hard Rock Cafe, los buzos de Gap o las orejas de Mickey que no compraste en el parque porque es más caro, pero igual tu prima no se da cuenta porque nunca viajó afuera. UNIQLO, Aéropostale, Superdry, y la marca que sea que esté de moda ahora. ¡Rápido! Hay que instalar lo que viene, lo que todavía no se consigue en el Unicenter. Para cuando las vidrieras de calle Avellaneda se llenaron de camperas de canelones, ya era demasiado tarde. La prenda perdió su poder de distinción.

En una sociedad argentina donde, como señaló con tino Mayra Arena, “la discriminación puede empezar en las facciones indígenas [pero] solo se acentúa si hay rasgos de clase”, un camperón Adidas puede ser lo que distinga a “un negrazo piola” de un “nword sospechoso”. La diferencia entre que pase de largo el patrullero o te levanten por portación de rostro. ¿Qué es ser clase media en el país mestizo de crisis económica crónica, casi nulo crédito hipotecario, universidad gratuita pero profesionales con sueldos pulverizados donde todo esfuerzo se desvanece en el aire? Quizá alcance entonces con parecer serlo a través de la ropa que vestimos, los objetos con que decoramos nuestra casa, las fotos que subimos en nuestras redes. El dato que nos falta para sacar la medida de la sociedad argentina, un Aleph estadístico: ¿cuántas toneladas de tintura rubia se consume anualmente en el país? De ahí la potencia simbólica de ese otro gran significante en la constelación conceptual macrista, volver al mundo. Es decir, que el mundo y su cosas vuelvan a tu placard.

Nombrar a las cosas detenta mucho poder, decían las brujas y Michel Foucault, y eso quedó demostrado ampliamente en esta campaña. “Por supuesto que en todo hay más que economía. Y la palabra ‘casta’ organiza ese algo”, señaló Martín Rodríguez en su análisis poselectoral. Un concepto cuya potencia no reside en su precisión, sino todo lo contrario. Es una canasta donde caben todas las injusticias y transgresiones que nos ofenden. Hay consensos por arriba: el vacunatorio vip y el cumpleaños de la Primera Dama son a todas luces casta. Pero para quien se gana el mango día a día en la calle, el empleo público asegurado de quien pudo darse el lujo de campear la ASPO tipeando calentito en su casa puede parecer un privilegio insoportable. Mientras, a ese mismo empleado público, que quizá heredó el puesto de su viejo, que tal vez votó a Milei, lo indignan a la vez su jefe que tiene un cargo político y el puntero de un barrio que queda a treinta cuadras de donde vive, pero solo conoce por televisión. La casta empieza donde terminan las prerrogativas propias.

Quienes nacieron en el siglo XXI, vivieron la mayor parte de su vida durante la década estancada y terminaron la secundaria o empezaron la universidad por Zoom sienten que se merecen sus propios años noventa, y quiénes somos nosotros para decirles lo contrario

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En una sociedad empobrecida se contagia fácil la sospecha y la mezquindad. No solo se devalúa la moneda, sino que con ella vale cada vez menos el esfuerzo individual. Si yo me rompo el crisma laburando y aun así no tengo lo que merezco, ¿por qué lo tiene ese otro? ¿Y si lo tiene justamente porque me lo sacaron a mí? La satisfacción de las necesidades capitalistas básicas como un juego de suma cero. Ahí también se encuentra la madera con que está hecha el escudo de Baglini con que los indignados defienden su voto. Del “eso no lo va a hacer” de la boca para afuera a la convicción internalizada que uno está protegido de la motosierra por virtud de la prepotencia del propio trabajo. La casta es el otro, hasta que se demuestre lo contrario. 

Aunque no nos demos cuenta, nos definimos a nosotros mismos dialécticamente, con/contra otros. En el país de la nueva década perdida cada vez alcanza con menos para poder considerarse de clase media. O, lo que es lo mismo, en Argentina ser de clase media cada vez significa menos. En ese sentido, no hace falta mucho análisis para identificar que el imaginario de progreso mileista no es uno de ascenso social, sino de consumo de clase baja primermundista. De nuevo, Dunkin’ Donuts, Pizza Hut, Hooters, Amazon. Fast food y consolas de videojuegos para unos, liberación de las fuerzas financieras para otros. ¿Gozaremos también de otras mieles de la clase media estadounidense, como endeudarse de por vida para poder estudiar en la universidad u curar a un hijo enfermo? La dialéctica del amo y el esclavo en el país del fútbol, donde la burguesía cipaya dirime sus planes de dominación durante domingos de picadito y asado en la quinta Los Abrojos. ¿Dónde empieza y termina lo nac&pop en la Argentina? La querella contra lo nacional como una parte constitutiva de nuestra cultura, que va desde el rechazo de plano de la envejecida generación del 37 a la primera parte de Martín Fierro a las respuestas autoflagelatorias de argentinos contra un hilo elogioso en Twitter escrito por una turista extranjera satisfecha. Un clásico de las élites de países en vías de desarrollo que se derrama y es compartido por sectores cada vez más amplios de la sociedad. Mi tía me dice qué bien se viaja, así da gusto, a bordo de una formación del Cercanías en Madrid más antigua y menos cuidada que el Mitre renovado al que nunca se subió. Renegar de lo propio como reacción quizá natural a un empate eterno de las fuerzas que pugnan por la hegemonía. ¿Qué relación es más tóxica? ¿La de aquel que sigue creyendo contra toda evidencia que las cosas pueden mejorar? ¿O la de quienes se pelean a muerte con algo que llevan dentro y no pueden borrar ni siquiera aunque quisieran? Otro libro por escribir: la historia del odio de los argentinos hacia la Argentina. Excusas para escribirlo no van a faltar.