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20 de noviembre 2023

Martín Rodríguez

INFLACIÓN CÍVICA

Tiempo de lectura: 5 minutos

¿Contra cuántas cosas se votó? ¿Cuarenta años de democracia se plebiscitaron en las elecciones de ayer? ¿El “consenso democrático”? ¿La elección más importante en cien años? ¿Si lo que estaba en juego es la democracia entonces un 55% dio un “autogolpe”? Somos inflacionarios por naturaleza. Pero acá podríamos, más que desdramatizar, como dijo un viejo amigo: “mojar el gato para ver el tamaño real”. La parte extorsiva de la campaña mezclaba hacer pasar esta elección por un plebiscito de la democracia. ¿Y ahora qué tenemos que decir sobre esto? Lo que pasó ayer se podría decir así: este peronismo habló con la democracia y la sociedad le contestó con la crisis. Ni más ni menos. Propuso un bosque de temas, llenos de imágenes de glorias pasadas y derechos universales y la sociedad siguió agarrada al árbol vital de la economía.

Por supuesto que en todo hay más que economía. Y la palabra “casta” organiza ese algo. ¿Qué pasó estos cuatro años además del mundo roto? La política oficial se dio todos los lujos: hasta el de pelearse a cielo abierto. La palabra vip (cumpleaños de primera dama, vacunatorio de kirchneristas), la negativa a cualquier gesto demagógico anti político, el boicot que volvía inviable cualquier reforma, el tabú de ajustar algo, el privilegio del sueldo estatal asegurado en medio de la informalidad se tornaron el espectáculo dantesco. Y para expresar el dolor, la grieta funcionó como teatro falso: la política representándose a sí misma. En el país peronista los únicos privilegiados son los políticos, dijo gran parte del pueblo chocado.

Se desmorona estos días el proyecto de la posconvertibilidad. Se vuelve a proponer un camino que se anticipa difícil, doloroso, inviable, caótico. Empezó la transición de mandos y la principal discusión tras cuarenta años de democracia es a cuánto llevar el dólar. Dos presidentes, el que se va, el que llega, como dos cambistas en una cueva de una galería de la calle Florida. El nuevo gobierno tendrá aliados objetivos, se dice cuando se nombra una cosecha récord o la ventana de oportunidad del litio. Tendrá motosierra, y en esa metáfora se saborea o anticipa dolor. Tendrá revanchas simbólicas en nombre de los que votaron a Milei sin nada que perder. Cada uno subido a su rama sin terminar de saber por qué rama pasará la sierra. Hoy habrá personas levantadas con esperanza, pero muchas, de todos lados, se levantaron con el culo en la mano. La preocupación general.  

Pactos, congresos, convenciones, suenan al viejo polvo del siglo XIX. Y a la verdad eterna del XXI: a la casta se le gana con casta

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La Argentina tuvo ayer la expresión electoral de una abrumadora mayoría que le dijo que no al peronismo kirchnerista, a Massa, Cristina y Alberto. El peronismo que se negó a sí mismo un cambio, un giro sensato, una reparación de la macroeconomía, o, básicamente, un ajuste con control de daños, ahora incubó en ese ajuste que viene una revancha contra él mismo. La sociedad cambió y el peronismo no. Milei trae una dimensión desconocida, abre con la forma de un abismo la ventana de una época, y rompe la inercia de impotencia al régimen de esta grieta en el que se votaban gobiernos para que nada cambie. Una Argentina achicada, sobre-narrada, aturdida en su empate eterno, que confundió gobernabilidad con “modelo”. Ahora nos proponen un modelo, pero no sabemos con qué gobernabilidad.  

Massa, el más profesional de todos, como se dijo, perdió. ¿Razones? Ahora todas son razones. Ahora la revisión de su campaña será como leer “Crónica de una muerte anunciada”. Iba al muere. Tanto arrumaco progresista del último tramo, ese Massa rodeado de “artistas”, ese Teatro Colón cantándole la marcha peronista al candidato libertario, ese Massa saltando rodeado de chicos del Pellegrini, pareció evidenciar en esa recta una última foto: la de una elite de salvados que resisten el cambio de régimen del lado de adentro. El discurso caminó sobre el asfalto de una prosa bienpensante que en la escasez de argumentos concretos proponía plebiscitar la democracia. ¿Economía? ¿Inflación y pobreza? “Somos la vida, somos la paz”. El peronismo kirchnerista quiso decir que él es la democracia, los derechos humanos, todas las gratuidades. Que se iba a votar eso. ¿Y ahora? ¿Con qué se procesa la grandeza del sentido electoral en la derrota? ¿Entonces el pueblo rechazó “todo eso”?

Probablemente el salto de justicia en 1983 supuso una reivindicación de las víctimas por lo universal que tienen. No venía ese primer gobierno radical a redistribuir la renta, sino a distribuir justicia. No trataba de reponer la causa particular de las víctimas. El consenso era más universal en su extensión por la reivindicación universal de esas víctimas. El giro comenzado en 2003 incluyó una reivindicación más política de las víctimas, y lógicamente arriesgó en eso perder fuerza más allá de los círculos concéntricos de la memoria. Una cosa era el rechazo de plano a la tortura, asesinato y robo de bebés sobre una persona, otra es la consideración sobre el proyecto político de Montoneros o ERP, terreno de mayor debate. Pero no se trata sólo de “vetar” ese sesgo, sino, en tal caso, de que la identidad peronista (en cuyas filas se cuentan las mayorías de las víctimas) debía al menos comprender ese alcance más conflictivo del “nuevo consenso”, los que quedaban afuera no por ser “procesistas”, sino por no tener lazo de sangre con la tragedia. Y sin embargo también es absurdo suponer que el 55% que votó a Milei votó a favor de Videla. Mucha gente votó suponiendo que su vida, sus valores, sus afectos, su bolsillo, están afuera de ese horizonte simbólico oficial. Los que no saltan en los patios del Pellegrini ni van al Colón ni esperan que Darín encarne su historia. El viejo país de la movilidad ascendente hace años vincula su ideal de progreso con la capacidad de privatizar su vida. Del hospital público a la obra social, de la obra social a la prepaga. La movilidad social ascendente por mano propia. Por eso el brillo visual del votante de Rappi. El trabajador y su herramienta a la intemperie. El que no le debe nada a nadie. La meritocracia le gana al Estado te salva, porque ni Perón se negaba a valorar el esfuerzo individual como valor.

Cada uno subido a su rama sin terminar de saber por qué rama pasará la sierra

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Macri entre el bridge, las internas de Boca, su retiro espiritual con cara rota de yo-no-fui ante el desastre nacional y la venganza paciente sobre su viejo partido y sus camaradas, hizo prosperar su vínculo con un Milei que expresó el subsuelo sublevado de sus ideas. El “Pacto de Acassuso” se escribe en la serie de pactos de casta democrática: el “Pacto de Olivos” con que Alfonsín y Menem tramaron nueva constitución y reelección presidencial en 1993, el “Congreso de Lanús” con que Duhalde rompió para que Kirchner no compita en internas con Menem en 2003, la “Convención de Gualeguaychú” con que Ernesto Sanz empujó al radicalismo al acuerdo con Macri en 2015. Pactos, congresos, convenciones, suenan al viejo polvo del siglo XIX. Y a la verdad eterna del XXI: a la casta se le gana con casta.

A Milei lo votó mucha gente que quedó sola y rota. Incluso muchos votantes parecían los votantes de Baglini, repetían “eso no lo va a hacer”, en mesas y chats para moderar los bordes temerarios de las propuestas libertarias. Milei no tiene razón, pero sus votantes sí. La noche del triunfo Viviana Canosa pretendía anticipar el tono del discurso del presidente electo: “Milei no puede tener un discurso standapero, ahora es el presidente de un país dividido”, dijo. Pero Milei ganó como es. Ganó porque hay división. Ganó subrayándola. Sin moderarse nada. ¿Baglini? ¿Quién te conoce? Ganó mostrando que detrás de la grieta hay una fractura. Milei conectó con algo profundo y oscuro. Jugamos a la grieta mientras el león no estaba. Vendrán muchos a hablar de “ultra derecha internacional”, pero Milei se paró sobre la fractura de la sociedad, seguramente para terminar de abrirla, de romperla, de destrozarla.

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