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31 de julio 2021

Juan Di Loreto

LA CIUDAD AUSENTE

Tiempo de lectura: 3 minutos

“Alicia lo siguió, sin pensar en cómo se las arreglaría para salir de allí”.

Lewis Carrol

La geografía cambia pero los tangos quedan. La ciudad nos corre de todos lados al mismo tiempo que nos necesita. Todos van contando su condena. Ahí va el ejército de las bicicletas fosforescentes. Ya deben saber que la organización vence al tiempo, pero hay que tener tiempo para organizarse. ¿Usted hace cuánto que miró a alguien a la cara? Operación Miseria: hay un precarizado que vive. Llega, entrega el paquete y se va. El lazo de intercambio está más vivo que nunca y más frágil que nunca. Tenemos un empleado por lo que dura el trayecto del pedido.

En nuestro nuevo mundo, las aplicaciones también tienen el “hechizo” de toda mercancía: ocultar el esfuerzo que las produce. Agarrás el teléfono y pedís algo. Y listo. A nuestro touch en la pantalla le corresponde todo un trabajo que las apps borran. La lógica de crear cosas conserva su verdad de hierro: hay cuerpos que trabajan. Incluso las aplicaciones con utilidades más intangibles -una app de tiempo, de música, etc- son el fruto de anónimos ingenieros y desarrolladores que entregan su tiempo: ¿quién vio un comando de Python? Es inevitable, claro, pero no hay que dejar de recordarlo. Marx llamaba a este fenómeno “fetichismo de la mercancía”. Esa función la ha retomado y exacerbado el mundo digital. Siempre se está borroneando ese tiempo que el trabajador, desde el más precario hasta el más senior, entregan y no vuelve.

Operación Miseria: hay un precarizado que vive. Llega, entrega el paquete y se va. El lazo de intercambio está más vivo que nunca y más frágil que nunca

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Al modo del cuento de Borges, “Tlön, Uqbar, OrbisTertius”, el mundo de las apps ha avanzado sobre el antiguo mundo simbólico y se ha transformado en nuestro nuevo mundo. Es el mundo de “lo útil”, de lo que tenemos “a la mano”, diría Heidegger. Lo que usamos (y nos permite) movernos y referenciar todo lo que nos circunda.

Por eso mismo ya no se trata de una “cuestión de marketing”, de cómo se oculta la forma de producción. No vivimos un maquillaje del mundo. Acá no hay nada del orden de lo superficial. El mundo que cabe en la palma de nuestra mano es nuestro mundo. Casi seguro que puede contar los artículos que leyó en papel y no superan los dedos de las manos. No ha dejado de existir el mundo del papel, amamos subrayar un libro, llevarlo a todos lados. Ese mundo no se va a extinguir. No se trata de decir al modo posmoderno: el fin del mundo material, el posmundo… sino de mostrar cuál es la lógica que impera y se reproduce.

El mundo ya está en otro registro. Nos atrae y nos repele como en cualquier otra época de la historia. Es el clásico mundo de la explotación, pero también el que nos da el confort de tener todo a la mano. Pero hay algo de lo que estamos seguros: la interfaz de las aplicaciones vino un poco a llenar el paisaje de un mundo oscuro, donde es difícil imaginar futuros felices. Y no solo a llenar. El teléfono y su forma es ya un habitar, un modo de ser en la Tierra. Porque como dice Heidegger hablando de la construcción: “son lugares que otorgan espacios”. Un espacio que no tiene localidad mas que en su acceder. Cuando “aprieta el frío, cuando nada es mío, cuando el mundo es sórdido y ajeno”, nos mudamos a esa otra ciudad, del mundo digital. En la ciudad ausente (presente), como un simulacro que está en todos lados y en ninguno. Porque los simulacros tienen la forma vacía de la verdad. Ahí estamos, conectados, como mensajes en botellas en un mar inmenso, solitario, lleno de sueños.

No vivimos un maquillaje del mundo. Acá no hay nada del orden de lo superficial. El mundo que cabe en la palma de nuestra mano es nuestro mundo

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