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14 de noviembre 2022

Pablo Cano

Consultor y analista.

FRANCISCO Y EL LOBO

Tiempo de lectura: 4 minutos

Nada más viejo que hablar de la Pandemia. O porque no queremos volver, o porque ya absorbimos todo lo que tenía para “transformarnos”. Nos enfrentó a una realidad en la que, de repente, el mundo globalizado se aisló en semanas y cuando volvió “la normalidad”, nos enfrentamos una crisis para la cual los líderes actuales no tienen registros personales: la inflación, los albores de una guerra mundial y una escalada nuclear, crisis alimenticia y energética; y todo esto enmarcado en lo que parece ser el desdibujamiento de los Estados Unidos como potencia hegemónica. Un cuadro irreconocible. Un capitalismo en un modo y una velocidad inédita. ¿Quién podrá ayudarnos? Nadie.

Años antes la Iglesia Católica, Apostólica y Romana se dio un nuevo Jefe. Venido del fin del mundo, como se presentó. Ni europeo, ni habitué de la rosca vaticana, jesuita y… como gustaba definirse: “pobre, como mi gente”. Su primer gesto es el más difícil de tragar: el abrazo a los migrantes. Su primer viaje fue corto: Lampedussa. Un desafío claro al sentido común. Desde el inicio, Francisco fue su concepción humanística: su norte conceptual fue señalar la “cultura del descarte”. Y pareció acumular masa crítica dentro del propio capitalismo, lo llamó un capitalismo inclusivo fomentando incluso un consejo integrado por lo más granado del círculo rojo mundial: desde la Banca Rotschild hasta los CEOs de las corporaciones planetarias más importantes.

Dios perdona siempre y nosotros, los hombres, perdonamos de vez en cuando. Pero la naturaleza no perdona nunca. Se la cobra

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Sin embargo, Francisco es de los primeros que encuentra en la Pandemia y en su epílogo un capitalismo peor que acelera la desigualdad y engancha su prédica postpandémica con otra de las grandes novedades de su papado, el reclamo enérgico sobre la cuestión ambiental: “la desigualdad que se vive revela una enfermedad social, un virus que proviene de una economía enferma, fruto de un crecimiento económico que ignora los valores humanos fundamentales… No podemos volver a la falsa seguridad de las estructuras políticas y económicas que teníamos antes. Así como digo que de la crisis no se sale igual, sino que se sale mejor o peor, también digo que de la crisis no se sale solo. O salimos todos o no sale ninguno… Dios perdona siempre y nosotros, los hombres, perdonamos de vez en cuando. Pero la naturaleza no perdona nunca. Se la cobra. Vos usás la naturaleza y se te viene encima.”

También el Papa postpandémico pone llave a un largo período de búsqueda de la armonización entre los valores de la Iglesia y el capitalismo que se inicia a fines del Siglo XIX con la encíclica “Rerum Novarum”. El oxímoron del “capitalismo bueno” se diluye claramente a partir de 2021 cuando Francisco empieza a subir el tono de sus declaraciones: “La lucha contra el hambre exige superar la fría lógica del mercado, centrada ávidamente en el mero beneficio económico y en la reducción de los alimentos a una mercancía más, y afianzar la lógica de la solidaridad… Quiero pedirle a los grupos financieros y organismos internacionales de crédito que permitan a los países pobres garantizar las necesidades básicas de su gente y condonen esas deudas tantas veces contraídas contra los intereses de esos mismos pueblos”. Un Papa que se mete con la industria de la alimentación y la industria financiera (las que combinadas son los mayores anunciantes publicitarios del mundo occidental) al mismo tiempo que reclama que la conectividad digital sea un derecho humano… ¿Cuánto perdonará el capitalismo semejante agite de conciencias?

Alguno, más de uno en realidad, podría poner toda esta artillería semántica del Papa en el arcón de los bienintencionados fuegos de artificio. ¿Acaso algunas de las desgracias soliviantadas por el capitalismo son atemperadas por la prédica vaticana?, ¿qué efecto tiene el dedo levantado y el tono parco y contundente de Francisco sobre la desigualdad del mundo? “Tiempo al tiempo, Keinszig, es un hábito aprendido en la larga contemplación de la eternidad” le dice el Cardenal Gilday al “banquero de Dios” en una escena del Padrino dónde Iglesia y Capitalismo se cruzan en las antípodas de la encrucijada que plantea Francisco.

Así como hace 500 años se consideraba a la tierra el centro del universo, hoy no podemos imaginar el fin del capitalismo. Claramente, las semillas que tira Bergoglio buscan dar sombra al porvenir y se corresponden con los tiempos de la Iglesia y no los de los hombres. La tentación de poner su papado en una tabla de doble entrada obedece a la finitud de la contabilidad con la cual nos urge ver al Papa mezclado con migrantes y curas pedófilos. Con rusos invasores y con africanos sin vacunas… el Papa peronista al cual su propio país parece condenarlo graciosamente a morir en el exilio.

Francisco es de los primeros que encuentra en la Pandemia y en su epílogo un capitalismo peor que acelera la desigualdad y engancha su prédica postpandémica con otra de las grandes novedades de su papado, el reclamo enérgico sobre la cuestión ambiental

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No es casual, entonces, que el ataque virtual a Francisco se haya vuelto un lugar común. Criticar al papa es habitual. En redes sociales, en la prensa (desde Clarín al New York Times, pasando por El País). Aún lo virtuoso es visto como “contradicciones de Francisco”. Nada contra la corriente. Si la radicalización de los votantes es la respuesta natural a la desigualdad que padece cada vez más población, la explicación del fracaso propio con que se vive el malestar contemporáneo se da a través del “otro”. El florecimiento de opciones antisistema y la pregunta previsible de quién financia el surgimiento de estas nuevas derechas insatisfechas, se escapa de la imputación que Francisco hace a viva voz cuando señala la incapacidad del capitalismo financiero para resolver los problemas más graves de la humanidad. Sin humanidad no hay capitalismo.

Jorge Mario Bergoglio, un chico criado en Flores, hincha de San Lorenzo, que tomaba el subte para moverse por una Buenos Aires que conocía como pocos (porque conocía sus periferias), se erige como una voz que cuestiona al mundo profundamente desigual, dónde el 1% de la población tiene el 40% de la riqueza mundial. Y que esa riqueza y esa concentración se multiplica mientras vemos el despliegue de la demanda de las masas: pedir muros en las fronteras, negarle asistencia médica a un migrante o quemar un banco central. Homo homini lupus, dice “El Leviatan”. Quizás ese sea también el lobo al cual éste Francisco trata de devolver a su cueva para tranquilidad de toda la humanidad. Cada uno a su modo, debería cruzar los dedos por él.

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