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ESQUIRLAS DE LA DERROTA

Tiempo de lectura: 4 minutos

¿Qué hacemos con Milei, la democracia y los derechos humanos?

A Emilio Volpe, ese amigo del alma.

El canto sonó, impávido, de vuelta. Impávido, digo, pero no solo: desafinado, impertinente, descolorido, sin termómetro alguno de lo que representa o expresa. Una verdadera manzana podrida en un canasto lleno frutas sanas. El escenario, sin embargo, era otro. El interlocutor o destinatario, también. El dardo no tenía como blanco al expresidente Mauricio Macri, aunque bien podría haberlo tenido. El blanco del dardo era Milei. Apenas un día antes del ballotage que, otro canto, el canto de sirenas, nos venía advirtiendo sobre su importancia: se suponía que se trataba, en la elección de este domingo, del acto eleccionario más importante de nuestros 40 años de democracia. El tiempo dirá, como siempre, de lo que realmente se trata. Pero, como dice el teórico político más lúcido de nuestro tiempo, William Connolly: “Las predicciones son una muy mala forma de comprometerse con la vida política”. No es hora de predicciones. Sino de despejar la bruma y de mirar al pasado. Y no me refiero solo y únicamente a posar la mirada en el ’83 para pensar lo que pasó hace menos de una semana. Pensemos, para empezar, en esa semana. 

El escenario era el Teatro Colón. El canto impávido, gélido, desafinado, era el viejo y mal parido canto que se repite en cada escrache descontextualizado: “Milei, basura, vos sos la dictadura”. ¿Hace falta tanto? Justamente. Ya no estamos en la dictadura. No hay escrache que valga tanto como para volverlo materia insana. Pero en épocas en donde las fronteras están corridas, o al menos empezaron a correrse más temprano que rápido, y en buena medida parte del mundo político, periodístico e intelectual sobrenarrado, ningún canto parece del todo desafinado.

Hace semanas asistimos, en efecto, al reverso del anverso de esa frase, de ese canto mal cantado: con Milei y la victoria de la Libertad Avanza asistimos, se nos dice, al final del consenso democrático que, este sí, parimos en el ’83 con el fin de la dictadura y el reinicio, o más que reinicio institución, de nuestra democracia contemporánea. Está en peligro, se insiste, la democracia. ¿Cuál democracia? ¿Esta o la que acabamos de derribar con la victoria del candidato libertario?

Como dice el teórico político más lúcido de nuestro tiempo, William Connolly: “Las predicciones son una muy mala forma de comprometerse con la vida política”. No es hora de predicciones. Sino de despejar la bruma y de mirar al pasado

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Ni lo uno ni lo otro. Pero permítaseme ponerme más áspero: el consenso democrático del ’83, al que supuestamente viene a llevarse puesto Milei, fue desplazado mucho antes. Y el primero en desplazarlo, es cierto, fue Menem. Pero el segundo no está en los papeles: fue el kirchnerismo de Néstor y, muy especialmente, el de los últimos dos mandatos de Cristina. Con sus pro y sus contra. Con sus fortunios e infortunios. Con lo bueno y lo malo. Con lo terrible y lo auspicioso. Con el reinicio del Juicio a las Juntas y con el equivocado perdón por parte del Estado de un Néstor que asumía, y con ello se “olvidaba”, que antes había estado Alfonsín y el propio Juicio a las Juntas del ‘85. Pero decir se olvidaba era, en este sentido, también equivocado. Antes que un olvido era una apuesta bien intencionada: el desplazamiento y el comienzo de un relato que disputaba una parte importante de ese consenso, pero que por supuesto de ningún modo lo borraba del mapa.

¿Qué dice ese consenso, lábil y frágil como la propia democracia? Que desde el ’83 el horizonte que cubre nuestra vida democrática es el horizonte que trazan los derechos humanos. ¿Y qué trazan esos derechos humanos, que son al mismo tiempo nuestros y de nadie? Dos cosas entrelazadas. Que las víctimas del terrorismo de Estado y de la violencia política son víctimas de delitos contra los derechos humanos. Pero, también, que esas víctimas no son solo nuestras víctimas, los desaparecidos, los torturados, los privados ilegalmente de la libertad y asesinados por la peor dictadura militar de la que tengamos memoria. Es también la vida de cualquiera que sea amenazado o amenazada por la violencia de cualquier tipo, y no solo del Estado o de las organizaciones armadas. Como escribí hace muy poco en otro texto[1]: el consenso democrático del ’83 anuda dos cosas: lo particular de una tragedia política y social, anclada en una situación histórica y localizable en el espacio: la violencia política y el terrorismo de Estado de la dictadura del ’76, con el derecho universal, con la instancia universal, del derecho a la vida sin discriminación de ningún tipo. “Todos nacemos libres e iguales”, reza la primera Declaración de los Derechos Humanos.

Acá, parece haber dicho el resultado del domingo, no estamos discutiendo dictadura o democracia. Sino la economía que se nos cae a pedazos

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Martín Rodríguez lo dice, en este punto, con una claridad meridiana: “Probablemente el salto de justicia en el 1983 supuso una reivindicación de las víctimas por lo universal que tienen. No venía ese primer gobierno radical a redistribuir la renta, sino a distribuir justicia. No trataba de reponer la causa particular de las víctimas. El consenso era más universal en su extensión por la reivindicación universal de esas víctimas. El giro comenzado en 2003 incluyó una reivindicación más política de las víctimas, y lógicamente arriesgó en eso perder fuerza más allá de los círculos concéntricos de la memoria. Una cosa era el rechazo de plano a la tortura, asesinato y robo de bebés sobre una persona, otra es la consideración sobre el proyecto político de Montoneros o ERP, terreno de mayor debate”[2].

Así llegamos, entonces y entre gallos y medianoche, entre empujones, gritos y cantos desafortunados, al domingo 19 de noviembre de 2023: mientras algunos seguían cantando la melodía que despliega ese “Milei, vos sos la dictadura”, esa melodía que desplazó el consenso del ’83 para darle una forma relativamente nueva, distinta al menos, una expresión política, por ende, menos universal y más localizada, asociando democracia a una expresión de la democracia que nace en el ’83, el electorado nunca creyó en la “verdad” de esa amenaza. Acá, parece haber dicho el resultado del domingo, no estamos discutiendo dictadura o democracia. Sino la economía que se nos cae a pedazos. Y esa mala interpretación de lo que estaba pasando, nos dejó en el medio un pilar de la, ahora sí, particularidad del alfonsinismo como primer momento del régimen del ’83, desguazado: el de la justicia social, el del Estado presente, que distribuye renta y justicia, y no solo justicia. Dolarizamos, vendemos todo, y al carajo. Pero como dice mi amigo Martín Plot, parafraseando a ese intelectual que nos une desde hace varios años, Maurice Merleau-Ponty: si nada es completamente reversible, es porque nada es completamente irreversible. Hacia allá vamos.  


[1] Martínez Olguín, Juan José: “1983. La ruptura democrática”, Revista Resistencias, nro. 1, UNCAUS.

[2] Rodríguez, Martín: “Inflación cívica”, en Revista Panamá, 22 de noviembre de 2023.