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07 de junio 2021

Carola Nin

Profesora en Ciencias de la Educación. Docente en la Universidad Nacional de Rosario. Ex Ministra de Educación de Santa Fe.

ESCUELA, DESNUDEZ Y POST-PANDEMIA: EL SHOW NO DEBE CONTINUAR

Tiempo de lectura: 7 minutos

Celebro esta invitación a pensar y escribir sobre la Argentina del presente que lleva adelante Panamá Revista. La traduzco como la sana posibilidad de un interrogante, un “qué” de nuestras vidas, sin cinismos y sin nostalgias. 

Cuando pensamos en educación, también nos animamos a ir más allá, algo parecido a agujerear el presente para pensar qué educación queremos para el país que soñamos. Hay demasiado ruido en nuestro presente. A veces, pienso que la Argentina se parece a una familia que sueña con la casa propia y se la pasa peleando a los gritos por la ubicación de los floreros, sin hablar de los cimientos.  

Paulo Freire, en Pedagogía de Esperanza, sostenía que escribir es tanto rehacer lo que se ha venido pensando en los diferentes momentos de nuestra práctica como redecir lo que hemos expresado en nuestro accionar. Parafraseando a este autor inmenso, se trata de rehacer y redecir un proyecto de país que tenga en su agenda principal el tema educativo. Así, cabe que nos preguntemos: ¿qué sentido tiene nuestro sistema educativo? Concretamente, ¿para qué país estamos educando? O, mejor, ¿para qué país queremos educar?  

La Argentina del siglo XIX tuvo una élite letrada que discutió y elaboró proyectos: Una nación para el desierto argentino, en los términos del título del libro, ya clásico, de Tulio Halperin Donghi. La propia Ley de Educación Común N° 1420 fue leída de modo paralelo a la construcción del Estado nacional y como instrumento de formación de la nación, en donde la palabra COMÚN tomó un significado expansivo. Lo común era (y continúa siendo) aquello que no pertenecía privativamente a nadie. Más allá de las discusiones y de la deliberada omisión de reconocer que la educación para todos ya era pensada y, en algunos casos, organizada en algunas provincias por sus caudillos, las acciones de aquel momento iniciaron el sueño argentino de una educación para todos, cuando había educación para pocos y -ni hablar- muy pocas.

He leído, y suscribo, que el sueño de aquellos liberales lo vino a concretar Perón en el siglo XX. Fue durante sus presidencias cuando se expandió el sistema educativo, duplicándose la matrícula secundaria y triplicándose la universitaria. Por eso, suele escucharse aquello de que cuando más se habló de “libros vs. alpargatas”, fue cuando más libros hubo y un importante número de argentinos y argentinas lograron ingresar a los diferentes niveles de nuestro sistema educativo.  

He leído, y suscribo, que el sueño de aquellos liberales lo vino a concretar Perón en el siglo XX. Fue durante sus presidencias cuando se expandió el sistema educativo, duplicándose la matricula secundaria y triplicándose la universitaria.

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El hoy de la desigualdad.  

Decir que la Argentina de hoy duele, es pecar de redundante. Basta con mirar las cifras de pobreza, ubicadas por encima del 40% de las y los argentinos, según datos del INDEC del segundo semestre de 2020. 

Pensando en educación, también hay que detenerse a observar que, en niños, niñas y jóvenes menores de 14 años, ese porcentaje se eleva hasta acercarse al 60%. 

Sin dudas, el estado está en problemas. Esta apreciación no aplica solamente al nivel nacional, sino a las provincias. Con su legitimidad menguada y recursos escasos, enfrenta enormes desafíos. Allí donde miremos, la Argentina necesita políticas sostenidas, muchas de las cuales, intuyo, no deben ser simpáticas ni fáciles de explicar; ni hablar si se las pretende traducir mediante los escasos caracteres de Twitter.  

Ahora bien, sin querer caer en simplificaciones, quisiera realizar algunas preguntas:  

¿Es solo económico el problema argentino? ¿Estamos en camino de un crecimiento con desarrollo nacional, introduciendo tecnología y sabiduría a nuestra producción? ¿Qué producimos y qué estamos en condiciones de producir, y para quiénes, en los próximos 20 años? ¿Alcanzará esto para generar las riquezas suficientes para sacar a los argentinos y las argentinas de la pobreza mediante el trabajo? ¿Cuáles son las áreas donde la Argentina creará más puestos de trabajo? ¿Cuáles serán los puestos de trabajo que la incorporación de tecnología destruirá en primer lugar, segundo lugar o tercer lugar? 

Sigo preguntando: ¿es solo educativo el problema argentino? ¿Alcanza con reformar la escuela para tener un nuevo país? ¿Es la escuela el vehículo para resolver los problemas argentinos? O, mejor, ¿puede esta institución -la escuela- inventada para llevar adelante la socialización de las generaciones más jóvenes, hacerse cargo, literalmente cargar en su mochila, el proyecto de país?  ¿En qué condiciones está el sistema educativo argentino? 

En términos discursivos, es decir, aquello que se dice hoy sobre la educación, creo que el sistema educativo argentino está desnudo. Y algunas de sus ropas fueron tomadas como bandera por una fuerza política (CAMBIEMOS) que, cuando gobernó no demostró interés real en mejorar la educación. Basta ver el porcentaje de PBI destinado a educación para comprobarlo, dado que la inversión no alcanza el 6% establecido por la Ley Nacional de Educación sancionada en 2006 y es inferior a los períodos anteriores. 

Voy a intentar explicar mejor esta idea de la “desnudez”: hay un cuento, del danés Hans Christian Andersen, llamado “El nuevo traje del emperador”, que también es conocido como “El rey desnudo”. En esa historia, un niño revela la desnudez del rey, ante la negación de quienes prefieren creer la versión de unos modistos estafadores. Éstos le habían vendido sofisticación al soberano, a través de la confección de un (no) vestido hecho de hilos de oro y plata.  

La escuela argentina no es el rey, ni el vestido, ni los modistos estafadores. Creo, y con ello evitaré polémicas, que ha dado mucho a nuestra historia y puede seguir dando. El tema a considerar es que cada uno de los que opinan, de los que hablan sobre la escuela, de los que hacen escuchar su voz, lo hacen según sus intereses inmediatos, sus intereses, me atrevería a decir, cotidianos. La pandemia del COVID 19 ha dejado esto como fractura expuesta. Para dar cuenta de esta urgencia de intereses daré una pista: post pandemia, ¿Cuánto tiempo dedicaremos a pensar y hablar de la escuela? 

Repasemos, simplificadamente, lo que se dice hoy sobre la escuela:  

Los padres con posibilidad de hacerse escuchar, los que tienen voz, quieren las escuelas abiertas en nombre de la educación de sus hijos, a como dé lugar.

Los docentes, o, mejor dicho, sus representantes, las quieren cerradas ante el avance de los contagios.

Los alumnos y alumnas son, también en este caso, la voz menos escuchada junto a los “perdedores de siempre”: los que necesitan de la escuela para resistir el derrumbe, los que más dificultades tienen para conectarse, cuidarse, y “quedarse en casa”. Los que sienten su vida amenazada hace bastante tiempo. Los que necesitan que a la Argentina le vaya bien, porque tienen su futuro atado a la suerte del país.

En Argentina (ese territorio que, según los medios porteños es “AMBA + el resto del país”), hemos visto cómo la pandemia del COVID 19, por primera vez en nuestra historia, suspendió la forma escolar clásica. Esto último equivale a decir que dejó de estar disponible el lugar y el tiempo específicos en los que niños, niñas y jóvenes, estando fuera de casa, compartían un espacio preparado para su educación. Así, la forma fue suspendida. Muchos lograron seguir conectados y otros perdieron y callaron. No tuvieron otro remedio. Si hablaron, no los escuchamos.

La escuela está, entonces, desnuda porque cada cual fue tratando de vestirla para sus intereses inmediatos. Aún con vestidos inexistentes. Con ilusiones.  

Pero esto no es tan nuevo como parece: como los modistos intentando engañar con el traje sofisticado, fuimos dándole a la escuela funciones que sabíamos no podía cumplir completamente: 

¡Que luche contra la inseguridad! 

¡Que saque a los niños de la calle!  

¡Que resuelva el apego a las normas!  

Vaya, escuela, y haga milagros.  

Quiero decir que he visto y escuchado experiencias extraordinarias de cambios logrados por la acción de las escuelas. Estuvieron basadas en buenas y buenos docentes, buenos equipos directivos, buenos proyectos y también buenas políticas. Pero son experiencias.  

Que todo lo va a resolver la escuela o la educación es un discurso decoroso, aceptado; según el tono, puede resultar hasta heroico. ¿Alguien se anima a hacer estas preguntas?: ¿cómo lo hará?, ¿con qué recursos? ¿Con los mismos recursos? ¿Cuántos más recursos se necesitan y cómo invertirlos? ¿Tenemos el cálculo? 

Creo que la escuela puede y debe estar en el centro del país que debemos construir. Pero es un centro, o corazón, compartido. La escuela que imaginó, diseño e implementó la argentina de los siglos XIX y XX era un actor central en la socialización. ¿Lo es hoy? ¿Alguien puede negar el poder de la televisión, las redes sociales o la posibilidad de transmitir ideas, gustos, “tendencias” de los influencers en los más jóvenes?  

¿Alcanza con reformar la escuela para tener un nuevo país? ¿Es la escuela el vehículo para resolver los problemas argentinos? O, mejor, ¿puede esta institución -la escuela- inventada para llevar adelante la socialización de las generaciones más jóvenes, hacerse cargo, literalmente cargar en su mochila, el proyecto de país?

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El futuro de la educación es hoy. Entendamos que la acción de la escuela convive con otros actores educativos, cada vez más poderosos: los adultos, los ejemplos de los ricos y famosos (a propósito de los shows televisivos que parecen decirnos que el acto de cuidarnos es para los “giles”), los influencers que habitan las redes sociales. Por eso requiere de políticas culturales, productivas, sociales, etc. Necesitamos poblarnos de bienes culturales que favorezcan e inviten a pensar la vida en clave solidaria. 

No caigamos en la tentación de dejar sola a la escuela en la construcción de solidaridad, cultura del trabajo, valores, apego a las normas, mientras pasamos todo el día inmersos en el convite a consumir y a aplastar al otro para lograr nuestro goce. La escuela no puede ser una invitación al “sálvese quien gane”, pero tampoco puede pelear sola contra la corriente. No la condenemos al fracaso pidiéndole lo que no puede y no la vaciemos de sueños volviéndola un mero lugar de depósito.  

La escuela argentina de la post pandemia tiene muchos desafíos. No nos conformemos con volver atrás y buscar en el pasado un ideal que solo está en la imaginación. No necesitamos dejarla tal cual era antes de la pandemia del COVID 19. Aprovechemos los avances relacionados con la incorporación de entornos virtuales de aprendizajes en aquellos lugares donde se pudo y se pudo bien. Se trata de encontrar los modelos pedagógicos capaces de aprovechar la potencialidad de las tecnologías de la información y la comunicación. 

Enfoquemos los recursos en llevar conectividad allí donde hoy no hay, en llevar conocimiento allí donde hoy hay desamparo y desilusión.  

Mientras tanto, hagamos suspender el show. Dejemos de pelear por los floreros. Mandemos la grieta al rincón.  

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