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28 de diciembre 2021

Ignacio Hutin

UCRANIA, CRÓNICA DESDE EL FRENTE

Tiempo de lectura: 8 minutos

ADELANTO DEL NUEVO LIBRO DE IGNACIO HUTIN

El avanzado otoño nos encontraba en el pequeño y tan soviéticamente gris departamento de una sola habitación en Donetsk. Bebíamos cerveza mientras trataba de sacarle algunas frases al intrincado Jon, vasco que siempre deambulaba entre el sarcasmo y la mofa. Me junté con él casi todos los días durante varias semanas y nunca terminé de descubrir cuándo hablaba en serio y cuándo no. Tal vez nunca lo hacía, tal vez él era ese cinismo que se burlaba de todo y criticaba todo, siempre con una sonrisa nihilista y una carcajada corta, tan malvada como contagiosa. Era un tipo divertido, curioso: un bicho raro. Dima, asturiano, vivía con Jon. Compartían habitación en un segundo piso sobre la Avenida de Illich, a unos 300 metros de la céntrica plaza Lenin. Era un muchacho más sencillo, como de pueblo. Hablaba de su familia, de su comida, de su tierra, se acercaba a los niños y a los ancianos. No era difícil descubrir en él una sensibilidad que la guerra no le había robado.

Esa noche, como tantas de las que pasé en aquel departamento, Dima me mostró fotos que había subido a una red social. Tenía dos cuentas: una con su nombre real, otra con su nom de guerre Dmitry. En esta última había compartido tres imágenes de hacía unos pocos meses. Junto a sus compañeros se habían topado entonces con una posición militar ucraniana abandonada de apuro, como si sus ocupantes hubieran huido de algún ataque. En la primera se veía una chaqueta militar con la palabra “Zenit” escrita a mano; la segunda era del mismo Dima: sin remera, dejaba ver sus muchos tatuajes, la vista firme al frente y el fusil Kalashnikov apuntando al suelo, hacia la bandera rojinegra que acababa de encontrar y ahora pisoteaba. “Pisando la basura como se merece. ¡No pasarán!”, decía el epígrafe. Uno de sus compañeros le comentó que no debía pisar “tanta basura”, “que te mancharás”. La bandera tenía algunas palabras curiosamente escritas en castellano: “Hasta la vista separatista”. Pero la tercera foto fue la que más me impactó. En ella se veía un chaleco antibalas verde con unas cintitas azules y amarillas atadas a los lados. En el frente, escrito prolijamente con un fibrón negro, las letras grandes formaban una única palabra: Bajmut.

En ese momento caí por primera vez en la cuenta de que había cruzado las líneas enemigas, que había cambiado de bando. Apenas unas semanas antes había deambulado por las calles de Bajmut, había tomado fotos y conversado con algunos vecinos, con militares, con vendedores; me pareció una ciudad tranquila, silenciosa. Tal vez me hubiera cruzado con algún familiar del dueño de aquel chaleco: podría haber sido quien me vendió el boleto de autobús, quien detuvo su coche para dejarme cruzar en la esquina de la plaza. O cualquier otro. Me pregunté entonces si el dueño del chaleco estaría vivo y qué pensarían sus padres de mí si me vieran conversando tranquilamente con el enemigo de su hijo. Esa noche le pregunté por primera vez a Dima qué le diría a un soldado ucraniano si pudiera conversar con él. “¡Qué buena pregunta!”, respondió. “Nunca me lo había planteado.”

No logré acostumbrarme a las marshrutkas, esos pequeños autobuses, incómodos, lentos y poco confiables que atraviesan buena parte de las viejas repúblicas soviéticas. La que me transportó a Bajmut tenía asientos de madera con pequeños almohadones, pero no llegué siquiera a acomodarme cuando el vehículo ya se había detenido por primera vez. Fue apenas salimos de Kramatorsk, a unos 2 kilómetros de la terminal: en medio de la ruta había unos bloques de hormigón coronados por una raída bandera ucraniana colgada de un palo de escoba. Un joven soldado nos indicó esquivar el primer bloque y detenernos a un costado de la ruta. Así empezó el espectáculo ridículo y extraño de los controles, proceso pintoresco que al principio me causaría nervios, algo de miedo, luego me resultaría gracioso y finalmente, a fuerza de incontables repeticiones, exasperante.

Dos soldados armados subieron al vehículo y pidieron identificación a los pasajeros: una ojeada y no mucho más. Hasta llegar al extranjero. Por su reacción, mi pasaporte argentino bien podría haber sido el acta de nacimiento de un marciano. Me hicieron bajar del vehículo y acompañarlos a una casucha de chapa que ejercía de oficina. De las muchísimas veces que pasé por este tipo de controles, la primera fue la única ocasión en la que no tuve problemas para hablar en inglés. Me preguntaron quién era, adónde iba, si hablaba ruso, revisaron mi mochila y las fotos de mi cámara y celular, volvieron a chequear el pasaporte y finalmente me dieron una palmada en el hombro, una risa simpática y adiós, hasta luego. Al subir al vehículo todos los pasajeros me miraban como si fuera un ornitorrinco disfrazado.

"Dos soldados armados subieron al vehículo y pidieron identificación a los pasajeros: una ojeada y no mucho más. Hasta llegar al extranjero. Por su reacción, mi pasaporte argentino bien podría haber sido el acta de nacimiento de un marciano."

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Al igual que casi cada ciudad del Donbass controlado por el gobierno, Bajmut me recibió fría, nublada, lluviosa y vacía. Muchas veces escuché que desde mediados de 2014 el fin de la toma separatista había hecho regresar a miles de vecinos, pero no los veía por ningún lado. Junto a la terminal de autobuses había un viejo parque de diversiones; un poco más allá, un perro dormitaba a los pies de un obelisco soviético. Otro monumento mostraba a dos soldados y, en su base, algún niño había olvidado un camioncito amarillo de juguete. Como los pedestales vacíos de Lenin, el pequeño vehículo no era más que el recuerdo de una ausencia. Del ya no más

Severodonetsk era la capital temporal de Lugansk y la primera ciudad que visité en la provincia. Los poco más de 60 kilómetros que la separan de Bajmut fueron tortuosos a bordo de otra horrenda marshrutka, atravesando caminos rurales y rutas en pésimo estado. A mi lado viajaba una muchacha con un pequeñísimo gatito gris que daba saltos incómodos cada vez que el vehículo tropezaba. Hubo varios controles militares en el camino, todos con la misma metodología y la misma estructura: soldados aburridos, siempre fumando, siempre paseándose desde sus oficinas de chapa hacia la ruta, bamboleando sus fusiles, muchos perros que a veces ladraban, carteles que anunciaban la prohibición de sacar fotos. Todos los vehículos debían detenerse, se pedían documentos, hacían preguntas, a veces se revisaban los coches, a veces hacían bajar a todos los pasajeros de los autobuses, a veces sólo a los hombres en edad de servir en el ejército. Siempre hacían bajar al extranjero de pasaporte inverosímil. Miraban con extrañez y sospecha pero casi instantáneamente pasaban a la risa burlona, como si simplemente les resultara hilarante que un turista deambulara tan cerca del frente de batalla así sin más. Algunas veces intentaban un inglés básico; otras, utilizaban algún traductor online. Las respuestas nunca parecían interesarles demasiado. Y no faltaba el soldado que tan sólo devolvía el pasaporte y se alejaba al percatarse de la barrera idiomática. Demasiado esfuerzo.

Para entonces ya no me sorprendían ni los controles ni las ciudades sin tránsito y plazas sin gente, ni los pedestales vacíos ni las incontables banderas azules y amarillas. En Severodonetsk vi muchos monumentos fantasma, no sólo a Lenin sino a numerosas figuras soviéticas. Frente a la terminal de autobuses aparecía la de Kliment Voroshílov, uno de los primeros cinco mariscales soviéticos, el rango más alto del Ejército Rojo, y nacido en Bajmut. La estatua había desaparecido pero el nombre en el pedestal permanecía intacto. Exactamente lo contrario había sucedido con el monumento al escritor Maksim Gorki: dejaron el cuerpo, borraron la identidad. En el frente alguien había pintado con aerosol un corazón mitad azul y mitad amarillo. De Mijaíl Kalinin, primer presidente del Comité Ejecutivo Central Soviético, no quedaba más que un cuadrado de cemento en el suelo de una plazoleta frente a la Universidad Estatal de Lugansk.

Desde la terraza de un edificio abandonado se veían las chimeneas de las decenas de fábricas y empresas químicas que hacían de Severodonetsk la zona más importante de Ucrania para esta industria. En las paredes del edificio, junto a una pintada que se mofaba de Putin y otra que declaraba amor por un tal Sasha, aparecía una esvástica azul y amarilla. Un grafiti más reciente respondía en ruso “ucraniano chupapija”. Y un poco más allá, cerca de la Catedral de la Natividad del Cristo Santo, sobre los techos del Instituto Estatal de la Industria del Nitrógeno, se alcanzaba a ver flameando una bandera rojinegra.

Buena parte del tiempo que pasé en la ciudad hubo una intensa tormenta que anegó la mayoría de las calles, por lo que debí tomar caminos alternativos en los que encontré muchos edificios abandonados, muchas ventanas tapiadas. La calle De los Partisanos estaba bloqueada por objetos metálicos y bloques de cemento pintados de rojo y blanco. Un cartel en inglés clamaba STOP y otro, también rojo, avisaba: “Atención. Territorio de instalaciones militares. El paso de vehículos y a pie está restringido”. Una garita con barrera impedía el paso de coches y unas paredes metálicas cumplían la misma función sobre las veredas. Parte de la ciudad de Severodonetsk estaba completamente cercada. Una calle como cualquier otra en una ciudad controlada por el gobierno, en donde vivían más de 100 mil civiles, con edificios tan comunes como los miles de edificios cuadrados y grises dispersos por la vieja URSS, con vecinos que iban al mercado, al trabajo, a la iglesia. Y en medio de todo eso, una calle bloqueada.

Al otro lado del río Donets, a 8 kilómetros de Severodonetsk, se encuentra su hermana melliza: Lysychansk. Nada extraño por aquí: más estatuas de soldados con ramos de flores a sus pies, más calles vacías, más edificios abandonados, más pintadas contestándose unas a otras, un grafiti con el escudo del batallón Azov, algunas casas visiblemente dañadas por enfrentamientos de años recientes y el mismo Lenin ausente. Pero esta vez el bolchevique no había sido ni destruido ni desmantelado, sino que simplemente había sido cubierto por una caja metálica pintada de azul y amarillo. Si no lo veo no existe, si no lo veo nunca lo he visto. Por detrás se levantaba una construcción que simbolizaba decenas de banderas con los colores nacionales. Todo eso se veía nuevo, como si la principal función del Estado ucraniano fuera la reconversión de símbolos y no mucho más, aun por encima de la necesaria reconstrucción tras los enfrentamientos.

"Todo eso se veía nuevo, como si la principal función del Estado ucraniano fuera la reconversión de símbolos y no mucho más, aun por encima de la necesaria reconstrucción tras los enfrentamientos."

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Lysychansk fue tomada en mayo de 2014 por la brigada Prizrak (“Fantasma”) de la naciente República Popular de Lugansk, y las batallas se sucedieron en la zona hasta julio. El 23 de ese mes las fuerzas ucranianas lograron recuperar el control de la zona y expulsar a las milicias, pero en el proceso sufrieron algunas bajas, entre ellas la del coronel Aleksandr Radievsky, muerto a los 44 años en el puente sobre el Donets. Ahora se levantaba un monumento a su memoria frente al ayuntamiento de Severodonetsk y siempre estaba cubierto de una buena cantidad de flores y banderas azules y amarillas. La Prizrak entonces retrocedió hacia Alchevsk, 70 kilómetros al sur, donde estableció su base.

Algunas semanas más tarde visité Alchevsk casi exclusivamente para ver el monumento a Alexey Mozgovoy, comandante de la Prizrak muerto en 2015. Un joven soldado, apodado Riga por su ciudad natal, me habló mucho de Mozgovoy y de su muerte mientras deambulábamos por las calles desiertas de un pueblo en el frente; decía que era un buen tipo, que lo habían matado en un atentado, que lo querían mucho en esta zona. Lo nombraba como se nombra a un padre. Esa mañana atravesamos una ruta asfaltada por la que no circulaban vehículos civiles desde hacía años; estábamos en las afueras de Zhalabók y no había más que restos de misiles y agujeros de detonaciones sobre la calzada.

“Es la ruta 66”, me dijo Riga, “va hacia Lysychansk”. Estaba a menos de 40 kilómetros. Las memorias de Radievsky y Mozgovoy, cultivadas y protegidas por los soldados junto a los que luchaban y en los pueblos por los que morían, unidas por una ruta abandonada. Los héroes del adversario a vencer, líderes e inspiración del otro, del asesino, del terrorista, del fascista, del traidor, del invasor, del malvado, del vecino, del de al lado y del de más allá. Del pueblo que ya no corresponde ni identifica. Ya no, ya no más. Dos ejércitos enfrentados, dos monumentos en homenaje a la muerte. En el medio, el frente de batalla. Y un chaleco de Bajmut a modo de souvenir, robado de la posición enemiga.

El Libro se puede bajar acá

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