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23 de mayo 2023

Bruno Reichert

RICHARD WRIGHT Y EL COMUNISMO ESTEPARIO

Tiempo de lectura: 11 minutos

Para arrancar a hablar de Richard Wright lo obligatorio: fue el primer gran escritor afroamericano y, en muchos sentidos, eso implicaba ser enorme. Porque en esos años para mostrar la superioridad intelectual, se debía tener el caudal emocional que hiciera sobrevivir el espíritu. Tan intacto como se podía, Richard Wright llegó a la meta. Fue el portavoz literario de los emigrados del sur norteamericano. Un hombre que decidió escribir sin darle tregua al lector porque la vida no se la había dado a él.

Wright llegó al mundo en una zona rural de Roxie, Mississippi, años después fue llevado a Memphis. Cuando su padre lo abandonó, el derrotero de Richard, su madre y su hermano le impidió tener un ciclo escolar completo durante la mayor parte de su infancia y el comienzo de su adolescencia. De Memphis a Jackson, la ciudad más poblada del Estado, con un abuelo que aún recordaba sus días como soldado en la guerra civil y una abuela ultrareligiosa y analfabeta convencida de que el demonio habitaba en los libros. En el medio, la disciplina formada a golpes de cuánto adulto creyera tener autoridad sobre él y la segregación racial. Después, otros pueblos en Arkansas, un tiempo de orfanato cuando su madre estuvo enferma y de vuelta a Jackson, al férreo control de su abuela. Sin amigos y con libros escondidos de la vista de los adultos. El talento artístico puede ser innato pero Wright parece haber logrado algo que solo atribuimos a superhéroes intelectuales: la capacidad de sistematizar el conocimiento sin instrucción formal. Se puede ser el más vivo del barrio pero dejar una obra implica otras cosas.

Una vida que iba a quedar como testimonio en la novela autobiográfica Black Boy (1945) que narra su desarrollo desde temprana edad hasta su fallido paso como joven escritor ligado al Partido Comunista Norteamericano. Wright relató sus años formativos como un proceso de “aprehendimiento” del mundo que lo rodeaba y limitaba. Ser negro iba más allá de la falta de derechos civiles y prerrogativas colectivas. El racismo imperante había logrado apartar a los negros de procesos que completan al ser humano como un sujeto experiencial. Sin caer en nacionalismo alguno, Wright entendía que, si hay algo que podemos llamar el camino americano, le estaba vedado al afroamericano. Generación tras generación el negro debía crecer con una vista obstruida por la incapacidad de crecer en vivencias. Pero no nos adelantemos. Porque para poder escribir una biografía se debe consolidar una figura pública y eso hizo en entre 1938 y 1941.

Native Son: crimen, castigo e injusticia

Como ejercicio reflexivo, dar por válido que todo lo contado en Black Boy es real dista de ser difícil. En el mundo en el que Wright vivía el horror que contaba podría haber sido la experiencia de cualquiera de sus vecinos. Dicho lo cual, sigamos: ser el mejor del colegio no impidió que salir del Sur implicara raterismo menor para conseguir un boleto de tren, así como varios trabajos que siempre tuvieron racismo como común denominador. Wright llegó a Chicago para seguir trabajando de lo que podía. Buscaba juntar el dinero para traer a su madre enferma, a la tía que alguna vez lo cobijó y a su único hermano. El Norte liberal le iba a deparar una suerte de libertad condicionada (si es que existe alguna otra) e iba a ser el escenario para su futura novela consagratoria.

Desde su llegada en 1925 a la publicación de su primer libro, Uncle Tom’s Children, en 1938, el crecimiento de Richard Wright incluyó desde cosas tan básicas como los intentos de tener por primera vez amigos con intereses comunes hasta buscar encajar en el esquemático mundo del comunismo norteamericano. El estalinismo yankee hoy nos parecería un hato de esquematizados infantiles, pero fue en el contexto de su surgimiento que se la dio el llamado “renacimiento norteamericano”. Tal vez un nombre demasiado pomposo, pero luego de la Gran Depresión y desde revistas como New Masses y Left Front, se daban debates nunca antes vistos. “The negro question” era un revuelo argumental habido de nuevas voces. Wright encontró su primer refugio en The John Reed Club de Chicago, un espacio para aspirantes a escritores y distintos tipos de artistas que por un tiempo logró gozar de autonomía del esquema burocrático del partido, aunque no tardo demasiado en ser subsumido. Richard estaba acostumbrado a ser un lobo estepario en el mundo del que provenía. Como afroamericano promedio del antebellum-south, fue criado para desarrollar un horizonte de sueños que se limitaba a encontrar un trabajo manual en el cual sus compañeros blancos no intentarán convertirlo en un puching constante. Los libros no entraban en ese mundo de vivencias básicas. Para suplir la abstracción intelectual estaba el espacio espiritual. Si no hay un mundo bueno acá, debe estar en ese lejano allá. Pero Richard no creía en eso. Tanto su crianza como el nuevo mundo le eran extraños. El universo de la izquierda “estilo comunismo real” rápidamente lo repudió como elemento trotskista.

Pero a base de poder ir abandonando los trabajos más precarios (a sueldo de un partido que de manera inteligente lo castigaba y al mismo tiempo lo alimentaba) logró publicar Uncle Tom´s Children. Se trataba de un compendio de relato de hombres negros que por una razón u otra cruzan el límite impuesto por el mundo blanco. En uno de los cuentos, Big Boy leaves home, un grupo de chicos negros se dan un baño en un estanque y son descubiertos por una mujer blanca, lo que desata la furia del esposo. En un acto de torpe defensa personal, el hombre blanco termina muerto y Big Boy debe escapar al norte escondido en la caja de un camión. Es en este relato Wright comienza lo que sería un elemento común en su obra: el varón blanco frente a una posible sexualidad en movimiento del hombre afroamericano. Sobre este punto, James Baldwin en su ensayo “Alas, poor Richard”, publicado poco tiempo después de la muerte de Wright, señaló una idea que podríamos resumir del siguiente modo: el enorme pene negro no está en el cuerpo del portante, por el contrario, pertenece a la neurosis del hombre blanco y a su temor de que un negro cruce la última propiedad: el interior de la mujer. Su mujer.

Es en este relato Wright comienza lo que sería un elemento común en su obra: el varón blanco frente a una posible sexualidad en movimiento del hombre afroamericano.

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Su primer librole iba a valer a Wright la beca Guggenheim y con el consiguiente capital llegaba la posibilidad de dedicarse escribir. Un año después publicaba el cuento The man who was almost a man en la aun blanca Harper’s Bazaar. Un texto menos directo, cargado de humor folk y sobre un chico que enojado por tener que pagarle a un patrón blanco la mula que accidentalmente mató. También el relato de otro joven que decide irse al Norte. A esa altura, Wright comenzaba a ser voz impresa generacional, la de una emigración que viajaba en vagones de tren con el estómago vacío y el miedo a cuestas.

En el ’41 aparece finalmente su gran obra: Native Son, una novela de casi quinientas páginas que condensa su historia e ideas: el poder blanco, la religión, la izquierda bienintencionada que nada cambia, el miedo como forma de crianza de un negro y la mujer como último objeto de posesión de los que nada tienen.

Además, Wright esta vez no quiso darle la oportunidad de que un lector blanco-empático pudiera esconderse detrás de las lágrimas. El personaje principal, Bigger Thomas, es un asesino doble. Mata involuntariamente a una heredera blanca y quema su cuerpo en la caldera de la casa en la que trabaja como chofer. Si los personajes de Uncle Tom´s Children ante lo involuntario solo pueden lamentarse y correr, Bigger frente a lo inevitable abraza sus acciones con la sensación de haber llegado a un entendimiento del mundo que lo rodea. El joven negro traspasó lo que nadie se atreve a cruzar y, aunque no quiso que las cosas se dieran de tal modo, siente que es el único capaz de ver en un mundo de negros ciegos y amansados. Intentará sacar ventaja económica de su homicidio enviando falsas notas de rescate al padre de la víctima. Después, sigue una segunda muerte acompañada de una violación, la de su amante, a la que considera tan ciega y vencida como los demás. 

Native Son es una forma extraña de libro panfletario. Sus similitudes con Dostoievski necesitarían un texto aparte pero lo cierto es que es un libro inserto en el realismo izquierdista de la época, en el que cada personaje cumple un rol que se recorta en una estructura superior. Cada acción es social y a cada movimiento de la narración le corresponde una explicación del autor que va desde lo psicológico a lo sociológico. 

Bigger Thomas vive al mundo con un elemento central en la vida de un negro: el miedo. Pero ante ese terror constante a que el sistema segregacionista imperante se lo trague, lo que nace no es el escape sino la violencia para con blancos y con pares. Frente a un sistema que desprecia a una parte de la población, la acción individual de quién pertenece a esa minoría no puede ser otra que la de un gato entre la leña. Como dijimos antes, en Black Boy Wright va a explicar, y acá sin dudas no debemos tener miedo a que haya cubierto sus ideas con ficción porque no lo hacía, que la segregación y el racismo genera hombres y mujeres impedidas. El ocio creativo y miles de cosas corrientes son reemplazadas por un pensamiento práctico dónde el miedo al castigo está siempre presente.

La salida es colectiva y debe ser amplia ya que en un contexto como el norteamericano la buena voluntad de pequeños grupos de interés poco sirve. En Native Son podemos verlo en la figura de los abogados militantes comunistas que en general son judíos, lo cual les impide evitar prejuicios de autoridades judiciales y la prensa. El negro, el judío y el irlandés, nos explica Wright en otros textos, son aliados circunstanciales que se debaten entre la empatía y los preconceptos aprendidos. Wright también nos da pistas de esa visión en el personaje que es el padre de la víctima y el empleador de Bigger hasta el crimen. Se trata de un filántropo de buen corazón individual y sin ideas racistas a la vista, pero que vive del negocio inmobiliario y eso implica servirse del apartheid inmobiliario de la ciudad. El infierno negro está plagado de buenos samaritanos.

La salida es colectiva y debe ser amplia ya que en un contexto como el norteamericano la buena voluntad de pequeños grupos de interés poco sirve. En Native Son podemos verlo en la figura de los abogados militantes comunistas que en general son judíos, lo cual les impide evitar prejuicios de autoridades judiciales y la prensa.

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En los últimos años se han escrito ríos de tinta sobre la cuestión de género en Native Son. Es lógico. Bessie es la novia e Bigger Thomas y su cómplice demasiado quebrada para tener convicción de acompañarlo o abandonarlo. La relación termina con su violación y asesinato una vez que Bigger se da cuenta que ella es un lastre en el escape. Él la siente tan ciega como al resto de los negros que siguen siendo amaestrados por un sistema cuyos cimientos se basan en el miedo y el inmovilismo. Pero más allá de las explicaciones que el personaje principal se dé a sí mismo, lo evidente es que un negro acorralado solo puede controlar una cosa: la vida de su amante mujer. Si no hay una solución colectiva al odio, las subestructuras se van tragando uno a uno a los sujetos más débiles. 

La rebeldía y el cálculo

Más allá de la incapacidad de Wright de ser un sujeto de movimientos orgánico en espacios rígidos, Richard no dejó de ser un animal político que sabía cómo acomodar su obra a las necesidades de soportes y formatos. Al poco tiempo de publicado el libro, Native Son se adaptó a la cartelera de Broadway con dirección de Orson Welles y en 1951 fue llevada al cine gracias a una producción realizada el año anterior en el Río de La Plata. Sangre Negra, su nombre elegido para estas pampas, fue una creación del director belga/francés Pierre Chenal, quien había trabajado en Argentina entre finales de los ’30 y la década del 40. Conocedor del sistema de financiamiento estatal y la eficiencia del cine de estudio argentino, Chenal le presentó a Wright la opción de filmar la película trasladando a todo el elenco de Estados Unidos a Buenos Aires. Incluso Wright vino a interpretar a Bigger Thomas cuando el actor elegido no pudo seguir con el proyecto. Como diletancia y dato de color: un muy joven Gonzalo Sánchez de Losada también llegó de EUA para hacer la asistencia de dirección. El resultado fue una actuación mediocre del escritor, pero una película de la confección industrial excelente en la que los estudios de Sono Films podían volverse tanto una barriada negra como una mansión victoriana de Chicago. No menos llamativa es la adaptación del guion. El cine los tiempos son cortos y prácticamente no hay manera de sostener una película si no tenemos una relación de entendimiento con el protagonista. Así que está vez Bigger Thomas será un ser carente de fervor sexual y la muerte de Bessie tendrá algunos giros argumentales que, si no justifican el fragmento narrativo, al menos lo suavizan. Así y todo, la versión de la película que se estrenó en Norteamérica contenía un gran número de cortes y en varios Estados sureños se prohibió su difusión. De una manera u otra, la figura y las ideas de Wright seguía girando. En 2016 el MOMA de Nueva York exhibió la versión sin cortes de Native Son, con el necesario agradecimiento a las gestiones realizadas por Fernando Martín Peña.

La versión de la película que se estrenó en Norteamérica contenía un gran número de cortes y en varios Estados sureños se prohibió su difusión. De una manera u otra, la figura y las ideas de Wright seguía girando.

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En el mundo editorial Richard Wright también supo jugar las fichas que tenía en la mano. Para asegurar el éxito de Black Boy, Wright supo seguir los consejos editoriales de famoso Book of the Month Club, una mezcla de empresa de venta de libros por catálogo con círculo de lectores que aún sigue en pie en formato digital. Cambió pasajes que la editorial consideraba que podía ser tomados como ofensivos. No era una claudicación. Book of the Month nunca antes había considerado un libro de un autor afroamericano y Wright no solo sabía lo que significaba, también qué hacer con eso.

El peso de ser el primero

Richard Wright fue un escritor que ajenos y propios podían ver cómo subversivo. Un hombre mediado por la dominación blanca y también por su rechazo a los elementos propios de la cultura afroamericana, como la preeminencia de lo religioso y la incapacidad de encausarse de manera colectiva. Un hombre de izquierda expulsado de comunismo real de tipo soviético y que, macartismo mediante, terminaría en un casi exilio parisino alejado de los debates de su país. Fue el hombre que, sin guía ni apoyo, aprendió a ser un lector que podía convertir ideas en obras trascendentales. Murió en 1960, a los 52 años y todo lo posterior sería distinto. El fin de las leyes de Jim Crow y una generación de escritores afroamericanos como James Baldwin y Toni Morrison. Artistas que conocieron el horror del sur por relatos de sus padres emigrados y por la sangre que seguía corriendo y salpicaba el debate público. Y Selma, Luther King y la mar en coche televisada. Baldwin en debates del primetime con Malcom X un día y con el prócer del conservadorismo yankee William F. Buckley otro. Un mundo en pantalla y papel a color que comenzaba a deslumbrar a Marshal McLuhan.

Richard Wright fue un escritor que ajenos y propios podían ver cómo subversivo. Un hombre mediado por la dominación blanca y también por su rechazo a los elementos propios de la cultura afroamericana, como la preeminencia de lo religioso y la incapacidad de encausarse de manera colectiva

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En 1986, se estrenó en Estados Unidos la primera versión cien por ciento autóctona de Native Son. Con un actor ignoto interpretando a Bigger y con una recién consagrada Oprah Winfrey en el papel de su doliente madre. Seguramente no le hubiera gustado porque ni la presencia de la reina del talk show pudo salvar lo insulso de la adaptación. Lo cierto es que otros 37 años después, la obra de Richard Wright sigue sin perder relevancia social. También el mensaje que dejaron sus acciones y obras: podemos ser bichos solitarios, pero la salida siempre es colectiva.

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