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20 de septiembre 2021

Lucía Aisicoff

EL SUEÑO HÚMEDO DEL ALBERTISMO

Tiempo de lectura: 3 minutos

“Es ahora”, dijo el miércoles uno de los ministros que encabezó la resistencia en Casa Rosada. Envalentonados ante el embate de Cristina Kirchner, los dirigentes que responden a Alberto Fernández fantaseaban con salir empoderados de la crisis. Buscaron respaldos, sondearon el clima y hasta alentaron la convocatoria a una marcha como demostración de fuerza propia. Santiago Cafiero, Gustavo Béliz, Julio Vitobello, Gabriel Katopodis y Juanchi Zabaleta creyeron que había llegado el momento. No se habló de una ruptura explícita, pero sí de la oportunidad para armar un gabinete que dejara fortalecido al Presidente. Un giro creativo que lo pusiera al mando. Creyeron que el propio Alberto, que había frenado desde el primer día de su presidencia cualquier intento de conformar un espacio que le diera volumen propio, esta vez tenía voluntad de dar pelea. Un Alberto que se animó a retrucar el “así, no” de la vice con su propio “así, no”. Un Alberto que, horas más tarde, terminó clausurándoles el sueño de la emancipación.

El nuevo gabinete demuestra que Cristina se salió con la suya: forzó cambios antes de noviembre, logró retener a Wado de Pedro, desplazó a Cafiero y liquidó a Juan Pablo Biondi. Además, primereó al Presidente dándole la venia para sumar a Juan Manzur. El triunfo cristinista esta vez no puede medirse en términos cuantitativos por la inclusión de fichas propias, pero se vuelve evidente en la derrota de Alberto, que aceptó todas las condiciones. Obtuvo, a cambio, un gabinete de transición con aroma a gobernabilidad. Alberto no perdió en el reparto, pero debió abandonar el intento de aprovechar la crisis como una oportunidad para armar algo distinto. ¿Qué hubiera hecho Néstor Kirchner en un escenario semejante? Una pregunta tan engañosa y contrafáctica como dolorosa para los que se ilusionaron con un gesto de coraje. “Esperábamos el nacimiento del albertismo y revivió el duhaldismo”, sintetizó Fernando Rosso.

El triunfo cristinista esta vez no puede medirse en términos cuantitativos por la inclusión de fichas propias, pero se vuelve evidente en la derrota de Alberto, que aceptó todas las condiciones. Obtuvo, a cambio, un gabinete de transición con aroma a gobernabilidad

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“Estamos emocionalmente desmoralizados”, admiten cerca de uno de los ministros de mayor llegada al Presidente. Un estado anímico que no deja lugar a dudas sobre quién se impuso en la correlación de fuerzas: “Fue Urquiza ganándole a Mitre en el campo de batalla de Pavón, pero después cerrando un acuerdo que dice todo lo contrario”. La exageración da cuenta de la decepción que sienten los que lo blindaron ante la amenaza de un “golpe de palacio”, para luego comprender su decisión de pactar. Hubo escenas de albertismo explícito: confusión, ambigüedad, avances y retrocesos. Sobrevuela la duda: ¿por qué Alberto no se animó? ¿Fue falta de valentía o primó en él un gesto de responsabilidad ante el fantasma del desgobierno? Es posible que haya pesado lo propio en la balanza, para concluir que no era suficiente para evitar un salto al vacío. Esos gobernadores que lo arengaron a “sacar” a los funcionarios kirchneristas, ¿hasta qué punto le tenderían la mano después de una derrota en noviembre? La oposición de Parque Patricios, que eligió un silencio prudente como estrategia ante la exposición de miserias ajenas, ¿hasta qué punto estaría dispuesta a colaborar para que termine su mandato?

La pregunta que aún no tiene respuesta radica sobre el alcance autodestructivo del movimiento de una Cristina que -en palabras de Diego Genoud- perdona todo menos perder. La vice desplegó una jugada que podría terminar dándole la razón en caso de que lo que venga sea un giro en el rumbo del Gobierno, algo de lo que por ahora no hay ningún indicio. De lo contrario, el riesgo es que la escena selle el quiebre de un proyecto de unidad que fracasó y que le haya demostrado también el límite de su propia fuerza. Sería el inicio de un largo retorno a Unidad Ciudadana. Pero cualquier conclusión hoy es prematura, porque seguro habrá más cartas en juego. El kirchnerismo apelará al tiempo como el gran ordenador, mientras Alberto intenta recuperarse del impacto entre palmadas de gobernadores y la ilusión de que los desencantados esta vez se vuelquen a las urnas para darle su remontada. “Era ahora”, la frase que todavía resuena en el albertismo que no fue.

Hubo escenas de albertismo explícito: confusión, ambigüedad, avances y retrocesos. Sobrevuela la duda: ¿por qué Alberto no se animó? ¿Fue falta de valentía o primó en él un gesto de responsabilidad ante el fantasma del desgobierno?

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