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01 de abril 2022

Tartu

EL CHOLO DURÁN (CAPÍTULO 2)

Tiempo de lectura: 6 minutos

-¡Vinissssste!

Así, a lo argentino, me dijo Roberto Durán a mediados de junio de 1997, una tarde abrasadora en un gimnasio cualunque de San Miguel, un barrio tan bravo como abandonado de la mano de Dios de Panamá City. El Cholo estaba entrenando para la revancha de la pelea que había perdido por puntos en Mar del Plata contra el Roña Castro cuatro meses antes donde una noche calurosa pero no abrasadora de febrero en MDQ, Durán recibió un directo de derecha que hubiera sido capaz de tirar a cualquiera menos a Roberto, que aguantó y perdió por puntos. Locomotora Castro no pudo voltear a Durán.

Pero Mano de Piedra pudo noquear un caballo. En los años 70 cuando iba rumbo al cielo con diamantes, un señor de los ricos panameños, de los que se entretienen con los brutos le ofreció 200 dólares si lograba voltear un caballo. Para una persona como Roberto que se había criado comiendo salteado como uno de 9 hermanos en un hogar sólo soportado por su madre 200 usd todavía le parecían mucha plata. El caballo era propiedad de un millonario panameño descendiente de los fundadores del Jockey Club Panamá, donde los apellidos de la comisión fundadora eran tales como Robertson, Cardoze, Vecker, Mcginnis, Boyd y Boone. Los yankees ya venían apropiándose de Panamá, a la que habían ayudado a independizarse de Colombia en 1903 y del canal de Panamá, que en un principio iba a ser construido por los franceses. Como en Vietnam, los yankees vinieron después de los franceses, pero esta guerra, comercial, la ganaron. El canal de Panamá, que evita que todos los buques cargueros del mundo deban navegar el peligroso Cabo de Hornos en el sur argentino, es un proyecto original de Humboldt, que además de ser una calle de Palermo Hollywood, era un ingeniero alemán con weltanschauung, ése vocablo en alemán que significa cosmovisión y tantas otras cosas más como le gusta al idioma de Goethe. Si bien la idea del canal fue prusiana, la ejecución fue gala en un primer momento. Ferdinand de Lesseps quería replicar en Panamá lo que hizo en el canal de Suez, volando montañas con dinamita para hacer un paso a nivel del mar. Lesseps empezó con un festival de explosiones en el macizo Culebra que se transformaron en un espectáculo en sí mismo, como si fueran los fuegos de la final de la Champions League diseñados por Kim Jong Un de Corea del Norte.

"¡Vinissssste! Así, a lo argentino, me dijo Roberto Durán a mediados de junio de 1997, una tarde abrasadora en un gimnasio cualunque de San Miguel, un barrio tan bravo como abandonado de la mano de Dios de Panamá City."

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Quien puso final a ése dislate de ruido y color fue Gustave Eiffel, que justo estaba levantando una obra de ingeniería pasmosa que 133 años más tarde terminó como background de las fotos de Wanda con Icardi o Messi con Antonela. Eiffel le hackeó la obra a Lesseps y en lugar de hacer un canal a nivel del mar diseño esclusas para subir y bajar los barcos. Como en toda obra de infraestructura que se precie, todo terminó en un escándalo de corrupción donde Eiffel fue condenado a 4 años de prisión por desvío de fondos. Zafó de la cárcel pagando el precio de parar la obra del canal para Francia y entregándosela en bandeja a Estados Unidos y la elite panameña que quería separarse de la Gran Colombia. Los franceses dejaron como legado los caballos que traían de contrabando de Jamaica y la costumbre de hacerlos correr en cuadreras, siempre montados por jockeys jamaiquinos, la primera exportación cultural de Jamaica antes que el reggae. Otra vez, como en Vietnam y en el canal, los yankees vinieron después de los franceses y se quedaron con la hípica panameña que 133 años más tarde produjo un caballo de 400 kilos que quedó cara a cara con Mano de Piedra Durán. El Cholo lo midió y le bajó un derechazo con la fuerza de ésas prensas hidraúlicas que vemos en Youtube detrás de la oreja y volteó al caballo ante la mirada de su entonces novia Felicidad, el rico hacendado panameño y los casuales concurrentes a la finca. “La verdad es que no lo noqueé porque el caballo se levantó antes de los 10 segundos. Pero bien que me merecía los 200 usd, ¿no?”, dice Durán, a la vera de la piscina del hotel El Panamá.

Estamos sentados, con un grupo de argentinos, en una noche disparatadamente calurosa fuera de una de las cabañas que sirven para dejar la toalla y el traje de baño y cambiarse y refrescarse con lo que haya en el minibar. “¿Probaron el isinglas?”, suelta Durán y mientras todos nos miramos con cara de “¿De qué estás hablando Willis?” se hinca y reparte unas botellitas como de agüita mineral con la etiqueta Icing Glass. Helada, la tomamos hasta que un afropanameño del entourage de Mano de Piedra dice: está hecha de algas. Segundo momento de “¿De qué estás hablando Willis?” en menos de 2 minutos. “Es la bebida de los negros”, dice antes de agregar: “La trajeron los negros de allá pero la tomamos los negros de acá”. ¿Cuántos negros hay entonces? En Panamá hay 15% de población afro. Pero son de dos orígenes diferentes. “Los negros de allá” como decía el amigo de Durán son los afroantillanos que fueron mano de obra del Canal y llegaron desde Jamaica y Barbados. Anglófonos, trajeron su cultura y nunca terminaron de encajar con los afrocoloniales panameños, puesto que los afroantillanos se consideran negros y no panameños. Su identidad es su raza y su historia y el isinglas.

El embajador de Panamá en Argentina, que venía a mi escuela de Villa Devoto cada 3 de noviembre en ocasión del Día de la Independencia de su país, no era afroantillano, claro, sino afrocolonial. Un negro portentoso que bajaba de un Mercedes Benz con banderitas panameñas flameando en los guardabarros y se sacaba fotos con todos los grados de blancas palomitas mientras todos lo mirábamos como si fuera Kareem Abdul Jabbar. Ahí aprendí el himno de Panamá, que por supuesto, empecé a cantar, bajito pero sin verguenza, en la piscina del hotel 5 estrellas que fuera usado por la CIA como base de operaciones durante la invasión yankee a Panamá en 1989.

"Como en Vietnam y en el canal, los yankees vinieron después de los franceses y se quedaron con la hípica panameña que 133 años más tarde produjo un caballo de 400 kilos que quedó cara a cara con Mano de Piedra Durán. El Cholo lo midió y le bajó un derechazo con la fuerza de ésas prensas hidraúlicas que vemos en Youtube detrás de la oreja y volteó al caballo ante la mirada de su entonces novia Felicidad"

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-Alcanzaaaaamoooooos por fin la victoria, en el campo feliz de la unión, con ardientes fulgores de gloria se ilumina una nueva nación, dije yo.

-Con ardientes fulgores de gloria se ilumina una nueva nacioooooooón, se sumó Durán.

-El himno de mi escuela, dije.

-El himno de mi país, dijo Roberto y agregó: “Mañana te vienes al boxing club, allá en San Miguel, quiero que conozcas a un entrenador”. Pensé enseguida en Amílcar Brusa, el hacedor de Carlos Monzón, que solía preparar pupilos colombianos en Panamá, otrora pedazo de la Gran Colombia.

-¿Es Brusa?, dije y agregué, canchero, como para mostrarme connaisseur: “Pedile que te cuente la vez que Hagler le ofreció 3 millones de dólares a Monzón para una pelea a todo o nada a fines de los 70”.

-No, no, no es Brusa, es mejor que Brusita. Es entrenador de gallos de riña. Un gallero que conozco. Quiero que te lleve a las peleas de gallos del weekend. Creo que hay riña en Mi Ranchito o en Los Primos.

¿Qué iba a decir? ¿Qué no? Si ya me había tomado una bebida de algas como no iba a estar para una riña de gallos en los bajos fondos de Panamá City.

 Si Castro se empecina en sacarlo con un solo golpe -es casi seguro que eso pase- su condena serán las tarjetas.

Para Castro, el KO es el salvoconducto para escaparse de un reducto que vio ganar a Durán en 41 de sus 42 combates aquí. La última derrota en esta ciudad fue en 1972. Cuesta empinadísima, mínimo de 90º, la que deberá subir el hombre de Caleta Olivia. Porque servirá recordar que su adversario perdió por KO nada más que ante Tommy Hearns.

Por el 100. Roberto Durán buscará hoy su triunfo Nº 100 en una legendaria carrera que tiene 12 derrotas. Debutó como profesional el 9 de marzo del Ô67, cuatro meses antes de que naciera Castro. En 1972 ganó el título liviano (venció entonces a Ken Buchanan), la primera de las cuatro coronas mundiales.