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18 de julio 2022

Martín Prieto

Escritor, profesor de Literatura argentina en la Universidad Nacional de Rosario.

POEMAS EN LA TELEVISIÓN

Tiempo de lectura: 9 minutos

Lo ven mi amigo Daniel y su compañero de pieza, a quien llamamos “el alemán”, en la clínica de rehabilitación. Lo ve nuestra vecina (podemos escucharlo a través de las dulces paredes de vidrio). A veces lo vemos nosotros. Todos respondemos a la presión que el programa impone. En primer lugar, imaginar cómo nos hubiera ido, en caso de haber participado. ¿Hubiéramos ganado el millón?

La vez pasada jugaba un pibe, de menos de veinte años. No llegamos a saber qué estudiaba, pero algo estudiaba. Le tocó, en un determinado escalón, responder a una pregunta sobre Lengua y literatura. Era evidente, por su cara, aun antes de que le formularan la pregunta, que iría a dar una respuesta guiada por la intuición. Que no sabía nada sobre la materia. Como le habíamos tomado alguna simpatía, lo lamentamos de antemano. Sin embargo, lanzada la consulta, volvimos a poner en él todas nuestras esperanzas. Después de que los demás participantes habían tenido que agachar la cabeza ante preguntas complejas aun para nosotros sobre complementos verbales y lugares y fechas de nacimiento de autores desconocidos por todo canon, al pibe le había tocado una fácil para saltar al siguiente escalón. ¿Quién no sabría cómo terminaban los versos de Baldomero Fernández Moreno que comenzaban “Setenta balcones hay en esta casa/ setenta balcones…”? El autor de la pregunta, para facilitar las cosas, junto a la respuesta correcta, había puesto, como opción, una manifiestamente incorrecta. Un tajante e inconfundible error. El pibe pensó un segundo, levantó la vista y respondió, seguro: “y ningún pájaro”. El condescendiente conductor, el que se las sabe a todas, porque las tiene a todas anotadas, lo amonestó inmediatamente: “Nooo. Los famosos versos de Baldomero Fernández Moreno  (y acá aprovechó para, didácticamente, anoticiar a los televidentes -y al pibe- de unos muy inútiles datos biográficos del poeta que irían a ser inmediatamente olvidados por todo el mundo) dicen: Setenta balcones hay en esta casa/ setenta balcones y ninguna flor”. Subrayó, y repitió, enfático, “y ninguna flor”. Pero era notorio que el conductor, en este caso fuera de cámara, estaba leyendo los versos que él mismo calificaba como “famosos”. Daba la impresión de que a esas líneas a las que en la Facultad llamábamos “memorables”, no solo porque seguían siendo recordadas un siglo después de haber sido publicadas sino porque, además, cualquiera se las sabía de memoria, ya no las conocía nadie.

José Pedroni.

En clase, este mismo año, antes de la revelación televisiva, repasábamos esos u otros versos de Baldomero, algunos de Evaristo Carriego y, principalmente, los popularísimos de Alfonsina: “estos versos que todos conocemos, estos poemas que, si yo empiezo a recitarlos, todos podrán seguirlos hasta el final”. Algo, tal vez los fantasmas futuros del pibe y del conductor de la televisión, nos alertaba acerca de no hacer la prueba, de no dejar el poema suelto, no fuera a ser que nadie lo pudiera terminar de cantar.

“Una forma popular para una demanda popular”. Eso fue el posmodernismo. Una forma popular (asuntos simples y cotidianos, metros sencillos, rimas sencillas también) para una demanda popular: la de esos poemas que se publicaban en folletines de tiradas enormes, en diarios, en revistas de interés general o del corazón

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De aquellas clases, que ya vemos que para el programa del año próximo habrá que ajustarlas en su temporalidad (“estos poemas que fueron populares alguna vez y que si ustedes empiezan a recitar en sus casas, seguramente sus madres, sus padres o, sobre todo sus abuelas y sus abuelos, podrán seguirlos hasta el final”) nos queda, sin embargo, una formulación. De esas formulaciones-cartel, formulaciones-epigrama que a veces a los profesores nos surgen en medio de una clase, en esos momentos de entusiasta verborragia, cuando nos corremos del guión de la exposición que traemos anotado en unos papelitos sueltos: “una forma popular para una demanda popular”. Eso fue el posmodernismo. Una forma popular (asuntos simples y cotidianos, metros sencillos, rimas sencillas también) para una demanda popular: la de esos poemas que se publicaban en folletines de tiradas enormes, en diarios, en revistas de interés general o del corazón, que recitaban sus mismas autoras, sus mismos autores, o recitadoras y recitadores profesionales, en bares, en teatros, en tertulias. Esa fue la última generación de poetas populares. Que fue, por lo tanto, la última generación de poetas potencialmente anónimos. Porque la cadena comunicativa fue tan extensa y tan radial que en un momento los poemas se desprendían de su origen. Lo olvidaban. Pasaban a ser de todos. La hija de José Pedroni, otro de los grandes posmodernistas populares, vio impresos, en un kiosco, en Guatemala, en un afiche que se vendía para el Día de la Madre, los famosos versos de su padre:

Y un día, un dulce día, quizá un día de fiesta/ para el hombre de pala y la mujer de cesta;/ el día que las madres y las recién casadas/ vienen por los caminos a las misas cantadas;/ el día que la moza luce su cara fresca,/ y el cargador no carga, y el pescador no pesca. . ./ -tal vez el sol deslumbre; quizá la luna grata/ tenga catorce noches y espolvoree plata/ sobre la paz del monte; tal vez en el villaje/ llueva calladamente; quizá yo esté de viaje. . .- / Un día, un dulce día, con manso sufrimiento,/ te romperás cargada como una rama al viento./ Y será el regocijo/ de besarte las manos, y de hallar en el hijo/ tu misma frente simple, tu boca, tu mirada,/ y un poco de mis ojos, un poco, casi nada. . .

Pero al pie del afiche,  en vez de la firma de su padre, leyó: “de autor anónimo”. Qué buen regalo para Pedroni, que había escrito una vez: “La gloria no es más que un verso recordado”. Que lo que corriera, si algo corría, ambicionaba Pedroni, fueran los versos y no el nombre de su autor. Algo parecido pensaba su contemporáneo Juan L. Ortiz:

Hay que perder los vestidos y hay que perder la misma identidad/ para que el poema, deseablemente anónimo,/ siga a la florecilla que no firma, no, su perfección/ en la armonía que la excede…

El universo de lectores de poesía se ha reducido de manera drástica, simplemente porque el cine, la televisión, las series, las canciones e inclusive algún tipo de novelas, ocupan hoy el lugar de concentración simbólica de asuntos primarios (amor, desamor, maternidad, paternidad, duelo, soledad) que antes ocupaba, en parte, la poesía

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“Perder los vestidos”, escribe Juanele. Como perder las joyas. Las de la vanidad, las de la pompa, las del nombre propio, a cambio del desiderátum de un poema anónimo como una flor que no firma su perfección. Una flor silvestre que no es que no tenga nombre, sino que tiene uno que nadie conoce. Pero los poemas de Juanele no han perdido aun la identidad de su autor. Y tal vez ya no la pierdan. Porque la poesía ya no es un género popular. No porque los poetas posteriores a Alfonsina, a Pedroni, a Baldomero, hayan sido elitistas (aunque muchos, por las dudas, lo fueron) ni porque no hayan tocado el corazón sensible del lector. Sino porque el universo de lectores de poesía se ha reducido de manera drástica, simplemente porque el cine, la televisión, las series, las canciones e inclusive algún tipo de novelas, ocupan hoy el lugar de concentración simbólica de asuntos primarios (amor, desamor, maternidad, paternidad, duelo, soledad) que antes ocupaba, en parte, la poesía. No hay forma popular, porque no hay demanda popular. Y en todo caso, la persistente forma popular, cultivada por los posmodernistas del día, que debe haberlos, ocupa un espacio anacrónico, marginal, inclusive folclórico, que no responde a ninguna demanda.

Baldomero Fernández Moreno.

Fue popular y anónimo casi a su pesar, por dos minutos, Raúl González Tuñón:

Al terminar la lectura en el Ateneo de Madrid se acercó una joven enlutada para pedirme mi poema “La Libertaria”, dedicado a una muchacha muerta en la cuenca minera de Asturias, al pie de una ametralladora. Dos años después, en plena Guerra Civil, a un centenar de escritores y periodistas de muchas partes del mundo nos invitaron a un acto que iba a realizarse en un teatro. Al final, un coro cantó mi poema “La Libertaria”. Enseguida marché hacia el escenario, porque no habían dado el nombre del autor de la letra, y pensaba decirles que era yo. Pero algo me iluminó pues me limité a preguntar: “¿De quién es el poema?”. Me contestaron: “No lo conocemos, es un autor anónimo”.

Fueron populares, entre las décadas de 1960 y 1970, cuando después de la revolución cubana de 1959, gran parte de la sociedad latinoamericana se politizó, algunos poetas políticos: Mario Benedetti, Ernesto Cardenal, Roque Dalton, Juan Gelman. Y su popularidad, sin embargo restringida a una juventud preferentemente universitaria o parauniversitaria, preferentemente de clase media, preferentemente ilustrada en primera o segunda generación, afectó positivamente a algunos poetas no políticos, como Alejandra Pizarnik (también beneficiada por la onda expansiva de Rayuela y del cortazarismo en general) y, retroactivamente, activó la obra de algunos poetas de las vanguardias de los años 20: Pablo Neruda, Oliverio Girondo, César Vallejo. Todo duró un soplo y quedaron, sueltos, desasidos de sus poemas, que ya nadie recuerda, algunos versos “de ocasión”, que tal vez hayan sido honrados con el anonimato de su autor. Ocasión melancolía: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”. Ocasión duelo: “Hay golpes en la vida tan fuertes…Yo no sé!”. Ocasión optimismo cantor: “Música porque si, música vana”. Y este dístico que puede ser usado para ocasiones amorosas, familiares, domésticas y aun políticas: “No nos une el amor, sino el espanto./ Será por eso que la quiero tanto”.

Lo que vemos (lo que leemos, lo que escuchamos) mientras tanto, son formas nuevas, muchísimas formas nuevas, planetas de formas nuevas, miles de planetas de formas nuevas, cada uno de ellos regido por un nombre (de autor, de movimiento, de época) que se autoabastece y que no se toca con ninguno de los demás

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Si algo tienen en común aquellos versos por un momento anónimos de Tuñón (“Estaba toda manchada de sangre,/ estaba toda matando a los guardias,/ estaba toda manchada de barro,/ estaba toda mancha de cielo/ estaba toda manchada de España”) con los de Pedroni, Neruda, Vallejo, Nalé Roxlo y Borges son sus metros convencionales, endecasílabos en unos casos, alejandrinos en otros. Pareciera que, hasta ahora, las únicas formas que tienen la capacidad simultánea de persistencia y transmisión (que en este caso serían interdependientes) son las formas viejas, consolidadas por el uso, cuyo tiempo puede medirse en siglos. ¿Pero puede una forma vieja transmitir una novedad? Lo que vemos (lo que leemos, lo que escuchamos) mientras tanto, son formas nuevas, muchísimas formas nuevas, planetas de formas nuevas, miles de planetas de formas nuevas, cada uno de ellos regido por un nombre (de autor, de movimiento, de época) que se autoabastece y que no se toca con ninguno de los demás. Todos solo preocupados por su subsistencia (el pan amargo que ofrecen los festivales, las ferias, los premios) en espera de que, en algún momento, en un programa de televisión, cuyo premio ya deberá ser de 1.000 millones, el locutor, a la vista, sin papeles, recite un poema del que no conoce la fuente, porque ya es de todos, y sobre el que va a preguntarle al joven participante su final:

Papá aflojó los tornillos/ para que aprendiera/ a andar sin rueditas. Ella me llevó a la vereda de tierra/ que rodea al hipódromo,/ justo enfrente de casa./ Y cuál es la necesidad/ de aprender a sostener/ mi cuerpo todo de nuevo./ Le hice prometer que no/ me soltaría por nada del mundo;/ giraba apenas mi cuello/ para ver que ella siguiera ahí,/ corriendo justo detrás de mí,/ agarrándome de la parte baja del asiento./ “Yo no te suelto -me decía-,/ yo no te suelto”,/ pero para ese entonces/ ya estaba pedaleando sola/ y no me daba cuenta/ de cómo ella se alejaba de mí,/ aun quedándose quieta/ entre los troncos viejos y gruesos./ Me enojé tanto cuando me di vuelta/ que rechacé ese objeto/ a un costado de la vereda/ y quise volver a casa./ Ahora voy esquivando colectivos./ haciendo finitos, calculo/ el tiempo exacto para pasar en rojo/ y no morir en el asfalto,/ pero así y todo no voy a reconocerlo./ He decepcionado muchas veces a mi madre/ y sé que seguiré haciéndolo./ No hay lugar en el mundo/ para dos personas iguales,/ ni siquiera lo hay en una casa,/ y por eso me fui apenas terminé la escuela./ Pero es necesario para que mamá aprenda./ El equilibrio se fabrica con la distancia,/ si nos quedamos quietas/ seguramente nos vamos a caer./ Ahora rebobino el cassette/ y resulta que soy yo la que se aleja/ mientras ella se queda parada,/ palideciendo bajo el sol de un domingo.

Y el joven levante la vista, sonría, y sin dudar, termine el poema: “Pero yo no te suelto, mamá/ yo no te suelto”.

Daiana Henderson.

BIBLIOGRAFÍA

Baldomero Fernández Moreno. “Setenta balcones y ninguna flor”. Antología 1915-1950. Buenos Aires, Espasa Calpe, 1954.

José Pedroni. “Maternidad”. Obra poética. Santa Fe, UNL, 1999.

Cecilia Vallina. “Entrevista a Ana María Pedroni”.José Pedroni. La vuelta completa. En línea: https://www.youtube.com/watch?v=r0tAfxrIUTc

José Pedroni. “Autobiografía”. La hoja voladora. Buenos Aires, Eudeba, 1961.

Juan L. Ortiz. “Deja las letras y deja la ciudad”. Obras completas, Santa Fe, UNL, 1996.

Horacio Salas. Conversaciones con Raúl González Tuñón. Buenos Aires, Grupo Editorial Sur, 2013.

Pablo Neruda. “Poema 20”. Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Santiago de Chile, Ediciones Ercilla, 1941.

César Vallejo. “Los heraldos negros”. Poesía completa. México. La nave de los locos, 1979.

Conrado NaléRoxlo. “El grillo”. El grillo y otros poemas. Buenos Aires. Eudeba, 1963.

Jorge Luis Borges. “Buenos Aires”. Obras completas. Buenos Aires. Emecé, 1974.

Raúl González Tuñón. “La Libertaria”. La rosa blindada. Buenos Aires, La rosa blindada, 1963.

Daiana Henderson. “Equilibrio”. Un foquito en medio del campo. Rosario, EMR, 2013.