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TITANES DEL COCO, DE FABIÁN CASAS

En una época como la nuestra, plagada de cinismo, pastiche y placeres camp, hace falta tener mucho coraje para transitar por los lindes de un género tan desprestigiado como el costumbrismo y no hacerlo desde una perspectiva paródica. O, quizás, más que coraje haga falta talento y una búsqueda sincera. Y eso es lo que sobra en Titanes del coco, el último libro del periodista, poeta y novelista, Fabián Casas.

 

A diferencia de lo que sucede, por ejemplo, con el realismo y su ambición de exponer un concepto a través de historias ejemplares, el costumbrismo se caracteriza por establecer una relación más superficial con la realidad a la que se enfrenta. (Esta afirmación de superficialidad, por supuesto, no trae aparejada ninguna clase de implicancia peyorativa. En todo caso, esta surgiría frente a ciertos malos usos como el de la ingenuidad machista neoliberal que asola nuestra literatura desde hace más de treinta años.) Una realidad que es presentada como mera superficie, como un conjunto heterogéneo de acciones, personajes, situaciones y discursos que no se subordinan a nada ni a nadie sino que ostentan plenamente su autonomía ontológica.

Ese deseo imposible, esa ilusión efímera de haber evitado las peligrosas trampas de la representación, es lo que se encuentra en la base de la tradición de los cuadros de costumbres y en el estilo que, desde los tempranos años ’90, Casas viene modelando con paciencia de orfebre. En su búsqueda, sin embargo, esa superficie de la realidad que se materializa a través de situaciones cotidianas, personajes de barrio, referencias a la cultura popular y utilización del lenguaje coloquial, no funciona meramente como el punto de contacto con un posible lector empático sino como el punto de partida para un desplazamiento hacia otra dimensión del texto.

En términos estructurales, las historias que componen Titanes del coco se organizan en torno al personaje de Andrés Stella y a la redacción del diario en el que trabaja. No obstante, reducir la esencia del libro a un estudio sobre la actualidad del periodismo o al retrato despiadado de personajes reconocibles de ese ámbito, resultaría equivalente a describir En busca del tiempo perdido como una novela sobre magdalenas. Si bien el mundo del periodismo funciona como la fuente recurrente de la cual surgen los diversos relatos que pueblan sus páginas, ese grado cero de la narración es constantemente desplazado hacia una nueva forma de homeóstasis poética en la que convergen todas las historias: la simpleza del lenguaje coloquial se desdobla en metáforas y comparaciones que producen un choque de universos semánticos; la densidad psicológica de sus personajes se va complejizando hasta transfigurarse en fantasías, mitos y leyendas; la cotidianidad de los hechos de la realidad excede su dimensión material y se introduce en una forma de trascendentalidad espiritual.


 Lenguaje

La textura del discurso de Casas se caracteriza, principalmente, por una fluidez proveniente de una combinación de tres factores. En primer lugar, el uso de un vocabulario sencillo y accesible que carece de todo tipo de expresiones grandilocuentes. En segundo lugar, el desdibujamiento del discurso directo e indirecto que sutura las diferencias de registro entre narradores y personajes. Y, por último, el encadenamiento atemporal de historias diversas que da como resultado una especie de mosaico de personajes y situaciones en constante movimiento.

Ahora bien, dentro de esta maquinaria aceitada a lo largo de años de perfeccionamiento, Casas intercala una serie de metáforas y comparaciones que se introducen en la comodidad del discurso y lo hacen explotar por medio del contacto con universos semánticos inesperados:

“Así que no quería hablar sobre Robinson, no sabía nada de eso. Dos ajedrecistas, con dos vasos de fernet, en silencio, sin tablero.”, “En la redacción se formaban scrums espontáneos donde los grupos se enfrentaban, cabeza a cabeza, para ganar el dominio de la pelota pulpo que Robinson había puesto en juego. Yo estaba embarazado de la pelota pulpo y me parecía que se me notaba la panza.”, “El Sereno trata de dormir unos segundos, en medio de la multitud frenética, con los brazos puestos en posición de yoga. Es como un Buda inmenso y manso bajo los efectos del rivotril.”

Para una mente vanguardista, la aparición de estas figuras disruptivas podría resultar una forma privilegiada para deconstruir el género costumbrista y examinar sus estrategias narrativas a través de una mirada crítica. Casas, por el contrario, no pareciera tener ningún interés en reflexionar sobre un género en el que tampoco se siente cómodo de ser ubicado. En su literatura, estos recursos distan tanto de lo metareflexivo como del embellecimiento de situaciones ordinarias. Se asemejan, más bien, a una transferencia de sentido que permite un corrimiento hacia otro modo de percibir la realidad.

Según Ricoeur, “la verdad metafórica concierne a la aplicación de predicados o de propiedades a algo y constituye una especie de transferencia, como la aplicación a una cosa coloreada de predicados tomados del reino de los sonidos”. Retomando esta misma lógica, las metáforas que Casas despliega en Titanes del coco funcionan como una especie de portal retórico que hace posible el pasaje entre una visión materialista -caracterizada por el personaje de Robinson- y una perspectiva metafísica –representada por el contrapunto de la fantasía cortazariana-.

 Fantasía

Tomados de la mano de esta Alicia del barrio de Boedo, cruzamos al otro lado del espejo y nos enfrentamos a una imagen despojada del universo mental de los personajes. En este espacio enrarecido, el primer elemento que nos sale al encuentro es la maquinola. Una especie de octavo pasajero de las redacciones que hace que los periodistas vean complots, tramas ocultas y despidos por todas partes. Lo interesante de esta encarnación -a la vez maquínica, orgánica y mental- de las neurosis personales radica en que, a través de ella, el miedo se aleja por un momento de su carácter individual-psicoanalítico y puede reconocerse como una red virtual compartida.

En esta misma línea, se encuentra la descripción de una serie de personajes cuya importancia proviene de la forma en la que son percibidos socialmente. Eduardo Galarraga -joven preceptor de un colegio de Almagro- interesa a los periodistas que investigan su desaparición sólo a partir del rumor que circula acerca de su status de adorador y lugarteniente del diablo en el colegio nacional Christian Brenner. Javier Heraud -poeta peruano nacido en cuna de oro- es ascendido a leyenda por el prologuista de uno de sus libros, debido a su participación en la revolución cubana donde, con la lucha y con la muerte, le pone el cuerpo a su poesía. Pyman -padre de familia, desaliñado y poco confiable- se vuelve, a los ojos de Andrés Stella, un rey en las alturas y un pensador de la concha de su madre en lo que a temas metafísicos refiere.

Lo que todos estos personajes tienen en común es que configuran el imaginario fantástico que subyace a Titanes del coco pero siempre desde una mirada distanciada. Andrés Stella se hace cargo de la descripción de los personajes que lo rodean pero en los capítulos en que se vuelve necesario adentrarse en su propia imaginación, el narrador pasa de la primera a la tercera persona. La investigación acerca de Galarraga se nutre de testimonios de personas que lo conocieron, pero estos se encuentran sumergidos en el registro diario de los periodistas como si se tratara de detectives de un policial negro. La leyenda de Rodrigo Machado (nombre de combatiente de Javier Heraud) no es expuesta desde su poesía ni desde sus palabras sino a través de la combinación de análisis y alabanza que caracteriza al prólogo literario.

Haciendo uso de esta red heterotópica de narradores y dispositivos de enunciación, Casas evita perderse en el carácter místico de la leyenda popular y permite al lector ubicarse en los intersticios del desplazamiento entre realidad y fantasía.

Espíritu

El último de los desplazamientos que tienen lugar en Titanes del coco es el que desemboca en una visión trascendente de la realidad. Llegando a los últimos capítulos del libro, empieza a producirse una modificación en las prioridades narrativas de forma tal que las situaciones concretas comienzan a subordinarse a las proposiciones teóricas.

Las vidas de Chumpitaz y Nina se encuentran determinadas por la fe ciega de Galarraga y Roy en la teoría del Conocimiento y el superesfuerzo. Los peligros que el arte del triping deparan para Pyman, su familia y Blanca Luz se ven justificados por la concepción de la esencia y su importancia para sobrevivir en este mundo común. Y el futuro de Andrés Stella, como padre y como marido, dependerá de la teoría del enfrascamiento y de su participación en un grupo terapéutico.

El común denominador que atraviesa a todas estas nociones radica en que parten de una concepción dual del hombre, así como de la posibilidad de ir y venir entre estas dos instancias. Las teorías del conocimiento, de la esencia y del enfrascamiento postulan la existencia de una naturaleza profunda del sujeto, perdida debido a los avatares de la vida cotidiana, con la cual es posible volver a establecer contacto por medio del superesfuerzo, el triping o la terapia de grupo, respectivamente.

A la manera de conejillos de indias, Casas ira inyectando a sus personajes con las diversas cepas de estas teorías metafísicas, convirtiéndolos en comprobaciones ficcionales de la posibilidad de tránsito entre la superficie y la profundidad.

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De alguna manera, podría decirse que esta relación entre superficie y profundidad constituye el principio productivo a través del cual funciona Titanes del coco. Sin embargo, la solución que Casas encuentra para esta dicotomía lo aleja tanto de los referentes tradicionales del costumbrismo como de sus compañeros generacionales de la literatura under de los ’90.

Si para Sacheri, todos los elementos de la realidad tienen un correlato necesario que los completa como el significado al significante; para escritores como Rejtman, el objetivo principal es extirpar a la realidad de cualquier clase de significado profundo o ulterior. En Casas superficie y profundidad se convierten en una misma dimensión en constante movimiento. Una cinta de Moebius desplegada. El costumbrismo entendido como inmanencia spinozeana.

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