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02 de septiembre 2016

Mariano Schuster

Jefe de redacción de La Vanguardia. Editor en Nueva Sociedad.

DILMA, TEMER Y VOS

La izquierda suele tener problemas con la verdad. No toda, es cierto. Hay militantes honestos que prefieren no callar las corruptelas de sus propios partidos, las traiciones de sus propios dirigentes, las derivas autoritarias de sus organizaciones. La norma, sin embargo, es otra. La de defenderlo todo sin miramientos. La de tragar y aguantar. La de mentirse a uno mismo. En definitiva no está tan mal. Esta es la izquierda posible –dicen. Ustedes no entienden que enfrente está la poderosa derecha dispuesta a aniquilarlo todo.

Los argumentos no distinguen matices. Los procubanos deben defender las atrocidades de Fidel para contrarrestar las atrocidades de Estados Unidos. Los socialdemócratas deben aceptar ajustes para evitar que accedan al poder los liberales. Los comunistas debían apoyar a la Unión Soviética y a la Alemania Oriental para evitar el peligro de la infiltración capitalista.

Los militantes suelen hablar en voz baja: Más tarde haremos autocrítica– dicen. Pero la autocrítica tarda tanto que nunca llega. En ocasiones, la defensa de lo indefendible genera un griterío es ensordecedor que no permite pensar.

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Miren la foto. El hombre de barba se llama Luiz Ignacio “Lula” da Silva. Cuando fue tomada, todavía era un obrero, hijo de padres pobres, un metalúrgico que había perdido el dedo meñique de su mano izquierda trabajando con una prensa hidráulica. No tardó mucho tiempo en convertirse en sindicalista y alma de las rebeliones populares contra la dictadura militar. Entonces, tenía un proyecto. Justicia, democracia y socialismo. Junto a él, está Dilma Rousseff, una mujer valiente que prefirió abandonar la comodidad de su hogar privilegiado para luchar contra la dictadura militar como guerrillera de la Organización Revolucionaria Marxista Política Obrera. En 1970 fue torturada y condenada a prisión durante tres años. Aunque siguieron distintos caminos, la historia los unió en un partido decidido a luchar por una transformación radical de la sociedad brasileña: el PT.

Hace dos días Dilma Rousseff fue destituida de su cargo como presidenta de Brasil en una maniobra política. Los militantes del PT acusaron un golpe a Lula. Acusaron a los politiqueros de siempre de odio de clase. Gritaron que la derecha desprecia la democracia. Es cierto: el golpe institucional utilizó la corrupción como arma arrojadiza. Reafirmemos: lo que desprecia la derecha es que haya 30 millones de pobres menos. Los grandes medios y los grupos concentrados no soportan ni esto. Pero para pelearse por un poquito, hubiese sido mejor pelearse por todo.

Sucede que la derecha es así. Y conviene saberlo desde el principio. Lula da Silva y Dilma Rousseff lo tenían claro. Muchos militantes de izquierda también. Michel Temer, el ahijado político de Ademar de Barros, el derechista afecto a las dictaduras –  fue, sin embargo, elegido como vicepresidente. Y antes lo fue el evangelista y liberal José Alencar. Entonces argumentaban que había que ganar el poder. Son las normas de la realpolitik. Es una derecha moderna. Tampoco podemos hacer una revolución eran el arma arrojadiza contra aquellos que sostenían posiciones más radicales. Al alcanzarlo no movilizaron ni intentaron realizar una reforma electoral que les permitiese superar esas alianzas. Así borraron la épica. Y no pudieron ni pueden recuperarla.

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Lula ya no es un obrero. Dilma Rousseff ya no es guerrillera. La primera imagen se esfumó para siempre. Aquí los tienen juntos en la foto sonriendo. ¿Sabía Lula quién era Temer? ¿Y Dilma? A la hora de aplicar el ajuste ¿gritaban Fora Temer?

La destitución de Dilma es injusta y arbitraria. Es un golpe a la democracia que merece una condena radical. Pero el griterío no debería hacernos olvidar que la izquierda es un concepto, unos valores y unas ideas: no un partido o un dirigente. Defender la democracia es urgente. Defender a Dilma y a Lula del golpe es correcto, preciso y necesario. Pero es imposible defenderlos de Temer, su aliado.

Los que han sido derrotados no son el compañero metalúrgico y la camarada militante.Su derrota es tan poco épica como lo fueron sus victorias. La tragedia está de su lado. No la épica.

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