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21 de junio 2021

Mariano Schuster

SENTATE, SE MURIÓ FORN

Tiempo de lectura: 3 minutos

Uno se pregunta ahora, cuando las cosas pasaron -o cuando pasó demasiado poco tiempo para decir que las cosas pasaron- si tiene algún sentido escribir, si tiene algún sentido servirse esa copita de licor guindado, prender ese pucho, poner gesto de ocasión y decir alguna cosa.  Y es que a uno lo llaman y le dicen: “boludo, sentate, se murió Juan Forn”. Y siguen “vos que lo admirabas tanto, podrías decir alguna cosa”. Pero uno no quiere decir nada, sobre todo, porque para  homenajear a Forn -para hacerlo con verdadero respeto- uno necesita tener a mano la historia de un ruso del siglo XVIII o la de un poeta porteño de “Letra y Línea” o “Poesía Buenos Aires”, la anécdota de un pianista checo, alguna crónica menor sobre un amor no correspondido en un café de la Viena de entreguerras, la vida de un intelectual rumano, alguna idea sobre una vieja casa de Villa Gesell.

Los obituarios son, al final, un arte estéril. Una trampa. Son el meme del hombre araña señalando al hombre araña. El tipo que dice “que lo haga otro, que alguien escriba sobre Radar, sobre Página/30, que alguien diga lo que hay que decir sobre Forn” mientras lo hace. Son el cronista diciendo “no va más, se acabó”, mientras cuenta lo que sigue, lo que no se acaba.

Entonces, no había que resistir al “fin de los grandes relatos”, sino encontrar las pequeñas historias que daban sentido a los grandes relatos. Porque sin pequeñas historias, los grandes relatos no son ni tan grandes ni tan dignos de relatar

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¿Cómo se escribe ahora sobre Forn? ¿Qué se dice? ¿Camina uno para atrás, se mete en ese living, agarra un viejo Página, un viejo suplemento Radar, lee alguna historia? Estoy parado en el final de la década del 90, la que desmantela las vías pero no puede desmantelarse a sí misma. En la pared hay una foto de Guevara, una foto boluda que uno pegó ahí para hablar estúpidamente de la utopía. Por debajo de la puerta hay un Página/30 con su correspondiente video: ese que puede ser “Queimada” o “Nos habíamos amado tanto”. Tengo en las manos un texto de Forn, uno de esos sobre algún héroe desconocido, un texto de Forn que rescata un libro o un personaje que la historia con mayúsculas no quiso, no supo o no pudo evocar con dignidad. Entonces, no había que resistir al “fin de los grandes relatos”, sino encontrar las pequeñas historias que daban sentido a los grandes relatos. Porque sin pequeñas historias, los grandes relatos no son ni tan grandes ni tan dignos de relatar. Ray Lankaster, aquel asistente al funeral de Marx que no era ni familiar ni comunista, es también parte de la la historia. Lean la crónica de Forn si quieren enterarse. Nos criamos en una izquierda cultural que había perdido el Estado. Pero no había perdido su sensibilidad. Ni su erudición. Ni su sentido.

Georgie dijo una vez de Macedonio: “Lo admiré hasta el plagio”. A uno le pasó lo mismo con Forn. A veces hay que plagiar una actitud. Así que acá estoy, mirando el faro de Mar del Plata, descorchando ese guindado, prendiéndome ese pucho, cruzando hacia el mar y mirando como un boludo el horizonte y la playa y la arena. Sospecho que es un mejor homenaje que sentarse a escribir. Un amigo me manda un mensaje: “No tiene sentido una muerte así. Si no hay Dios esto es una estafa”. Él sabe que no es. O sí, pero no importa.

Ojalá tenga un buen viaje. Habrá que respetar el viernes.

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