05 / 12 | Cultura

STREAMING: UNA HISTORIA DE AMOR


I. Prelude to a kiss

Todos recuerdan su primer beso romántico. El mío, esperado largamente, por fin llegó un domingo al mediodía frente a la estatua ecuestre de Simón Bolívar que vigila al Parque Rivadavia desde la época de Castillo. La jornada, que transcurría soleada, parecía congraciarse con una economía argentina que empezaba a estabilizarse después de años de inflación incontrolable. Comenzaban los noventa y a cambio de ocho pesos que entonces creíamos dólares pude acceder ilegalmente al Folk songs, de Gismonti, Haden y Garbarek. Y sí, lo besé.

Para los jóvenes de comienzos de los noventa que no nos entusiasmábamos con el grunge o con la música que una MTV siempre un poco artera calificaba como “alternativa”, el ingreso el aluvión de importaciones discográficas era una vía de exploración al infinito. Entre aquella avalancha de ediciones importadas, me interesaron especialmente las del sello alemán ECM, un catálogo de jazz contemporáneo, fusión multicultural y música de tradición académica que desde 1969 presentaba sus productos como objetos preciados de cuidadísima concepción y diseño. Durante casi medio siglo, su director, Manfred Eicher, ha supervisado puntillosamente cada copia de aquella Discoteca de Alejandría capaz de cobijar obras trascendentes de artistas como ArvoPärt, Steve Reich, Heiner Goebbels o András Schiff, o figuras que cubren las aristas más interesantes del último medio siglo de la música improvisada, desde Charles Lloyd y Eberhard Weber hasta Keith Jarrett, Wadada Leo Smith, Don Cherry, Ralph Towner, Kenny Wheeler, Dino Saluzzi, Arild Andersen, el Art Ensamble of Chicago y las mejores grabaciones de artistas tan populares como Pat Metheny o Chick Corea. Desde su búnker europeo, Eicher luchaba por emancipar al jazz del estereotipo que identificaba a aquella música con cierto imaginario cool con mucho de aspiracional, que lamentablemente aún sobrevive, especialmente en aquellos que desconocen prácticamente todo sobre la historia del género. Consumidores ostensibles de músicos a los que llaman Miles o Trane, pero jamás de Lennie Tristano, John Surman o Krzysztof Komeda, polaco para colmo, quién te conoce.


"Para los jóvenes de comienzos de los noventa que no nos entusiasmábamos con el grunge o con la música que una MTV siempre un poco artera calificaba como “alternativa”, el ingreso el aluvión de importaciones discográficas era una vía de exploración al infinito"

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Por décadas, una suerte de cofradía universal de coleccionistas con mucho de devotos mantuvieron una suerte de culto por la materialidad del objeto-disco y consagraron a Eicher como sumo pontífice de esa extraña y algo hermética religión. Cada sonido, cada sobre, cada portada, configuraban las formas elementales de aquella vida religiosa en la que la música contemporánea, recostada en la materialidad perenne del sello muniqués, parecía pertrecharse contra el milagro del pop como columna vertebral de la cultura de nuestro tiempo. Y sin embargo, ese culto al disco como proveedor de una narración coherente, inescindible del objeto que sabíamos preciado y atesorable, ingresó en su crisis definitiva días atrás, cuando un escueto comunicado del sello anunciaba que, así, de sopetón, todo el catálogo de ECM estaba disponible en Spotify, iTunes, Amazon y plataformas de streaming similares. La última trinchera había sido derribada y el rey había muerto. Que viva el rey.

II. Edges of hapiness

La pregunta que motiva estas líneas a priori es sencilla: ¿tiene sentido seguir comprando discos? Para un millenial criado en la cultura del playlist, la respuesta sobreviene al instante: ¿discos?¿no habían cerrado ya ese antro? Para el hipster que oscila entre la arqueología cool del vinilo rayado y la falsa novedad de la reedición en 180 gramos, la respuesta también está a la vuelta de la esquina, al menos mientras exista Instagram: si es mostrable, es bueno. Los viejos compradores y coleccionistas del catálogo ECM, en cambio, la tienen más complicada. Para algunos, que se autopercibían como guardianes de un viejo tesoro confrontados súbitamente con la tiranía del número, la decisión de Eicher es casi una traición: todo lo sólido se desvanece en el iPad. Otras voces, en cambio incluyen matices más o menos optimistas o resignados, pero siempre interesantes. Para el multipremiado pianista y compositor Marco Sanguinetti, considerar el consumo de música online como algo negativo sería un error: “Los hábitos en la escucha musical siempre han atravesado mutaciones, por lo que no veo razón para que no mutaran hoy también. Tal vez la novedad ahora sea el exceso en la oferta, un poco desordenada sin una curaduría que sugiera por dónde empezar a escuchar (algo que, de alguna manera, hacían los sellos discográficos)”.

"Para un millenial criado en la cultura del playlist, la respuesta sobreviene al instante: ¿discos?¿no habían cerrado ya ese antro?"

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El coleccionista Diego López también considera que el streaming es una realidad y el futuro de la escucha. Sin embargo, matiza su optimismo: “por ahora lo veo como un complemento a la escucha de discos físicos. Relacionada a la idea de ver cine en el cine, prefiero mantener el ritual de la búsqueda, la compra y la escucha, y hasta la práctica de prestarse discos, que hoy parece ridícula”. Criado durante décadas en la cultura de la búsqueda paciente del objeto, López hace especial hincapié en aquello que se pierde: “me da la sensación de que la información que acompaña a la música, los intérpretes, el nombre de los temas o la importancia del sello estaban más presente en la edición física. Sumado a que la cantidad de discos para escuchar online puede resultar apabullante y desvalorizar la importancia de la obra”.

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El músico y productor Esteban Sehinkman, en cambio, prefiere rehuirle a la nostalgia, y pone el acento en la escala: “A un sello grande con cientos de títulos en catálogo, como ECM, la ampliación al streaming le resulta favorable y promisoria. Al tener una red más grande, mayor es la pesca. Y no veo dilema moral o romántico en este caso. ECM avanza a favor del sentido común, como cualquier empresa que se nutre de las herramientas del momento. En todo caso el streaming incomoda al artista, que no usa redes sino una simple caña y pesca desde la costa”.

También músico y productor, Guillermo Bazzola manifiesta tener sensaciones encontradas ante la noticia de la hora: “El público está encantado porque podrá acceder a una cantidad prácticamente ilimitada de música en forma gratuita, o bien a cambio de muy poco dinero. Algunos productores miran esto con recelo, y, justamente, el caso más notorio era el de Manfred Eicher, de ECM, que resistió tanto como pudo. Acaba de entrar, seguramente ‘a instancias’ de sus distribuidores, es decir, por presión”. Para el guitarrista afincado en España, la situación es especialmente preocupante para los músicos, ya que, según afirma: “cada vez se aleja más la posibilidad de obtener algún beneficio económico a partir de las grabaciones; algo bastante razonable, por cierto. El derecho a cobrar por un trabajo parecía una discusión saldada a esta altura de la historia, mientras que los grandes sellos hacen valer el volumen de su catálogo, y siguen adelante con un material que, en gran medida, ya ha sido amortizado”. Y sin embargo, todavía ve algún futuro para los formatos físicos: “el declive es irreversible pero no definitivo. Seguirá habiendo compradores de CDs y LPs. Los objetos siguen siendo atractivos para mucha gente (yo, por ejemplo).Y además es usual que el disco sea un souvenir del concierto y una manera amable de colaborar con las finanzas de los músicos”.

"Para algunos, que se autopercibían como guardianes de un viejo tesoro confrontados súbitamente con la tiranía del número, la decisión de Eicher es casi una traición: todo lo sólido se desvanece en el iPad"

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Lo cierto es que el César a cruzado el Rubicón y los argumentos contra el streaming se revelan cada vez más endebles, incluso para los cancerberos del disco impreso. Contra el destino nadie la talla. Seguramente la calidad del sonido puede ser mejor en el formato físico, pero: ¿cuántas personas cuentan con el equipo apropiado para que esa diferencia sea realmente perceptible? El hi-fi siempre fue una cuestión segmentadísima y restringida a unos pocos oyentes. Mal que les pese a los hipsters, el sonido de los winco dejaba bastante que desear. Respecto de cómo lidiar con la abundancia de títulos, el problema parece afectarnos más a los hijos del Sgt. Pepper, que nos criamos con la idea del álbum como concepto, que a quienes crecieron escuchando música por YouTube. Aunque lo adoremos, es un formato que responde a un momento específico de la historia de la música y del desarrollo de la tecnología. Por cierto, un formato posterior al Mackie Messer, de Kurt WeilVentanita Florida, de Enrique Delfino, o el Jailhouse rock, que popularizó Elvis Presley. “Aunque nos duela, es probable que tengamos que dejar a un lado el concepto de disco, para reinventar otro formato de obra”, escribe Marco Sanguinetti, acaso con un ojo puesto en su colección impecable de vinilos y otro mirando creativamente hacia un futuro en el que aún hay mucho por hacer.

"el problema parece afectarnos más a los hijos del Sgt. Pepper, que nos criamos con la idea del álbum como concepto, que a quienes crecieron escuchando música por YouTube"

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III. Time and time again

Anoche cené con amigos, pero no hablamos de música. A veces otros asuntos nos distraen de lo importante. Cuando nos despedimos subí al Suzuki. Como siempre, conecté el celular al estéreo vía bluetooth y abrí mi app de Spotify. Pero esta vez puse uno de ECM. Dona Nostra, ese de Don Cherry con Bobo Stenson y Anders Jormin. El de tapa roja, que arranca con In memoriam. Buenos Aires estaba desierta y lluviosa, y parecía congraciarse con mi vida, que empezaba a estabilizarse. La música lo impregnaba todo. ¡Y ese disco! La puta madre, cómo tocan estos tipos.

Hasta quise besarlo.

Pero no pude. Las cosas habían cambiado.



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