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BEACH HOUSE – MYTH


El otro día en el colectivo estaba escuchando el disco Bloom de Beach House, una banda de dream pop de Maryland que te hace flotar, cuando me di cuenta que no me sabía las letras que estaba cantando en voz baja. Tampoco es tan fácil: la cantante de la banda, Victoria Legrand (la otra Chiqui) es francesa pero sus canciones están en inglés; su fonética es casi perfecta, pero tiene algo de extranjería en la pronunciación, así que es un poco más difícil descifrar las letras de Beach House sin fijarse en Internet. No saberse las letras no es impedimento para cantar una canción. Para los que crecimos con el rock británico y la televisión norteamericana, el acento escocés de Cocteau Twins es oscurísimo, pero no por eso dejamos de cantar Cherry Coloured Funk o Know Who You Are at Every Age. ¿Quién deja de cantar una canción por una razón tan pequeña como no saberse la letra?

Todos somos un poco como Roberto Kennedy, el personaje de Diego Capusotto que inventa las letras de temas clásicos en inglés y las canta imitando un acento pero sin decir una sola palabra real. Un estudioso de la poscolonialidad podría ver acá un signo de dependencia cultural: el soundtrack de nuestras vidas periféricas se compone en el centro. Y es verdad, pero me parece que acá hay algo más, que va más allá de las asimetrías distributivas de la cultura en el mundo.

 

El inglés es mi segunda lengua. Con una mamá que trabajaba todo el día, crecí pegado a la televisión y a los discos de los Beatles, así que aprendí el idioma por ósmosis, viendo las comedias de Jim Carrey, imitando la voz de Paul en Let it Be tal como me sonaban cuando tenía 9 años y aprendiéndome los capítulos de Friends de memoria. Supongo que le pasa a más de uno que creció en los ’90: tuve muy poca educación formal en inglés, pero lo siento como algo natural. Y, sin embargo, siempre me falta alguna palabra cuando escucho una letra en inglés, siempre hay algún sonido que me confunde y tengo que reponerlo con un invento para seguir cantando.


Creo que el fenómeno va más allá de la extranjería, y que un poco somos Roberto Kennedy en todos los idiomas, inclusive en el nuestro. No siempre entendemos todas y cada una de las palabras que tiene una letra en castellano. Cuando tenía 8 años me acuerdo que discutí durante una hora con mi mejor amigo, Santiago Valdés, y con una maestra ayudante que se llamaba Flavia o algo así sobre la letra de Mariposa Technicolor. Circo Beat acababa de salir, Fito era mi músico favorito y yo les insistía con que la canción decía “los vi felices, llenos de dolor”, pero ellos decían que la letra era “los infelices, llenos de dolor”. Yo estaba indignado.

-No tiene sentido -decía Flavia o algo así, con una sensibilidad lírica un poco por el suelo-, escuchame: si están llenos de dolor, no pueden ser felices.

Al final yo tenía razón, pero creo que nunca lo comprobamos juntos, porque en esa época todavía no había celulares con 3G y la única forma de escuchar una canción era que cada uno se fuera a su casa y pusiera el CD en el equipo de música, cosa que no debe haber ocurrido nunca, porque no volvimos a hablar del tema.

La letra de Fito para mí está clarísima, pero mi analista seguro me diría algo así como que no escuchamos la palabra del otro sino la palabra del Otro, y yo tendría que volver a preguntarle para que me explique mejor qué me está queriendo decir con eso. Eso sí, de una cosa estoy seguro: aunque el soundtrack que nos acompaña todos los días se componga en Manchester, en Colegiales o en La Plata, al final siempre cantamos la canción que queremos cantar.


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