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18 de febrero 2024

Martín Rodríguez

Y BIEN, MORIMOS

Tiempo de lectura: 7 minutos

¿Se puede escribir poesía y nunca escribir un poema malo? Este miércoles murió Alejandro Valentín Rubio -el día de San Valentín- sin haber escrito jamás un mal poema. 57 años, el arrastre de algunos golpes en la salud, y una vida dedicada a escribir. Las mejores editoriales de la poesía de los noventa (Siesta, Vox, Gog y Magog -que reunió su obra en 2012-, Mansalva) y muchas de las que proliferaron con los años lo tuvieron en su catálogo. Ahora, se escucha el runrún de las mil anécdotas, la construcción del mito. Reunir su obra será toda una expedición. Aún desconocemos los límites a los que habrá que ir a buscarla. Todo bajo la guía viciosa de la pregunta que Aira se hizo sobre Osvaldo Lambroghini (“¿cómo se puede escribir tan bien?”). ¿Cómo se puede pensar tan bien? Vida prolífica hasta que tocó este día. Y bien, morimos.

Alguna vez el poeta rosarino Daniel García Hélder -su maestro- escribió que Alejandro Rubio era un poeta de la sincronía. Eso quería decir que “no pretende tener conciencia de la poesía universal, como pretendían tener los poetas de las generaciones anteriores”. Lo escribió en el posfacio de la obra maestra de Rubio, “Música mala”, su compleja elegía de la clase trabajadora, como lo sintetizará Ana Mazzoni, un libro que la editorial Vox publicó en 1997, y que es inmediatamente anterior a “Metal pesado”, otra obra colosal que publicó la editorial Siesta y que empieza en el poema llamado “Carta abierta” con un verso que estos días fue muy recordado: “Me recontracago en la rechota democracia…”. Pero escribió Hélder, en ese entonces: “la envergadura de sus obras tendrá menos que ver con la ambición de universalidad y el prestigio de los tópicos en juego, que con la rapacidad, el criterio y la maestría con que sean captados, digeridos y dispuestos en un todo coherente la mayor cantidad posible de rasgos aislados de sistemas literarios y series discursivas divergentes”. La “aprehensión del Zeitgeist”.  

Casi lo mismo dijo Alejandro Rubio en su libro “Diario” (Palabras amarillas editores, 2017), veinte años después, en cuya autoficción repone la conciencia fracasada de un escritor que intentó todo para pegarla (bah, lo dice un tal Hipólito Taine, en “homenaje” al filósofo francés naturalista) y donde publica su diario de ideas: “los temas y motivos se acumulan y atropellan sin control ético ni estético: la política, la muerte, el dinero, una filiación soberana y siniestra, fantasías sexuales, actos sexuales, las novelas, los poemas, la novela, la poesía, el mercado, el Estado, el pecado, la banalidad del mal, el boludismo del bien, el asco de sí y el trabajoso y poco recomendable cuidado de los otros…”. Dirá que se trata de un “páramo radiactivo”. Le pide al lector que huya. La fecha de cada entrada de ese diario dice “7 de mayo 2007”. Un 7 de mayo nació Eva Duarte de Perón. La contradicción entre peronismo y canon, para un peronista que lo fue antes y después de la “moda” como Rubio, siempre fue libertad.

En la fenecida blogósfera de principio de siglo se lo conoció bajo el seudónimo de Maiakovski. Y todos pronto supieron que se trataba de un tal Alejandro Rubio, y supieron también quién era ese Rubio. Era el que podía en un comentario perdido en un blog en el que objetaba una crítica literaria o un diagnóstico político o en el que se desquitaba contra el comentario de otro lector anónimo, escribir una pieza que cualquiera de nosotros grabaría en mármol. Germán Rosati publicó a horas de conocerse su muerte: “hay que hacer una obra reunida de los comentarios del bloggero Maiakovski”. Rubio era un bloggero sin blog, o sea, no era un bloggero; era más bien un intruso, un ladrón de flores en los jardines de aquella primera vanidad militante en la que cocinábamos el ego sobre-educado y el tiempo libre. En los días de la utopía “horizontalista” de las batallas culturales (“ay, seguro me leerá un funcionario”), tribu urbana kirchnerista y del macrismo incipiente, Maiakovski aparecía para rayar autos propios y ajenos. Aparecía Maia a comentar y tu posteo ligero temblaba como una hoja en otoño. Entre ese “descuido” de dejar cosas escritas en márgenes así y tomarse completamente en serio lo que iba a escribir en márgenes así está también su obra. Fulminante con los enemigos, severo con sus amigos: pisaba una baldosa floja que no se sabía si había encontrado floja o había aflojado él, su amistad consistía también en esa lealtad extrañísima para la literatura club de amigos (sos mi amigo, pero todos tus libros no me parecerán buenos). Verdad y pertenencia, la prueba más difícil. Rubio era incómodo, ineludible, entrañable, y entre todas las etapas de nuestra larga amistad, ahora se me vinieron al humo las cenas en la casa de otro amigo de fierro, Martín Armada, noches interminables de los primeros dos mil en el departamento de Monserrat, desculando la escena política de entonces, su excavación precisa sobre los materiales de un mito naciente. También era diplomático. En el mapa de esas amistades convivía gente que no se hablaba entre sí. La amistad, como para Juana Bignozzi, era un gran tema. ¿Su obra? Mayor. “Variedad de estilos difícil de hallar”, dijo Mazzoni. De la lírica sacó, digamos, el aceite; y del barroco, entre tanto, la risa negra en que los significantes “no aseguran su encuentro” con el significado. Su trayectoria intelectual habrá que también rastrearla, dijimos, como a pepitas de oro en el “río sin orillas” de internet, en un cirujeo nocturno que donde veía luz entraba. Se va, finalmente, el hermano mayor de mi generación. La mejor despedida con Rubio está en el único consuelo: no dejar de leerlo jamás.

Este homenaje panameño sale en caliente y consiste en lo básico: juntar poemas y textos a gusto. El poema “La información” forma parte de “Música mala” (Vox, 1997), “26” forma parte de “Foucault” (Imprenta Argentina de Poesía, 2006), “Moraleja” de la “Novela elegíaca peronista” y una serie de entradas provienen del ya mencionado “Diario” (Palabras amarillas editores, 2017). Para el final, un fragmento de su venerada “Autobiografía podrida”.

La información

Martes cuatro, la ley nueva

todavía se discute, 99 por ciento

de humedad. El depto huele a coliflor,

en cientoveinticuatro planchas la grasa

crepita, las familias se desplazan hacia la mesa

y juegan con el cuchillo, el tenedor, el vaso, la cuchara.

Estoy liquidado. Mi hijo también,

por otra parte; pero él

no debe saberlo, debe pensar que aún hay lugar

entre ésos que son, van, vienen,

se mueven, edifican. Para salvarlo

del tedio vecinal yo mismo edifiqué

un búnker en el living; sentados detrás

de la metra soviética miramos todo el día

televisión por cable.

Jueves ocho, la ley no salió, media ciudad

respira aliviada, la otra mitad

se pincha el ojo al tratar de ensartar

otro bocado de carne. Sábado seis

o sábado siete, el nene ya gatea, resistimos

con la última tira de munición; tengo miedo

a que corten la luz, bajen el martillo

y el anuncio llegue en forma de aullido

de lechón desangrado hasta donde estoy

con la mochila a los pies, el bebé a la espalda,

mordiendo comida fría.

26

Como agua de manantial corre la voz

de rancho en rancho para solaz del pobre.

Sobre la superficie traslúcida de un charco

en la vereda flota la hormiga con su hoja

simbolizando la simbiosis que hace la luz

de una punta a la otra de la cadena alimentaria.

La relación de lo significante con lo

significado se aloja en un espacio

en el que ninguna fuerza intermedia asegura su encuentro.

Moraleja

Como dos perros que se olfatean el culo,

Como el chancho que hoza alegre, como la fila de cacerolas

que flota en el río, llevando reporteros minúsculos

hacia el Uruguay, como la gente parada frente a una vidriera

con la mente en blanco, mojada, interiorizada,

como las fosas de Chacarita que se abren para hacer lugar,

como el bipolar adicto al electroshock que provoca al enfermero,

así es el país, el pueblo y nosotros,

artistas, intelectuales y poetas:

el parásito y el huésped.

7 de mayo 2007

Se habla de marxismo en TN. Hay un señor marxista y una señora antimarxista. El señor marxista tiene barba, se agita mucho y pide trabajo en blanco para los piqueteros ya. La señora antimarxista en general sonríe con superioridad, pero por momentos se enoja y le recuerda a la cámara la caída del muro de Berlín.

7 de mayo 2007

A veces lamento no tener la percepción aguzada de los personajes de ciertas novelas para quedarme absorto mirando cómo cambian la luz y el aire los matices de las hojas de las plantas en el patio.

7 de mayo 2007

Nota sobre los american psycho: está la ley y está cada uno de ellos. En el medio, carne.

7 de mayo 2007

La poesía de las fuerzas desatadas debe contemplar al gusano humano.

7 de mayo 2007

Nosotros estamos de vuelta del barroco y del sadismo.

7 de mayo 2007

Tiras de monoblocks llenos de mal casadas y libertinos pobres.

7 de mayo 2007

La Luz que Emana de los Escritos historiográficos de Alberdi convierte al revisionismo entero en una nota al pie ignorante de sí y a Halperin Donghi y Romero en profesores norteamericanos congénitos.

7 de mayo 2007

El enemigo real es más débil que el enemigo imaginario.

7 de mayo 2007

Podemos vender nuestra diferencia cultural a buen precio. Podemos vender a nuestras vírgenes a buen precio y comprar computadoras. Tenemos glaciares, locales de tango, artistas de primer nivel, villas, mendigos, tacheros piolas, mujeres rubias y negras baratas en euros, todos los climas, el Uturunco, el Tren del Cielo, las cataratas. Podemos ser como varones paraguayos, todo el día tocando la guitarra y haciendo hijos.

7 de mayo 2007

La democracia soy yo.

7 de mayo 2007

Me gusta Foucault. Describe tan prolija y amorosamente los mecanismos de dominación que su obra constituye el mejor manual para tiranos.

Sano por fin, desarrollé cierto interés por las explicaciones teóricas de mi enfermedad. Una psicoanalista con la que salí me dijo que el origen de la psicosis estaba en relación con el complejo de Edipo, la angustia de castración y la ley simbólica. Me dijo que el padre debía cortar la relación imaginaria entre madre e hijo, bajo la amenaza de cortarle el pene al niño, e imponer el falo y con él su ley. En el psicótico está ausente la ley del padre, concluyó, y me miró como diciendo: te maté. Pobre mi viejo, además de trabajar como un esclavo para mantener a un parásito tenía que ocuparse de cortar el lazo materno. Además, ¿cómo se supone que un hombre hace tal cosa? ¿No deja nunca solos a madre e hijo? ¿Arranca al bebé del seno cuando se piensa que se está pasando de vivo? No lo veo a mi padre de rodillas en el baño con una navaja en el miembro fláccido de su único hijo varón repitiendo con voz terrorífica: mirá que te la corto, eh. De todos modos, la teoría me preocupa. Si vivo en el mundo de lo imaginario, mi escritura nunca va a acceder a la verdad, y el único valor que le concedo a la literatura es el de ser verdadera. Me consuelo con la creencia de que puedo gozar de padres putativos que me otorguen su ley, aunque sea tardíamente. Por eso leo horas y horas a Kant, sin entender una pepa, esperando que el conocimiento penetre por ósmosis, y recito cada mañana frente al espejo la lista de imperativos categóricos.

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