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30 de septiembre 2022

Martín Prieto

Escritor, profesor de Literatura argentina en la Universidad Nacional de Rosario.

UNA COMEDIA SOCIAL DE VANGUARDIA

Tiempo de lectura: 8 minutos

“Solo hay fotos. Son falsas”. Así empieza un poema de Alejandro Rubio que se llama “Capítulo uno: la muerte de Perón”. No es un poema que pueda leerse solo, unas hojas perdidas que se encuentran en una isla desierta en el siglo XXIII. Es un poema que reclama fecha y contexto de composición (noviembre del 2002, Eduardo Duhalde presidente), fecha de publicación (2004), editorial (Vox), editor (Gustavo López) y, manifiestamente, obra anterior y posterior de Rubio. Sin embargo, probemos:

Solo hay fotos. Son falsas.// El hombre bajo,/ ridículo, caminando/ atrás, con un paraguas/ lo protege.// Y desde otro punto/ de vista: detrás del vidrio,/ de las gotas en el vidrio,/ el perfil, indio/ de prócer:// Esto no existe./ Es solo el cadáver:// Como si la mente/ proyectara la trama de su mente/ en todas las mentes.// Menemmente./  Cafieramente./ Ludermente./ Miguelmente./ Isabelmente.// Emanaciones/ de un dios que se expanden,/ se debilitan,/ por los espacios infinitos,/ finitos…// Y nada de Evita./ Evita es el mito/ montonero-progresista-/ académico, nada de charla/ sobre Evita y Jamandreu,/ nada de poemas lujosos/ sobre el cadáver de la reina puta.// Solo la mente vence al tiempo,/ organizada, ramificada/ en pelos y dentritas,/ en nudos/ de los que brotan otros nudos/ para invadir// incluso el verano del 96,// cuando creías que el pueblo/ merecía morir; incinerarse/ en su propia gomosa estupidez.

Fernández Moreno apunta que cuando él “vuelve” al acontecimiento que dio origen a tal o cual poema (y, dice, se la pasa volviendo) esa reviviscencia perpetua reclama su correlato: una reescritura perpetua

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César Fernández Moreno, el gran par opositivo de Leónidas Lamborghini, su perfecto duelista, anotó en el prólogo a sus Sentimientos completos algo que también vale para leer los de Lamborghini: que sus poemas son “tan inestables como una conversación, que cambian solos todo el tiempo”. Y que él “se ve obligado a reconocer y a registrar esos cambios, como esos letreros automáticos que indican las partidas de los aviones en los aeropuertos, que giran a gran velocidad y cambian en un instante las letras y números de sus puntos de destino, de sus horas de salida”. Citando un poco vagamente a Freud, Fernández Moreno apunta que cuando él “vuelve” al acontecimiento que dio origen a tal o cual poema (y, dice, se la pasa volviendo) esa reviviscencia perpetua reclama su correlato: una reescritura perpetua. Tantas versiones hay de Argentino hasta la muerte como de El solicitante descolocado, de Lamborghini. Y ninguna parece final. Ni en uno ni en otro se trata de una reescritura en busca de una “perfección formal” sino, dice César, de una “optimización del momento vivido” en que los poemas se fundan. Aunque, en ambos casos, se trate de momentos y de acontecimientos políticos. ¿Y Rubio, reescribiría, a la luz del presente que, por supuesto, modifica también la percepción política y poética del pasado su poema sobre la mente de Perón? ¿Los acontecimientos políticos del 2003 en adelante lo llevarían cambiar el deceptivo cierre de su poema del 2002 y el del libro entero? ¿Se proyectaría la mente del Perón sobre los nuevos sujetos políticos del siglo XXI? ¿Néstormente? ¿Cristinamente? ¿Albertomente?

Cocina. Verano./ Partido. Diario./ Un corazón seco./ El pueblo argentino está muerto. / No va a resucitar. Si resucita,/ será otra cosa, no/ el pueblo argentino./ La piel vieja tiene/ que caer, caer, caer:/ La mente piensa el viejo cuerpo/ tanto como el nuevo, porque no le importa. A la mente le importan tres cosas:/ 1) la felicidad del pueblo, que no es/ este pueblo ni el viejo pueblo;/ 2) vencer; 3) estar tanto al principio/ como al final como en cada segmento/ anélido, mínimo, del tiempo.

César Fernández Moreno

Como se desfondó la caja donde guardaba fotos, al trasladarlas a un macizo cajón encontré tres, verdaderas, en las que aparece Alejandro Rubio. Una, en exteriores. Varios apoyados contra un auto del que no distinguimos marca ni modelo. Atrás, en la vereda de enfrente, siempre en Buenos Aires, un cartel de publicidad: Frávega. Las de interior (por los personajes y la ropa, tomadas el mismo día que la de exterior) son en una pizzería. Nueve comensales. Cinco botellas de cerveza de litro, dos de vino. Sobre la mesa, un ejemplar de Monstruos. Antología de la joven poesía argentina, con selección y prólogo de Arturo Carrera. La foto, entonces, no puede ser anterior a su publicación, del 2001. En el libro, la autopresentación de Rubio que fue, casi inmediatamente, la de una generación o más bien, como sucede muchas veces, la de parte de una generación:

La lírica está muerta. ¿Quién tiene tiempo, habiendo televisión por cable y FM de escuchar el laúd de un joven herido de amor? Los que extrañan celebran ritos de conmemoración tan aburridos como un 25 de mayo, donde lo que antaño fue presencia se convierte en un fantasma desleído, que mendiga de los vivos un poco de atención póstuma. Se podría decir que estamos en tiempos de barbarie y que es deber de los poetas mantener encendida la llama para un futuro mejor. Habría que responder que la lírica no fue un espíritu, sino una manifestación social, y que valdría más la pena apostar a una nueva posición ante el lenguaje en la que entren en cuestión los rasgos de la contemporaneidad.

En el libro, la autopresentación de Rubio que fue, casi inmediatamente, la de una generación o más bien, como sucede muchas veces, la de parte de una generación

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En 1995, me informaron unos jóvenes que están preparando un libro que se llamará 2022. Veinte apuntes para una literatura argentina del siglo XXII, empezó a ofrecerse el servicio comercial de internet en la Argentina. El dato importa pues, según esos mismos jóvenes, internet no solo permitió fácticamente sino que estimuló, provocó, alentó la primera publicación on-line de literatura que se hizo en el país: poesia.com, cuyo primer número salió en 1996. El dato vuelve a importar pues, según estos mismos jóvenes, con poesía.com empezó, sin más, la nueva literatura argentina. Rubio fue uno de los editores de poesia.com. Los otros fueron Martín Gambarotta y D.G.Helder. El programador (de repente la literatura reclama de uno) fue Emiliano Pérez Pena. Todos están en estas tres fotos verdaderas. También están Cucurto y Selva Di Pasquale. Y está Luis Chaves. Y como en una especie de invisible relación entre el cartelón que ilustra, al fondo, la foto de exteriores y la revista, alguien podrá recordar un poema, publicado en el número 8 de marzo de 1999 de poesía.com, que se llama Oso Frávega, de Sebastián Morfes. El oso era una animación que publicitaba, en televisión, los productos que vendía la empresa. En Youtube aún puede verse una, de 1992:

“Llévese todo Frávega a crédito. Con tarjeta./ Llévese todo Frávega hasta en 17 cuotas fijas en dólares./ Llévese todo Frávega hasta en 15 cuotas fijas en pesos”.

Morfes, por su parte, escribe, por encima de la consigna de la hora “Menem 1999” y por encima del complejamente despreciado “voto cuota”: “Leé esto:/ Votá Frávega”. Y también: “votá frávega 99 y empezá a pagar en marzo”.

Esos conjuntos, propiciados por la histórica sociabilidad extrema de mi mamá había dispuesto, a su vez, a mi papá a anotar, de modo cronológico, en una libreta, los nombres de todos quienes habían comido alguna vez alrededor de esa mesa

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Veinteaños después, Luis Chaves me mandó un email desde San José Costa Rica para pedir mi número de teléfono: quería decirme algo de manera directa e inmediata. Se tomó sin embargo su tiempo, y recién un año más tarde, justo ahora, cuando miraba las fotos en las que también aparecía él, me envió un audio de whatsapp para decirme eso que había querido contarme un año antes y que se le había ido pasando: que había soñado que estaba comiendo en casa de mis padres como, en efecto, había sucedido una vez en aquellos años. “Estaban tu mamá, tu papá, tu hermana, tus hijos pequeños. Pero no hablábamos de los temas que habíamos hablado entonces, sino de la entrega de los premios Oscar. No de los Oscar de entonces, sino de los de ahora.” Mientras lo escuchaba reconstruía, más o menos, la escena de esa comida sentados alrededor de una mesa en la que también estaban un amigo de mis padres y sus hijas mayores, una de las cuales había vivido varios años en Guatemala y una prima que había venido de improviso de San Juan, también con su hija. Esos conjuntos, propiciados por la histórica sociabilidad extrema de mi mamá había dispuesto, a su vez, a mi papá a anotar, de modo cronológico, en una libreta, los nombres de todos quienes habían comido alguna vez alrededor de esa mesa o simplemente ido de visita a la casa, sin pasar al comedor, con la idea, imaginamos, de que el aluvión sustantivo, sin ninguna acotación complementaria, daría, al final, un friso o, mejor, una comedia social. Una comedia social de vanguardia. Esto último no debido al ánimo específico de su autor, sino a su forma y, sobre todo, a su destino: su desaparición, sin que la leyera nadie, según me anticipó el mismo autor una vez que le pregunté qué haría con esa libreta: tirarla, me dijo, antes de morir.

Una idea parecida, pero menos radical, había tenido Gianni Siccardi, según lo recordó Poni Micharvegas en una carta que envió al poeta y editor Francisco Gandolfo, y que este publicó en el lagrimal trifurca. Micharvegas recuerda una linda escena de amistad. Estando en la casa del Gordo Siccardi, un departamentito de altos en Villa Ballester cuya ventana daba hacia una calle de tierra y el fondo hacia “un galpón barullero”, donde ambos se reunían los fines de semana, bien a comienzos de los años 1960, a leerse, a escribir, a hacer planes, a imaginar revistas, a hablar de política, a tratar de acertarle a algún caballo ganador en Palermo, el anfitrión le dijo a su visitante que había encontrado “la manera de hacer buena poesía” y que ahora que tenía “la manija”, ahora que sabía cómo se hacía, “no iba a escribir más”. No importa a qué cosa Siccardi llamara “buena poesía”. Ni siquiera el ejemplo, que no conocemos, que le dio a su interlocutor, un “poemita” que leyó inmediatamente y que a este no le gustó, según le dice en su carta, sin ambages, a Gandolfo: “No me pareció un gran poema”. Importa la idea de Siccardi, independientemente de su ejecución. Encontrar, o creer haber encontrado, “la manija”. Escribir un poema que fuera a su vez prototipo y producción industrial. Porque, como afirmó Borges en diciembre de 1921, harto del divino Rubén, de los modernistas y del Modernismo en general, “ya sabemos que manejando palabras crepusculares, apuntaciones de colores y evocaciones versallescas o helénicas, se logran determinados efectos y es porfía desatinada e inútil seguir haciendo eternamente la prueba”. Juana Bignozzi, más tajante: “Yo creo que Gelman escribe desde hace años como un discípulo de Gelman”.

De izquierda a derecha. Luis Chaves, el autor de la nota, Alejandro Rubio, Martín Gambarotta, Emiliano Pérez Pena y Cucurto. Buenos Aires, 2001.

Bibliografía

Alejandro Rubio. Novela elegíaca en cuatro tomos: tomo 1. Bahía Blanca: Vox, 2004.

César Fernández Moreno. “Jundamento”. Sentimientos completos. Buenos Aires: de la Flor, 1981.

Alejandro Rubio. “Arspoetica”. En Arturo Carrera (compilador), Monstruos. Antología de la joven poesía argentina. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, Centro Cultural de España en Buenos Aires, 2001.

Ariel Aguirre, Nieves Battistoni, Bernardo Orge (editores). 2022. Veinte apuntes para una literatura argentina del siglo XXII. Publicarán Centro de Estudios de Literatura Argentina y Editorial Municipal de Rosario.

Martín Sebastián Morfes. “Oso Frávega”. En poesía.com número 8, Buenos Aires, marzo de 1999.

Poni Micharvegas. “La forma de hacer buena poesía” (carta a Francisco Gandolfo). el lagrimal trifurca número 14, Rosario, agosto de 1976.

Jorge Luis Borges. “Ultraísmo”. Nosotros, Buenos Aires, Año 15, Vol. 39, N° 151, diciembre de 1921.

“Poeta contra los talleres, la lectura y la nostalgia”, entrevista a Juana Bignozzi. Clarín, Buenos Aires, 4 de septiembre de 2006.

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