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23 de diciembre 2023

Fernando Rosso

PRETORIANOS SOMOS TODOS

Tiempo de lectura: 5 minutos

El politólogo norteamericano Samuel Huntington escribió que aquellas sociedades cuyos regímenes políticos tienen mediaciones débiles e incapaces de procesar los conflictos entre distintas fuerzas sociales y políticas eran sociedades de tipo “pretoriano”. En el libro El orden político en las sociedades en cambio (1968) sentenció que cada sector hace política con la herramienta inmediata que encuentra más eficaz: «Los ricos sobornan, los estudiantes arman disturbios, los obreros van a la huelga, las masas se manifiestan, y los militares hacen golpes». Se refería a las sociedades en las que el alto grado de movilización social supera en el promedio histórico a la institucionalización. Sin autoridades con legitimidad y capacidad para resolver los desacuerdos, cada actor reivindica sus intereses con los medios que tiene a mano.

Andrés Malamud afirmó en El oficio más antiguo del mundo (Capital Intelectual, 2018) que «Huntington podría haber bautizado a su definición como ‘sociedad argentina’ en vez de ‘pretoriana’, y todos hubiéramos entendido». Para Malamud, la Argentina comenzó a transformarse en una sociedad pretoriana en 1930, cuando la Constitución dejó de regular los conflictos políticos. Su nueva fisonomía se consolidó en 1945, cuando las elites tradicionales perdieron el control de los enfrentamientos sociales y cuando el peronismo —según su visión— transformó a las instituciones en instrumentos de la parcialidad de turno en vez de mediadoras de sus desacuerdos.

Ni la “Fusiladora”, ni el Plan Conintes, ni Onganía, ni la dictadura genocida del 76, ni la “democracia de la derrota” (que derrotó muchas cosas, pero no ese ímpetu) consiguieron erradicar las tendencias a la acción directa como práctica de intervención de masas en la escena pública. El 2001 transformó estas formas de manifestación en el recurso más efectivo para participar en la toma de decisiones. Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner estabilizaron la política, pasivizaron la sociedad, pero no la institucionalizaron. En consecuencia —según la conclusión de Malamud— «el reflejo pretoriano se dispara con facilidad ante el menor estímulo».

¿Una Navidad sin presos políticos? Puede ser, pero, ¿una Navidad sin carne y con el horizonte que parece un viaje al fin de la noche?

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Domesticar a la bestia «pretoriana» fue el sueño de muchos —sino de todos— los gobiernos de los más variados signos políticos. Todos fueron utópicos de una forma similar y cada uno fracasó a su manera. ¿Por qué Javier Milei tendría más éxito en la tarea de acabar con la efervescencia, el bullicio y la intensidad que caracterizaron históricamente a la sociedad argentina en el mismo momento en que decretó un “estímulo” de dimensiones homéricas?

Luego del balotaje escribimos en El Dipló: “La crisis crónica y la decadencia ininterrumpida de la Argentina parieron un nuevo outsider, producto del agobio de una sociedad que marcha sonámbula hacia ninguna parte, sometida a los golpes de una realidad invivible. Quizá el nuevo ‘fenómeno aberrante’ surgido de lo viejo que no muere y lo nuevo que no nace sea quien esté llamado a sacarla de su letargo para que pueda retomar el carácter contencioso que a lo largo de la historia le permitió defenderse de los agravios y provocar los verdaderos cambios”.

Efectivamente, cuando todos estaban (o estábamos) con la lupa puesta sobre el abigarrado universo social que le dio sustento político al experimento libertariano, se despertó la Argentina contenciosa que venía de una de la larga siesta desde, por lo menos, diciembre de 2017, con algunas excepciones como la lucha por la vivienda en Guernica o la rebelión contra otro “refundador” que no fue: Gerardo Morales en Jujuy.

Después diez días que estremecieron a la Argentina, con un decretazo inédito y ambicioso, Milei sacudió al país revoltoso. Cacerolazos en los barrios porteños; masiva concentración sindical y popular en el monumento a la bandera de Rosario; concurrida marcha el La Plata (dicen que con un importante componente estudiantil); estado asambleario en todas las reparticiones públicas; marcha y represión en el Patio Olmos de Córdoba, la esquiva; ferroviarios a grito pelado en Constitución contra la privatización; estado de precipitada deliberación en las fábricas por el peligro inmediato de reinstalación del impuesto maldito sobre el salario (Ganancias) y el riesgo de perder las conquistas que quedan; inquilinos agrupados o desparramados por todas partes; concentraciones conurbanas en Lanús o Morón, o marchas masivas en ciudades tan disímiles como Bariloche o Tandil. En todas esas grandes o pequeñas muchedumbres se escuchó un grito que también viene desde fondo de una tradición argentina: ¡Paro, paro, paro / paro general!

¿Por qué Javier Milei tendría más éxito en la tarea de acabar con la efervescencia, el bullicio y la intensidad que caracterizaron históricamente a la sociedad argentina en el mismo momento en que decretó un “estímulo” de dimensiones homéricas?

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Muchos genios de la táctica y la estrategia —autopercibidos voceros del mundo popular— que a la mañana decían que la marcha de la izquierda era “apresurada” (porque la sangre y el tiempo) a la noche pedían los dirigentes a la cabeza o la cabeza de los dirigentes. ¿La CGT? Marcha a Tribunales y el Comité Ejecutivo convoca al Comité Central Confederal para convocar al plan de lucha que puede incluir un paro. Junto con los noventa, volvieron los lentos frente a un Milei que viene a las chapas y “si nos matamos, nos matamos”.

El despliegue del movimiento, ¿alcanzará? Nadie puede asegurarlo de antemano, pero los mariscales de la derrota y los cultores del hecho consumado que sentenciaban el fin de la historia y la atomización de la sociedad al ritmo libertariano debieron tomar nota del nuevo escenario. Después del “caputazo”, pero antes del DNU, Pablo Gerchunoff le dijo a La Nación que Milei tenía una ventaja por el cansancio y la extenuación de la sociedad después de tantos años de crisis crónica (pandemia de por medio), pero “tiene que saber que ese boxeador se va a recuperar. Que la sociedad argentina es una sociedad rebelde, plebeya, molesta, igualitaria. Todos esos rasgos no los va a perder. Pueden estar en algún momento adormecidos, pero no los va a perder”. Demasiado optimista pensaron algunos.

Toda esta serie de acontecimientos callejeros tuvieron lugar cuando el chicotazo inflacionario apenas dio sus primeros golpes y cuando ya tenemos gente que hizo “abstracción” de la carne para estas fiestas. ¿Una Navidad sin presos políticos? Puede ser, pero, ¿una Navidad sin carne y con el horizonte que parece un viaje al fin de la noche? Te la debo.

Gerchunoff introduce otro elemento que está detrás (o al costado) del carácter contencioso: el “igualitarismo” de la sociedad en la que los refranes populares dicen más que mil papers académicos. Esa sociedad en la que Oscar Terán observó que “los de más abajo miran a los ojos a los de más arriba”, en la que “naide es más que naide”, del “no me dejen afuera” o “a mí que mierda me importa” de Guillermo O’Donnell ¿Cuánto de la promesa difusa de Milei en la campaña electoral no apeló a ese sentimiento profundo que distingue a la Argentina de tantos otros países? Paradojas de la ideología: encumbrar a quién postula la restauración del momento más jerárquico de la historia nacional impulsado por cierto ímpetu igualitarista contra la casta. Pero Milei confesó de entrada: vendrá la casta y tendrá tus ojos.

Quizá la política tradicional le otorgue un hándicap al profeta desarmado (o armado “solamente” con un gaseoso ensamble electoral inducido por el balotaje) guiada por un deseo inconfesable: que el ajuste lo haga Milei y que se prenda fuego para luego “volver mejores” a hacer control de daños en un país unos cuantos escalones más abajo. O quizá la Argentina contenciosa logra desbaratar también esos planes. En todo caso, lo que hasta ahora parecía ser un monólogo un poco siniestro y un poco psiquiátrico se transformó en un “diálogo” que promete tiempos interesantes.

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