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29 de diciembre 2020

Ezequiel Kopel

“MEDIO ORIENTE, LUGAR COMÚN”: ADELANTO DEL NUEVO LIBRO DE EZEQUIEL KOPEL

Tiempo de lectura: 5 minutos

Pocos temas están tan envueltos en malentendidos, propaganda e información cruzada como el estatus de las mujeres en el Medio Oriente moderno. A la vez, pocos logran argumentar que la situación de la población femenina en la región puede llegar a entenderse sin hacer referencia al islam. Si bien no todos los sistemas legales-religiosos de la zona son idénticos, es complicado sostener que las mujeres no son ciudadanas con derechos reducidos dentro de ellos. Sin embargo, sería incompleto analizar su posición –junto con el efecto regulador de la antigua y perdurable influencia del islam– sin una apreciación profunda de los contextos económicos y políticos del presente junto a la cultura e historia del pasado.

 En el Medio Oriente antiguo, los arcaicos patrones de un linaje tribal ciertamente masculino, que priorizaba a los miembros de este género, conformaban la base para las prácticas y creencias patriarcales que precedieron a los albores del islam. Estas conductas y credos preislámicos subyacen al estatus desigual de las mujeres en las tres religiones monoteístas, y no solo en el islam. Asimismo, cumplieron un destacado rol en la división entre chiitas y sunitas después de la muerte del profeta Mahoma, ya que este no tuvo un heredero varón directo para que lo reemplazara al frente de la comunidad islámica. Fueron las interpretaciones posteriores de las enseñanzas de Mahoma (los hadiths) –junto a la codificación de las tradiciones legales l en las escuelas coránicas del siglo IX– lo que se cree revirtió cualquier pequeño avance logrado por las mujeres durante la época del primer líder islámico. 

Mientras una cantidad de suras (versos) en el Corán ofrecen una guía general sobre las cuestiones de género, los hombres musulmanes que han comandado la fe desde el siglo VII han creado un orden social, político y religioso que percibe a las mujeres como amenazantes sujetos sexuales que pueden socavar la autoridad y el orden masculino. Si bien es imposible absolver al islam –sus textos legales o manifestaciones políticas– en cuanto a su presente influencia sobre las condiciones de vida desiguales de las mujeres, también es importante destacar que, en un comienzo, la introducción de la religión islámica en la región funcionó como marco para la ampliación de derechos femeninos.

Mientras una cantidad de suras (versos) en el Corán ofrecen una guía general sobre las cuestiones de género, los hombres musulmanes que han comandado la fe desde el siglo VII han creado un orden social, político y religioso que percibe a las mujeres como amenazantes sujetos sexuales que pueden socavar la autoridad y el orden masculino.

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Antes de la irrupción de la religión musulmana en la península arábiga, las condiciones de las mujeres eran terribles: no tenían derecho a poseer bienes, se suponía que eran propiedad del hombre, y si el hombre moría, todo iba a sus hijos. Al instituir los derechos de propiedad, herencia, educación y divorcio, Mahoma otorgó a las mujeres ciertas garantías básicas e inéditas en su tiempo. Desde un principio, la ley islámica ha otorgado a las mujeres su plena capacidad legal una vez que alcanzan la pubertad e incluso en la época medieval las mujeres musulmanas gozaban de derechos que las occidentales solo lograron tiempo más tarde, como la potestad de poseer y administrar propiedades, demandar y ser demandadas, o celebrar contratos y hacer negocios. En contraste, hoy el islam tiene muchas disposiciones que dejan a las mujeres en clara desventaja manifestando una ironía de la historia, ya que estas mismas disposiciones en el momento de su promulgación (la Arabia del siglo VII) constituían una jurisprudencia notoriamente avanzada frente a las normas vigentes. 

Con respecto a las áreas del derecho familiar y la herencia, las mujeres de Medio Oriente –donde las musulmanas son una amplia mayoría– tienen menos derechos que los hombres y están subordinadas a su autoridad. Bajo el código legal islámico tradicional, se permiten los matrimonios infantiles –en los cuales una niña puede ser obligada a contraer matrimonio por una relación masculina calificada– y una mujer puede casarse con solo un hombre a la vez, a diferencia del género masculino, que tiene permitido hasta cuatro esposas y un número ilimitado de concubinas. 

Las mujeres tienen la obligación legal de ser sumisas y obedientes a sus esposos, y de no ser así, sus cónyuges tienen el derecho a suspender todos los pagos de mantenimiento (algunos estudiosos hasta incluyen la prerrogativa masculina de poder golpear a su mujer). Las leyes familiares basadas en la sharia islámica con frecuencia requieren que las mujeres obtengan el permiso de un pariente masculino para realizar actividades que deberían ser autónomas y personales por derecho propio, lo que aumenta la dependencia que las mujeres tienen de los miembros masculinos de su familia en asuntos económicos, sociales y legales.

 Incluso, según las escrituras religiosas, la obediencia femenina contempla la imposibilidad de salir de su hogar sin la autorización del esposo (que hasta puede obtener la ayuda de las autoridades locales para traerla por la fuerza si ella está ausente sin su permiso). También se considera que los contactos femeninos con personas fuera de la familia están sujetos a restricciones según los deseos de su marido. En cuanto a las reglas del divorcio, las escuelas del derecho islámico han diferido en los detalles, pero todas coinciden en que las mujeres no pueden obtener la separación legal a menos que sus esposos cooperen: “Divorcio debe ser pronunciado dos veces y luego (la mujer) debe ser retenida con honor o liberada con bondad. Y no es lícito que tomes nada de lo que le has dado a menos que ambos teman que no podrán mantener los límites de Allah” (“Sura de la Vaca”, verso 229). El hombre puede divorciarse en cualquier momento sin la aprobación de su compañera –y solo emitiendo una declaración al respecto–, por lo que muchos cónyuges masculinos tienden a abusar de este método extremadamente fácil que conlleva una gran inseguridad para sus esposas.

 La ley musulmana requiere que el esposo apoye a los hijos del matrimonio de forma permanente, pero estipula que la divorciada –que comúnmente se encuentra en la pobreza por las mismas determinaciones religiosas que limitan su desarrollo– solo debe recibir manutención hasta tres ciclos menstruales después del pronunciamiento del divorcio o hasta el parto de un bebé si estaba embarazada.

Antes de la irrupción de la religión musulmana en la península arábiga, las condiciones de las mujeres eran terribles: no tenían derecho a poseer bienes, se suponía que eran propiedad del hombre, y si el hombre moría, todo iba a sus hijos. Al instituir los derechos de propiedad, herencia, educación y divorcio, Mahoma otorgó a las mujeres ciertas garantías básicas e inéditas en su tiempo

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 La jurisprudencia, tanto sunita como chiita, está de acuerdo en que las mujeres tienen los mismos derechos para adquirir y administrar bienes, pero estipula que deben heredar la mitad que los hombres –esta discriminación se ve algo mitigada por el hecho de que los hombres deben asumir los gastos de mantener a sus esposas, hijos y familias–: “A los hombres (de la familia) pertenece una parte de lo que los padres y parientes cercanos dejan, y a la mujer una parte de lo que los padres y parientes cercanos dejan, ya sea poco o mucho, una parte legal” (“Sura de la Mujer”, verso 7). 

La distinción de la ley islámica entre los derechos de propiedad y los de herencia permite preguntarse si solo es la religión, o también la presencia de otras instituciones patriarcales, lo que limita los derechos de las mujeres. Mientras en los países musulmanes se discrimina a las mujeres en los derechos de herencia mediante las normas religiosas, no se aplica siempre el mismo sentido para los derechos de propiedad –donde el islam sí impone la igualdad– y la práctica es más variada. Esta inconsistencia sugiere que las explicaciones basadas en la religión no son del todo completas.

(Continúa)

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Comentarios

  1. Juan

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